
Ofelia, Ofelia...Pasa la caballería aguerrida de la pureza y tú miras el movimiento imperceptible de los planetas. No flotas sobre aguas sino sobre destinos. Has entregado el hijo que criaste, que es tu alma, que es tu pasión desdichada, que es tu capacidad esperanzada al jinete cuyo corcel inquieto es un suspiro.¿A dónde lo trasladarán?
Tus ojos van en él. Tu continente de súplica. Tu amarga decepción se hará mayor cuando olvide tu nombre. Es solo un instante. Yacerás entre conjuros y tus labios mascullarán el último signo de la traición que se ha cebado sobre tu sino. Pero eso no te importa, porque tu sonrisa creció entre las riberas de los arroyos. Allí donde empezaste a creer.
O donde empezaste a amar. Amar fue para ti una melodía. Nunca separaste las dimensiones del canto y de la música. Ambas germinaron en lo más primitivo y limpio que preservabas. Cuando el hechizo seductor envolvió tu vida apenas advertiste que no se trataba de otra cosa sino de una nueva canción. Pero ésta no sólo salía de tu pecho, no sólo la destinabas al aire impalpable. El cantar no rescataba ya la infancia extraviada, ni prolongaba los juegos, ni era acicate de nuevos aprendizajes. ¿Cómo podías saber que lo que se comparte ya no le pertenece a uno mismo, que la renuncia es una opción y el abandono un precio inevitable?
Ahora, tras el desenlace indefectible, deja que el corcel albo pase despavorido sobre tu cuerpo. Permaneces inaprensible a su mirada. Él portará lo que pudo ser hasta un paisaje incierto. Tal vez otras manos u otra canción entenderán la fuerza de la que tú te desposeíste. Allá, en alguna parte, ajena a la pérdida, volverás a tocar la cítara y a entonar nuevos cantos.
(Imagen de William Blake)