jueves, 11 de diciembre de 2008

Abrir la ventana




Abrir la ventana a la noche y sentir que late una incandescencia recóndita. Recibir la mano del invierno en pleno rostro. Un viento revoltoso que forma remolinos y que te escarba los cabellos desde atrás. Asomarte a la distancia. Peor: al alejamiento. Esforzar la mirada, imaginar un contorno. Buscar un aroma, acertar al inhalarlo. Registrar un sonido, tal vez una voz. Palpar un tacto con unas manos que no encuentran el objeto, tal vez la figura. Abrir la boca, abrirla mucho, mientras queda congelada la palabra, no la intención. Proteger el pecho, porque al pecho hay que preservarlo de la noche, del silencio indeseado, de la indiferencia gélida. Impedir que el pecho sea atravesado por una descarga de claudicación. Dejar que la habitación se ventile de ti mismo. Aceptar que sea morada por la inconsistencia del deseo, que entra, se queda, se mueve entre la abstracción de tu caída. Renovar tu presencia, eres y no eres el mismo de antes de que la noche te rasgara. Permaneces y a la vez has cambiado. Los sentidos tiritarán tras el esfuerzo. Una nube de pensamiento roza los muebles de tu cuarto. La calle seguirá fuera, como siempre, inmóvil, ignorada por ti. Sólo los signos del cielo te parecen sinfonías. El eco verídico de cuanto no te llega, a pesar de la plegaria. Cuando cierres la ventana habrá pasado todo por ti. No estarás tan solo.



(Fotografió la noche el griego Stelios Tsagris)

miércoles, 10 de diciembre de 2008

La carta (Memphis III)



...no capitules, es el consejo que Mathew ha dado al hombre al que yo no entiendo. Y no le entiendo porque no sé si es él quien se aloja en un paisaje al que no quiere renunciar o soy yo la que no es capaz de descubrir el que me ofrecía. ¿Por qué le habrá dado ese consejo si lo nuestro está tan sentenciado? Además, Mathew es el primero que no debería estar interesado en estimular a Hubert en lo imposible. Pero yo lo entiendo, es su vecino, su amigo, siente preocupación por su deterioro, casi ha ejercido de padre con él. ¿No capitular? ¿De qué? ¿Es que acaso no me ha tenido Hubert lo suficiente para saber de qué estoy hecha? No soy ninguna plaza fuerte a conquistar, más bien todo lo contrario; pero esta fragilidad mía, tan quebradiza, resulta inhóspita e incomprensible para otros, incluso para ese tipo de conquistadores advenedizos que aterrizan en mi vida pero no me interpretan.

He estado charlando un buen rato con Mathew esta tarde, quien, aunque ya no bebe lo de antes, no perdona su bourbon puntual. Me ha hablado de la situación de Hubert. Me lo ha puesto tan mal que casi he sentido compasión, y cierta agitación me ha llevado a representármele mentalmente en su abandono. Incluso he tenido ganas de que le transmitiera un recado: dile a Hubert que lo siento, eso me apetecía encargarle, pero no me he atrevido, no le he dicho nada; a Hubert le hubiera sonado a insulto, a falsedad, y le habría hundido más, seguro.

Por si fuera poco el testimonio de Mathew, el viejo Jackson me ha entregado una carta que Hubert dejó para mi en su taberna. Al principio me resistía a abrirla. Siempre he temido sus reproches, sus enfados recurrentes, sus reservas, sus presiones, las exigencias que no comprendí bien. Pero a la vez me vencía la curiosidad. Dentro del sobre venía una foto mía que él tomó, sin que yo me diera cuenta, un día soleado de primavera en que nos acercamos a los muelles del río. En su momento me pareció una foto más, incluso vulgar. Ni siquiera se me ocurrió considerarla artística. "No me digas que no te gusta, no me digas que no es la mejor que haya sacado jamás de ti". "Pero si no se me ve la cara", le dije enfurecida. "Pero tus piernas, tu mano, el reflejo del sol en la blancura de tu piel, todo eso tiene la expresión misma de tu rostro". Este tipo de frases me llegaban mucho. Desvanecían cualquier opinión mal fundamentada sobre sus iniciativas.

Cualquier situación tensa él la resolvía con una frase ingeniosa, con un halago inesperado, con un cambio de rumbo de la conversación en la que pudiéramos estar enfrentándonos. Recuerdo que aquel mismo día pasaron varias barcazas camino del desguace. Hubert había estado bastante callado toda la tarde y dijo de pronto: "Voy a comprar una de esas antiguallas" . "¿Para qué quieres tú una barcaza que sólo te daría gastos?", le repliqué. "La voy a convertir en un lugar de tertulia, donde los artistas y los escritores de la ciudad vengan a pasar el rato. Donde la gente sensible tenga un espacio de alejamiento del ruido y de la estupidez. La fijaré en el muelle, a ser posible en una zona que no sea ni de fácil acceso pero tampoco demasiado extraviada. Para que la clientela que venga lo haga interesada en el ambiente, y a la vez espante a los buscadores de la novedad". A mi me parecía una salida desmesurada: "Pero si eso no te va, si no es lo tuyo. ¿Crees que vas a abandonar alguna vez la taberna de Jackson el brigadista? ¿Verdad que no?" Y él, tenaz: "Traeremos aquí la taberna. Él se trasladará, no me cabe duda. Además su ubicación actual está amenazada por el vandalismo inmobiliario". Yo sabía que no se trataba más que una fantasía de tantas, pero él era así. De pronto soñaba, necesitaba creerse el sueño como una posibilidad de vida real. Y de paso utilizaba sus ideas luminosas para sorprenderme. Y yo entraba en su juego, y me dejaba llevar hasta el límite.

Pero ahora, con la carta en la mano y la presencia escrutadora de Mathew, aquellos recuerdos se desvanecían. Y leí...

"Si abrieras el puño, ¿que liberaría tu mano? De momento, tu pulgar actúa como llave de cerradura. Una llave puesta en su sitio. No guardada en un oscuro cajón, ni extraviada, ni tirada al río. Crees no temer que nadie pueda hacer girar la llave. Tú posees su tacto frío. Tienes el resorte bajo control. Pero, ¿y si alguien lo intenta? ¿Cómo reaccionarás? En tu puño apretado contienes tus dudas, disfrazadas de pensamientos, tal vez de fantasías, acaso de sombras indefinidas. Sólo son intuiciones, suspicacias, tanteos fugaces que no sitúas en un contexto firme porque te desbordan. Porque has recelado insensatamente. Porque acaso los insólitos desengaños del pasado gravitan sobre tu presente demasiado obsesivos. ¿Vas a permitir que marquen tu futuro? Por eso comprimes la fuerza de tu mano. Por eso aprietas las piernas para blindar con doble energía el poder de la confianza que precisas que te salve, y que te salve precisamente de ti misma, pero que no logras cuajar en razonamientos. Tus esperanzas comprimidas en un puño. Tus entusiasmos desconfiados, tus aspiraciones desdibujadas, tus desubicaciones. Eres la dueña del puño. Pero el puño sólo es una postura, que puede variar. De ti depende que la mano se abra generosa, que el aire la acaricie limpiamente, que la piel se unte de fe, que las palabras se adecuen a la verdad. Libérate de los fantasmas, de las imprecisiones, de la visión que reduce tu mundo a un puño cerrado. No acojas dentro de él la mera oquedad, el vacío. Redímete de tu propia inseguridad. No por atenazar la mano sobre tu alma garantizas la supervivencia. Porque se trata de algo más. Algo más que no sabes claramente si deseas tener. Algo más que te espera y que es un clamor de vida."

Miré a Mathew hipnotizada y dudé al mantenerle la mirada. Él, como yo, también había apostado, y esta carta me quemaba algo más que las manos, nos ardía en esa frontera entre destinos. Sentí un vacío paralizante. Bebí de su bourbon.


(Fotografía de Leopoldo Pomés)

martes, 9 de diciembre de 2008

Te habla Mathew (Memphis II)


...desde que aquella mujer se distanció de Hubert mi vecino no es el mismo. Créeme que te entiendo, Hubert. Sientes ahora mismo que un filo de acero te rasga el vientre y acuchilla tus vísceras. Yo conozco esa sensación. Respiras agitadamente por la boca, sin saber por qué, y te sorprendes de ello. El aire regatea a través de tus conductos habituales y no te llega con comodidad a los pulmones. Con cada inhalación forzada se marca sin embargo la huella de una sequedad gélida en tu paladar, bajo la lengua, entre las encías. Notas sobreesfuerzo aun estando parado. Y ese agarrotamiento que va llegando lento pero profundo a tus extremidades impide que puedas seguir de pie. Te dejas caer sobre el sillón más gastado de tu cuarto, el que te resulta más acogedor. La comezón de tu piel te pone inquieto, incluso rabioso. No encuentras la postura. Aunque estiras las piernas no te relajas. Después de un rato te levantas precipitadamente y abres la nevera. Palpas las botellas de cerveza, coges una y te frotas con ella la nuca, las sienes, el cuello, los labios, el pecho. ¿Qué esperas de la frialdad del vidrio? ¿Por qué aprietas con tanta insistencia el recipiente contra tu piel? ¿Acaso te recuerda la frigidez con que ella te despachó el último día que os visteis? Abres una cerveza, la saboreas lentamente, como si fuera una cata nueva. La segunda la ingieres a mayor velocidad, de manera compulsiva y enajenante. Te lo pide el ansia que escala por tu esternón. Luego caen varias cervezas más; al principio te dejas atrapar por la euforia y una desigual seguridad se adueña de ti. Espejismo. Porque más tarde la garganta excreta un amargor que viene desde muy al fondo, desde más allá de tus entrañas. Y que envuelve tu mente. El sabor de la cerveza negra es agradable en comparación con el regusto que se adhiere a tu esófago, como si una costra se te estuviera formando a lo largo de todo el tubo digestivo. Como si un ser oscuro y denso tomara cuerpo dentro de tu cuerpo y paralizara tus órganos. Entonces es cuando te vuelves más inconexo en las formas, pero más sincero en tus opiniones. Yo he pasado por ello. Es una percepción irregular, poco clara, pero que va tomando sentido dentro de tu sistema lógico. Sólo sirve para ti. Una extraña turbulencia que trata de arrojar luz en tu mente sobre todo lo que ha acontecido los últimos meses, desde que conociste a Bárbara en la tertulia del bar del viejo brigadista. He vivido yo también esta misma vorágine que ahora te consume a ti. Donde se ven hasta los rincones menos iluminados de tu vida, donde te atenaza una fatalidad a la que te resistes, donde tienes la impresión que la costa se aleja y vas a permanecer a la deriva largo tiempo. Tienes los ojos sumamente enrojecidos. Están llenos de sangre. Eres sangre por todas partes. Sangre en tus neuronas, sangre en tu piel, sangre en tus testículos, sangre en la lengua que merma estéril dentro de tu boca inapetente. Y mientras el alcohol recorre cada milímetro de tus venas empuja un haz luminoso que trae recuerdos, pero que en cuanto pasa los barre, los expulsa por tus poros, por tu orina, por tu cólera, por tu mirada de animadversión que no queda fijada sobre ningún horizonte. He visto las mismas fantasías autodestructivas que ahora estás tú viendo. No la odias a ella, te desprecias injustamente a ti mismo. Aborreces fenómenos que adquirieron vida propia, que surgieron como si no hubiera voluntades detrás. Siempre te parecieron espectros que no pudiste conjurar a tiempo. Pero ¿y si nunca es tarde? Esa misma pregunta me la hice yo. Y te aseguro que mereció la pena esperar a encontrar la respuesta. Escuché durante un tiempo. Agucé toda mi sensibilidad. Apuré mi cautela. Brindé con la paciencia que jamás hubiera pensado que podría protegerme de la intemperie. Probablemente tú estés a punto de atravesar una ciénaga semejante. Y aunque no me escuches claramente, te lo digo: no te pierdas. No capitules...

(Fotografía de Martín Stranka)

lunes, 8 de diciembre de 2008

Apostillando a Montaigne



Leyendo los Ensayos de Montaigne uno lee casi todo. Y esta frase le hace saltar del asiento: "Todo contento de los mortales es mortal".

El recordatorio ¿es oportuno? Acaso se trata de una constatación de quien de vuelta de todo intento vital se apresura a recordarnos la trayectoria de lo vano. Pero si bien la vanidad se muestra como calidad de lo vano, también hay que decir que no todo es vacío entre nuestros pasos. Porque sea también mortal el motivo que anima e incentiva a los hombres, ¿hay que dejar de vivir todas las circunstancias de la vida? No hay elección. Vives pretendiendo apartar lo dañino, intentando remontar lo penoso, esforzándote en atrapar lo que consideras plenitud y tratando de retener lo que te parece divino de ti mismo. Mas vives. Y lo haces con intensidad.

La fragilidad de la vida se agazapa tras cada afianzamiento de nuestras actitudes. Ya no está claro que a los hombres les acucie la presuntuosidad de vivir como si fueran a ser eternos. Saben que no. Desde que nace un hombre ve caer a su alrededor a otros hombres de toda edad y condición. Sobre eso no tiene duda. Pero la idea del fin la posterga, la oculta; eso no va conmigo de momento, se dice, va para largo. Nace entonces la ficción: vivir como si se fuera a vivir para siempre. Sólo el paso del tiempo, con su secuela de limitaciones, claudicaciones, despojos y abandonos afianza la duda y empieza a invadir la vida del individuo con otro tipo de certidumbres más severas y menos gratificantes. Y más renunciantes.

El malestar del hombre reside en el origen de su misma ficción. Lo que a corto y medio plazo, en el promedio vital de los individuos, da resultado para responder a las expectativas que el acontecimiento de nacer y la consecuencia de crecer y madurar desarrollan en la conciencia de cada uno no es permanente. Ni siquiera es estable en cada etapa de la vida. La metafórica frase de “la lucha por la vida” da fe de cómo la inestabilidad y la pugna por adaptar el entorno y los medios a la vida de los individuos es contradictoria, dinámica, incluso angustiosa.

Angustia. Palabra tabú. ¿O término tótem? Depende también de tu propia ficción. Depende del miedo que crece contigo desde que naces y de cómo te habla, te dirige o simplemente te acompaña y con el que echas pulsos sin caer en la rendición. Si consideras que cada dificultad es insalvable, que cada entorpecimiento no lo vas a mejorar, que cada desliz es un error definitivo, que cada fracaso amoroso o profesional no tiene superación te dejarás arrastrar entonces por un concepto maldito de la angustia. Si vives amordazado por los miedos, apresado por fantasmas, reducido por el temor a la enfermedad y a la muerte, la angustia te pagará con sus crisis y sus manifestaciones de enfermedad, entre las cuales la ansiedad es la más llevadera. Pero si a pesar de la rabia, del dolor o de la confusión que se generan en ti cada vez que las cosas no te salen como desearías que te salieran, a pesar de sentirte herido y tocado por la angustia consideras que cada asunto se puede retomar, se puede recrear, se puede hacer nuevo, tú mismo serás un nuevo factor cargado de fe en la posibilidad. Tú serás parte de la modificación. Y entonces esa angustia será aceptada como algo integrante de ti, de la misma manera que lo es la sensación de placer; será, por lo tanto, una angustia existencial que te acompañará con otra actitud, que te permitirá ser realista, pero no neurotizará tus actos.

(Fotografía del checo Martín Stranka)

domingo, 7 de diciembre de 2008

Observación bis


Las heridas nunca acaban en sí mismas. Se llaman unas a otras. Como gargantas. Grandes gargantas que se suceden ululando. Cuidado al acercarse. Cuidado al escucharlas. Las proximidades de una herida son siempre pantanosas, huelen a cieno y su sonido es húmedo y gelatinoso. Contagian el mal del deseo, el mal de querer ser más que el destino, el mal de querer, de querer siempre lo que quiero por encima de todo querer ajeno. Una herida es la guerra.


(De Filosofia en los días críticos, Diarios 1996-1998, de Chantal Maillard. Fotografía de Leopoldo Pomés)

Observación




Yo necesito heridas para ver
con ellas -ojos rojos- la batalla
en que perezco a manos de mí mismo.


(De un poema de Juan Vicente Piqueras y fotografía de Martín Stranka)


martes, 2 de diciembre de 2008

Metamorfosis de Asterión


transfigúrame
el laberinto permite la huída a los audaces

cabalgarás sobre mi hasta que el caballo azul
alcance el confín del desierto

las ciudades estarán esperando
el amanecer y llegaremos de improviso

entrarás en mi embocadura
y abriré para ti de par en par el universo

la sangre será dulce
y ambos seremos las víctimas del sacrificio

y la ofrenda tendrá sentido
pues es imprescindible perder la conciencia

el olvido dará en parir nuevos signos
sobre los cuerpos y las vidas de los prófugos

haré de ti otra materia y segregaré otra sustancia
que te fije en el barro de los orígenes

entonces, Asterión, habrás perdido tu destino fatal
mas no temas pues tu dominio no es ya la salvación

haremos del laberinto una de las ciudades enterradas
en la memoria impura de los hombres

dormirás a mi lado el sueño de las bestias perplejas
que supieron al fin encontrar el camino

y la luz de mi piel derretirá tu máscara fiera
y me pedirás que te dé hijas del deseo

mis brazos te ceñirán sin miedo a tu presencia
sólo excitados por la galopada sedienta

entonces oirás la historia nueva y haré sangrar tus labios
hasta la extenuación de mi misma


(Recogido por el viajero culto Ibn-al-Moussarek-al-Qtubi de una tradición grecolatina. Cuadro de Picasso)

lunes, 1 de diciembre de 2008

Vuela, Mikel Laboa

Agur, Mikel Laboa. Que el universo te acoja, incluso más allá de tu nada.
Aquellos a quienes nos emocionaste alzamos la copa del deleite de la vida.
Sin reservas.



Hegoak ebaki banizkio
nerea izango zen,
ez zuen aldegingo.
Bainan, honela
ez zen gehiago txoria izango
eta nik...
txoria nuen maite.



Si le hubiera cortado las alas
habría sido mío,
no habría escapado.
Pero así,
habría dejado de ser pájaro.
Y yo...
yo lo que amaba era un pájaro.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Conclusiones (Memphis, I)



...he llegado a la conclusión de que debo escribir menos, tal vez leer menos, tal vez beber menos, tal vez mostrarme menos huraño con otras personas, tal vez hacer que vengan con menos frecuencia a casa algunas mujeres que me destrozan, tal vez tener menos fantasías que agotan mi cuerpo, ya sé que esto suena a un haz de proposiciones de la enmienda como aquellas que nos inculcaban en los tiempos de la inocencia, y por lo tanto proposiciones que no se cumplen jamás, pero tengo que decírmelo, esa duda me ahoga, y me lo repito para quedarme más a gusto, aunque sea inútil, debería quitarme algunas manías, suavizar algunos vicios, rebajar ciertas desmesuras, lo sé, pero no puedo orientarme de otra forma, no sé vivir de otra manera, hace tiempo que vivo en el límite de todo, me he liberado de algunas ataduras externas pero en contrapartida me he amarrado a la parte más oscura de mi mismo aun a riesgo de no saber o no poder deshacer sus nudos, me siento siempre agotado, mis ritmos no tienen que ver nada con los del resto del mundo, día y noche son términos que carecen de sentido explícito para mi, creo que al fin y al cabo las noches están hechas para ser recorridas como el día, yo no tengo horas, me da igual dormir de día que de noche, y ya que por la noche me resulta difícil hacerlo sé que en algún momento tengo que caer rendido, aunque sea durante tres o cuatro horas, y no es fácil dormir durante el día, demasiados ruidos por todas partes, sirenas que atraviesan los callejones, gritos que escalan por las fachadas interiores de las casas, el cuerpo se altera aunque se encuentre inmerso en mundos ajenos, el cerebro lo siente todo, se empapa de todo aunque permanezca ausente, y se inquieta y se irrita en su desasosiego, hay tanto ajetreo en el edificio y en la calle, y el taller de los caldereros que hay en los bajos del edificio no para de martirizar con sus golpes, cuesta mantener un sueño profundo durante varias horas, si bien ese cansancio extremo se impone y es como si al caer en el sueño no fuera a levantarme de nuevo, pero el reposo siempre acaba quebrando antes de cumplir su ciclo mínimo, y así resulta que no puede llamarse descanso, y mis despertares son malhumorados, no me quito de encima fácilmente la debilidad que arrastro, por eso bebo y me sobrecargo de café y zampo los estimulantes que caen en mis manos y me sumerjo en lecturas que alivian mi abatimiento, aun cuando estar concentrado en ellas me agote, vigilia y sosiego echan pulsos improvisadamente, duermo por lo tanto a trompicones, reparto el sueño como reparto mi ebriedad o mi ira o mis miserias sexuales, trampeando con el vacío del tiempo, Mathew me lo dice con frecuencia, no debieras vivir tan desordenadamente, eso me dice, pero a mi me suena a monserga de predicador, yo vivo en mi orden, ¿qué es eso de vida desordenada?, ¿ordenada o desordenada para quién?, no le contesto airado porque sé que le mueve una intención sincera y bondadosa, y porque bastante tiene con aguantarme como vecino de puerta y como amigo que soporta mis desatinos, nunca estaré suficientemente agradecido por su bondad cuando me recoge hecho una piltrafa en las noches más solitarias, pero que nadie olvide que el vecindario está repleto de empeños compasivos que se entrometen en la vida de los demás, a los que no mueve el cuidado sincero del desgraciado, sino el funcionamiento aséptico de las cosas, y es que no me han gustado nunca las maneras que algunos han tenido de dirigirse a mi, sólo porque uno tiene mal aspecto social, digamos, o tal vez mi compostura es dudosamente estética para el gusto de los que se obsesionan con los preceptos, y como a uno les sucede a muchos otros, y a los que vivimos en el extremo, aunque no nos metamos con nadie, no se nos ve con buenos ojos, así que prefiero no pensar en que harán las almas benefactoras el día en que no me controle y les mande al infierno de malos modos o cuando comprueben que uno no corrige, porque uno no tiene la menor intención de corregir, ya que no soy proclive a hacer vida de sumiso insecto laborioso ni de honesto pagador de impuestos, ¿o es que ellos se piensan que son mejores por el hecho de figurar en una nómina y de doblegar su cerviz ante el fisco?, no me cabe duda de que es la normalidad lo que apacigua y hermana a la grey, aun cuando interiormente les devore saber cómo son considerados unos respecto a otros, aunque sepan de las diferencias enormes de sus salarios y de sus posibilidades de vivir y de sus reconocimientos, pero es propio de esa masa amorfa sufrir para adentro, y sin embargo dan su aquiescencia ante las instancias superiores, que son las que generan sus desigualdades, a mi me repugnan sobre manera, y en cambio ese desprecio por ellos lo perciben ellos como si fuera mi situación la culpable, como si fuera el complejo de inferioridad motivado por mi vida orientada en otra dirección la causa de mi malestar, y yo no digo que no tenga algo de complejo y de insatisfacción, puesto que es difícil vivir entre la manada si no exhibes una fuerza que ella entienda como tal, por eso siempre estás en desventaja, no te hallas en su terreno, donde podrías mostrar armas y tácticas que ellos temerían y les obligarían a respetarte, al situarte en una marginalidad no reconocida ese vecindario te compadece, y te desprecia con facilidad, y se siente superior a ti, si bien ellos no son sino la hez de ese recipiente maloliente que está lleno de sometidos, de cuantos se venden al mejor pagador, de desairados, de los que se sienten fracasados porque se propusieron objetivos que jamás podrían alcanzar, no es mi caso, podría serlo, entre su situación física, digamos, y la mía no hay mucha diferencia, sólo que yo elijo vivir fuera de sus normas y no les pido tampoco que me mantengan, Mathew me comprende pero me vapulea a consejos, nunca podrás ser un fuera del sistema, me dice, acabarás pasando por todo como todos, salvo que decidas morirte aquí mismo, en cualquier momento, pero eso sería reconocer que eres un perdedor de verdad, me lo dice con aplomo y con bastante calma, en parte para que no me irrite y en parte para que reflexione, aunque no me descubre nada, me trata como un adolescente, y yo lo entiendo, él me lleva bastantes años, sabe de batallas perdidas, de renuncias, de expulsiones, de desamores, nada podría enseñarle yo que no haya probado él de la sustancia de la vida, y no acepta que me acurruque en los rincones del abandono, él desearía de mi que corrigiera el rumbo de la barca, una navegación que para él se fue a pique hace tiempo, pero cuya apariencia de mantenerse a flote la lleva con dignidad, controladamente, no me gustaría ser desleal con Mathew, no podría serlo, pero hay días que su presencia la percibo como presión, acaso porque tengo la sensación de que en él se proyecta en realidad mi imagen, y sí, me siento salvado por su honesta complicidad, haga lo que haga me acepta y si es necesario me defiende ante terceros, si no hubiera sido por su presencia próxima mi ruptura con Bárbara la hubiera llevado peor, y ya es bastante sufriente mi situación como para no reconocer lo mucho que debo a Mathew, las noches de desahogo, las lágrimas vertidas, mis enfados desquiciantes, los recursos que hieren el cuerpo, Bárbara no hubiera sido capaz de apreciar este auxilio desinteresado, me sorprendo pronunciando Bárbara, hacía semanas que no pronunciaba este nombre que me confunde, que inmediatamente me exige colgar apelativos contradictorios, Bárbara delicada, Bárbara despiadada, Bárbara dulce, Bárbara desapacible, Bárbara comprensiva, Bárbara exigente, la lista podría ser larga, pero debo dar marcha atrás, hacer como si no he mencionado a nadie, como si nadie existiera en mi vida, porque nadie existe desde que...


(Fotografía del checo Martín Stranka)

El extravío de la palabra


A muchos no les gusta el tema. ¿Por miedo? ¿Por mala o temerosa conciencia? ¿Por déficit de pensamiento y razón? Yo sólo me hago preguntas. Por ejemplo: pozos, simas, cunetas, laderas, hoyos, lagunas, cementerios...¿son palabras poéticas? ¿Qué lírica poblaba aquella barbarie? ¿La épica se disfrazaba de lírica o viceversa? ¿O la poesía, y en general la literatura, habían huido del regazo de los hombres? Entonces, ya lo entiendo. Los dioses -siempre tan caprichosos, crueles e injustos ellos- abandonaron a los humanos a su suerte, simplemente privándoles del poder sincero y liberador de la palabra. La memoria no es revancha. La memoria es poner las cosas en su sitio, sea del color que sean. La memoria no es llanto, es la alegría de quien recupera la cordura, aunque sea a través de sus nietos. La memoria no es matraca, es ética. Dejemos de ser tan cicateros, tan ambiguos y tan maniqueos. No se pide tanto. O sí, se pide todo: tenerlo claro, sacar conclusiones, instaurar de una santa vez el reino del Derecho y de la Lógica. Y todo para evitar repeticiones. Para entendernos mejor. Para tener garantías fuertes de convivencia. ¿Perdón? ¿Olvido? Estas palabras ya no son la clave. Claridad es el término. Reconocimiento de los hechos. Compasión por lo irreparable y sobre todo piedad por lo que puede evitarse a tiempo. Reflexión, tolerancia, vertebración. No hay palabra nueva alguna entre las que he citado. Viejos conceptos que o se revalorizan o perdemos todos de nuevo. Y si extraviamos el significado, mejor, el sentido, de las palabras, díganme, ¿para qué sirve la literatura?



(Fotografías extraídas de los periódicos sobre el pozo de Arucas, en Gran Canaria, y el cementerio de San Rafael, en Málaga. Los esqueletos no son parte de ningún parque temático, se lo prometo)


miércoles, 26 de noviembre de 2008

El hombre de Kraus



" El hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza; pero una caña que piensa. No hace falta que el universo entero se arme para que lo aplaste: un vapor, una gota de agua, bastan para matarlo. Pero cuando el universo le aplaste, el hombre seguirá siendo más noble que lo que le mata, porque sabe que va a morir, y la ventaja que tiene el universo sobre él; el universo no sabe nada "

Karl Kraus.

(Para Niké Moritz, cuyo ojo mira en profundidad y sin embargo cree que no entiende nada)


martes, 25 de noviembre de 2008

Las piedras


..echas mano de todas las piedras que has ido encontrando por el camino, incluso las que tu riñón o tu vejiga han fabricado a lo largo de años de grasas y sedentarismo, el mundo está lleno de piedras, jamás podrás decir de otro objeto que abunde tanto en este mundo, a excepción de los plásticos, naturalmente, siempre te topaste con las piedras desde que recuerdas, las hallaste por doquier, en la calle, en las laderas, en los caminos, hilvanadas en el suelo del zaguán de entrada a la venta, tropezabas con ellas, se te metían las más chiquitas en el zapato, os tirabais los chicos las más gordas, lanzabas los guijarros planos sobre la superficie del arroyo, que lo sorteaban limpiamente y llegaban intactas a la otra orilla, coleccionaste piedras, piedras de la sierra, de los acantilados, de las minas abandonadas, tu vida ha estado señalada por las piedras, recuerda aquella diminuta que formaba un complejo poliedro de aristas cortantes que te desgarraron los uréteres en su lenta y desmesurada huída, para tu fortuna, del hogar donde se formaron, allá en lo más íntimo del riñón derecho, tu padre mismo preservó en un frasco durante años una piña de piedras redondeadas que casaban como los sillares de las paredes cuzqueñas y que le habían extirpado de la vesícula, piensas con frecuencia en que nuestra condición mineral nos vincula con la orografía exterior, acaso será por eso que te reclama tanto las piedras, las piedras que son como desmenuzamientos del pasado, pero también te reclaman las piedras sobre piedras, es decir, los edificios, las cuevas, las iglesias rupestres, ya sabes que la arquitectura de los siglos pasados consagró el himno a la piedra transformándola en símbolos, o acaso fue al revés, acaso los símbolos tuvieron necesidad de encarnarse en la roca tallada, en los sillares labrados, en las columnas papiriformes, pero tus piedras son más elementales, son las que te sigues encontrando en tu recorrido diario, y que de tanto trasladarlas en tu regazo llegas a creer que son parte de tu constitución, y que tus órganos, el bazo, el intestino, el hígado, el corazón, se van convirtiendo en una fosilización que te resulta pesada, y te encorvas, vas por la calle y te encorvas, te ladeas, quiebras a veces, tienes que respirar profundamente para mantenerte erguido, porque te das cuenta de que las piedras no emergen sino de tus pensamientos, de todo ese naufragio de inconsistencias, dudas e indecisiones que se fraguan en tu mente, son como una cantera de donde pueden saltar por derrumbe o como lascas que la acción de tus contradicciones provocarán que se desplomen, cargas con las piedras porque, en tu narcisismo atroz, piensas que no puedes dejarlas tiradas por ahí, sin darte cuenta de que la piedra desprendida de tu experiencia ya se ha perdido, que las piedras que vas dejando caer no son recuperables en absoluto, ni tienen valor, ni podrás rehacer nada con ellas, ni siquiera serán recogidas por otros caminantes, nadie se para a considerar de dónde proceden las piedras que invaden los caminos, se las ignora, se las aparta, se las acumula en montones alejados de las orillas, sólo te consuela que el esfuerzo por trasladar las últimas piedras va dejando al descubierto tu desnudez, allí donde debes mirarte para preservar la voluntad que aún late en tu cuerpo, donde debes reagrupar fuerzas para proceder a nuevas iniciativas por las que debes considerarte aún vivo, donde te resistes a perecer como un Sísifo insalvable en manos de la abulia y la resignación...

(Fotografía de Misha Gordin)


lunes, 24 de noviembre de 2008

Habla Katsushika Hokusai

Color del texto
“Desde que tenía seis años me invadió la manía por dibujar las formas de las cosas. Cuando llegué a los cincuenta, ya había publicado infinidad de diseños, pero todo lo que he producido antes de llegar a los setenta años no merece la pena tenerse en cuenta. A la edad de setenta y cinco años he aprendido por fin un poco acerca de la estructura real de la naturaleza, de los animales, las plantas y los árboles, los pájaros, los peces y los insectos. En consecuencia, cuando llegue a los ochenta, previsiblemente habré hecho aún más progresos. A los noventa penetraré en el misterio de las cosas; y a los cien ya habré alcanzado sin duda una fase maravillosa y, cuando cumpla los ciento diez, todo lo que haga -ya sea una línea o un punto- estará vivo. Les ruego a los que vivan mientras yo siga ahí que comprueben si cumplo mi palabra. Escrito a la edad de setenta y cinco años por mí -anteriormente conocido como Hokusai-, hoy llamado Gwakio-rojin, “el viejo loco por la pintura”.




domingo, 23 de noviembre de 2008

Mano de lluvia


...y el pájaro incandescente restalla en la mano con los colores del mar y de la tierra, y se adivinan las espumas de los oleajes y se advierte el fulgor de las lavas que brotan de las ubres del planeta, y el pájaro trae aromas de lejanos salitres, deposita el polvo de los terrenos yermos, aventa las cenizas de las aves muertas, despliega los pasos que se perdieron por las sendas de los continentes, deja caer los gritos y las risas y los llantos que escuchó al atravesar cada calle y cada patio y cada alféizar de ventana de alcoba, arrastra el eco de los silencios que recogió entre los hombres que habitan las ciudades y los campos, y al tacto del ave que no cesa en sus ofrendas los dedos se encienden más y más, y sus yemas se iluminan, y se impregnan de cada una de las sustancias que el vuelo del ave le ha proporcionado, y a través de cada partícula de esas materias la mano se abre, crece, se extiende, la mano adquiere una energía insospechada, el pájaro picotea en la mano generosa, bebe en ella las gotas renovadas de rocío, cata en ella la esencia nueva del alimento que conjure la muerte, rescata de la afasia su voz firme, y al hacerlo la ave procura curar sus heridas, reorientarse, fijarse en un punto en que la supervivencia no sea sólo vuelo inerte, y en esa transustanciación no se sabe bien quién se nutre de quién, tal vez ambos, mano y pájaro, se alimenten mutuamente, porque ése es el destino del vuelo de las aves, porque esa es la súplica de los hombres que no renuncian...

jueves, 20 de noviembre de 2008

Pájaro de fuego



...no lo suelta...lo ha hallado malherido entre las hojas del otoño, y su mano le aporta calor, y su boca pone saliva sobre sus alas maltrechas, y sus dedos pulsan el lomo de su cuerpecito, y sus palabras tenues pretenden la calma, y el pájaro revive, la ave es bella, sus colores refulgen, la pátina de su plumaje emite destellos diferentes en cada luz del día, su mirada hipnotiza, su urdimbre es aterciopelada, su canto se muestra cadencioso, su figura airosa, la mano se abre toda a su fragilidad, trata de concederle sosiego, de inocularle confianza, la mano rebaja su melancolía, la mano le sugiere esperanza, la mano es menuda pero posee una intensidad acariciadora, en ella cabe un pájaro descendido del paraíso, en ella se genera un haz de luces que se proyecta sobre los sentidos, en ella se columpia el pájaro en su contento, en ella la ave amortigua su desorientación, en ella el pájaro se duerme, la mano, mientras, recibe el tesoro ígneo que el alma del pájaro porta, una calidez que vincula a sus cuerpos, la mano necesita el pájaro de fuego...

miércoles, 19 de noviembre de 2008

No cesa



Ella tuvo que citarlo para que él se propusiera adentrarse en sus letras. Naufragaba el hombre como fruta ácida sobre un océano de confusión. Y ella tuvo la ocurrencia de citarlo entre sus preferidos. Habiendo oído él hablar del poeta y de su obra, tuvo sin embargo que venir aquella pasajera a descubrírselo. Habiendo estado más cerca siempre de él que de ella, él apenas le había hincado el diente a aquel don oculto. ¿Por qué a veces la proximidad pasa desapercibida? Y los primeros versos eran tan contundentes:

“Siempre la claridad viene del cielo;
es un don; no se halla entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día; así la noche
cierra el gran aposento de las sombras”


Él tuvo que leer aquella portentosa manifestación de la naturaleza. Esta vez las palabras no son tales. Son los elementos, el acontecer, la aparición y la pérdida. Lo que tiene lugar, lo que surge desde dentro de la tierra y desde lo más oscuro de los cuerpos. La claridad lo ocupa todo, todo lo amasa, todo lo dispone...¡y cuánto nos gusta habitar entre tinieblas! ¿No advertimos la luz lo suficiente? ¿No retenemos el gran milagro de cada día antes de que la ceguera nos prive de la visión irrenunciable? ¿Hay algo más que turba nuestras horas y se revela cómplice de la luz para una vida llevadera?

“Así el deseo. Como el alba, clara
desde la cima y cuando se detiene
tocando con sus luces lo concreto
recién oscura, aunque instantáneamente.
Después abre ruidosos palomares
y ya es un día más. ¡Oh, las rehenes
palomas de la noche conteniendo
sus impulsos altísimos! Y siempre
como el deseo, como mi deseo."

Y desde entonces no cesa de leer a Claudio Rodríguez, porque allí en sus poemas hay mucho trigo del que nutrirse, porque ahora él se alimenta de las sustancias que el cielo le provea con tinta de palabras. Como fruto ácido se desenvuelve atónito y perplejo. Son las encrucijadas de la vida, porque, como en el mismo poema, él se repite:

“Oh, la estrella de oculta amanecida
traspasándome al fin, ya más cercana.
Que cuando caiga muera o no, qué importa.
Qué importa si ahora estoy en el camino”.

(Pintura de Kuzmá Petrov-Vodkin)

martes, 18 de noviembre de 2008

Ajeno, de Claudio Rodríguez



Largo se le hace el día a quien no ama
y él lo sabe. Y él oye ese tañido
corto y duro del cuerpo, su cascada
canción, siempre sonando a lejanía.
Cierra su puerta y queda bien cerrada;
sale y, por un momento, sus rodillas
se le van hacia el suelo. Pero el alba,
con peligrosa generosidad,
le refresca y le yergue. Está muy clara
su calle, y la pasea con pie oscuro,
y cojea en seguida porque anda
sólo con su fatiga. Y dice aire:
palabras muertas con su boca viva.
Prisionero por no querer, abraza
su propia soledad. Y está seguro,
más seguro que nadie porque nada
poseerá; y él bien sabe que nunca
vivirá aquí, en la tierra. A quien no ama,
¿cómo podemos conocer o cómo
perdonar? Día largo y aún más larga
la noche. Mentirá al sacar la llave.
Entrará. Y nunca habitará su casa.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Oh, Gott!

"El insomnio te hiere. Transcurren las horas lentas y agitadas. No sabes cómo estar. Si con la luz apagada, te acosan fantasmas. Si tratas de leer, no te concentras. Si te levantas y paseas por la habitación, te cansas. Si permaneces en la cama, no dejas de dar vueltas y no hay posición que te calme. De vez en cuando, en uno de esos giros intranquilos sobre el eje de tu cuerpo, tienes un instante atroz en que aflora en ti la parte más lejana, supersticiosa y profunda, la que ya creías superada. Un suspiro emerge de lo más recóndito y brota de tus labios de forma refleja la palabra mágica: Oh, Gott! La pronuncias como una síntesis de tu desasosiego. Como un pandemonium que conjure tu estado fatigado. Hasta la repites. Oh, mein Gott! ¿Dios como desasosiego? ¿Por qué no?

De niño invocabas la palabra totémica -¿o habría que decir también tabú?- por excelencia y le dabas ese tono protector, consolador, salvífico. Era una imagen etérea de la cual esperabas que se encarnara en Poder sobre los poderes y viniera a echarte una mano en tus complejos, en tus dudas y en tus infortunios. Mas como éstos no fueran tan graves ni irremediables como te parecía -otro asunto es cómo te obsesionaban, cómo te hacían sentir apurado cuando no desgraciado, cómo temías la reacción de la autoridad familiar si no los resolvías- de ordinario resultaba que los motivos de tus angustias tenían fácil solución. Y aunque casi nunca llegaba la sangre al río, sin embargo de ahí deducías el poder taumatúrgico y benefactor de Dios. ¿De Dios? De la palabra Dios, del inoculado concepto abstracto y febril denominado Dios. Te lo habían repetido tantas veces desde la cuna. Ya venías oyendo el vocablo antes de disponer de una mínima capacidad de encontrar identidad entre objetos y conceptos. Gott era un término en boca de todos, desde las matronas hasta los carreteros, ya fuera para invocar las satisfacciones o para exorcizar los sufrimientos.

Hoy ese Oh, Gott! no te lleva a concederle ni tiempo ni crédito, pero no puedes evitar sorpresa por el destello. Meditas en las palabras que empezaron a entrar hasta tus vísceras desde el primer vagido. Y que siguen infiltrándose en tu carne madura. Ellas te desasosiegan tanto como el Oh, Gott! Adviertes que si los creyentes irredentos lo supieran podrían ver en ello un triunfo de los sobrenatural. Pero a ti tal observación de los fanáticos no te interesa. Hay también fanáticos de la literatura que pretenden imponerse con sus palabras de apariencia de acero, pero de textura frágil. Te preocupa la oscuridad de las palabras. Mas, ¿de verdad crees que hay palabras oscuras? No. Lo que te causa inquietud y pavor son las intenciones oscuras. La utilización maniquea y traidora de las palabras. La mezquindad de quienes reprimen los sentimientos y no saben traducirlos en la belleza de la honestidad. Ahí reside la oscuridad y la confusión, que fomentan la falta de entendimiento entre los hombres.”

(Carl Maria Träume, de su obra desaparecida titulada "Die Dunkelheit der Wörter. Tagebuch eines Mannes unruhig, traducido como La oscuridad de las palabras. Diario de un hombre intranquilo")

domingo, 16 de noviembre de 2008

El color



Te adentras en el bosque porque no te crees sus colores. Quieres registrarlos y palparlos. Quieres olerlos y preservarlos. Y uno de ellos te da de plano y te toma. Te dejas, te abandonas.



Está por todas partes. Cae del cielo, sube desde la capa de humus bajo tus pies, tapa las huellas, colorea las sonrisas. Es su gran momento efímero. Todos tenemos nuestro gran momento efímero. Aunque no se note.



Como si volaran tus pisadas. Imperceptibles. El suelo ha desaparecido. Una nueva geometría. Textura y forma del ocaso. ¡Y sin embargo parece tan nuevo!



El color va ascendiendo. Oculta las raíces, la base de los árboles, tus pies, los gritos de los niños. Pronto llegará hasta...ni se sabe. Ascensión que todo lo ocupa y lo tiñe.



El piélago te moja. Te lame las rodillas, te acaricia los muslos, te atrae. Atractiva su mirada narcisa. No te apartas. Acabará engulléndote.


Queda el diálogo solitario. El color permanecerá por la noche y sólo lo disfrutarán los bancos de hoja perenne. Pronto ellos serán también atrapados. Su apacibilidad no es garantía de supervivencia.


Juegos al trasluz. Los guiños del crepúsculo sobre el color. Éste absorberá toda la luz posible para sobrevivir en la oscuridad.


Resuenan aquellos versos de Georg Trakl, de su poema Sebastián en sueños...


Qué otoño más suave. Bajo los árboles altos quedos resuenan nuestros pasos
por el viejo parque. Qué serio el rostro del jacinto del atardecer.


El manantial azul está a tus pies, misterioso el silencio rojo de tu boca
que oscurece el sueño ligero del follaje, el oro apagado de unos ruinosos girasoles.

Cargados de adormidera están tus párpados y sueñan silenciosos en mi frente.

Suaves campanas tiemblan en el pecho. Una nube azul,
tu rostro, va cayendo sobre mí, en el crepúsculo.

Parada


Las letras no pueden esperar. El mecanismo se muestra expectante. Tus manos se ausentan. No pueden esperar las letras porque por naturaleza son hijas del caos. Como tú. Como tus sentimientos. ¿Pueden detenerse tus sentimientos? ¿Alguna vez obedecieron órdenes ajenas que pretendían que fueran sometidos? ¿Alguna vez te exigieron que los domeñaras? Claro que sí, pero no les hiciste caso a los autoritarios de turno; aparentaste, nada más. Cuando tus sentimientos se rasgaron -y desde entonces no han parado de desgarrarse- buscaron enfebrecidamente la complicidad de las letras. ¿Para complementarse o para distanciarse? ¿Para compensar lo que ellos no obtenían por sí mismos? ¿O acaso fueron los progenitores de esta insolente encrucijada de vocablos e hilaciones sintácticas que ni tú sabes a dónde te llevan? No te engañes. Los sentimientos jamás han existido en estado puro. Como mucho tienen un punto fugaz de revelación que no atrapas. Un instante inadvertido, que cae como rayo sobre el territorio del hombre. Su carta de naturaleza está en que se hallan abocados sine die a ser representados por las palabras. Sentimos con nuestra pronunciación más íntima, pronunciamos los sentimientos. Por eso sabes que lo que quieres decir no puede esperar. Pero si esperase, si nunca más emitieras palabra alguna, si renunciaras a explorar, si te olvidaras de tus aflicciones y de tus impedimentos, si abortaras tus tentaciones, si tragaras saliva y detuvieras tu caos, ¿dejaría de amanecer? (Preguntas de un disoluto ante una máquina de escribir)

sábado, 15 de noviembre de 2008

Pulsaciones



¿Los dedos buscan las letras o las letras salen al encuentro de los dedos? ¿Quién podría decir lo que sucede realmente cuando te pones a escribir? ¿Son las palabras las que emergen o la intención persigue las palabras? ¿Hay algo concreto y definido cuando te pones ante la máquina o la máquina incentiva la imaginación? ¿Quién actúa tomando la iniciativa? ¿Los estímulos de tu interior o el movimiento de tus dedos? Tal vez no hay diferencias, sino coordinaciones. Esa extraña y velada red de intuiciones, sugerencias, ideas y obsesiones se entrecruzan tejiéndose hasta la revelación si es posible. ¿Hay algo más? El enigma, tal vez. Ese desconocerte, ese desproveerte, ese necesitarte. ¿Tienen las letras autonomía propia? No me cabe duda. Una a te puede iniciar, una o te puede preservar, una u acaso te proyecte...¿O el orden es otro? Signos juguetones que fueron cayendo en tu vida como espíritus puros, hasta que las consonantes las tomaron y decidieron llevarlas al crisol y parir la palabra. Y siguieron siendo signos. Pero las palabras, edificadas con los ladrillos y lo sillares de vocales y consonantes, no son todo el edificio. Al dar a las teclas, miras la letra. La fijas, la piensas, la deseas. Tus dedos tienen tal sensibilidad táctil que reconocen el valor de cada letra. Se mueven ágiles, en ocasiones equívocamente, o se dan una por otra. Y de pronto tu dedo no avanza. Tu pulsación por un momento en el aire. Tu dedo permanece sobre una consonante que no quiere completar la palabra. No porque dude, sino porque le parece enorme y acaso no sabe nombrarla correctamente. Porque la siente, porque le significa, porque le prolonga, porque le incentiva, porque le estremece. Las letras están provistas de sentimiento y los dedos lo captan. Algunas están pertrechadas de tal carácter que se paren a sí mismas. Los dedos, tan firmes y sin embargo tan frágiles cuando pulsan las letras. Y la palabra se queda a resguardo, esperando, pensándose de nuevo. Puede decir tanto. Y lo que intuye es tan inevitable...

jueves, 13 de noviembre de 2008

Al fondo


Has debido caer por algún agujero donde no te sabes, donde no te tocas, donde no te miras, donde ya no exclamas, donde no sonríes, donde no acaricias, donde no te sientes, donde no imaginas, donde ya no gimes, donde no susurras, donde no conversas, donde no te ensanchas, donde no suspiras, donde te ensombreces, donde no recuerdas, donde te reniegas, donde te decreces, donde estás ausente, donde te sometes, donde te conformas, donde no transitas, donde no te muestras, donde no te vales, donde te escabulles, donde no te elevas, donde no rescatas, donde te limitas, donde te oscureces, donde te marginas, donde no hay verdades, donde no te piensas, donde te lamentas, donde no respiras, donde no te escuchas, donde hay voces huecas, donde ya te vences, donde no te alumbras, donde te dispersas, donde no te acoges, donde te desgarras, donde te traicionas, donde no te buscas, donde no te palpas, donde no te cubres, donde no te lames, donde no te curas, donde hay besos rotos, donde desconoces, donde desesperas, donde te reduces, donde no te pruebas, donde te lastimas, donde ya no lloras, donde no te calmas, donde te extravías, donde no te hallas, donde no descubres, donde no te atrapas, donde te rehuyes, donde ya te ignoras, donde estás ya seco, donde te sumerges, donde te emponzoñas, donde ya no sueñas, donde no te duermes, donde no despiertas, donde no derribas, donde no edificas, donde no te abres, donde no compartes, donde estás sediento, donde no te agarras, donde te soslayas, donde no hay salidas, donde no te quieres, donde te has rendido, donde no te salvas...

(Composición pictórica de M. Boix)

miércoles, 12 de noviembre de 2008

El futuro...

El futuro es desierto
y el futuro ha empezado


(leído en una obra del poeta Juan Vicente Piqueras)

sábado, 8 de noviembre de 2008

Las visiones del caminante (Monogatari, 19)


Mas desde aquella parada bajo el cañizo lo veía todo. No sólo la visión adivina del obscuro valle de Tanarai, sino las cimas más lejanas y las costas más agrestes. Cerraba los ojos y los mares orientales se batían en mi presencia, y me llegaba el rumor de su ferocidad y el embate de las olas contra los acantilados que resistían, a pesar del riesgo de su propio desgaste, y los empellones contra las naves de mercaderes que desafiaban su destino. Y me era dada la contemplación abierta de los valles de la soja y de los humedales de arroz, y los trabajos y jornadas de los habitantes de las aldeas primitivas. Y penetraba con mi retina malherida entre los frondosos bosques de bambú, erectos como lanzas guerreras, cerrados como caballería del shogun, que apenas se dejaban herir por esbozos de ligeros rayos del sol. Y simulando el vuelo de los gavilanes alcancé las cimas de nieve de los montes santos, y sobrevolé el corazón de los volcanes durmientes, cuyo fuego se renovaba en sus recónditas entrañas, y al anochecer descendí sobre el alma de las ciudades que se sumergían en los sueños, muchos de cuyos habitantes se entregaban a la diversión o al repaso de las tareas y las cuentas del día. Y envuelto en el aspecto del viajero que lo mira todo, entré en los hogares honorables y me recosté sobre los tatamis cálidos, me emborraché con sake en las tabernas portuarias y me deslicé tras las puertas de las mórbidas casas de placer de las afueras. Y empeñado como me veía en la exigencia de la meditación me dejé llevar por el silencio de los santuarios y escuché respetuoso los cánticos de sus profesos, siquiera para probar si la dimensión de mi alma individual era inferior a aquellos que hacían de su existencia un apartado reconocido y vitalicio. Todo consistió en cerrar los ojos. Mi vida era simplemente el espacio reducido bajo el bambú protector. Mi sentido estaba en la concentración de mi humilde cuerpo. Mi estímulo consistía en detener la ansiedad de la búsqueda. Las preguntas bien podrían replantearse; las respuestas bien podrían ser flexibles; la mirada bien podría ir más allá de lo que aparentemente se ve; lo que se desea saber acaso podría ser un arañazo al magma de ese conocimiento secreto de la vida cuya línea divisoria nunca significa alejamiento, sino acaso nueva aproximación. No sentía hambre ni frío ni humedad ni deseo. El haiku habló por mi y se perdió entre todos los paisajes...

Bambú te meces
flexible, consistente.
Afianzas tu ser.


(A Par49, cuyo sentido fotográfico de la percepción de las cosas bien merece ser acompañado por la mirada del pintor japonés Katsushika Hokusai)

jueves, 6 de noviembre de 2008

...contra la costa



Y el ojo de la escrutadora estaba allí, a una distancia no excesivamente lejana, y yo sentía su mirada agrandándome, ¿o tal vez me empequeñecía?, y con su retina incisiva leía todo lo recóndito que habitaba en mi: mi procedencia, mi crecimiento, mis intenciones, mis compromisos, mis energías, mis inseguridades, mis fuerzas latentes y mis fantasías ocultas, y desde su atalaya no dejaba de prospectar los movimientos que yo me procuraba para salvarnos del ataque de los elementos, ella no paraba de observarme y de medir mis recursos, pulsaba las energías y las habilidades que yo desataba, tomaba nota de la dimensión de la embarcación y de su capacidad para resistir la fuerza de la tormenta, cotejaba escrupulosamente mi posición, calculaba la distancia entre nosotros y la tierra firme y el riesgo amenazante de los farallones hacia los que la nave se dirigía de forma ineluctable, tanta pasividad por su parte desde aquella altura me estremecía, pues ella se mostraba allí imperturbable mientras el oleaje caprichoso y severo debilitaba las energías de mis hombres y las mías propias, yo trataba de ignorarla, era inclemente aquella prospección sin piedad sobre los que padecíamos la furia del viento y del agua, y yo quería evitar como fuera su control, porque desconocía los móviles que perseguía, intentando no mirar siquiera hacia su posición, mas era ella la que se mantenía superior, era ella quien manifestaba un dominio todopoderoso, actuando sigilosa, prudente, distante, y mientras mi cuerpo se empapaba del salitre y de las aguas frías del océano, mientras las piernas y los brazos me dolían hasta la extenuación, mientras acusaba la merma de mis propias fuerzas como si se tratase de un cuchillo que se hendía en mi costado, desgarrándome cada pedazo de la carne, sometidas mis energías a un esfuerzo desmesurado y agónico, no podía dejar de pensar dónde se agazapaba realmente el peligro, ¿entre el arrebato huracanado o en tierra adentro?, y si ella pretendía algo contra mi ¿a qué esperaba?, ¿a que le hiciera el trabajo la galerna?, tal vez nos tomara por la avanzadilla de alguna flota poderosa, o acaso por un puñado de salteadores de pueblos costeros, ella se elevaba enhiesta allá arriba invocando el desencadenamiento de todas las energías contra nosotros, como si fuera una sibila haciendo de intermediaria entre los dioses y los hombres, sin desvelarnos los secretos de lo encomendado, sin interpretarnos nuestro destino, porque acaso ella era la ejecutante de ese fatum desconsolador, nuestro verdugo, la espada de Némesis, la guardiana de todas las cellas de los templos vestales que garantizaría a sangre y fuego si fuera preciso la integridad del santuario, y, sin embargo, algo irradiaba en lo alto de su cabeza que me transmitía esperanza, o acaso fuera la situación extrema que me doblegaba la que me hacía buscar cualquier tipo de salvación, a cualquier precio, incluso arriesgando que aquello que me deparara la costa fuera tan infame como esto, mas el hombre vive al día y se hunde y se renueva en cada jornada onerosa, y sus esfuerzos y sus sufrimientos y sus quiebras sólo se sienten y se valoran a pie mismo del dolor, en el preciso momento en que hacen mella sobre uno, y se está dispuesto a pactar cualquier futuro con las criaturas del Averno con tal de alzarse sobre la destrucción que se avecina

Lares de los libros


...o de cómo dos figuras indonesias representando a humildes campesinos ejecutan celosamente el rol de protectoras del hogar de los libros...

martes, 4 de noviembre de 2008

Suelo



Hoy no te apetecía sentarte frente a la mesa, ni leer, ni escribir, ni hacer recados, ni repasar temas pendientes, ni hablar con nadie, ni ponerte a tareas domésticas, ni echarte a la cama a horas inusuales, no te apetecía estar de ninguna de esas maneras, preferías ser de otra forma, y entonces decides sentarte en el suelo, podrías haberte sentado sobre el parquet directamente, es una madera de roble amable, cálida, el tacto que perciben los pies es agradable, y como habías dado la calefacción sentías que subía por tu cuerpo una temperatura animosa, pero optaste por sentarte sobre la alfombra, apoyando tu espalda en un sofá sobre el que a veces te echas a dormir a horas también atípicas, pero sobre todo porque algo que gira entre las neuronas y tu estado de ánimo te pide desconectar, y entonces conjuras el malhumor o el desconcierto con un sueño pasajero, un sueño que no sueles proponerte pero que llega como ángel salvador, eso pasa algunos días, hoy has estado sentado un buen rato sobre la alfombra de rayas de colores que te recuerda a un cuadro de Malevich, te habías desprovisto de la ropa de calle, te habías descalzado, te sentías más cómodo con los pantalones de algodón que pegan más para el verano pero que, en casa y con ese clima te hacía sentirte más ligero, te desabrochaste la camisa blanca cuyo cuello por su parte interior empieza a ennegrecerse por efecto del roce, acariciaste los dedos de tus pies desnudos o tal vez los masajeabas, y permaneciste inclinado sobre tus pensamientos fugaces, de vez en cuando arqueabas tu cuerpo sujetando tus rodillas, las abrazabas, disponías tu postura a lo turco, había silencio en el piso y no quisiste siquiera interrumpirlo con la música de tus discos, echaste las manos hacia atrás, tomando la cabeza por la nuca, sujetándola, produciendo un vaivén que cimbreaba divertidamente tu torso, y de pronto te veías en un tiempo olvidado, en el piso de la vieja casa de la vuelta, donde nadie te hacía desistir de sentarte en los rincones, ni de estar tirado por la tarima, boca arriba, contemplando el cielo raso pintado de ámbar o de celeste azul, entonces necesitabas tocar el suelo continuamente, con todas las partes de tu cuerpo, sentirte vinculado al origen, los hombres eran demasiado altos para tu comprensión y lo que decían no te interesaba, ni siquiera te apetecía soportar las órdenes de tu padre, aunque disimularas y representaras tan bien la comedia de la sumisión y el acatamiento, que no resultaba, por otra parte, de gran esfuerzo puesto que el carácter severo de tu padre obraba como un mecanismo de contención de ti mismo, tú te refugiabas entonces en lo más palpable, lo más liso, lo más firme, cada tabla de la tarima con sus nudos y sus tonos de color alterados te parecían un mundo misterioso pero al cual comprendías, sobre el cual eras alguien, y aquella ductilidad del piso te perdía, no en vano tu aprendizaje del tacto estuvo entre los pechos de tu madre y el suelo bajo tus pies, bajo tus costillas, bajo tu columna, y hoy lo recordabas, aunque la alfombra fuera una interferencia o acaso una intermediaria, la fuerza del tejido requiere otro tacto desde tus palmas avariciosas, y así acabaste, jugando con las líneas rojas, azules, negras, amarillas, moradas, líneas paralelas, campos de roturación sobre los cuales tu vista se alargaba, ocupando el espacio de tu desgana

lunes, 3 de noviembre de 2008

Parada (Monogatari, 18)


Caminar por Tanarai es como si uno se dirigiera a ninguna parte. Como si las proyecciones geográficas hubieran volado. Si preguntas por el mar a algún personaje con el que te hayas encontrado te indica en una dirección. Si le preguntas a otro puede señalarte la contraria. Si hablas con un tercero, no sabe. Abandoné el lugar misterioso de Fuji Tanaka deseando suerte al pastor. A diferencia de aquel viajero que le regaló el shamisen, yo sólo invoqué el favor del azar. Tampoco soy hombre de dar consejos. Siempre me ha parecido que no es útil, y que cada uno debe descubrir con su agudeza y observación lo que le depara la vida. El chico no sabía leer, por lo que obsequiarle con uno de los libros que me acompañan hubiera sido un gesto baldío. Mas luego me arrepentí de no haberlo hecho. ¿Y si algún día aprende? Siempre podría disponer de él. ¿Y si lo conserva como un talismán? No creo en el fetiche del simple objeto. ¿Y si se lo da a otro caminante cuyo contenido le va a ser útil o simplemente agradecido? Difícil adivinarlo. La fuerza de los libros es más intensa que la de las palabras, siquiera porque perduran más. El destino de un texto es una larga mano, imprevisible, de ida y vuelta. Puede que hoy no entendamos lo que leemos, pero dentro de unos años puede iluminar. Es verdad que hay palabras, emitidas por la boca de otras personas, que calan a la primera y que se sedimentan en el alma del individuo, no voy a negarlo; palabras que nunca se olvidan. Es verdad que hay narraciones que se nos han ido transmitiendo de generación en generación en las frías noches de invierno, al borde del hogar, o en los agradables atardeceres de verano, al pie de los bambúes. De aquellos cuentos nos han llegado hoy estas otras maneras de relatarlos, a través de escribientes que se han esforzado. Sin embargo en un libro hay tantas palabras que se dispersan en tantas direcciones. Tantos sentidos, tantas posibilidades de interpretar, tanto dicho y no dicho que puede ser completado por el lector. A veces me pregunto si la genialidad de un texto no está tanto en lo que dice como en lo que incita a ser comprendido, en lo que nos sugiere. ¿Saben más los que han escrito los libros? Acaso simplemente se han anticipado a los lectores en percibir la vida, y nos la cuentan. No soy de los que tienen fe ciega en cada palabra y en cada argumento de lo que se lee. La palabra es débilmente humana. Por lo tanto, puede ser aceptable o discordante, o bien etérea o bien tangible. Esa palabra no vale si no se somete a la interpelación del que lee. En mi experiencia de caminante sin claro retorno, vivo la lectura con el entusiasmo de las nuevas exploraciones. Para mi es un alimento que tengo que digerir y absorber. Mi nutrición con ella dará la medida del valor de lo escrito. Hay quien busca curación en la palabra escrita, quien la adopta como vínculo religioso, quien se deja acariciar superficialmente, quien exige más, quien se conforma con el placer que obtiene, quien la complementa en su imaginación. Son distintas posiciones, variadas posibilidades, ¡y todo es válido!. A mi me ha gustado ser de estos últimos. Nunca he considerado los textos como algo cerrado, ni los más herméticos lo son tanto como parecen, y resulta que, con frecuencia, son los más abiertos para ciertos espíritus inquisitivos y rebeldes. Es como si hubiera una subterránea relación dentro de mi entre lo que vivo y lo que leo; incluso han llegado momentos en que no sabía con seguridad si vivía lo real o lo que emergía de la ficción. Con estos pensamientos redundantes me fui alejando de la ciudad enigmática, de la que nunca se ha sabido si fue o no fue tal ciudad. Después de andar media jornada consideré que hay ocasiones en que el caminante debe parar sin más. ¿Qué importancia podía tener para mi saber dónde caía el mar o dónde la montaña? ¿Acaso me había propuesto salir de aquel valle? Se supone que el viajero debe trazar una ruta y seguirla indefectiblemente hasta dar con el objetivo propuesto. Así era antes de entrar en Tanarai, mas ahora mis referencias eran otras. Ni siquiera pensé en que me iba a cruzar con tantos personajes, si bien todos ellos resultan seres marginales, desahuciados o apartados de su origen y de su destino. ¿Tal vez yo me voy convirtiendo en uno más de ellos? ¿Es ése el secreto del valle? Un lugar donde llegan los que ya no quieren descubrir más, los que no pretenden probar de nuevo, los que se han dado por vencidos ante los retos o las apetencias, los que viven de nostalgias insalvables e incluso los que no han tenido otra oportunidad de saber qué es lo diferente. Una pequeña elevación del terreno, desde la que se contemplaba con cierta perspectiva la parte más hundida de Tanarai, me dio la idea de acampar sin mayores pretensiones. A lo lejos, asomaban las cumbres albinas de Hokusai Yama. Demasiado evanescentes. Necesitaba detenerme; sin tiempo, sin urgencias. Corté varias cañas de bambú, las uní, las recubrí con hojas grandes hasta formar un sencillo cobertizo, y me senté debajo. Permanecí allí impasible, mirando el entorno, el sol asomando entre nimbos, las abejas capturando el néctar de multitud de plantas, las aves cayendo en picado sobre las simientes salvajes.

Parar y sentir
la calma del planeta,
soy pero no soy.

(Pintura de Hoku)

domingo, 2 de noviembre de 2008

E la nave va


Estaba allí, de pie, a estribor, oteando el atardecer que se iba consolidando poco a poco, su imagen permanecía en la penumbra, el destello de la llamarada de su boca llegaba hasta mis sentidos, y tanto si aquella facción horizontal se tratara de una letra recién incorporada al alfabeto como si desde su labio superior se tensara un arco de amazona, aquella encarnadura rosada emitía una señal nueva, aún indescifrable, y ponía un punto de luz acogedor en la anochecida en ciernes, y la armonía de aquel perfil pasivo pero seguro me deslumbraba, no podía apartar mi vista de su gesto altivo, apenas intuido, siquiera vislumbrado, y no sé qué paisaje escudriñaba ella, no sé qué equilibrio la mantenía firme en medio del embate cada vez más agitado del oleaje, no sé por qué esa actitud perseverante y calma, y mientras, la espuma del mar la salpicaba y de rebote me salpicaba, el olor a salitre impregnaba mi olfato, humedecía mis labios, entreabría mi boca, y a cada golpe de aire que agitaba nuestros cabellos me llegaba una ola de aroma diferente, ni salado ni dulce, ni acre ni suave, una fragancia que procediera de un mundo submarino o tramontano que yo no había conocido jamás, que no había probado anteriormente en navegación alguna, y sabía que Ítaca estaba ya lejos, nada me reclamaba regresar a ella, al menos no por la misma ruta, ni con los mismos nautas, y por más que la leyenda pregonara el retorno al origen yo no pensaba en la Ítaca que quedaba atrás, sino en la nueva que debía abrazarme tras la travesía, y en aquella figura solitaria y enhiesta empecé a vislumbrar el signo de una antorcha, la noche iba precipitándose en torno a mi, pero ella parecía no temerla, como si la oscuridad fuera su aliada y estuviera en aquel punto con objeto de alumbrar mis movimientos y mis trabajos para garantizar la supervivencia de la nave...

sábado, 1 de noviembre de 2008

Inmovilidad




No vas a parte alguna, ni siquiera tocarás el suelo, y el cielo queda fuera de ti, te han cortado las alas de mensajero con que llevabas y traías para ti mismo las noticias de tus descubrimientos, sólo eres una flotación pesada, inerme, te ves atado a la nada por una mordaza del movimiento, tus tobillos anclados al enigma, sin visión, sin cuerpo, desprovisto de una figura que justifique unas extremidades cuyos dedos se abren a palabras mudas, cuyas uñas se expanden para arañar partículas de tierra firme donde quisieras reposar, donde tener conciencia de ubicación, se te niega el lugar, se te priva de las posibilidades de unos pasos que han quedado mancos acaso para siempre, amarrado por una banda nívea de la que sólo crecen nudos, como las verrugas del tronco de un árbol veterano, de qué son cada uno de esos nudos, te cuestionas, de una herida, de una defección, de un desgarro, de una costra, de una traición, interrogaciones átonas cuyo trenzado se concatena ocupando gran parte del paño cano, aún hay una pequeña porción de trapo esperando estérilmente que se liguen nuevos nudos, estás colgado en algún lado vano, tú que hablabas de encrucijadas no previste la más dudosa de todas las perplejidades, la desaparición de las sendas, y ahora por dónde irás si no puedes ya ir, si no sabes ya tomar una dirección, no pienses que la ley de la gravedad vaya a quebrar sólo para ti, sólo para acogerte en otra dimensión, y cualquier tentativa sería ilusoria, el impulso desafía su inexorable destino, pero no tienes el poder de hacerlo perdurable, si saltas tan paralizado como te encuentras caerás al pozo o al barranco, ni lo intentes, si al menos comprendieras lo que esconde el lenguaje de cada nudo, si dejaras de mirar la atadura estéticamente morbosa de cada uno de ellos, si advirtieras la disposición declinada de tus pies, que no consigna de ti más que un pasado incorregible, pero tal vez careces ya de la agudeza de la percepción, aquella que te hacía gozar y sentir y desear y compartir, y maldito como te sientes, gritas salvajemente, desesperadamente, a tu manera aquello del ilustrado filósofo moribundo: oh vide, où est ta victoire?


(La composición es de Darío Villalba)

viernes, 31 de octubre de 2008

Los signos de la nada


Y oyes que tus manos son dos preguntas
que tratan de coger algo
incorpóreo
innombrable
en el vacío.
Dos signos que caen
por su propia gravedad, inertes,
con expresión perdida.
Y cuando crees que te apoderas de ese algo
incierto
que habita en el espacio despoblado,
¿qué estás catando con la dúctil fragilidad
de tu tacto?
Nada palpas
sino el aire, el silencio,
la soledad,
el abandono que te remite al origen.
Trasegando tu sombra
te aligeras de las circunstancias:
no te interesa ya dónde te ubicas.
Acaricias esa nada
frutal y ácida,
esa carencia que rompe en balbuceos
nuevamente,
y vuelta otra vez a tejer el hilo
de la nada.
Tanta ausencia
conduce tus pasos a las estancias
donde se fraguan los paisajes albos.
Un día despertarás
privado del sentido.
No advertirás la luz de hielo
que se filtra por la persiana de tu cuarto,
mas no sentirás frío alguno.
La nada no es gélida,
la privación humedecerá
en un gesto contrito de piedad
tus labios entreabiertos,
siempre rasgados por la sed.
La nada te acunará,
conjugará el retorno imposible,
cual cántico de escolares:
no soy
no eres
no es.
Una voz, ¿un eco?
susurrará desde el desierto:
no serás.
Sólo la nada.

(Dedicado a Stalker, a Ana, a Clara Janés y a Chantal Maillard, para que no se sientan solos en ese tanteo de la nada)

jueves, 30 de octubre de 2008

Leçons de la vie



René François Ghislain Magritte es absolutamente sublime.

¿Cómo creéis que titula estos cuadros? Los titula La perspectiva amorosa. ¿No es clarividente? Ya se sabe que el surrealismo ahonda donde la racionalidad no llega.

Por lo demás...

La irreal visibilidad



"Lo visible no existe en ninguna parte. No sabemos de ningún reino de lo visible que mantenga por sí mismo el dominio de su soberanía. Tal vez la realidad, tantas veces confundida con lo visible, exista de forma autónoma, aunque este ha sido siempre un tema muy controvertido. Lo visible no es más que el conjunto de imágenes que el ojo crea al mirar. La realidad se hace visible al ser percibida. Y una vez atrapada, tal vez no pueda renunciar jamás a esa forma de existencia que adquiere en la conciencia de aquel que ha reparado en ella. Lo visible puede permanecer alternativamente iluminado u oculto, pero una vez aprehendido forma parte sustancial de nuestro medio de vida. Lo visible es un invento. Sin duda, uno de los inventos más formidables de los humanos. De ahí el afán por multiplicar los instrumentos de visión y ensanchar así, sus límites."


(Eulàlia Bosch, El presente está solo, prólogo al libro Modos de ver, de John Berger, editado por Gustavo Gili)

(Magritte es el autor del cuadro)