Cayo Tito Sulpicio se rascó la barbilla cuando le presentaron el invento que había encargado. Su envergadura le abrumó. Se movió en torno a aquella obra pulida, excepcional por su talla y por su ingenio. Pasó la mano por la suavidad del mármol como si del lomo de una caballería se tratara. Luego, distanciándose y aproximándose alternativamente varias veces, se sintió prendado de la pieza como un enamorado repentino. Buscó la perspectiva adecuada para comprender el pulso que aquel dispositivo echaba con el sol. No quiero saber los sextercios que tengo que pagar, dijo de pronto a su administrador. Es una obra única, por su presunta utilidad y por el alarde de belleza con que el griego la ha rematado. Irá en un lugar destacado del jardín de mi villa.
Va a ser la admiración y no te digo la envidia de los demás cónsules, estimado Cayo, apostilló Marco Terencio que se encontraba de visita. Bien sabes que nunca me han afectado los sentimientos y las pasiones ajenas, amigo Marco. Yo no encargo los bienes para generar celos o suscitar rencores ocultos en los demás. Persigo la contemplación de la hermosura bien en objetos útiles o simplemente decorativos, pero que siempre susciten emoción. Aunque no tengan aplicación doméstica inmediata, lo bello siempre es un aliciente para sentirnos bien.
Marco Terencio, polemista consentido y harto divertido, avanzó con prudencia el debate. Pero considerarás, Cayo, que si van unidos en un objeto la perfecta técnica destinada al uso con la beldad de su ejecución se redondea la obra. Lo considero y me place, atajó el cónsul. Pero los objetos, los encargue yo o me lleguen como obsequios, siempre me hablan. Y yo busco que lo hagan, más allá de su sentido aparente. Una simple cuchara está cargada de sentimiento. Puede ser rústica y a la vez ser bonita. Puede ser una obra de orfebre y transmitir frialdad y no gustarme. Un objeto, cualquier obra, más allá de su acabado o pretenciosidad, tiene que rebosar un sentir y ser capaz de aportar un significado profundo a nuestra alma. ¿Sabes, Marco, que guardo con cariño inexplicable la cuchara que mi padre llevó en todas sus incursiones guerreras? ¿Y que cuando como en soledad la utilizo porque percibo que me acerca y me vincula con seres queridos desaparecidos?
Lo sé, terció Marco Terencio, y me parece digno de un ser agradecido. Mas en el caso de este monumental instrumento para seguir las horas y los días, ¿qué esperas de él? Cayo Tito Sulpicio miró abstraído a su invitado. Desvió la mirada hacia el monumental objeto que acababa de alegrarle la mañana. Permaneció callado unos instantes. Espero consuelo, dijo al fin. No he encargado el horologium solamente para saber las divisiones por las que avanza la luz del día o el tránsito perpetuo de las estaciones del año. Los cálculos de geometría que contiene no se limitan a su perspectiva astronómica. La concavidad de su esfera mediada no representa para mí únicamente la bóveda celeste. El gnomon, y qué sabios los griegos denominando guía a esa varilla de hierro que proyecta la sombra del gran astro, no es una mera batuta de la sinfonía universal. Aun aceptando la exactitud matemática del instrumento, y soy de los que piensan que la matemática aporta de por sí belleza, he querido también que su presencia me haga pensar en los días y las horas que en algún momento ya no disfrutaré. No es por lo tanto un artefacto que contabilice las horas vivas sino que también me invita al recuerdo de las horas desposeídas. Y cuando mi tiempo se agote, el horologium permanecerá, y seguirá jugando con sus cálculos a los dados con el sol.
* Reloj solar de Baelo Claudia, Bolonia, Cádiz. Siglo I. Museo Arqueológico Nacional. Madrid.



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