La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.







domingo, 17 de julio de 2011

A la orilla


…la última vez que estuve con él allí estaba a la orilla del río de la historia. Charlamos y charlamos y cayeron las horas como gotas de fuego. De tal manera nos impregnamos de un intercambio mutuo de inquietudes y de sospechas. Y las aceitunas bailaban en el platillo como sólo él sabía hacerlas bailar, mientras expresaba sus cuitas con aquel verbo calmo y a la vez contundente. ¿Eran las suyas o eran las de todos? Yo le decía: y tu poesía, ¿no cuenta? Cuenta, pero este año es aciago en poesía, me respondió. Y tras aquellas palabras intuí que el desaire de alguno de sus amores le había dejado flaco. Me vino de improviso aquel verso: y mordí duramente la verdad del amor, y me pareció un hachazo sacado del contexto. ¿Sacado del contexto? ¿O aquella defección era el contexto? Me contó que se iba a Madrid, que tenía planes, que allí se respiraba otro aroma. La oleada regeneradora que habíamos estado esperando toda la vida. Me pareció tan optimista como cabal. Tanto que me lo pegó. Si ves que marchan las cosas, avísame. No tengo inconveniente en trasladarme, le insistí. Él me miró elevando sus cejas y con el brillo de sus ojos me habló antes de que abriera su boca: tú eres un conservador en todo, Paco, no te moverías de aquí ni con los pies palante. Mira, hay que seguir buscando en lo inmediato y en el pasado. Los grandes de la literatura nos enseñaron más que letras. Más que historia, que gestos, que rabias. Nos dijeron que hay un camino por el que seguir, para llegar a alguna parte de una vez por todas. Yo estoy persuadido de que es posible ese viaje a alguna parte, malgré le pese a quien le pese, me dijo con ironía y galicismo. Ah, Paco, y quién sabe si no tendremos que hacer con la poesía algo más que lo que hacemos. Un esfuerzo, una exigencia, una necesidad, una extensión, un combate. Y aquellas palabras me sonaron tan poderosas y tan carentes de estridencia que no supe qué decir. Desde la otra orilla, Triana permanecía parada, que no muerta. Pasó un tiempo y luego vino lo que vino. ¿Recitaría una vez más aquella premonitoria rima...Ésos son, hermano mío, los seres con quienes muero a solas…?

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