domingo, 19 de febrero de 2023
Va para 84 años que el perdedor Antonio Machado murió
miércoles, 15 de febrero de 2023
Dos cabalgan en multitud
* Fotografía del mosaico que representa la batalla de Issos, entre Alejandro Magno y Darío III. Procedente de la Casa del Fauno de Pompeya se halla en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles.
lunes, 13 de febrero de 2023
Tacto del amanecer
viernes, 10 de febrero de 2023
Un poema al estilo de Abu Nuwás, más un poema suyo.
Haces de tu cuerpo un cáliz oferente
alzado a todas las naturalezas.
Cultivas tus sentidos cual creciente vid
para que ellos, entregados, te proporcionen su escancia,
unas veces amarga, otras ácida, en tantos momentos deleitosa.
Dices: los arrayanes me acogen amables,
la música me mece placentera,
el vino dialoga con mis entrañas,
las palabras ingeniosas me entretienen,
perfilados labios se me ofrecen
y destilan toda su substancia para los míos.
Proclamas: qué me importa el final
si solo sé que existo hoy.
¿Te parece poco el obsequio de la vida?
¿No forman tus anhelos una adarga protectora
contra los inclementes actos de los hombres?
¿No son tus goces los que armonizan
pensamiento y sensaciones?
Sabio tú, si impasible al riesgo
desprecias la mano destructiva
que impide hacer del orbe un edén.
Cuántos te han reconocido
a pesar de las injurias de quienes te consideraban el enemigo.
Cuántos aún descubrimos en tus pasos
que no se puede jamás traicionar la materia
de la que estamos hechos.
A continuación un poema rompedor e iconoclasta de Abu Nawás, al que no se le ve ninguna intención de seguir yihad alguna, ni religiosa ni guerrera.
Hombres, ¡a mí qué me importan
las espadas o los combates!
Yo sólo sigo a una estrella:
la del placer y la música.
En mí no confiéis,
pues soy de aquellos que rehúyen
encontronazos y embates.
Cuando veo el enemigo
salto sobre mi potrillo
con las riendas colocadas
por el lado de la cola.
No sé cómo es un arnés,
ni un broquel, ni un alfanje.
Todo mi afán es saber,
cuando sus guerras estallan,
por qué camino escapar.
Si de juergas se tratara,
de beber vino sin mácula
o de pasarme la noche
junto a vírgenes luciendo
sus vestidos de luto negro
me veríais con razón
como héroe de los árabes.
En homenaje al poeta Abu Nuwás, (Ahvaz, Persia, 756/762 a Bagdad, Califato abasí, 810/815)
martes, 7 de febrero de 2023
La historia natural y no natural de la destrucción
jueves, 2 de febrero de 2023
Báquicas
El vino es ingerido desde los primeros cultivos de vid de la humanidad urbanizada. Antes ya existirían otros sucedáneos, de otras plantas, cuyos brebajes tuvieran acción física sobre los cuerpos. Probablemente, unos y otros configuraran un simbolismo a la vez que persiguieran el efecto eufórico que permitiera sobrellevar la vida cotidiana. Aquellas prácticas -físicas y simbólicas- permanecen entre nosotros, con sus matices, ignoro si más o menos sagrados.
Griegos y romanos fueron fieles cultivadores y consumidores, tanto en el ejercicio de ingerir como de conceder al vino un valor superior. Para ello crearon su dios particular, con su genealogía y los relatos de hazañas. Para los griegos, Dioniso; para los romanos, Baco. "Dioniso: dios del vino y de la inspiración, pero también del rapto y el delirio místicos", describe Ramón Andrés en su Diccionario de música, mitología, magia y religión.
Vino como vehículo de la celebración festiva, otorgando a la sustancia su carácter sacro. Heráclito en uno de sus Fragmentos: "De no realizarse en honor de Dioniso, vergonzosos serían sus procesiones e himnos fálicos. Mas uno y el mismo son Hades y Dioniso, por quien deliran y celebran frenéticas fiestas". Tenía claro que la embriaguez y sus excesos desafían el culto benevolente a los dioses para ser pasto del desenfreno maligno, territorio demoníaco, y Heráclito lo critica tajantemente. Porque ¿no representa acaso la muerte lo demoníaco y Dioniso la vida enriquecida y abundante?
Hesíodo y su tratado completo, que se me antoja de un saber vivir y comportarse en la sociedad agraria griega, denominado Trabajos y días hace esta recomendación: "Jamás desde el amanecer hagas libaciones de vino tinto a Zeus ni a otros inmortales con las manos sucias, pues no te escucharán, sino que reprobarán tus súplicas". Podría interpretarse en nuestros días y el que tenga disposición a ir más allá de una exégesis literal que tome nota.
No podía faltar a la cita Ovidio en uno de sus detallados consejos de Arte de amar: "Así pues, cuando tengas ante ti / los dones de ese Baco ya escanciado, / y una mujer comparte el común lecho". Cómo has de seducirla en el banquete, titula el apartado nuestro vate. ¿No parece la imagen de un filme o de una cita común de nuestros días?
Los héroes, mortales y bien mortales, no fueron ajenos a compensar hazañas bélicas con el disfrute de los placeres, donde no podía faltar el fruto báquico: "Jóvenes escogidos y el sacerdote mismo del altar se afanan en servirles / carne asada de toro y colman los cestillos / con los dones de Ceres bien heñidos. / Y les escancian el licor de Baco. Y Eneas y con él la juventud troyana / comparte un lomo entero de buey y las entradas inmoladas", narra Virgilio en su Eneida, entre tantas numerosas referencias.
¿Quién no se identifica de alguna manera con Catulo cuando dice en sus Poemas aquello de: "Ayer, Licinio, desocupados nos divertimos mucho con mis tablillas de escritura, como convenía a unos jóvenes refinados: los dos jugábamos escribiendo versos, ya en un ritmo, ya en otro, con respuestas alternativas en medio de las bromas del vino"? Una descripción que bien podríamos ver actualizada en nuestros actos cotidianos de amistad y camaradería.
¿Cómo no iba a hacer referencia al tema un insigne como Horacio en una de sus Epístolas? "Ahora vete y medita contigo mismo versos canoros. Todo el coro de los escritores es amigo del bosque y rehúye la urbe, como cuadra a un devoto de Baco, que disfruta con el sueño y la sombra". Célebres debían ser los efectos de la ebriedad.
Uno se pierde en las citas que acerca del vino -personificado o no en creencias, símbolos, mitos sublimaciones mundanas varias- ha escanciado -se me ha pegado la terminología- la literatura a través de los siglos. Un par de referencias más, y podría haber tantas, del mundo oriental.
Canta Abu Nuwás:
lunes, 30 de enero de 2023
De aquellas danzas a estos bailes, o de Tarquinia a la pizzica
Hay gente que tanto hablar de sus raíces se le llena la boca de raíz, dice Max. Ya sabes que es metáfora, una de tantas, le digo. El árbol entero es metáfora. Sí, insiste, pero ellos salvan sobre todo las raíces. Como si ellas protegieran y facilitaran como un tótem sus vida cotidianas. Si son realistas con su hacer cotidiano, le sigo diciendo, las raíces pueden dar estímulo, naturalmente siempre que no se queden en simples raíces envejecidas. Max hace una mueca. No está muy convencido. Hay tantas raíces secas que han proporcionado un tronco seco, donde ya se pudrieron sus ramas, que ni un brote verde y jugoso sale de ninguna hoja. Un árbol, una planta, un hombre, una vida cualquiera precisa de otros elementos que hay en el medio. Elementos del tiempo que se habita, porque las culturas han evolucionado. Recordar perpetuamente las raíces, y no sé hasta qué punto hay autenticidad en una recuperación nostálgica, puede ser lúdico. Mantener aquello como signo de identidad, como si fuera la razón de ser y la causa del presente, suele resultar falso o al menos poco ajustado al vivir en los tiempos actuales. Cuántos mantienen ideas fijas, que no saben superar, con la evocación y, lo que es peor, la invocación de otros tiempos que jamás fueron mejores, a pesar de lo que diga el poeta. Desde allí -¿y cuántos allí no ha habido?- hasta aquí -¿y cuántos aquí no hay?- hay un transcurso que conviene mirar con admiración y confianza. No quiero empezar el lunes con retóricas ni sofismas y le digo a Max que mejor será mirar con vitalidad el instante y, en la medida de lo posible, disfrutarlo. Se me ocurre, me interrumpe, que en los bailes y danzas que aún perviven se invoca mucho las raíces, es verdad, como si fuera patente de calidad y pureza. Yo creo más bien que como reconocimiento de herencia, preciso. Ahora bien, envolver con estas u otras costumbres tradicionales las ideas rancias, los objetivos ideales y las propuestas irrecuperables, si es que alguna vez hubo lo que algunos dicen que fue, además de peligroso para la convivencia puede ser un freno para la mejora de las vidas. Cierto, amigo, clama Max, El paraíso perdido nunca se perdió, porque no hubo tal paraíso.
***
¿Por qué no comenzar la semana con una pizzica? Es que los lunes suelen ser paradigma de mal humor para quienes están en un ritmo menos exorcizante y más duro llamado actividad laboral.
viernes, 27 de enero de 2023
Los enamoramientos sinuosos
Es lo que tienen los enamoramientos, pensó. Te alejan de la gravedad de la vida sin percibir que acecha otra gravedad añadida, si no mayor. Pero hay enamoramientos que no se entienden bien, como este mío de ahora. Unos los ven como devociones o simples admiraciones hacia otro. Hay quienes no exigen del enamoramiento más que expresar la pasión. Muchos confunden un estado intenso pero transitorio con un vínculo que acaba perdiendo valor si no degenerando, con riesgo superior para la mujer. Del mío, si es que me decido a llamarlo de ese modo, muchos dirían, acaso ya lo van diciendo, que es obsesión. No puedo negarlo. Él llega y me falta tiempo para atenderle. Su palabra, más que su tosco porte, me seduce. Su manera de hablar todavía más que lo que dice, que no acabo de comprender. Y es que no puedo evitar que este andarín, mal vestido y de cuerpo ordinario, me llegue tan adentro. Si hay algo de belleza en él es la que yo pueda imaginar, porque no hay enamoramiento sin que concibamos una porción de hermosura en el otro. Destila efluvios, y no hablo de alientos ni de olores, sino de algo impalpable que debe ser que solo yo percibo. ¿Cómo interpretar esa corriente subterránea que fluye en ambas direcciones? Quiero pensar que él, al dejarse hacer por mí, engancha alguna clase de emociones especiales con las mías. Lo he observado cuando tímido palpa mis cabellos o roza mi torso disimuladamente, y acaso no pretende con ello sino que yo entienda que hay en él alguna clase de aceptación de mí. Si me preguntan qué me atrae más lo diré con claridad. Sus silencios. La mayoría de los curiosos que se acercan a este hombre buscan el significado de sus palabras para justificar los pensamientos que cada cual tiene. Pero no hurgan en que pueda proporcionarles un conocimiento o siquiera una manera nueva de ver las cosas. ¿Creéis que las gentes buscan las palabras inteligentes? Yo creo que más bien entran al trapo de los discursos que se parecen a los que ellos tienen, es decir, buscan más bien lo que quieren escuchar. A mí no me interesa eso. No miento si reconozco que además los parlanchines y los que van prometiendo otras vidas, u otros mundos, me producen rechazo. He visto a más de uno de esos bocazas decir hoy una cosa y mañana otra. Incluso cómo hacían lo opuesto a lo que predicaban, sencillamente porque alguien les ofreció algo y ellos pusieron el precio. Este tipo al que propendo secretamente no es alguien pasivo ni blando. Algún día he presenciado cómo abroncaba a los hipócritas y descalificaba, si bien veladamente, a los poderosos. Ello me produce simpatía pero no es lo que me conduce a entregarme de pleno a él. Soy muy sensitiva, lo admito, y me dejo conducir por gestos y miradas más que por lo que las bocas puedan emitir. Ni siquiera las palabras dulces, pero aparentes, me consuelan. Son los silencios, ya lo he dicho antes, los que me hablan. No todos los silencios. Los reflexivos solo, los que transmiten una cierta calidez. Aquellos que abren un campo de enternecimiento dentro de mí. No los interesados o los que te escudriñan para ver qué pueden robar de ti. Quien me oiga puede pensar que tengo una idea sinuosa y extraña del enamoramiento. O que acaso no sean sino ensoñaciones de una mujer que no quiere casarse con nadie porque no quiere ataduras ni de palabra ni de obra. No digo que no. Pero no hay en mí otra decisión en este momento que dejarme acercar a este trotamundos. Dure lo que dure. Quién sabe si yo misma no seré otra desarraigada como él.
* Magdalena, obra de la pintora italiana Lucrina Fetti (1590-1651)
martes, 24 de enero de 2023
El año del conejo de agua: ¡Feliz año nuevo!
sábado, 21 de enero de 2023
El dibujante y los danzarines de las sombras
Habiendo llegado a los arrabales de Edo salieron a mi encuentro multitud de sujetos variopintos. Cada cual dispuesto a prestar sus servicios. Unos pugnaban por portar mi liviano bagaje. Otros para proporcionarme protección si transitaba por andurriales peligrosos. Algunos ejercían de dudosos cambistas presumiendo de ser honestos financieros. No faltaban quienes se ofrecían a llevarme en una especie de palanquín al modo de los personajes notables. Se acercaron también oscuros individuos pretendiendo engatusarme si buscaba el placer fácil. Quién por un lado vendía comida rápida. Otros leche agria. Quién pescado en salazón. O cestos y sombreros de bambú. El griterío era tan excesivo que tuve que concentrarme para que no me afectara. Y sin embargo me admiraba de tanta vivacidad, sobre la que me habían puesto en antecedentes pero sin alcanzar a imaginarla.
Aquel tráfago estaba poseído de tal agitación que casi se apoderaba de mí. Un pequeño grupo de monjes pasó discretamente, sin ser importunados. Ante la aparición de una patrulla de soldados los vendedores más pícaros rebajaron el tono de sus ofertas y los negociantes ilegales se escaquearon apresuradamente. Alcancé el cruce ensanchado de dos calles de trazado caótico donde se había organizado un corro de gente atenta y silenciosa. Me sentí atraído porque contrastaba con las escenas que acababa de presenciar.
Los espectadores rodeaban la actuación extraña de una compañía minúscula. Los actores parecían ir a contracorriente del teatro tradicional. Prácticamente desnudos desarrollaban unos ejercicios improvisados que dejaban pasmados a los curiosos. Apenas utilizaban palabras, solo emitían de vez en cuando algún sonido gutural breve pero agudo. A un lado un músico tañía su shamisen, con acordes monótonos y pausados. Pregunté entre el público sobre aquel arte enigmático, pero no me supieron informar. Cada cual arriesgaba una opinión, si bien coincidían en que no habían visto antes nada parecido. Debía ser alguna moda nueva o que los intérpretes procedían de alguna región lejana o puede que el ritual de alguna confesión ignota.
Los bailarines hacían hincapié en gesticulaciones cautelosas, cuya cadencia solo era rota por movimientos inesperados y ágiles. Alternaban lentitud con precipitación, pero con tal control que parecían relatar una historia anímica, la historia íntima que hierve en cada individuo en solitario y que traslada a la agrupación de otros hombres si es preciso. Se diría que aquella danza se regía por movimientos instintivos y nada ensayados ni acordes a un método estipulado. ¿De dónde nacían las miradas perdidas de los danzantes? ¿Y las caídas y la extensión de sus extremidades? Las aproximaciones de los actores, pasando de la apacibilidad a la sacudida trémula, ¿expresaban afecto o repulsión? En definitiva, aquella actuación rigurosa pero dispar, ¿emanaba de un horizonte de luces o de un submundo de sombras?
Según crecía mi fascinación por el espectáculo, que no tenía concesión alguna a tradiciones ni cultos, decidí sacar de mi bolsa el cartapacio, disponiéndome a dibujar sus ejercicios. En la alternancia de estos, tan frenéticos como pausados, intentaba captar sus burlas y desquites, sus plantes y convulsiones. ¿Eres artista de la corte?, me preguntó un hombre de mediana edad que dijo haber llegado ese mismo día a la urbe y se asomaba al corro también con extrañeza. Ya quisiera yo; voy por mi cuenta, le respondí. Me viene bien tomar bocetos para luego reproducirlos con más detalle. Pero el hombre, atento al espectáculo, no volvió a preguntarme nada más, si bien de vez en cuando echaba un vistazo a lo que dibujaba.
Continué a mi tarea, sin tener claridad ni pulso preciso al plasmar los bosquejos, pues no entendía a fondo el sentido de la representación. Así que decidí no buscar explicación alguna. Me sumergí en aquel baile difuso dejando que mi mano siguiera instintivamente los movimientos de los actores. Dibujé con mi sentido del oído compinchado con el de la vista, como si yo también participase poco a poco de aquella ceremonia de perplejidad. Al fin y al cabo para un dibujante que aún está aprendiendo lo mejor es dejarse llevar por la intuición, pensé. Y en este caso por el ritmo que impulsa a estos danzantes de las sombras.
(Del Diario de un aprendiz de miradas, cuyo autor probablemente se trate del pintor Akira Utagasha)
miércoles, 18 de enero de 2023
El hijo del zapatero y el ladrón
lunes, 16 de enero de 2023
Nunca se fueron (cuento breve pero largo)
Nunca se fueron.
(Suele citarse hasta el aburrimiento aquel cuento de Augusto Monterroso sobre el dinosaurio como el cuento más breve de la historia. Hoy les propongo desde la comunidad castellanoleonesa, con temor, vergüenza y repugnancia, este otro de tres palabras, tan antiguo como el dinosaurio, pero más dramático)
* Fotografía de Francesc Català Roca.
viernes, 13 de enero de 2023
El actor y sus polifonías cruzadas
martes, 10 de enero de 2023
Contemplación desde el no mundo
A veces me pregunto cómo veremos el mundo que hemos abandonado desde el otro lado, dice Max. Debe ser una visión muy interesante, le replico conteniendo la risa. Me habla moderado. No, no, hablo en serio. Debe ser incluso fascinante, no solo contemplar lo que hicimos o lo que hemos dejado de hacer, sino experimentar el último instante, ese vuelo postrero que tantearemos confusamente, donde yo creo que no hay la claridad que algunos dicen que se alcanza, ni llamada alguna, ni mano extendida de ningún no ser, porque donde vamos es un no lugar, y es que la caída te arrastra y acaso haya algún pájaro o un griterío lejano y disperso o un eco, eso, simplemente un eco, que en ese instante revolotee en nuestro cerebro casi rendido, y si lo hace, si aún se manifiesta alguna clase de recuerdos flotantes o súplicas no atendidas o voces incrédulas que intentan animarte, sabremos que del abandono no te libra ninguno de esos ejercicios de última hora, y con eso no quiero decir que no haya bondadosa intención en los que se quedan un tiempo más, que nos rodearán, tratarán de trasladar aliento con palabras, como si la palabra curase y más en el borde del desistimiento, pero, ¿sabes?, odiaría escuchar en esos instantes de cansancio insuperable el lamento inútil, me repugnaría que se acercasen rostros de conmiseración, y no sé siquiera hasta qué punto aceptaría una caricia o una palmada pues revelaría la impotencia de quienes se prestaran a ello, todo ese afán de interferir en el último kilómetro de la vida de un hombre es ridículo, y nada vale escuchar a los sabiondos de turno, que los hay, y estarán allí diciendo que si te mueres es porque padecías de esto o de lo otro, que tenías un día señalado, que es el destino o la voluntad de no sé qué ser no ser que suelen nombrar algunos, en fin, esa serie de tópicos de charla de ascensor, como si ellos, los testigos supervivientes, no fueran a acabar también por una aleatoria causa que su biología personal les tenga reservada, y solo pensar que uno no tenga la paz de su soledad ineludible y concluyente en esa caída, pues no en otra cosa consiste el paso de dejar de estar en el mundo, me afectaría, y qué puede pedir uno sino un punto de reconciliación con el humo de lo vivido, mientras el paisaje adquiere toda la opacidad que no hubieras imaginado jamás.
http://elhombreenlanochesilenciosa.blogspot.com/2023/01/temblor-de-la-tierra.html
* Ilustración de Inés González Soria.
domingo, 8 de enero de 2023
Sinfonía para un asedio. Shostakóvich y Leningrado
¿Te gusta esta carne de perro, Grigori? No sé si me gusta, camarada. Nunca la había probado. Yo tampoco, pero o nos la comemos o pasamos de famélicos a inertes para siempre. Hay un truco para esto, Grigori. ¿Ah, sí? No lo hubiera imaginado. Todo consiste en que cuando no hay otra cosa y tienes que sobrevivir, la memoria de lo comido durante toda nuestra vida se impone. Y qué adelanto yo. Adelantas, Grigori, que debes convencerte a ti mismo de que estás comiendo guisos o asados que hacía tu madre Un ejercicio difícil, aquello sí sabía a gloria. También nos parecía un imposible que pudiésemos comer carne de gato o de rata y es parte del menú si pillamos a los animales a mano. Tierna o no, con otro gusto al que nuestros estómagos no estaban acostumbrados, lo verdadero es, Grigori, que o lo comes o te vas al infierno por vía propia, no porque los alemanes te metan metralla. Parecería al menos más heroico si me acertara uno de sus disparos, camarada. ¿Y esto no es heroico? Resistir día tras día, semana tras semana, mes a mes. ¿Cuánto tiempo llevamos así? ¿Dos años o más? He perdido la cuenta, camarada, para qué contar. A veces me pregunto si no hubiera sido mejor que todos hubiésemos abandonado la ciudad. ¿Es que nos lo hubieran permitido los nuestros, Grigori? Además marcharnos, ¿a dónde? Tampoco era cuestión de dar el gustazo a los teutones dejándoles el suelo para ellos solos. Claro que de la heroicidad no se vive. El que no está pereciendo por hambre se muere enfermo o desesperado pone fin voluntariamente a su vida, como hacen otros aunque no se hable de ello. ¿Sabes que en casa de Lev, o mejor dicho entre las ruinas de aquel edificio, han comido algo inimaginable, lo que jamás podríamos pensar que se está comiendo? Algo he oído, y nos parecía que era cosa de tribus primitivas, camarada. Hasta que extremos hemos llegado. ¿No lo prohíbe la religión o la moral? Me horrorizas lo que me confirmas. Pues no descartes que no nos suceda también a nosotros, Grigori. La religión y la moral sucumbieron hace tiempo ante este destino cruel, si bien todavía tanta gente se refugia en lo que ha perdido. En los recuerdos, en sus creencias ancestrales, en el anhelo de un orden nuevo que aguanta como puede y del que muchos, si me lo permites, Grigori, tampoco estamos satisfechos. Agáchate, que esta viene directamente hacia nosotros.
(La explosión corta el diálogo)
jueves, 5 de enero de 2023
El escritor Jaroslav Hašek se pone en el lugar del buen Svejk
lunes, 2 de enero de 2023
El león y el niño (o viceversa)







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