martes, 7 de abril de 2026
Perlas de la ID (Inteligencia Diabólica)
sábado, 4 de abril de 2026
La poeta secreta
Hans tuvo una amiga cuya actitud era casi siempre contemplativa. Era como si estuviera pendiente de una voz interior. La hablabas y miraba al infinito. Por supuesto, parecía que estaba pendiente de tus palabras o tus gestos, pero no replicaba a lo que le comentabas. Hans entonces le decía sutilmente: ¿estás de acuerdo con lo que opina nuestro amigo? Como respuesta ofrecía una sonrisa, también extraviada si no huidiza, y se iba a otra parte de la casa. Es la timidez, la justificaba entonces Hans. A veces esa condición propia le limita para relacionarse. Yo creía a medias a mi amigo. Ni la mujer era una adolescente ni me daba la impresión de que tuviera una merma de comunicación. Así se lo expuse a Hans. Simplemente habita su mundo, dijo este. Y te estarás preguntando cuál es ese mundo. El íntimo no lo sé, no se entra en ella fácilmente, no se deja. El de la actividad que me permite ver es el de ponerse sobre la mesa de su cuarto, desplegar cuartillas y tomar la pluma. Ah, que es escritora, salté. A ella no le gusta que le llame nada, dice Hans, y menos en función de lo que se la ve haciendo. A veces la pregunto: ¿qué te traes hoy entre papeles, poeta? Entonces ella detiene su mano, gira su cabeza, aprieta los labios y su mirada se incendia de ira. Es de las pocas veces que abre la boca, cuando se la provoca en algo que tú no has advertido a tiempo. Luego ella entra en espiral. No me gustan los nombres, dice. No me gusta que me señalen. Escribir escribo, pero no sé para qué ni para quién. Me sale, me apetece, incluso me urge escribir. No vivo pendiente de escribir para pensar la vida y no es siempre lo que vivo lo que me exige que refleje con palabras. No creo que la escritura sea algo más especial que acariciarse una misma o que contemplar el origen del día. Eso me dijo hace poco, siguió Hans, y fui entonces yo quien enmudecí. Y ella me desafió. Se traicionó a sí misma y siguió su perorata. Pues sí, dijo incisiva, ignoro el objeto de por qué escribo. Ni siquiera me da en pensar si lo hago bien o si digo barbaridades o si expongo mis dudas. Afortunadamente nunca busco verdades a través de discurso alguno, como hacen otros. Me bastan mis fantasías sabiendo que mientras escribo vivo en otros mundos. Disfruto sensorialmente y no suelo repasar lo escrito. Te diré más, insistió ella, rompo después los papeles. Cuando me hizo esta revelación, me comentó Hans, me sobrecogí y permanecí confuso y hasta molesto por causa ajena. Esta mujer crea con sus palabras, las expone por escrito y no le concede después mayor interés. ¿Te parece normal? Y al decirme lo que me acababa de decir, como ella notara mi perplejidad lo soltó. Sí, escribir es un acto de placer. Como los demás placeres. Pero para que adquiera su valor tiene que tener el mismo tránsito y una duración análoga a la de cualquiera de ellos. Sentir su intensidad. Estallar interiormente. Dejar de ser una misma por unos instantes o minutos. Y luego hundirte en la lasitud y el deseo de la expectación del próximo escrito.
Te diré, amigo mío, me dijo al final Hans, y esto es una confidencia muy personal, que cuando nos amamos es la única ocasión en que me parece estar leyendo la obra de la poeta.
*Lucien Freud. Muchacha con un gatito. 1947. Tate Gallery. Londres
martes, 31 de marzo de 2026
Catarsis matutinas sin besos impostados
* Kuzmá Petrov-Vodkin. En el samovar. 1926. Galería Tretiakov. Moscú.
domingo, 29 de marzo de 2026
El Fauno irredento dialoga con Psiqué
¿No te doy miedo? ¿Por qué tendría que temerte? No sé. Por mi figura ajada. Por mi palabra oscura. Por mi mirada turbia. Por el olor acre de mi piel. Por la aspereza de mi tacto. Por mis intenciones libidinosas. Por la congestión babosa que arrastro en esta senectud impenitente. Yo te veo como has sido siempre. No mientas; la carrera de los días pasa factura; la galopada de las pasiones destroza el cuerpo. Entonces, ¿vienes hasta mí para ponerte a prueba? Llego para apurar contigo la ilusión de los últimos días. No te imagino en el postrero instante, ni siquiera en el de las vísperas, Fauno. He vivido desenfrenadamente, Psiqué, y tú nunca lograste salvarme de mí mismo. Cada vez que me acercaba a ti se interponía el otro. El que, enmascarado en su figura angélica, se te antojaba más puro, más elegante, más resuelto, menos perturbador y, a la postre, más dócil. El que al tomarte se deshacía en tus brazos. ¿No pensaste nunca, Fauno, que yo lo quería así? ¿Que no necesitaba una posesión que me arrojara fuera de mí misma? ¿Que mi concupiscencia era un tesoro que debía permanecer a resguardo y para mi disfrute? Pero yo, Psiqué, yo solo buscaba tu ternura y cometiste un error al pensar que la lascivia era lo opuesto a mi estima. Jamás me espantó la lascivia con la que pretendías rendirme. ¿Entonces? Simplemente que no sabías llegar. Que siempre te quedabas en una furia que te impedía salir de ti mismo. Que confundías impulso con entrega. Que no querías sentir como yo sé sentir. Que te crecías en la insolencia cuando deberías haberte empequeñecido en la sumisión. Aún estoy a tiempo de cambiar, Psiqué. Pero no sería tu condición, Fauno. ¿Puedes invitarme siquiera a las migajas del banquete? Siempre has estado en mi banquete y has libado mi néctar exquisito y has catado los frutos más sabrosos y has olido las esencias más perfumadas. No supe verlo, Psiqué. No pudiste saberlo, Fauno.
* Giulio Romano. Frescos de Cupido y Psiqué. Palacio del Té. 1526-1528. Mantua.
viernes, 27 de marzo de 2026
La conspiradora
jueves, 26 de marzo de 2026
domingo, 22 de marzo de 2026
La barquera que amé
*Anders Zorn. Medianoche. 1891. Zornmuseet. Mora. Suecia.
viernes, 20 de marzo de 2026
Reflexiones de un forense
En mis tiempos de forense he visto de todo. Si algo tiene la muerte de los demás, y uno no sabe de la suya hasta que no le llega, es que la muerte, que nadie duda que es un hecho general, resulta a su vez ser un acontecimiento cualitativamente único. La muerte es siempre a la carta, como la vida también lo ha sido. Y no me refiero solamente a la forma de morir, sino a la actitud ante el fin. O más allá aún: la imagen que refleja un muerto. La muerte tiene mil rostros, y todos son inescrutables, decía un poeta cuyo nombre no recuerdo. Lo puedo certificar. Y esos rostros expresivos para mí, que nadie ve pero que serían considerados inexpresivos solo porque ya no fluye la sangre, ocultan para siempre la última faz, la del estertor, que es donde se manifiesta el choque, advertido o no por la conciencia del individuo, con lo que deja atrás.
Hay muchos óbitos que escapan a los servicios de un forense. Nadie se imagina la de trampas que pueden hacer los humanos para producir un fallecimiento ajeno o bien el propio. No estoy diciendo con eso que haya que ampliar la plantilla de mi especialidad. Pero cuántas disecciones no habré hecho sobre causas que resultaron absolutamente naturales y, sin embargo, cuántos decesos que parecían resultado de un proceso lógico de enfermedad que no lo fue han escapado a una comprobación médica rigurosa, constituyendo una acción delictiva. A medida que han pasado por mis manos cadáveres de gente de todas las edades, resultado de causas innumerables y variadas, más he pensado en el hecho.
No, para mí la muerte no es un misterio. No estoy de acuerdo con quienes la denominan de este modo. ¿Acaso suele decirse que el nacimiento lo es? Hoy se suele opinar que no nos enseñan a morir o bien que no nos hablan lo suficiente de la muerte. ¿Quién lo haría? ¿Un clérigo que ha difundido toda la vida el miedo a la muerte y ofrecido una entelequia como eso de la vida del más allá? ¿Un sistema educativo centrado en preparar al individuo para la productividad? ¿Los criminales que desde su ámbito de delitos privados o desde esferas de poder o bien de Estado causan tanta aniquilación de vida cada día? Nadie está interesado en enseñar a morir, aunque haya psicólogos que accedan en casos extremos, con sus técnicas de manipulación de mentes, a un enfermo terminal. Aprender a morir, si es que hay que hacerlo, no difiere mucho de otros aprendizajes para saber estar, prosperando o manteniéndonos, en una existencia. Es decir, tú aprendes, debes aprender solo. No olvidemos que cualquier pensamiento sobre la muerte, y más sobre la propia, es ficción. Naturalmente, cada cual está en su derecho a ejercitar la fantasía en cualquiera de sus conductas, incluida la de imaginar y representar ilusoriamente su último suspiro. Y cuando llegue el momento, uno debe aprender a asumirlo como se ha asumido la vida total.
Algunos me han preguntado si no temo la muerte que me transmite un cadáver. Personalmente pienso que el temor a la muerte viene por aquello que transmite una enfermedad, un accidente o un crimen. El humano inerte para siempre, llámase cadáver o difunto, puede ser objeto de compasión, no de temor. Por otra parte, en todo caso el miedo a la muerte es la consecuencia del miedo generado a lo largo de la vida en la mente de cada cual. De los temores padecidos en el afán diario de sobrevivir, enfrentados a situaciones y riesgos de todo tipo. Y también tiene algo, o mucho, de frustración. Para los que han vivido más o menos bien ya que esa costumbre o inercia de haber vivido, no digo en quienes han llegado a edades muy provectas, que de por sí proporciona frustraciones y abandonos más o menos sorteables, y se sienten literalmente frustrados de no poder alargar ilimitadamente esa práctica del vivir. Claro que la degeneración del cuerpo y la pérdida de facultades amplias conduce a un hastío que puede invocar el deseo de abandono definitivo. Para quienes han tenido mala vida o arrastran enfermedades durante años, con crudeza atroz en tantos casos, aunque piensen en la muerte como liberación también viven esa frustración por no haber podido superar sus males.
¿Que tengo un oficio escasamente deseable? Eso piensan algunos, pero puedo asegurar que ningún otro oficio anterior me ha hecho reflexionar más sobre la existencia que este. Curiosamente todos alejamos el pensamiento de la muerte porque acaso nuestra propia genética contiene un elemento de supervivencia poderoso que nos hace creer que vamos a ser eternos. Simplemente no pensamos en el fin. ¿Cuántos niños, jóvenes o adultos con variados planes de vida piensan en la muerte? Muchos me consideran un tipo frío, carente de sentimientos y con un pensamiento mecanicista que no se deja influir por la presencia de un cadáver. Algo así como un impío. Se equivocan los que me consideran de este modo. No tienen ni idea de mi reacción emocional, sentimental incluso, cuando tengo que ponerme a practicar una autopsia. Mis ayudantes suelen dejarme a solas porque necesito un tiempo previo de observación ante el muerto, que en realidad es mi forma de plegaria aunque no invoque ni ritos ancestrales ni ideas deístas. Sí, tener en mis manos un cadáver es mi particular forma de intentar conocer a un individuo más allá de indagar en sus vísceras y observar las huellas causantes de su óbito.
*Enrique Simonet Lombardo. Una autopsia. 1890. Museo del Prado.
miércoles, 18 de marzo de 2026
El orgullo del último día
sábado, 14 de marzo de 2026
Do re mi fa sol la si contemplativo
jueves, 12 de marzo de 2026
El sanador plurivalente
lunes, 9 de marzo de 2026
Monólogo de los enredadores
No tengas dudas, joven. Henos aquí a nosotros, longevos por no cuestionar nada. Tenemos salud, tenemos sobrados recursos de subsistencia, gobernamos una familia, influimos en las esferas sociales. Somos considerados y sumamente reconocidos. Nuestro esfuerzo nos ha costado y no todo ha sido miel sobre hojuelas. Muchas zancadillas nos han puesto por el camino pero las sorteamos y las nuestras resultaron ser más hábiles. ¿Crees que solo aprendimos en los libros y en las doctrinas de nuestros ancestros? No. El fluir cotidiano es el auténtico tratado del saber reconducirnos y adaptarnos a las circunstancias. Las gentes llegan hasta nosotros pidiéndonos consejo o que les facilitemos lograr un puesto o el modo de salvar la ley humana si caen en en alguna infracción. Saben que influimos en los gobernantes y se nos escucha en las instituciones. Así que no nos avergüenza admitir que estamos, a nuestra manera, en la cúspide del poder, aunque la palabra poder no nos guste, demasiado chabacana. Preferimos llamar ascendencia. O autoridad. O mentores. Pero eso sí, nunca nos manchamos la mano. Nosotros no ejecutamos, solamente sugerimos, instruimos o contribuimos a deshacer las indecisiones. Tenemos lo justo en nuestra posición de bienestar, aunque ¿quién puede oponerse a recibir más si el hacedor del universo o nuestro pueblo nos lo obsequia? ¿Cómo negarnos a colaborar con quien tiene el mismo estatus que nosotros, en este u otro país, y trata de compensarnos? Que las gentes nos sean generosas no es ningún pecado, sino la muestra de agradecimiento y complacencia por nuestra preclara orientación. Ellas necesitan quien ordene sus mentes y conduzca sus pasos por un camino lo más enderezado posible. Precisan de la seguridad no solo de las armas o del correcto funcionamiento del mercado sino de unas directrices sabias. El mundo es siempre tan confuso, ¿verdad? Así que no te dejes enredar, muchacho, con teorías nuevas que no lo son tanto o con ideales que no conducen a ningún lugar bueno ni duradero. Ni garantizan una larga y apacible vida. Porque, ¿qué prefieres tú? ¿Crecer como uno más que será vendido al mejor postor? ¿Trabajar las tierras de otros o desgastar el cuerpo en una fundición? ¿Perder la salud y rechazar una existencia plácida remando en las naves de los mercaderes? ¿Acabar como un zarrapastroso al ir por ahí pregonando formas de vida irrealizables? ¿Enfrentarte con la autoridad secular que sabe defender lo que es el bien para todos? Convéncete, hijo, que solo se salva uno adaptándose a lo que funciona, mal que bien, pero que es y debe ser incuestionable. Para que esto sea posible hemos heredado leyes sabias, mamado una moral intachable, respetado preceptos de ancianos y profetas. La sacralidad de los libros es la fuerza de la transmisión oral de quienes nos precedieron y que debe permanecer incólume. No te ocultamos que nos gusta discutir contigo. Eres tan bisoño. Nosotros también tuvimos interrogantes en nuestra juventud. Fue tan hermoso como útil para descubrir que solo hay una verdad, la de la aceptación. Incluso la de la resignación. Además este intercambio del saber con la inocencia sirve para ratificarnos en la seguridad que nos conceden nuestras certezas. Ah, ¿que insistes en que una certeza o una teoría o una convicción no es la verdad? Qué fijación tienes, joven, con esa palabra tan difícil de precisar. ¿De dónde la has sacado? Claro, de tus lecturas prohibidas. De las influencias de otros pensamientos que llegan de lejanos países. De tus excitadas hormonas que te hacen volar a paraísos fantásticos. Pero ¿a qué tú mismo no sabes definir ese vocablo?
Se hace el silencio. Hay una especie de conspiración en el grupo que rodea al joven. Este sonríe divertido. Los ancianos se sienten inquietados por su actitud. Bien, ¿qué tienes que decirnos?, le inquieren. Que os dejo por imposibles, responde el otro. Nos veremos otro día.
*Alberto Durero. Jesús entre los doctores. 1506. Museo Thyssen-Bornemisza. Madrid.
jueves, 5 de marzo de 2026
A solas con la indiana
miércoles, 4 de marzo de 2026
Lo que dice Immanuel Kant en su obra de actualidad La paz perpetua
Hay textos del pasado que no pasan de moda. De estar en vigor. De parecer que acaban de escribirse. En la obra de Immanuel Kant titulada Sobre la paz perpetua. Un borrador filosófico, escrita en 1795, se pueden leer cosas como las que a continuación copio y pego, tomadas de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Creo que quedan relatadas situaciones actuales, de estos mismos días. Quedan retratadas figuras políticas y quedan expuestas las prácticas que se están ejecutando como si la Ley y el Derecho internacional no se hubieran inventado nunca. Después de leer lo que dice el filósofo de Königsberg a uno le vienen a la mente muchas caras, los mapas geopolíticos, las acciones bélicas, el sufrimiento de las poblaciones y el descaro político de los que hacen sus negocios a costa de las sociedades de nuestro tiempo. Dice Kant:
martes, 3 de marzo de 2026
Una canción del mayor deseo de Ahmad Sahmlu
Canción del mayor deseo
lunes, 2 de marzo de 2026
Shirin Neshat y Chami. O Chami y Shirin Neshat
"El cielo es un dragón que sobre sí mismo se retuerce, buscando hacernos daño. Cogidos entre sus anillos, ¿cómo podríamos escapar a su cola ponzoñosa? Ninguno encontrarás que no haya herido ni uno entre cien del que se haya apiadado. Ni un solo pecho que se haya librado de las mordeduras de ese tirano cruel. Ni una sola estrella luminar refulgente, que no le sirva para marcar en los corazones libres la quemadura del cautiverio, a la que luego no cura de aplicar un bálsamo.
En la noche tenebrosa, deja pasar la luz por miles de ventanas. ¿Para qué si ningún corazón se ilumina de alegría? Durante el día, muestra su tinte uniforme como el del ropaje del león; pero cada noche sus pérfidos colorines recuerdan los del leopardo. ¿Qué bien podemos prometernos de ese monstruo de doblez? ¿Cómo no quejarse de una existencia amarga, que nos hace presa de dos fieras voraces?"
Poeta persa Chami (Nuru-d-Din Abdur-rahman). Siglo XV. Del Yusuf y Suleija. Traducción de Rafael Cansinos Assens.
Fotografía de la iraní Shirin Neshat.

.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)

z%20(1).jpg)






.jpg)
%20(1).jpg)
.png)


.png)


.jpeg)

