"...Y es que en la noche hay siempre un fuego oculto". Claudio Rodríguez





viernes, 23 de enero de 2026

La última mirada de la núbil

 




"No sé qué decidir: dos son mis pensamientos".

Safo.


La muchacha núbil se deja peinar. La esclava extiende su pelo. Ella colabora. Se sabe dispuesta al último paso antes de la entrega inevitable. Alguien ha pasado por delante, la contempla e intercambia la mirada. La joven se abstrae, como si sus pensamientos fueran agitados por la duda. No lo demuestra. No vacila. No emite palabra. Simplemente se deja hacer, permitiendo ser contemplada por los que se hallan circunstancialmente en la estancia. En realidad los siente ajenos a su momento. Los ignora. Ha detenido su tiempo y solo desea que la tarea sobre su cabellera no cese. Los tirones de las otras manos, que también parecen evadirse del futuro inmediato, son cuidadosos. Hay dos miradas en dos direcciones. Mientras la acompañante mira el espejo para comprobar su buen hacer, la dubitativa  colabora con una resignación que desplaza el entusiasmo esperado. Un mero quehacer cotidiano, en parte aseo y en parte ritual, parece paralizar también sus intenciones. Pero, ¿puede oponerse a lo que han planeado para ella? Ni siquiera el colorido y la hechura de su vestido la entusiasma en ese instante casi decisivo. Sin embargo sabe que todos en la casa están pendientes de las próximas horas. Quienes han llegado a la ciudad para concelebrar el evento están expectantes. Algunos se han reunido ya al calor del vino pompeyano, aromático y de escasa acidez. Todos esperan que la nueva consagración sea favorable para ella y, sobre todo, para los proyectos y negocios de su familia, que asentará así aún más su estatus. De pronto la núbil exige que recompongan su peinado. La sierva se turba pero en la otra mirada advierte una estratagema. Demoraremos los actos previstos, exclama aquella con una indisimulada ironía cómplice. La joven esboza una sonrisa débil y vuelve a su ensimismamiento. Quien efectúa el arreglo paraliza sus manos en el aire. El espejo se ha roto en trozos, de un modo inexplicable. Un temblor recurrente del subsuelo les inquieta. Una fumarola emitida por la montaña sume en la extrañeza a los habitantes de la casa. Llega el ruido de apresuramientos en las calles próximas a la villa. Algo misterioso está a punto de decidir la vacilación de la joven. Hay trasiego agitado en la casa. Voces confusas. Gritos que invocan a lares protectores. La ayudante ha soltado atolondrada los cabellos de la chica, pero esta no se inmuta. 





* Fragmento del espléndido friso del triclinium de la llamada Villa de los Misterios o Villa Item, en Pompeya.


lunes, 19 de enero de 2026

El Roto, siempre tan ingenioso e incisivo

 



Le robo a El País el artículo de El Roto. Porque las viñetas de este filósofo del dibujo son verdaderos artículos, unas veces más implícitos, otras más explícitos, pero siempre críticos, ilustrados y por lo tanto luminosos. Gracias al autor y al periódico.



miércoles, 14 de enero de 2026

La muchacha de Johannes Vermeer lee una carta, ¿qué lee en ella?

 



Fenómenos como el de las imágenes adjuntas me hacen reflexionar sobre cuánto y con qué persistencia vivimos en el engaño o, si se quiere ser más benévolos, en el error de apreciación. Porque ¿siempre se considera como lo que es aquello que parece a primera vista? ¿Es siempre la verdad lo que se nos ha relatado como supuestamente verdadero? La mujer joven junto a la ventana estuvo leyendo una carta durante siglos, desde que en 1657 fuera pintada por Johannes Vermeer. Pero la carta que ella leía no fue la que tanta gente que admiró el cuadro creyó que estaba leyendo. Fue otra.


La ventana abierta orea la estancia. La fruta se va desparramando desde un frutero ladeado. El cortinaje gualda tirando a verdoso ha sido corrido para que el aire y la luz alcance todo el espacio. Se revuelve en sus pliegues. La cortina granate del ventanal reposa sobre una de las hojas de este. Hay una silla, primorosamente guarnicionada, en un rincón. Hay una manta de colores cálidos que podría reunir en sí tinturas orientales. La muchacha de aquella burguesía hanseática mantiene a distancia una carta entre las manos. Lee atentamente. En el cristal de la ventana se refleja su rostro y parte del busto. La luz exterior se fija en la pared que tiene la mujer a su derecha. Ella es hermosa, resalta tanto en su juvenil lozanía. El cabello es rubio, está sujeto por una especie de moño pero deja caer unos tirabuzones que rozan el cuello blanco de su vestido. Su prenda bordada también reproduce en parte el amarillo, como si acompañando a los otros tonos más o menos amarillentos deseara proyectar el efecto luminoso del día. La muchacha se abstrae a medida que lee, tal vez relee, cada renglón manuscrito. La muchacha está sola. Pero probablemente en la carta haya más personajes. Se muestra prudente. Su concentración podría ser malinterpretada, como el mismo texto del papel, si alguien entrase en ese momento. Las facciones del rostro se encuentran relajadas y su gesto imperturbable. Solo ella sabe qué dice la carta. De pronto, de la pared existente a su costado derecho emerge lentamente una figura que va siendo impregnada por la luz. Puede que nazca de una luz. O que acaso emerja desde unas brasas. Ella no lo advierte pero la efigie va tomando cuerpo a medida que avanza en la lectura de la misiva. El papel retorcido, manoseado, avisa de que le ha llegado de manera clandestina. Tal vez a través de más de un recadero. En cada nueva frase que la muchacha lee sigue creciendo la encarnación del niño arquero, quién sabe si se trata de un ángel. Un ángel es un enviado. La actitud del mensajero es cada vez más triunfante y ella, sin modificar su pose, se siente afinadamente tocada por las palabras. El ángel es todo luz. Ella tiene que leer varias veces los últimos párrafos para que la emoción contenida quede sujeta por un punto de entendimiento que no la pierda. O acaso sí quiere perderse. Es tanta la belleza de las palabras que retiene su temblor ante la solicitud que recibe en ellas. Las últimas líneas de la carta la llenan de gozo, pero también de sobresalto. Perdura el instante. Tal vez la mujer piense que ese momento es ya toda la vida. O que siempre va a ser así. Mas no sabe que la máscara que aparece caída a los pies del ángel de la perdición sugiere enmascaramientos que ahora mismo, llevada por su pasión oculta y agitada, no alcanza todavía a ver. 


Durante siglos, desde 1657, la muchacha ha leído una carta y el espectador ha visto un cuadro demediado, aunque pensaba que completo y definitivo. Solo en la restauración  de la obra hace apenas cinco o seis años los especialistas advirtieron que la pared a la derecha de la muchacha no era la pared original de Vermeer. Que alguien había pintado encima y borrado la realización primitiva. Y al observar y limpiar cuidadosamente sacaron a la luz el cuadro de un Eros que cambiaba toda la visión que habían tenido los espectadores y los críticos de Arte sobre la obra. No era el cuadro que se creía. Y renació el cuadro que Vermeer había pintado de verdad. En este sentido la carta que la muchacha estuvo leyendo no fue la anodina que parecía antes, sino la intensa que fue siempre, aunque algunas manos siniestras la ocultaran. 

La obra Muchacha leyendo una carta en una ventana abierta se encuentra en la Pinacoteca de Maestros Antiguos, perteneciente a la Colección de Artes Estatales de Dresde.







domingo, 11 de enero de 2026

Desafío a las sombras. En homenaje a los valerosos ciudadanos iraníes que están siendo masacrados

 



Desafío a las sombras


"¿Pero qué sucede? 
¿Es un alto palacio que está ardiendo? 
¿O un pajar atrapado por el odio 
en el fuego de la controversia?"

De Aire fresco, de Ahmad Shamlu
incluida en el poemario Fénix en la lluvia.




Me asomé más allá de los Zagros
y qué dijo mi mirada al contemplar 
la multitud en las calles de tus ciudades, dijo: 
las gentes no se resignan más, dijo: 
los jóvenes quieren otro país, dijo:
los cuerpos anhelan ser cuerpos
y no tener más dueño que ellos mismos, dijo:
fijaremos el cielo en la tierra, dijo:
la luz tiene que brillar sobre las tinieblas, dijo:
Sadeq te escucha como yo y 
se rebela contra su angustia, no puede ser 
que se repitan las mismas palabras, dice
ni que las cópulas reproduzcan las mismas sumisiones, dice
ni que los cuentos sometan a sus protagonistas, dice
pues nada es verdadero sino la vida, nada
ha fructificado para ser aplastado, nada
debe ser hijo de la desesperanza, nada
ha de beberse del salitre de la sangre, y todo
debe cambiar, todo
convertir las lágrimas en voces, todo
ahuyentar la indignidad farisaica,
que se queden ellos con el miedo que vosotros,
hijos de la vida, 
vais conjurando a golpe de riesgo letal
contra el fútil mundo de las sombras negras.


***


Sugerencias de lecturas de algunos poetas iraníes del siglo XX: Fénix en la luna, de Ahmad Shamlu; Espacio verde y Todo nada, todo mirada, de Sohrab Sepehrí; Cautiva, El muro, Rebelión y Otro nacimiento, de Forugh Farrojzad; Compañero del viento, de Abbas Kiarostami; El búho ciego, de Sadeq Hedayat (no es poesía pero es un libro exquisito) 










viernes, 9 de enero de 2026

野良犬 y 用心棒. O sea, El perro rabioso y Yojimbo. Entre Kurosawa y Mifune

 





Caigo en la cuenta de que últimamente me he montado mi propio cineclub. Totalmente personal. Es decir solo participo yo en la selección de películas de una plataforma y solo yo las veo. Yo me lo guiso, yo me las visiono. Y ya está bien de abusar tanto del yo; aunque el otro ídem se queje de que no le nombro. Para mi fortuna hay cine japonés y un autor como Kurosawa no se me podía escapar. Hemos visto siempre poco cine de directores japoneses, o lo justo, y gracias en muchos casos a los cineclubs voluntarios. Tal vez Kurosawa es de lo más visto. Rashomon, Dersu Uzala, Ran, Los siete samurais o Barbarroja pueden ser las más conocidas. Creo que para mí eran hasta hace poco las únicas. Y casi las tengo olvidadas. Mea culpa. Pero por azar descubro recientemente una de las más antiguas suyas, El perro rabioso, y otra de doce años después, Yojimbo, que me han sorprendido primero, agradado después y por último me han dejado pensando. Eso sí, sensación última muy placentera, pues el placer o es intelectual o no es placer, y acaso el mismo placer sexual, el mundo de los sentidos, no sea sino una forma de inteligencia que se nos da por añadidura pero que también conviene trabajar. 





Vaya por delante que mi capacidad analítica sobre cine es mínima, tal vez nula. Me limito a ser un receptor desde la infancia, un aficionado juvenil tratando de dejarme empapar por las películas, por lo que se me escapan muchos significados e intenciones de lo que hay en ellas. A veces he tenido que ver más de una vez, o seguir viendo de vez en cuando, un filme del que he advertido posteriormente que no había captado o disfrutado lo suficiente. Terreno personal. De ahí que sea más dado a transmitir emociones percibidas que valoraciones críticas de enjundia. De El perro rabioso he disfrutado primero por el hecho de que sea un filme en blanco y negro, de 1949, año glorioso para algunos pero duro para otros, por ejemplo los perdedores de la Segunda Guerra Mundial, entre los cuales estuvo Japón. 

Después, que se nos ofrezca la presencia protagonista de Toshiro Mifune, un actor favorito de Kurosawa que en esta película, con 28 años, da vida a un inspector de la policía impetuoso, nervioso, obsesivo, y tengo la impresión que de una tenacidad moral impecable. Un inspector llamado Murakami al que en un recorrido de autobús le birlan la pistola y teme tanto por su descuido, que le pone en evidencia ante sus superiores, como por el uso que el ladrón o quien compre el arma al ratero pueda hacer de esta para cometer un delito, acaso un crimen. El sentimiento de culpabilidad por haberse dejado robar le persigue de manera aguda en todo el filme. Por supuesto, hay un apoyo anímico y práctico de un policía veterano que le comprende y hace porque no ceje en su empeño de recuperar su colt ni cese o quede rebajado en el cuerpo policial. Mifune, como es habitual en todos los filmes en que participa, está impecable, no tiene la madurez de actuaciones posteriores, las barbadas, digamos, sino que en esta aparece afeitado, revuelto pero de una mirada con fijación atribulada ya espectacular.

Y hay otro protagonista fundamental que no es ni hombre ni mujer ni policía ni ladrón ni autoculpabilidad ni delito ajeno. El clima tórrido de Tokio. Todos sufren en cada escena el atosigamiento del calor, se muestran sudorosos, pasándose constantemente el pañuelo por la cara o el cuello. Calor que se transmite al espectador. Que recorre la urbe en cada espacio, los barrios bajos, las oficinas, los autobuses. ¿No es arte que se comunique al espectador no solamente una trama o la actuación o la dirección del filme, sino algo tan denso y plomizo, y nada invisible, como la sensación del bochorno? Difíciles años tuvieron que ser para los japoneses aquellos años posteriores a la matanza de la guerra. Ni siquiera les salvó el clima. 




El otro filme que he visto recientemente se titula Yojimbo. Es de 1961, pero se mantiene divinamente en blanco y negro. Yojimbo creo que se traduce como mercenario. Pero el personaje se trata en realidad de un ronin, uno de aquellos samurais venidos a menos, libres de señores a los que obedecer y que van vagando por campos y aldeas, sobreviviendo como pueden. Motivados en algunos casos por un viejo ánimo justiciero, respaldado este sin duda por la fortaleza física y calidad defensiva que aún mantenían de las viejas hazañas. Desde el primer plano la personalidad del ronin errante se fija en la mirada del espectador. ¿A quién vemos? ¿A un ronin cualquiera o a Tashiro Mifune de nuevo, barbado, ancho de espaldas, interpretando a Sanjuro, un ronin callado y discreto? El hombre de paso majestuoso y tranquilo, envuelto en su kimono, pertrechado de una katana y una wakizashi, llega a una aldea donde le espera una aventura arriesgada. 

Esa aldea es la aldea de unos personajes la mar de bufonescos todos ellos, no obstante su pretendida ferocidad. Ignoro si el planteamiento de lo que va a suceder bebe, por capricho del director Kurosawa, de las películas del Oeste americano, o si tiene sobradas razones el guionista para saber que los enfrentamientos entre clanes rivales ya eran una tradición en Japón, como probablemente en todo el planeta. Pero ahí están los dos bandos enfrentados, zahiriéndose y mortificándose (y nunca mejor dicho, hasta la muerte) y condenando con ellos la vida que se supone nada halagüeña del pueblo. ¿Es pues el ronin Sanjuro una especie de vengador, de justiciero que trata de imponer su particular ley -la del antiguo samurai y su código del honor- frente a las bandas que condicionan la vida del resto de los pobladores, que casi no aparecen en el filme? ¿Se ha presentado ahí por su cuenta y riesgo para poner orden y facilitar la vida pacífica de sus humildes habitantes?

Mifune de nuevo cautiva. Toda una personalidad, no solo por sus facciones sino por su actitud ante la cámara. Control total de las expresiones. Gesticulaciones medidas. Voz robusta. Capacidad para trasuntarse de apuesto, firme y enérgico ronin recién llegado, al que todos enseguida temen, a hombre abatido y torturado por una de las bandas. Acompañamiento de una banda musical mesurada. Por supuesto, la mujer solo aparece en el filme o personificada en una oportunista y ambiciosa jefa de familia, de clan, o como corte de geishas esclavas. Pero hay otro elemento fundamental que atrapa en la película. Frente a esa belleza guerrera del ronin todos los demás personajes, y apenas se salva un par de ellos, parecen salidos del teatro kabuki. Sus rostros son verdaderas máscaras, rostros feístas, facciones exageradas, bocas desdentadas, cuerpos desiguales, hasta un gigante con mazo aparece en escena. El expresionismo llevado a un filme de Kurosawa. Sus movimientos, aun participando del relato de escenas ofensivas armadas, son verdaderamente bufos. El planteamiento por parte del director de utilizar una calle amplia donde dirimir sus enconamientos los rivales o enfrentándose al solitario errabundo proyecta aún más esta especie de sátira trágica. Una escena digna de filme del Oeste en el Oriente. Genera otra dimensión temporal. Es como si nos dijera: esto sucede todos los días en cualquier lugar del mundo y no hay justicia que lo pare. Pero en el filme, el justiciero Sanjuro/Mifune sabe lo que pretende y lo que puede conseguir.

Pues ya me he desahogado. Si alguien ve estas películas, que las disfrute. Se me habrán escapado muchos detalles. Pero eso es bueno, dejar hilos incomprendidos por si en  algún momento me apetece tirar de nuevo de ellos.






jueves, 8 de enero de 2026

¿Un portal de Belén? No, de Gaza.

 



Campamento de refugiados palestinos de Nuseirat, Gaza.

Aclaración: ignoro si la fotografía es de antes o después de los bombardeos israelíes sobre el campamento. A mí la imagen me ha recordado el portal de Belén que tanto han cantado los cristianos estos días pasados. Me temo que la mayoría de estos creyentes o simplemente cumplidores de la tradición no hayan tenido presentes los innumerables portales de belenes humanos palestinos que padecen sin que les salve ni otros creyentes de cualquier religión ni divinidad alguna ni siquiera unos magos. Las caras de la madre y el hijo conmueven más que lo imaginario de todos los cuentos que nos habían contando. Conmueven y hacen pensar. Que la imagen nos golpee o no la conciencia queda en manos de cada receptor.



miércoles, 31 de diciembre de 2025

Mi particular angelus novus

 


Los años pasan que vuelan. Quienes hemos llegado hasta la fecha vivos, que no sanos y salvos del todo ni mucho menos, cuyo guarismo está a punto de cambiar miramos atrás y contemplamos imágenes que se van devaneciendo. Hasta las más recientes ya no las recordamos con la precisión y atractivo de las que latían dentro de nosotros hace décadas. El presente tiene un interés relativo. Y para lo que vaya a venir ponemos mirada escéptica e incrédula pero no torpe. Ya no nos creemos todos los cuentos. Los hemos visto (casi) todos, ya nos lo recitó León Felipe en su día, que había visto tanto y tan duro. No es fácil saberse los cuentos. Se repiten los de siempre pero disfrazados y con nuevas caretas que pueden despistarnos. Mas si eres buen observador y mejor escuchante te das cuenta enseguida que no merece la pena oír a los voceadores ni mirar los juegos de trileros. Mi angelus novus musical también lo sabe. Mi angelus novus tiene inmediatamente detrás, en el estante, el bagaje de la historia de Genji, el de los héroes griegos, los libros proféticos de William Blake, mitos y dioses de India, el arte mágico de Breton, el complejo universo del Ramaiana, las amenas aventuras de Giacomo Casanova el veneciano, las máscaras divinas de Campbell, los haikús de Matsúo Basho...Podrían ser otros libros, pero el mensajero cayó justamente ahí. Mi angelus novus no tiene nada de talmúdico y está alejado de los sones de trompeta apocalípticos. Mi angelus novus no es estrábico ni de sexo confuso. Mi angelus novus está resabiado del pesimismo de quien dejó enterrado en Portbou. Mi angelus novus no ha llegado hasta aquí guiado por ninguna estrella monoteísta. Mi angelus novus avisa con su tañido sensible y recurrente de que olvidar el pasado nos condenará a no saber andar los siguientes pasos del camino. Mi angelus novus no quiere mutarse en exterminador. Mi angelus novus llega para consolar, acaso respaldar, mis dudas y por fortuna no me ofrece verdades inmutables. Mi angelus novus no desea ser el angelus novus sino un zagal que quisiera competir con aquellas vidas que hubo tras las korai y los kuroi. Mi angelus novus se ha plantado ahí, me desafía con la inocencia de su mirada, como si dijese: qué soy para ti. Mi angelus novus (y caigo de pronto en ello) ha sido enviado por cierta emotiva y sensual poeta de Mitilene para que yo cante sus versos al son de la siringa:


Quédate frente a mí como un amigo
y despliega tu gracia ante mis ojos



NB. Buscaros para 2026 un angelus novus que no sea destructor ni para vuestros propios cuerpos ni para la convivencia con la humanidad ni para la relación con la naturaleza física.

 

lunes, 29 de diciembre de 2025

Un alegato pacificador de Juan del Mal Lara sobre los cuñados (a propósito de las comidas familiares de estos días)

 




Nos creíamos que el asunto de los encontronazos con cuñados en nuestras reuniones familiares, más o menos ceremoniales, era asunto del presente. Precisamente en estas fechas en que la gente se obliga a compartir mesa con los próximos algunos me han dicho: Tendré que vérmelas con mi cuñado X. Espero que no se ponga muy borde mi cuñado Y. Uf, tener que sufrir las invectivas de mi cuñada que viene de tal ciudad. Sí, un desafío para la cordura y el afán tranquilo si se quiere mantener lazos familiares serenos. O simplemente seguir manteniéndolos. Y es que en esto de vertir opiniones, que todos las tenemos, los hay dialogantes sinceros, aunque discrepemos con ellos, pero también individuos impositivivos de aquello de España es lo mejor de la canción. Pero hete aquí que el tema no es nada nuevo. Y hojeando, y leyendo a saltos, el maravilloso libro de refanes comentados La Philosophía vulgar, del humanista Juan de Mal Lara, obra publicada en Sevilla en 1568, me encuentro con un refrán titulado De cuñados, pocos vandos, que retrata a la perfección, con sus correspondientes consejos, la actitud de ciertas personas cuando nos encontramos con ellas y nos sentimos obligados a comentar de la vida. Y en el caso de estos días, a mesa y mantel. He aquí una parte del capítulo, bastante ilustrativa:

"Muchas vezes avemos dicho de los parientes, assí los que son allegados por sangre como por el casamiento. De los quales, los affines, que son los cuñados, es una manera de parentesco, que si no se llaman y tratan como hermanos, no es en sí fuerça, porque no es amistad juntada por aquellas vías que suelen durar mucho; y por esso dizen que aya d'ellos pocos vandos, porque en los vandos se arriesga la honra y la vida y hazerse enemigos para siempre.

A mí me paresce que también podía dezir 'vandos ni aun de hermanos', porque es mucha razón que no aya quien sustente tan mala cosa en el mundo como los vandos y sediciones que se arman en los pueblos, que el diablo los inventó para jamás conservar la paz, que es el mayor bien que puede tener el mundo".

Reléase si la redacción castellana de esa época resulta algo extraña o dificultosa, y entiéndase la v de vandos como b de bandos del vocablo actual. No hace falta aclarar el significado de bandos, ¿no? Al fin y al cabo los vivimos a la orden del día y todos, de una manera u otra, por activa o por pasiva, nos situamos en alguno de ellos.




jueves, 25 de diciembre de 2025

Frente a los rugidos, a los mugidos y a los balidos

 


Me lo regaló ayer un amigo que vino de Madrid. Un amigo de infancia y adolescencia al que había perdido de vista durante décadas. Por azar y por empatía hemos recuperado una amistad, que ya no es infantil sino del último período vital. Es decir, jugosa por cuanto nos proporciona recuerdos, narraciones, curiosidades y experiencias mutuas que por sí mismas justifican el hecho de vivir. Desconocía el libro y al autor. Pero por la introducción leída de momento sospecho que además de enjundia y exposición para el debate tiene una capacidad analítica luminosa. Veremos. Esta parrafada de la introducción me ha invitado a proseguir su lectura.

"En la política y en las artes han pasado cosas que no hubiéramos creído posibles: mientras los presidentes se convertían en rockstars, trols y performers, los creadores asumían la misión de señalar los males del mundo. Tal vez no haya una paradoja más notoria del mundo contemporáneo, nada que produzca más perplejidad o confusión. La cultura, que solía ser el campo de experimentación y del libertinaje, está ahora asediada por cuestionamientos morales. Y la política, que solía ser el campo de la responsabilidad y del compromiso moral, ahora tiene licencia para polarizar, dividir y sembrar el odio entre los ciudadanos. Un novelista se mete en problemas si aborda temas sensibles, como el infanticidio, pero nadie cancela a un político que arroja carroña a sus votantes para que lleguen convertidos en hienas a las urnas. A los líderes se les permite rugir y usar como materia prima las bajas pasiones, traficar electoralmente con el rencor y dividir el campo político entre amigos y enemigos; a los artistas, en cambio, se los sienta en la primera fila a que presten atención a las lecciones del profesor de ética contemporánea".

En fin, si este libro me sirve para comprobar que lo que uno venía pensando -elaborando su propio pensamiento- desde hace tiempo no iba descaminado, aunque probablemente en muchos casos que cita no me diga nada que no supiese o intuyera, habrá merecido la pena. Los rugidos más bestiales nos acechan sobre, contra y dentro de nosotros, si asumimos los que proceden de las bestias. Pero también estamos en tiempos de elevados mugidos y no menos aquiescentes balidos que acaso revelan la lamentable situación de la condición humana de nuestros días.

Para aliviar la tesitura no os desearé felicidades verborreicas y tradicionales, simplemente os pongo a Corelli.




lunes, 22 de diciembre de 2025

Llegó el invierno

 


Mira, Sandrine, lo que leo en un libro de autor portugués. "Aprovecha la vida mientras sea vida dentro de ti. Aprovecha tu cuerpo mientras seas tú quien vive en él". ¿No es estimulante el pensamiento? Sandrine se sirve más café y sujeta la taza con ambas manos para paliar los signos del invierno. No dice nada nuevo, objeta. Pero hay que decirlo, replico con énfasis. Hay que reconocerlo. Incluso tendríamos que repetírnoslo cada vez que algo nos aflija y perturbe. El cuerpo, o mejor la totalidad que bulle en él en cada individuo, hay que ponerlo a salvo no obstante las acometidas externas. Sandrine muestra una pizca de mirada irónica, la vuelca en palabras. No podría decir que no, Max. Ponerlo a salvo es afrontar y si es posible resolver aquello que nos zahiere, nos descoloca o incluso nos deja por los suelos. No es el invierno en sí, que no solo se trata de soportar el clima exterior del que hay que resguardarse, sino sobre todo plantar cara a los otros fríos. Los que proceden del hacer y deshacer de los hombres. Invierno debe ser, entonces, recogimiento. Consuela la propuesta de Sandrine, y la matizo. Pero entiendo, o quiero entender, que recogerse no quiere decir huir o abandonar. O entregarse a grotescas actividades que respondan a modas y ejercicios que condenan al individuo a un rol de consumidor. No me seas puro, me corta la mujer. A muchos les funciona cualquier cosa con tal de no perecer. Lo sé, digo. Pero aunque no perezcan de pronto, ¿no están cavando su entrega a largo plazo a los que saben manipular las mentes y por lo tanto las vidas para sus beneficios particulares? Sandrine me revuelve afectuosamente los cabellos. ¿A dónde vamos a llegar a estas horas con esta conversación, amigo mío? Es invierno, nosotros somos parte de él, debemos atendernos manteniendo fluida nuestra mente y encauzando nuestras emociones. Lo que dices, Sandrine, lo dice implíctamente el portugués: "Aprovecha tu cuerpo mientras estés dentro de él. Aprovecha mientras estás".



*Foto: el Invierno -Nivoso, Nivôse- del Calendrier Republicaine de 1793.

viernes, 19 de diciembre de 2025

Encuentro entre fieles o no tan fieles amigos

 


Me gusta esta clase de encuentros, que no celebraciones, dice Vladimir. O acaso el mero hecho de encontrarnos unos y otros ya sea una celebración, le replica Osip. Tienes tanta razón, admite aquel. No solo una celebración sino un homenaje, porque aunque quedemos quienes aquí estamos también echamos de menos a los que tuvieron la osadía de cerrar la puerta a la vida, quisieran hacerlo o no. Y eso que, en principio, nadie quiere, pero ya sabes que vivir o morir no es un acto de nuestra voluntad. Hay quien lo elige, salta Lili. Y además quien vive muerto toda su vida. Vladimir afirma con la cabeza. Dos elecciones diferentes, ¿no? Que, sin embargo, hay que distinguir. Y no olvides que la segunda es metafórica. Lili no está por conceder. Metafórica o no el muerto en vida es una carga onerosa no solo para sí mismo, que acaso apenas lo es porque se trata de su modo de estar, y ahí hay que ver cómo subsisten algunos a costa de otros, sino sobre todo para quienes más directamente les aguantan. ¿Y si se trata de una actitud estoica llevada al extremo?, dice Osip mientras juguetea con el vaso vacío. Claro que eso nos llevaría a entender si el estoicismo de algunos no será una excusa para su mínimo o nulo esfuerzo. Lili está guerrera, no le gusta otorgar por las buenas. No seas complaciente. Entonces, que se haga eremita, que se refugie en la oquedad más profunda de una cueva, como aquellos santurrones primitivos de Athos o los de Novgorod, y que esté sin estar, sin que su vida afecte a nadie más, sin que otros tengan que doblar esfuerzos o hacer sacrificios para mantener al puro. Vladimir se pasa la mano por la cabeza y sonríe. ¿No crees en la pureza de espíritu, querida Lili? Ella: ¿Y qué es la pureza? Osip no quiere metafísica. Me temo que a ese género de individuos lo tenemos también en instancias oficiales o en ciertos casos entre algunos que se han acercado a nuestros planteamientos simplemente para decir sí a todo. O para espiar, interviene bruscamente Lili. Porque hay mucho espía de la vida cotidiana de los demás, mosquitas muertas que se crean un halo vano de hacedores pero solo observan, te dan la razón, pero no les ves nunca activos. Osip puntualiza. Incluso los hay que tratan de labrarse amistad. Pero para eso hay que arriesgar, dar parte de uno mismo, sin esfuerzo, de modo natural. Luego van presumiendo de que son amigos nuestros, no sé si buscan en ello un pobre prestigio o una manera de conseguir algo menos fraternal y sí otro tipo de beneficios. ¿Está pasando en nuestra revista poética, Osip?, inquiere Vladimir. Osip hace un gesto paciente. Seguro que infiltrados tenemos, tipos que presumen de pureza ideológica y solo es mera verborrea. Pero por lo que escriban les conoceremos, ¿no?




sábado, 13 de diciembre de 2025

Los punto y coma que propone el escribiente

 


El escribiente, desde su perplejidad vital, pues dice seguir asombrándose de cuanto le roza y le toca, aun pasando por él tanta abundancia de días, me pide que le dedique en una entrada atención a su blog; y yo qué le digo; ni siquiera acierto a saber bien de qué van sus escritos; tal vez va de lo que se le ocurre por azar, aunque el azar tiene tanto de asociación de ideas; va de lo más nimio que yendo por la calle concibe como iluminación e intenta memorizar; o de estar tomando un café y al menear la cucharilla en la taza percibe como música y letra; anota un pensamiento fugaz, nada conclusivo, pues sabe que a un pensamiento sucede otro; va de repetir (repetirse) una y otra vez sus obsesiones; ¿cuánto hay de obsesión en las conclusiones que nunca llegan a producirle satisfacción definitiva?; me respondo: no existe la conclusión definitiva, sí la final, que ya no pertenece a la voluntad de pensar y transcribir, sino a otra esfera biológica; puedo preguntar al escribiente: ¿qué piensas hacer con esto que pergeñas y dejas siempre abierto?; intuyo su respuesta: nada, no hay más objetivo que dejar fluir; me pondrá un ejemplo, posiblemente, muy fisiológico y me responderá que cada palabra, cada frase, cada idea, montaraces todas ellas, son como el ejercicio de respiración; eso dirá, y yo entonces haré pensamiento de mi respiración, que es como rizar el rizo pues lo reflejo no exige conciencia; y si a mi vez pongo cara estupefacta por lo que dice, insistirá: cada respiración se sucede una tras otra y no nos preguntamos por qué, así pues va siendo lo que escribo; y de pronto el escribiente, olvidando el fondo y pensando en la trascendencia de la forma, me dirá cuando lea esta entrada: ¿has pensado lo abandonados que tenemos los puntos y coma?; tengo que responderle que sí; luego dirá: ¿por qué no los frecuentaremos más si son tan expresivos?, pues practicamos en exceso el punto, la coma, los suspensivos y el ridículo punto final cuando nunca hay final de nada en esto de la escritura; y un punto y coma, en cambio, ¿no es como parar un instante y seguir sin límite?; y yo le replicaré, como si le pillase en falso: pero tú no lo practicas; y él me abofeteará con esta salida impetuosa: practícalo tú, siquiera en una entrada; le hago caso.


https://elescribienteperplejo.blogspot.com/



lunes, 8 de diciembre de 2025

Asesinatos en serie. Inmolación

 


Podría decirse de aquel rostro de facciones bien moduladas que había sido rasgado por el rictus de la insatisfacción. La mirada huidiza, los labios encogidos, la frente apesadumbrada, el mentón tenso comunicaban desasosiego. Fue infeliz probablemente, coincidieron los arqueólogos al extraer la cabeza exenta a la que le faltaba el resto del cuerpo. Lo peor que le pudo suceder, discurrieron, no es solo que la golpearan con brutalidad, tratando de deformar su cara, sino que la arrancasen de un cuerpo al que habría estado unida para satisfacción de sí misma. Sin duda que para admiración de sus poseedores también, matizó uno del equipo. O acaso nunca fue del gusto de quien la trajera a este mundo, apuntilló otro. 

El grupo investigador disfrutaba con sus primeras conjeturas. Contemplaban a la enigmática, envuelta aún en el sarro de la ciénaga. Pero un descuartizamiento, siguieron perorando, donde la cabeza sin cuerpo extravía todo su sentido, ¿no supondría para ella la carencia de su razón de ser? Los arqueólogos arriesgaban opiniones mientras procuraban extraer más intacto aquel volumen intrigante y escarbaban con delicadeza para hallar fragmentos con los que recomponer la misteriosa faz. ¿Qué o quién sería?, se preguntaban. Esa apariencia de mirada perdida, ¿nos dice algo? Una diosa disconforme con las conductas de los mortales, por ejemplo, aseveró a la ligera uno con dudosa fantasía. Pero, ¿por qué tenemos que pensar siempre en divinidades cuando hallamos estatuas?, refunfuñó un veterano de las lides. Es la costumbre, soltaron varios al unísono. Por la costumbre de las creencias antiguas nos podemos perder, como sucedería ahora si nos limitásemos a vivir pendientes de mundos imaginativos y personajes abstractos que supuestamente decidieran por nosotros. 

El veterano, curtido por tantos hallazgos y representaciones arcaicas que no había conseguido descifrar, no quiso dar nada por hecho. ¿Y si representa a un miembro de familia fallecido prematuramente al que no se quería olvidar? ¿Y si encarnase más bien un valor, la virtud, por ejemplo, o un vicio, antes que una persona? ¿Y si quisiera transmitir algo más filosófico, tal vez la materialización del pensamiento profundo, para señalar la senda del comportamiento humano? ¿Y si se tratase de una personificación del tiempo, efímera pero efectiva? ¿O una representación de la naturaleza agitada, tal como una tempestad o un cataclismo? 

Los especialistas sabían que hacer suposiciones y cábalas más o menos descabelladas era la manera de sortear su ansiedad. La pieza no se iba a ir del muladar tras siglos de ocultamiento. Y contemplarla en ese ámbito que había sido su hogar luctuoso no iba a repetirse. Se admiten más sugerencias, dijo el arqueólogo más jovial. Yo apuesto porque podría tratarse de un cupido insatisfecho en una de sus misiones mediadoras. Querrás decir celestinas, apostilló el del al lado. Tantas propuestas de interpretación, sin base rigurosa hasta el momento, no pasaban de servir de juego. Sea lo que haya sido, comentó el más observador, y cuando analicemos en detalle la figura tal vez nos aproximemos a su verdad, el gesto desaborido es tan inquietante que uno piensa en el alejamiento que transmite más que en la proximidad. Como si se viera abocada al fin de los días más que a la ventura de tomar cada momento con gratitud y goce. ¿Estás sugiriendo que pudo disponer de su vida para dejar de tenerla?, le preguntaron. No me cabe duda de que hay estatuas que se ven abocadas al suicidio por desconcierto y desesperanza. Podría ser este el caso. 



viernes, 5 de diciembre de 2025

Asesinatos en serie. Desaparición

 



Unos dicen que su huida fue su perdición. Otros que su redención. Cuando estaba a punto de quedar terminada para incorporarse a la galería decidió negar el futuro que se le deparaba. No le seducía la idea de verse escoltada por las demás obras que el escultor de Paros creaba. Prefirió sentirse incompleta antes que ser identificada como una mortal disciplinada y aquiescente. No había dado el demiurgo el último toque a todo su contorno cuando ella se quiso tal cual se contempló aquel día de luz voluptuosa. Menos bruñida. Más tosca. Nada rígida. En absoluto modélica. Y muchos menos condescendiente. ¿Qué vena había en aquel mármol creciente de la isla que había dotado de alma a la Ménade? 

Aprovechando la noche y que el taller dormía abandonó el estrado donde estaba siendo cincelada. A las afueras de la ciudad soplaba una brisa marina que halagó a su piel delicada. Los cabellos, agarrotados por el cincel metódico del egeo, se desarbolaron caprichosamente. El cordón que sujetaba el ligero peplos se desató, dejando volátil la gasa, ondeante a cada salto. Se ensimismó con la contemplación de su joven desnudez. Le pareció escuchar un sonido que no era fragor de oleaje. No supo si la musicalidad que llegaba cada vez con más nitidez a sus oídos venía del lado oceánico o del interior agreste. Tampoco entendió bien el dialecto de una voz tenue y sutil que iba haciéndose más precisa. ¿Procederá de la lejana isla donde dicen que una instruida poeta congrega a sus amigos bajo una cultura de la alegría y el placer?, pensó entusiasmada. 

Se afirmó en aquella tentación salvaje. Empujada por su osada independencia sintió la sacudida de sus propios actos. Sus pies adoptaron el ritmo que llegaba con el viento. El salitre húmedo hería sus perfiles más rudimentarios. Los matojos rasgaban sus pasos. Había en aquella soledad de la noche cierta ebriedad sensual. Cuando la canción y la flauta estuvieron cercanas se dejó arrastrar a una extraña ceremonia que el artista podría haber intuido pero no plasmado. Era una incitación desconocida. ¿Tal vez es esta la medida de mi libertad?, se dijo. Con moderación primero, con frenesí más tarde, la Ménade fue poniendo en acción cada parte de su cuerpo. Sabía que tras los arbustos era observada. Le dio lo mismo. Ella solo tenía mirada para sí. Y movimiento, y contorsión, y un agitado bamboleo de su cabeza que distraía voluntades ajenas, que frustraba voluptuosidades extrañas, que ahuyentaba obediencias, que rechazaba metas. Los brazos describían geometrías incontroladas. Las palmas de las manos constituían una exultación al éter. Los pechos emergían cupulares. La tensión dinámica ponía al descubierto la inconmensurable belleza del caos. No había zona de su cuerpo que no fuera ejecución de una danza improvisada y fiera. 

No volvió nunca al taller. Tantas cosas se dijeron de su desaparición. Que alguien le facilitó la huida. Que fue el viento de la bahía quien la trasladó a otras regiones. Que los mil ojos escudriñadores la disolvieron con sus lascivos deseos. Que cierto dios ingrato la hizo pagar el precio de rebelarse contra su destino. Que acaso el mismo hombre que la tallaba renunció a condenarla a un mero futuro pétreo y la dejó convertida en sueño.





miércoles, 3 de diciembre de 2025

Asesinatos en serie. Amputación

 



Ay, Sileno, en qué poca cosa te has quedado después de que las ninfas que perseguías te tendieran una trampa. Ellas han dicho: no, no hemos sido nosotras, ha sido su embriaguez. No hay peor paso que la lascivia atrapada por una borrachera. Sileno, el compañero del preclaro, eterno vacilante entre el amor y el vino, inclinándose siempre a favor de este a pesar de que la embriaguez del deseo sea tan peligrosa como la etílica. ¿Sileno y los otros acaso saben de amor?, me gritan entre risas las ménades al unísono. ¿Es que la alegría que produce el contacto amoroso precisa de aditamentos? ¿Es que la energía natural de los cuerpos debe ser sustituída por los zumos que adormecen y trastornan? Lástima de Sileno, al que nosotras enseñamos a tocar el aulós y él pretendió apropiarse de la iniciativa. Bailamos tantas veces ante él para apaciguar sus frustaciones. Cuando intentaba rasgar nuestros peplos acababa envuelto en las gasas sin distinguir si los aromas provenían de nuestra piel o de los hollejos destilados. Nuestro frenesí era para nosotras mismas, y él lo sabía. ¿Le incitábamos o  caía en su traviesa figuración por poseernos?

Que quede claro. No ha habido crimen alguno. Nos divertíamos porque él no era, o al menos no se portaba, como los otros sátiros. Nos solazábamos entre todas pero también le atendíamos porque nos apenaba su soledad. Poseído por el exceso, ¿no dejaba entonces de ser el sujeto al servicio de la deidad de lo que tanto presumía? ¿No era esa entrega incondicional a sus constantes libaciones la forma que adquiría su soledad? 

Cuando se precipitó su caída, hubo un silencio huérfano en el museo. Las ménades detuvieron sus danzas. No se escuchó ni la dulce flauta ni el tañido de la lira. Las voces vivarachas de las ninfas cesaron. El aire dispersó los aromas. Los pasos disolvieron su condición etérea. Permanecí rígido, rozado aún por un eco ancestral, mientras a pocos metros la herma de Sileno yacía brutalmente amputada. 



lunes, 1 de diciembre de 2025

Asesinatos en serie. La otra muerte de Antínoo

 



Entre los que no te perdonaron que fueras el favorito estaban tus desairados competidores. Estos, mientras por una parte halagaban al emperador, urdían tu muerte. Dice la leyenda que te ahogaste, pero yo Melisa, natural de Bitinia, al discreto servicio de tu señor, supe quién te condujo y con qué estratagema a las orillas de aquella corriente fatídica. Aprovecharon un desliz tuyo, que no la deslealtad al dueño de tu corazón, para provocar el triste suceso. Ah, la juventud, temeraria encarnación del riesgo. Habías ignorado a los más bellos entre los bellos porque para ti era más importante la sabiduría y la templanza de Adriano. Él no estaba ignorante de las acechanzas eróticas ni de los devaneos a los que podías ocasionalmente prestarte. Te disculpaba, no le concedía mayor importancia pues sabía sobradamente que le eras fiel. Sabía valorar los juegos circunstanciales de los jóvenes. Entendía sus caprichos. Aceptaba que el ritmo vertiginoso de vuestros cuerpos no podría ser nunca mantenido por él con idéntico impulso. Incluso se sentía agradecido cuando al volver de algún escarceo ajeno te encontraba más dispuesto e imaginativo que de costumbre. Adriano no volcaba en ti únicamente su deseo, cada vez menos correspondido por sus dotes menguadas. Era la apreciación insuperable sobre tu belleza y los modos solícitos con que sabías atenderle lo que le cautivaba de ti. Tu interés en dejarte aconsejar en las conductas sociales. Tu apasionamiento en la percepción del arte en la que él te introducía. Tu escucha silenciosa cuando tu hombre se desahogaba, presa de pasajeros desánimos de los que se reponía con tu compañía. Sufrió al ver que desaparecías bajo las aguas de un río de dioses ancestrales. Para tratar de consolar su desolación furiosa algunos prorrumpieron en exclamaciones. Qué accidente tan desgraciado. Cómo nos ha abandonado el azar. Hasta el río sabe seducir a la beldad. Y otras expresiones tan convencionales como vacuas. Pero no fue el causante ni el destino, ni la mirada desdeñosa de ninguna divinidad, ni siquiera la turbulencia de un rio engañoso. Quienes te quisieron mal en vida y se habían conjurado para deshacerse de ti, aun causando un dolor tan irreparable como espantoso a tu protector, habían logrado su objetivo.

Adriano, tras el infortunio no te olvidó nunca. No había suplente alguno tuyo en su alma. Te divinizó para honrarte, aunque hubo quien lo consideró locura. Proyectó tu  imagen y tu nombre por doquier. Sin embargo, cuando él desapareció todos los que te odiaron fraguaron tu nueva muerte, allá donde pudieran alcanzar tus retratos. Mas hasta lo más interior y orgánico de ellos, puesto al descubierto al romper tus estatuas, mostraba una hermosura primigenia. Porque la piedra es exultante por fuera y por dentro. Y así, cuando la gente veía el destrozo en tus rostros o las amputaciones de tus cuerpos no sabía si estabas deshaciéndote en la tierra o renaciendo a la espera de un nuevo Adriano.

(Suena aún el eco de un poema: Anima, vagula, blandula...)



viernes, 28 de noviembre de 2025

Asesinatos en serie. Empujón vengador

 



Te lo he permitido todo, menos tu olvido. No me ha importado que miraras lascivamente a los otros efebos. Ni que debatieras sobre la composición de la naturaleza y de las cosas con ellos. Ni que te ofrecieras a servir de modelo de artistas preclaros. O que concurrieses a ágapes, donde la exhibición es para muchos el alimento visual apetecido. Si eras atrapado por la ebriedad yo te recibía con cuidados. Si sucumbías a la seducción de los más bellos, te acogía comprensivamente. Si pasaban varios días sin saber de ti, te disculpaba aunque me doliera la ausencia. Siempre acepté que vuestros juegos y afectos se intercambiaran sin límites, pues al fin y al cabo hay que enseñar el disfrute al cuerpo y llevarlo por una dirección adecuada.  Es tan propio de la juventud probar y buscar la satisfacción en lo diverso. Y cómo frenar el impulso de tentar a los adultos, cuando no de los ancianos. O cuántas veces no ha sido al revés. Las personas de edad avanzada os veían a vosotros como el deseo perdido de sí mismos. Vosotros cedíais en parte por curiosidad, y porque en el temple de quienes van camino del fin de la vida se vislumbra un saber residual del amor al que no podíais resistir. Las manos de un anciano, decíais, hablan con otro tacto, no menos excitante. Sus miradas, que a algunos les podría parecer impúdicas, os convertían a vosotros en meta del anhelo insatisfecho. En sus cuerpos ajados, exentos de lozanía, hallabais no obstante calor y sensualidad. Pero, sobre todo, ¿no eran las palabras que ellos pronunciaban las que os envolvían por un doble efecto erótico, el que rebosaba un tono pausado y firme, y la contundencia y claridad de sus conclusiones sobre la vida que aún no podíais vosotros captar? Lo repito. Nada de lo que hayas hecho me ha importado nunca. Jamás cedía a los celos, aunque a veces me abrasasen. Al comprender tu comportamiento te conocía mejor y me comprendía también a mí. No fue sino cuando te alejaste definitivamente y supe que no me valorabas ante otras presencias o bien ni siquiera hablabas de mí,  cuando me sentí afectado. Comprendí entonces que tu olvido era la mayor traición. Entiende que, y hablándote de peana a peana próximas, en un arrebato incomprensible te haya empujado fuera de tu pedestal y en tu caída quedase marcado para la posteridad el yerro de tu desdén. Condenándote así a que todos supieran de mi venganza. 

Que los dioses se apiaden de mí. Que las demás figuras de esta logia me ignoren con su desprecio. Que perezca yo también, víctima de mi devastación interior, por futuras manos vengadoras.



miércoles, 26 de noviembre de 2025

Asesinatos en serie. Culpabilidad

 



Todos somos hijos de la destrucción. ¿Tal vez por serlo también de la culpabilidad? Causantes o bien sufrientes de una acción exterminadora, nuestra procedencia está marcada. Basta mirar atrás, no hemos estado aquí todo el tiempo. Ni nuestros padres ni nuestros abuelos. ¿Llegaron ellos a donde vivieron como expulsados de otro lugar o como victoriosos asoladores por mor de algún ancestro anterior? No, las obras de arte del pasado no se han destruido por azar. Sino por pensamiento. Los demoledores pensaron la destrucción. La justificaron siempre con una tanda de ideas y evocaciones intransigentes pero también de intenciones que respondían con rencor exultante.

El peregrino a ninguna parte, o en todo caso a la profundidad ignota de sí mismo, se hacía preguntas y se daba respuestas de esta clase mientras admiraba a la lastimosa Medusa. ¿Qué les había hecho a aquellos gamberros la faz de Medusa? ¿Qué frustración les removía las tripas mientras aporreaban la imagen cuya visión es indestructible? Seguramente los violentos habían estado antes derribando lo que ellos llamaban ídolos. ¿Para imponer a su vez los suyos? ¿O se sentían culpables? ¿O era su incapacidad para haber logrado figuras y seres en piedra cuya belleza y medida no habían sido jamás superadas? El peregrino pensaba: devorados en un bucle de seducción y repulsión, los destructores han tenido que vivir en un desatino permanente. Pero ¿por qué Medusa tenía que pagar a su vez? 

Medusa, aun siendo bella, no estaba hecha para agradar ni recrear ni exaltar a ningún humano. Su rostro, de una extraña serenidad rayana en la incógnita, podía a veces cargarse de ira. Porque Medusa es una imagen especular. Petrificaba, sí, porque mirarla era mirarse uno mismo a través de ella. No hay nada que más obture la mente de un individuo que la contemplación obsesiva de los propios defectos, la conciencia de las malas acciones, la insatisfacción por no realizar deseos, el fracaso de sus acciones perversas. Tal vez quienes la atacaron despiadadamente, pensó el peregrino, la odiaban no porque representara como otras estatuas a las creencias y las ideas de otro mundo, ni a una estética insuperada, sino porque identificaba la miseria propia de ellos. Al insistir en su destrozo se destrozaban también a sí. Intentar desaparecer la relajada actitud de Medusa, apagar la sonrisa misteriosa, pulverizar la mirada horadando sus concavidades oculares, desarbolar el perfil serpenteante de los cabellos era pretensión vana. Podían deformar el rostro, pero Medusa siempre se recompone. Temían la fuerza magnética, acaso maléfica, de Medusa porque cuestionaba la brutalidad de los actos y la manera de ser de los intolerantes que se cebaban con ella.

Ignorantes, pensó una vez más el peregrino. No sabían, que la misteriosa había entrado en ellos incluso antes de que se plantaran ante una de sus representaciones en piedra. Una vez que se la mira el alma de quien la contempla se entrega. No es Medusa quien devora al que se la acerca con malas artes, sino el instinto de culpabilidad atroz el que agobia sin límites a los mortales.



* Fotografía de Mimmo Jodice.

lunes, 24 de noviembre de 2025

Asesinatos en serie. Trepanación

 



Para justificarles dicen algunos que estaban mal informados los asaltantes. Que estos pensaban que en cada escultura latían vidas y no solo símbolos. Que no bastaba con devastar las facciones hermosas, sino que había que prospectar dentro de la piedra, porque una cabeza bien puesta en un cuerpo de piedra era también una mente activa emitiendo pensamientos. A los agresores de capilla o de milicia se les suele disculpar diciendo que siguen órdenes. Pero aunque las siguieran, por el empeño que ponen en su labor maléfica se puede afirmar que las asumen. Que se identifican y desean hacer concienzudamente lo que están haciendo. O, mejor dicho, deshaciendo. Los pensamientos y, en general, las ideas de los que viven en esta ciudad, hay que arrancarlos de raíz. Era el mensaje último de la arenga previa a que se desatase la cacería de estatuas.

Los ejecutores sabían que imágenes e ideas son inseparables. Que en las estatuas se resguardan símbolos que definen la mentalidad. No les importaba si aquella testa representaba a un jefe, a una divinidad o a un sabio incluso. Estimaban que en cada personaje de mármol de la ciudad asaltada bullía un mundo de ideas y representaciones que había que desalojar. La encarnación del Amor, la exultante creación del Arte, la recta propiedad del Liderazgo, la incesante búsqueda de la Felicidad, la seguridad del progreso que proporciona el Conocimiento.

Los golpes secos pero certeros de los alfanjes afilados, realizados desde ambos perfiles de la cabeza, fueron levantando la zona temporal. Cada vez con mayor virulencia. Vehementes, enérgicos, en cada golpe los verdugos iban entregando su propia corpulencia. Exudando odio. Vaciándose a sí mismos de cualquier connotación piadosa o al menos tolerante. Toda su obsesión era llegar a lo más íntimo de la magnífica cabeza. Levantar el cráneo, hurgar en lo sesos, deshilvanarlos hasta dispersarlos por los suelos. No, no podemos tirar los sesos a cualquier parte, advirtió quien desde un cargo importante en la congregación de los iluminados los dirigía. Si caen al suelo, alguien puede recogerlos. Si se desparraman por una tierra de labor, pueden germinar. El océano podría ser un buen espacio, pero ¿quién nos dice que las especies marinas no hacen de ellos un uso que antes o después puede retornar contra nosotros, los justos? 

Mientras el jefe dilucidaba qué hacer con las entrañas de la cabeza los esbirros seguían con su faena atroz. A medida que avanzaban en el corte, mellando sus espadones, cambiando de brazos, pues todos querían participar y todos se agotaban, más se desesperaban. El mármol iba cediendo pero dentro solo seguía apareciendo mármol. ¿Dónde están las ideas de estas figuras?, se preguntaban. Se está reduciendo el volumen y no aparece otra cosa sino piedra y más piedra. Proseguid, se les ordenó. Tiene que estar la mente por alguna parte. No puede haber desaparecido la conciencia, que es el meollo de un cerebro. Tal vez la hayamos reducido a esquirlas según hendíamos, replicaron los forzudos. Y nuestras armas están prácticamente inservibles de tanto percutir. Id a por más herramientas si es necesario, se les exigió. Pero por alguna parte se debe llegar a la profundidad de ese cráneo. No puede ser que, partida en infinidad de trozos, prácticamente reducida a una masa informe, nos gane la partida.

Por un momento la euforia con que alimentaban la hazaña pareció desvanecerse. Señor, dijo uno de los operarios del destrozo. Esta estatua no tiene fondo alguno. ¿Y si las ideas que hubiera en ella han ido desperdigándose a cada golpe letal? ¿Y si nos han salpicado a todos? ¿Y si convertidas en polvo han ido a parar al éter, al aire mismo que todos respiramos? El jefe, sometido a la duda que le planteaba su subalterno, no supo responder, mas no quiso perder autoridad. Dejadla tirada. Quedan muchas más, sentenció. 



sábado, 22 de noviembre de 2025

Asesinatos en serie. Crucifixión

 



Cuando los fanáticos terminaron de cometer el sacrilegio de atentar contra la belleza, la matrona herida se contempló en las aguas mansas del río. No había porción de su faz que no hubiera resultado dañada. Los ojos, raídos. Los labios, hendidos por las marcas de un filo. El mentón, desconchado por efecto de los golpes. Diversas muescas arañando su tez. Y lo peor. Arriba, en la frente, en esa parte despejada y visible del cráneo que parece mostrar el don oculto del pensamiento y de las emociones humanas, una marca despiadada. La de un instrumento de tortura. El signo adoptado por los vencedores. 

La matrona de hermosos cabellos ondulados alcanzó a ver reflejada en su maltrato el fin de una época. Ya nada iba a ser igual. Los intolerantes, crecidos por el respaldo del gran poder del Imperio, iban dejando su huella destructiva y dictando el futuro. Para confirmar su impetuosa presencia no les bastaba con difundir un relato nuevo, no menos imaginario que los de los mitos tradicionales, pero sí más efectivo para prosperar en los nuevos tiempos. Se empeñaban en derribar ídolos, porque ellos tenían que imponer y exhibir los propios. Arrasaban templos, o los reconvertían para su utilización partidista -les parecía a algunos que mantener ciertas grandes construcciones cambiándolas de sentido podía tener un efecto más poderoso que las creencias- puesto que lo que se había invocado en ellos no iba con el nuevo orden de sus preceptos sublimados. Destruían bibliotecas, porque pensaban que el saber -ese gran don que los hombres se han otorgado a lo largo de los siglos-  no lo necesitaban como rector de conducta, ya que todo él emanaba, decían, de una figura imaginaria y única, patriarcal y por encima de todas las cosas, a la  que nadie veía pero a la que se habían entregado ciegamente. 

La noble mujer de mármol no lloró ante la acción impune que también se  llevaba a cabo con otras imágenes. No se lamentó. Inclinada sobre la corriente, contemplando el propio reflejo, recordaba y lamentaba. Recordaba los años felices en que los talleres labraban testas y cuerpos con los que los mortales pudieran identificarse y proyectar su personalidad para generaciones venideras. Lamentaba el ímpetu intolerante de la nueva creencia que pretendía hacer tabla rasa de una cultura secular. 

Las aguas del río pasaban ágiles acariciando el dolor sereno de la estatua. La matrona se dirigió a ellas. Si os amotinarais contra lo que está llegando, dijo con ingenuidad condicional. Si inundarais el suelo que pisan los dogmáticos, recalcó. Pero las aguas, que no entienden el lenguaje ni de las estatuas ni de los hombres, siguieron precipitándose hacia su destino. Ya había dicho un remoto filósofo de Éfeso de oscura palabra que el curso de la historia y, por lo tanto, de las vidas no se repite dos veces. Nada puede ir de nuevo hacia atrás, pensó amargamente la malherida. Las aguas y yo misma estamos abocadas a distintas desembocaduras, y la mía es fatídica.

Mientras, los acosadores, beodos de ideas enfebrecidas, sedientos por imponer ideas que proclamaban liberadoras, pero nuevos dueños de conciencias y de bienes, extendían poco a poco su dolorosa ley.





miércoles, 19 de noviembre de 2025

Asesinatos en serie. Lapidación

 


Un arma primitiva. Incluso en estado bruto, antes de que la necesidad y el ingenio humanos la transformaran en una concienzuda elaboración, ya era un objeto de ataque y de defensa. Pero habían pasado milenios de aquello. Las armas se habían perfeccionado extremadamente. Los materiales habían evolucionado. Los métodos de empleo, diversificado. Pero no obviemos nunca sus primigenios valores. Porque el primer rasgo inteligente no fue transformar la capacidad de una piedra al dotarla de una forma para agarrarla y para proyectarla. Antes, el verdadero talento consistió en acertar a elegir una piedra. Distinguir qué tamaño se necesitaba, qué filos naturales convenían para hendir en un animal o lacerar a otro de la misma especie. Cuando uno piensa en la lenta, pero progresiva, evolución de los humanos para conseguir modificar cada medio de uso y afrontar con recursos más perfeccionados el modo de ir obteniendo una comodidad superior, ¿no nos invade una dicha que nos colma de autosatisfacción? Pero qué lejos estamos ya en este siglo del uso agresivo de la piedra. Y sin embargo, como efecto de una tradición malsana e indigna, la piedra sigue siendo objeto de lanzamiento en nombre de una moral hipócrita que ignora las bondades y las libertades humanas.

Tal ha acontecido cuando los moralistas de turno provocaron a la masa en aquellos días de persecución, incitando a castigar no solo a hombres y mujeres cuyas conductas no agradaba a los predicadores, sino representando su acción en imágenes que evocaban un tiempo finito y más libertino. Yo presencié cómo la turba, en un acto mecánico y al unísono, tomaba una y otra vez piedras y las arrojaban a las estatuas, después de haber dejado un reguero de sangre de los moradores de la casa. Me vi obligado a sujetar en mis manos una piedra, acto que en lugar de producirme calor me helaba la mano, y el frío iba traspasándose a todos mis órganos. Con una piedra agarrotándome, sin utilizarla en ningún momento, soporté la acción colectiva para no ser mirado mal. Me avergüenzo ahora por mi cobardía. ¿No fui cómplice de la lapidación de unos y otros, sujetos y objetos, aunque no lanzara ni golpeara nada? Pero estuve allí. ¿No reforzaba con mi presencia al numeroso grupo de atacantes? ¿No contribuía a que los incitadores cínicos se frotaran las manos por el éxito obtenido? ¿No me constituía yo también en parte de la maquinaria represiva contra gente inocente, contra símbolos de otra cultura y otros valores, ocultando mi pensar con aquella huida hacia adelante?

Vi la sangre humana. Vi la sangre de los mármoles lapidados. Vi bullir la sangre envenenada en los rostros de los sectarios. Vi la sangre ajena bebida por la nueva clase dirigente que iba consolidándose a sangre y fuego. Vi cómo un tiempo sangriento iba avecinándose veloz y yo permanecía paralizado en aquel entorno caótico. Me di asco. No estaba de acuerdo con todo aquello que tenía lugar. Pero si no reaccionaba, ¿no me estaría integrando ya en la nueva barbarie? ¿No sería yo un salvaje más entre aquel tropel de acosadores irredentos?

De pronto abrí la mano y dejé caer sin fuerza, pero con sigiloso convencimiento, el agudo pedrusco que había sujetado un buen rato sin darle uso. Mi mano tenía también rastros de sangre. Pero era propia y yo me la había causado.



lunes, 17 de noviembre de 2025

Asesinatos en serie. Desamor

 



No fue objeto de expoliador alguno. La pulida cabeza había pasado por diferentes propiedades y cada nuevo dueño la había adoptado benévolamente. Su supervivencia había sido debida a que ninguna de las manos que la retuvieron veían en ella algo diferente ni incómodo. Ni el reflejo de un sistema político arcaico, ni la presión de una religión marchita, ni el corsé de un código de conducta forzado, ni el bucle de un pensamiento anacrónico, ni la propuesta de un modo de vida obsoleto. Nada de todo aquello que cada propietario de la escultura repudiaba era leído en la serena faz. Había ido pasando de padres a hijos. O de vendedor a comprador. Pero en cada transacción materializada la estatua había encontrado un hogar. Una morada, y no una simple exposición. En la última era mimada en extremo. Los visitantes podían admirarla, naturalmente, para orgullo del dueño. Pero siempre eran segundones del aprecio por la imagen. El nuevo tenedor la sentía miembro íntimo de la familia. Consiliaria de sus cuitas. Interlocutora aquiescente. Procuradora de emociones hondas y satisfactorias.  

Tal vez fuese aquella sonrisa insinuante la que embriagara a todos. El hecho de que resultara tan nueva. Que expresase lo opuesto a la apariencia. Que sustituyera la endeble capacidad que tienen los humanos  de manifestar sus sentimientos y turbaciones. Poseía algo que la hacía traspasar las concepciones del tiempo al uso y las ansias que ocupaban a los mortales. Un rostro que emitía condescendencia y bonhomía. Que aun viniendo del pasado no estaba permanentemente refocilándose en él, no obligando así a permanecer presos de un callejón sin salida a los hombres. La imagen era vista como una ventana al mundo por llegar. Como incentivo y reposo de las mentes inquietas. Como compañera estoica de quienes habían iniciado la curva de la ancianidad. Ah, pero también como una secreta evocadora de las pasiones seductoras, cuando no lascivas, que atraviesan la naturaleza de cada individuo. 

Fue un ataque de despecho. El intento por convertirla en objeto de deseo más que de reconocimiento prendió en uno de los hijos del potentado. La villa, frecuentada por doncellas y efebos de las familias más pudientes, era un templo para la escultura pero también un campo florido donde los sátiros y las ninfas correteaban. Al menos en la mente febril del joven. No distinguía entre enamorarse de un cuerpo de mármol, que tenía todas las perfecciones y ninguno de los defectos, o de un cuerpo vivo al que no había logrado entender jamás. Ni siquiera la frialdad del material espantaba al muchacho. Por las noches la buscaba. En los días escribía poemas como un vate entregado y lúbrico. Pero en la galería próxima a donde la imagen, alzada siempre sobre un pedestal destacado, estaba situada se exhibían una serie de esculturas, ora de donceles, ora de vírgenes, cuya frescura tentaba a todas las miradas. El joven alimentó obsesivamente la idea de que la escultura le encelaba y que no le correspondía. Demasiado paisaje de juventud, belleza y sensualidad acompañaban a todas horas a la imagen empática. El chico se sentía rechazado por esta. A cada caricia ella se mostraba imperturbable. Al dirigirle la mirada le parecía que la imagen desviaba la suya. En cada palabra vertida cariñosamente percibía de la otra desdén. 

Una noche no pudo más. En la penumbra del sancta sanctorum percibió la herida profunda del desamor. No te han destruido ni los fanáticos ni los guerreros ni el olvido, la dijo en un arranque despechado. Pero te vas a arrepentir de tu desaire. La bamboleó con todas sus fuerzas. Inclinó la base. Se encolerizó por no percibir resistencia ni gemido alguno. Al fin la estatua cedió, cayendo violentamente. El joven se estremeció. En parte por la pérdida, en parte pensando en la reacción que iba a vivirse en el palacio. Se envolvió en la oscuridad, fugitivo. Se vio maltratado por sí mismo. Volvió la mirada a la bella imagen destrozada que yacía por los suelos. Aquel rostro, demediado y empalidecido, seguía emitiendo una sonrisa de paz que a él se le antojó voluptuosa, y que azuzó más su ira.