Cualquier imagen de destrucción me repugna, los medios se alimentan de la destrucción, a veces pienso si no se causará tanto daño de bienes y vidas solo para satisfacer a los medios, para alimentar las vísceras hediondas de cada cual, solo con ver que muy pocos opinan y menos condenan la destrucción ya cunde mi desaliento, solo comprobando que los grandes poderes lejos de detener los estragos los incentivan, bien directamente o bien pasivamente al permitir que se cause tanto mal, se siente uno impotente, y acaso el error personal sea precisamente permitir que cuanto acontece negativamente en el mundo tenga repercusión en este espacio tan reducido, que a nadie importa y que es el cerebro particular, o mejor dicho, su lado sensible, aunque hay quien me dice es que estás dotado de una conciencia exigente, y yo digo más que la conciencia se trata de los sentidos, siempre es lo sensorial lo que nos hace saltar, bien porque el sistema nervioso acuda ante un golpe o una herida o bien porque nos dejemos afectar por sucesos inmediatos o alejados pero que percibimos con ansiedad, y es que de la palabra conciencia se ha abusado con amplitud, cuántas veces nos reñían de niños ante una travesura o una dejadez, nos reñían o peor aún nos amenazaban, tienes que ser consciente de lo que haces, porque aquella advertencia era una amenaza, y más adelante llegamos a escuchar de gente que no dudo que fuera bienintencionada pero sí muy repetitiva y no sé hasta qué punto ilusa que había que tener conciencia de clase, aunque siempre creí que quien más o quien menos se daba cuenta de a qué clase pertenecía, y mayormente pertenecíamos a la misma, pero supongo que hablar de conciencia de clase pretendía incentivar la rebelión contra la propia condición y que, naturalmente, debía pasar por rebelarse contra el orden de la clase minoritaria que dirigía todo el entramado, y ya en el marco laboral se nos decía tenéis que ser conscientes de vuestro trabajo, vuestra conciencia es la conciencia de la empresa, como si la empresa fuera un individuo y no una estructura mercantil compleja pero con claras intenciones, pero ya se sabe que a los gurús les gustan las metáforas en que sus creaciones productivas, sus entes generadores y rapiñadores de recursos y cotización bursátil, sean personificadas, como si ello humanizara su actividad, y a la larga uno se ha ido apercibiendo de que eso de la conciencia es un concepto si no vacuo en tantas ocasiones sí al menos un concepto comodín, útil para justificarse y no pocas veces para ocultar el verdadero valor de las cosas o de los hechos, pues todo el mundo se reclama de una conciencia aunque unas conciencias sirvan para enfrentarse con otras conciencias, porque todos alardean de tener su mejor conciencia, y ello suele llevar a competir, a disputar, en fin, a matarse entre humanos, y este argumentario mío del que soy más consciente, nunca mejor dicho, a edad provecta, me hace ver que lo que he ido incubando no es más que la fuerza de uno mismo, mayor o menor, adaptación y cambio, reacción y refugio, pues eso llamado conciencia que nadie acaba de explicar muy bien cómo es, si es, cómo se forma, si se forma, dónde se ubica, si realmente tiene suelo bajo sus pies, se trata de un vocablo que baila por todos los ámbitos, así pues puedo conceder y dar por hecho que estoy dotado de una conciencia muy receptiva, acaso excesivamente delicada para encajar las brutalidades, unas veces ocultas y otras estallando por doquier ruidosamente, que la vida y el mundo cotidianos nos trasladan, nos infligen, y aún me considero un afortunado porque lo peor aún no ha llegado, como les ha llegado a tantos que ven sus domicilios desaparecidos, sus ciudades derruidas, sus habitantes expulsados o asesinados, siendo las ciudades una exposición de carencia y precariedad, una fuente de epidemias o de hambrunas, un ejemplo de fracaso cuando se erigieron como triunfo, y me hago cargo, para rebajar la presión que percibo, que todo asolamiento no es nuevo en el tiempo que lleva la humanidad, tan largo y desigual, donde los humanos han circulado en diagonal a lo largo de los territorios que componen el planeta, y sabiendo que donde ayer no hubo nada de pronto se erigió una urbe, y donde han existido ciudades antes o después volvió el erial primitivo, y es que la tierra está humedecida por lloros y sangre, impregnada de levantamientos y de hundimientos, rociada por llegadas y secada por expulsiones, y todo ha venido siendo una constante, pero ahora nos hacemos los nuevos y nos manifestamos perplejos, falsamente sorprendidos, y permanecemos indolentes, estúpidamente apáticos, y en efecto escudados tras una indecente cuestión de sensibilidad que no sirve para nada o, mejor dicho, para permitir la barbarie.
*Giulio Romano, Zeus fulminando a los gigantes. Sala de los Gigantes. 1532-1534. Palacio del Té. Mantua.






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