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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








miércoles, 10 de diciembre de 2008

La carta (Memphis III)



...no capitules, es el consejo que Mathew ha dado al hombre al que yo no entiendo. Y no le entiendo porque no sé si es él quien se aloja en un paisaje al que no quiere renunciar o soy yo la que no es capaz de descubrir el que me ofrecía. ¿Por qué le habrá dado ese consejo si lo nuestro está tan sentenciado? Además, Mathew es el primero que no debería estar interesado en estimular a Hubert en lo imposible. Pero yo lo entiendo, es su vecino, su amigo, siente preocupación por su deterioro, casi ha ejercido de padre con él. ¿No capitular? ¿De qué? ¿Es que acaso no me ha tenido Hubert lo suficiente para saber de qué estoy hecha? No soy ninguna plaza fuerte a conquistar, más bien todo lo contrario; pero esta fragilidad mía, tan quebradiza, resulta inhóspita e incomprensible para otros, incluso para ese tipo de conquistadores advenedizos que aterrizan en mi vida pero no me interpretan.

He estado charlando un buen rato con Mathew esta tarde, quien, aunque ya no bebe lo de antes, no perdona su bourbon puntual. Me ha hablado de la situación de Hubert. Me lo ha puesto tan mal que casi he sentido compasión, y cierta agitación me ha llevado a representármele mentalmente en su abandono. Incluso he tenido ganas de que le transmitiera un recado: dile a Hubert que lo siento, eso me apetecía encargarle, pero no me he atrevido, no le he dicho nada; a Hubert le hubiera sonado a insulto, a falsedad, y le habría hundido más, seguro.

Por si fuera poco el testimonio de Mathew, el viejo Jackson me ha entregado una carta que Hubert dejó para mi en su taberna. Al principio me resistía a abrirla. Siempre he temido sus reproches, sus enfados recurrentes, sus reservas, sus presiones, las exigencias que no comprendí bien. Pero a la vez me vencía la curiosidad. Dentro del sobre venía una foto mía que él tomó, sin que yo me diera cuenta, un día soleado de primavera en que nos acercamos a los muelles del río. En su momento me pareció una foto más, incluso vulgar. Ni siquiera se me ocurrió considerarla artística. "No me digas que no te gusta, no me digas que no es la mejor que haya sacado jamás de ti". "Pero si no se me ve la cara", le dije enfurecida. "Pero tus piernas, tu mano, el reflejo del sol en la blancura de tu piel, todo eso tiene la expresión misma de tu rostro". Este tipo de frases me llegaban mucho. Desvanecían cualquier opinión mal fundamentada sobre sus iniciativas.

Cualquier situación tensa él la resolvía con una frase ingeniosa, con un halago inesperado, con un cambio de rumbo de la conversación en la que pudiéramos estar enfrentándonos. Recuerdo que aquel mismo día pasaron varias barcazas camino del desguace. Hubert había estado bastante callado toda la tarde y dijo de pronto: "Voy a comprar una de esas antiguallas" . "¿Para qué quieres tú una barcaza que sólo te daría gastos?", le repliqué. "La voy a convertir en un lugar de tertulia, donde los artistas y los escritores de la ciudad vengan a pasar el rato. Donde la gente sensible tenga un espacio de alejamiento del ruido y de la estupidez. La fijaré en el muelle, a ser posible en una zona que no sea ni de fácil acceso pero tampoco demasiado extraviada. Para que la clientela que venga lo haga interesada en el ambiente, y a la vez espante a los buscadores de la novedad". A mi me parecía una salida desmesurada: "Pero si eso no te va, si no es lo tuyo. ¿Crees que vas a abandonar alguna vez la taberna de Jackson el brigadista? ¿Verdad que no?" Y él, tenaz: "Traeremos aquí la taberna. Él se trasladará, no me cabe duda. Además su ubicación actual está amenazada por el vandalismo inmobiliario". Yo sabía que no se trataba más que una fantasía de tantas, pero él era así. De pronto soñaba, necesitaba creerse el sueño como una posibilidad de vida real. Y de paso utilizaba sus ideas luminosas para sorprenderme. Y yo entraba en su juego, y me dejaba llevar hasta el límite.

Pero ahora, con la carta en la mano y la presencia escrutadora de Mathew, aquellos recuerdos se desvanecían. Y leí...

"Si abrieras el puño, ¿que liberaría tu mano? De momento, tu pulgar actúa como llave de cerradura. Una llave puesta en su sitio. No guardada en un oscuro cajón, ni extraviada, ni tirada al río. Crees no temer que nadie pueda hacer girar la llave. Tú posees su tacto frío. Tienes el resorte bajo control. Pero, ¿y si alguien lo intenta? ¿Cómo reaccionarás? En tu puño apretado contienes tus dudas, disfrazadas de pensamientos, tal vez de fantasías, acaso de sombras indefinidas. Sólo son intuiciones, suspicacias, tanteos fugaces que no sitúas en un contexto firme porque te desbordan. Porque has recelado insensatamente. Porque acaso los insólitos desengaños del pasado gravitan sobre tu presente demasiado obsesivos. ¿Vas a permitir que marquen tu futuro? Por eso comprimes la fuerza de tu mano. Por eso aprietas las piernas para blindar con doble energía el poder de la confianza que precisas que te salve, y que te salve precisamente de ti misma, pero que no logras cuajar en razonamientos. Tus esperanzas comprimidas en un puño. Tus entusiasmos desconfiados, tus aspiraciones desdibujadas, tus desubicaciones. Eres la dueña del puño. Pero el puño sólo es una postura, que puede variar. De ti depende que la mano se abra generosa, que el aire la acaricie limpiamente, que la piel se unte de fe, que las palabras se adecuen a la verdad. Libérate de los fantasmas, de las imprecisiones, de la visión que reduce tu mundo a un puño cerrado. No acojas dentro de él la mera oquedad, el vacío. Redímete de tu propia inseguridad. No por atenazar la mano sobre tu alma garantizas la supervivencia. Porque se trata de algo más. Algo más que no sabes claramente si deseas tener. Algo más que te espera y que es un clamor de vida."

Miré a Mathew hipnotizada y dudé al mantenerle la mirada. Él, como yo, también había apostado, y esta carta me quemaba algo más que las manos, nos ardía en esa frontera entre destinos. Sentí un vacío paralizante. Bebí de su bourbon.


(Fotografía de Leopoldo Pomés)

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