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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








lunes, 17 de noviembre de 2008

Oh, Gott!

"El insomnio te hiere. Transcurren las horas lentas y agitadas. No sabes cómo estar. Si con la luz apagada, te acosan fantasmas. Si tratas de leer, no te concentras. Si te levantas y paseas por la habitación, te cansas. Si permaneces en la cama, no dejas de dar vueltas y no hay posición que te calme. De vez en cuando, en uno de esos giros intranquilos sobre el eje de tu cuerpo, tienes un instante atroz en que aflora en ti la parte más lejana, supersticiosa y profunda, la que ya creías superada. Un suspiro emerge de lo más recóndito y brota de tus labios de forma refleja la palabra mágica: Oh, Gott! La pronuncias como una síntesis de tu desasosiego. Como un pandemonium que conjure tu estado fatigado. Hasta la repites. Oh, mein Gott! ¿Dios como desasosiego? ¿Por qué no?

De niño invocabas la palabra totémica -¿o habría que decir también tabú?- por excelencia y le dabas ese tono protector, consolador, salvífico. Era una imagen etérea de la cual esperabas que se encarnara en Poder sobre los poderes y viniera a echarte una mano en tus complejos, en tus dudas y en tus infortunios. Mas como éstos no fueran tan graves ni irremediables como te parecía -otro asunto es cómo te obsesionaban, cómo te hacían sentir apurado cuando no desgraciado, cómo temías la reacción de la autoridad familiar si no los resolvías- de ordinario resultaba que los motivos de tus angustias tenían fácil solución. Y aunque casi nunca llegaba la sangre al río, sin embargo de ahí deducías el poder taumatúrgico y benefactor de Dios. ¿De Dios? De la palabra Dios, del inoculado concepto abstracto y febril denominado Dios. Te lo habían repetido tantas veces desde la cuna. Ya venías oyendo el vocablo antes de disponer de una mínima capacidad de encontrar identidad entre objetos y conceptos. Gott era un término en boca de todos, desde las matronas hasta los carreteros, ya fuera para invocar las satisfacciones o para exorcizar los sufrimientos.

Hoy ese Oh, Gott! no te lleva a concederle ni tiempo ni crédito, pero no puedes evitar sorpresa por el destello. Meditas en las palabras que empezaron a entrar hasta tus vísceras desde el primer vagido. Y que siguen infiltrándose en tu carne madura. Ellas te desasosiegan tanto como el Oh, Gott! Adviertes que si los creyentes irredentos lo supieran podrían ver en ello un triunfo de los sobrenatural. Pero a ti tal observación de los fanáticos no te interesa. Hay también fanáticos de la literatura que pretenden imponerse con sus palabras de apariencia de acero, pero de textura frágil. Te preocupa la oscuridad de las palabras. Mas, ¿de verdad crees que hay palabras oscuras? No. Lo que te causa inquietud y pavor son las intenciones oscuras. La utilización maniquea y traidora de las palabras. La mezquindad de quienes reprimen los sentimientos y no saben traducirlos en la belleza de la honestidad. Ahí reside la oscuridad y la confusión, que fomentan la falta de entendimiento entre los hombres.”

(Carl Maria Träume, de su obra desaparecida titulada "Die Dunkelheit der Wörter. Tagebuch eines Mannes unruhig, traducido como La oscuridad de las palabras. Diario de un hombre intranquilo")

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