domingo, 16 de noviembre de 2008

Parada


Las letras no pueden esperar. El mecanismo se muestra expectante. Tus manos se ausentan. No pueden esperar las letras porque por naturaleza son hijas del caos. Como tú. Como tus sentimientos. ¿Pueden detenerse tus sentimientos? ¿Alguna vez obedecieron órdenes ajenas que pretendían que fueran sometidos? ¿Alguna vez te exigieron que los domeñaras? Claro que sí, pero no les hiciste caso a los autoritarios de turno; aparentaste, nada más. Cuando tus sentimientos se rasgaron -y desde entonces no han parado de desgarrarse- buscaron enfebrecidamente la complicidad de las letras. ¿Para complementarse o para distanciarse? ¿Para compensar lo que ellos no obtenían por sí mismos? ¿O acaso fueron los progenitores de esta insolente encrucijada de vocablos e hilaciones sintácticas que ni tú sabes a dónde te llevan? No te engañes. Los sentimientos jamás han existido en estado puro. Como mucho tienen un punto fugaz de revelación que no atrapas. Un instante inadvertido, que cae como rayo sobre el territorio del hombre. Su carta de naturaleza está en que se hallan abocados sine die a ser representados por las palabras. Sentimos con nuestra pronunciación más íntima, pronunciamos los sentimientos. Por eso sabes que lo que quieres decir no puede esperar. Pero si esperase, si nunca más emitieras palabra alguna, si renunciaras a explorar, si te olvidaras de tus aflicciones y de tus impedimentos, si abortaras tus tentaciones, si tragaras saliva y detuvieras tu caos, ¿dejaría de amanecer? (Preguntas de un disoluto ante una máquina de escribir)

sábado, 15 de noviembre de 2008

Pulsaciones



¿Los dedos buscan las letras o las letras salen al encuentro de los dedos? ¿Quién podría decir lo que sucede realmente cuando te pones a escribir? ¿Son las palabras las que emergen o la intención persigue las palabras? ¿Hay algo concreto y definido cuando te pones ante la máquina o la máquina incentiva la imaginación? ¿Quién actúa tomando la iniciativa? ¿Los estímulos de tu interior o el movimiento de tus dedos? Tal vez no hay diferencias, sino coordinaciones. Esa extraña y velada red de intuiciones, sugerencias, ideas y obsesiones se entrecruzan tejiéndose hasta la revelación si es posible. ¿Hay algo más? El enigma, tal vez. Ese desconocerte, ese desproveerte, ese necesitarte. ¿Tienen las letras autonomía propia? No me cabe duda. Una a te puede iniciar, una o te puede preservar, una u acaso te proyecte...¿O el orden es otro? Signos juguetones que fueron cayendo en tu vida como espíritus puros, hasta que las consonantes las tomaron y decidieron llevarlas al crisol y parir la palabra. Y siguieron siendo signos. Pero las palabras, edificadas con los ladrillos y lo sillares de vocales y consonantes, no son todo el edificio. Al dar a las teclas, miras la letra. La fijas, la piensas, la deseas. Tus dedos tienen tal sensibilidad táctil que reconocen el valor de cada letra. Se mueven ágiles, en ocasiones equívocamente, o se dan una por otra. Y de pronto tu dedo no avanza. Tu pulsación por un momento en el aire. Tu dedo permanece sobre una consonante que no quiere completar la palabra. No porque dude, sino porque le parece enorme y acaso no sabe nombrarla correctamente. Porque la siente, porque le significa, porque le prolonga, porque le incentiva, porque le estremece. Las letras están provistas de sentimiento y los dedos lo captan. Algunas están pertrechadas de tal carácter que se paren a sí mismas. Los dedos, tan firmes y sin embargo tan frágiles cuando pulsan las letras. Y la palabra se queda a resguardo, esperando, pensándose de nuevo. Puede decir tanto. Y lo que intuye es tan inevitable...

jueves, 13 de noviembre de 2008

Al fondo


Has debido caer por algún agujero donde no te sabes, donde no te tocas, donde no te miras, donde ya no exclamas, donde no sonríes, donde no acaricias, donde no te sientes, donde no imaginas, donde ya no gimes, donde no susurras, donde no conversas, donde no te ensanchas, donde no suspiras, donde te ensombreces, donde no recuerdas, donde te reniegas, donde te decreces, donde estás ausente, donde te sometes, donde te conformas, donde no transitas, donde no te muestras, donde no te vales, donde te escabulles, donde no te elevas, donde no rescatas, donde te limitas, donde te oscureces, donde te marginas, donde no hay verdades, donde no te piensas, donde te lamentas, donde no respiras, donde no te escuchas, donde hay voces huecas, donde ya te vences, donde no te alumbras, donde te dispersas, donde no te acoges, donde te desgarras, donde te traicionas, donde no te buscas, donde no te palpas, donde no te cubres, donde no te lames, donde no te curas, donde hay besos rotos, donde desconoces, donde desesperas, donde te reduces, donde no te pruebas, donde te lastimas, donde ya no lloras, donde no te calmas, donde te extravías, donde no te hallas, donde no descubres, donde no te atrapas, donde te rehuyes, donde ya te ignoras, donde estás ya seco, donde te sumerges, donde te emponzoñas, donde ya no sueñas, donde no te duermes, donde no despiertas, donde no derribas, donde no edificas, donde no te abres, donde no compartes, donde estás sediento, donde no te agarras, donde te soslayas, donde no hay salidas, donde no te quieres, donde te has rendido, donde no te salvas...

(Composición pictórica de M. Boix)

miércoles, 12 de noviembre de 2008

El futuro...

El futuro es desierto
y el futuro ha empezado


(leído en una obra del poeta Juan Vicente Piqueras)

sábado, 8 de noviembre de 2008

Las visiones del caminante (Monogatari, 19)


Mas desde aquella parada bajo el cañizo lo veía todo. No sólo la visión adivina del obscuro valle de Tanarai, sino las cimas más lejanas y las costas más agrestes. Cerraba los ojos y los mares orientales se batían en mi presencia, y me llegaba el rumor de su ferocidad y el embate de las olas contra los acantilados que resistían, a pesar del riesgo de su propio desgaste, y los empellones contra las naves de mercaderes que desafiaban su destino. Y me era dada la contemplación abierta de los valles de la soja y de los humedales de arroz, y los trabajos y jornadas de los habitantes de las aldeas primitivas. Y penetraba con mi retina malherida entre los frondosos bosques de bambú, erectos como lanzas guerreras, cerrados como caballería del shogun, que apenas se dejaban herir por esbozos de ligeros rayos del sol. Y simulando el vuelo de los gavilanes alcancé las cimas de nieve de los montes santos, y sobrevolé el corazón de los volcanes durmientes, cuyo fuego se renovaba en sus recónditas entrañas, y al anochecer descendí sobre el alma de las ciudades que se sumergían en los sueños, muchos de cuyos habitantes se entregaban a la diversión o al repaso de las tareas y las cuentas del día. Y envuelto en el aspecto del viajero que lo mira todo, entré en los hogares honorables y me recosté sobre los tatamis cálidos, me emborraché con sake en las tabernas portuarias y me deslicé tras las puertas de las mórbidas casas de placer de las afueras. Y empeñado como me veía en la exigencia de la meditación me dejé llevar por el silencio de los santuarios y escuché respetuoso los cánticos de sus profesos, siquiera para probar si la dimensión de mi alma individual era inferior a aquellos que hacían de su existencia un apartado reconocido y vitalicio. Todo consistió en cerrar los ojos. Mi vida era simplemente el espacio reducido bajo el bambú protector. Mi sentido estaba en la concentración de mi humilde cuerpo. Mi estímulo consistía en detener la ansiedad de la búsqueda. Las preguntas bien podrían replantearse; las respuestas bien podrían ser flexibles; la mirada bien podría ir más allá de lo que aparentemente se ve; lo que se desea saber acaso podría ser un arañazo al magma de ese conocimiento secreto de la vida cuya línea divisoria nunca significa alejamiento, sino acaso nueva aproximación. No sentía hambre ni frío ni humedad ni deseo. El haiku habló por mi y se perdió entre todos los paisajes...

Bambú te meces
flexible, consistente.
Afianzas tu ser.


(A Par49, cuyo sentido fotográfico de la percepción de las cosas bien merece ser acompañado por la mirada del pintor japonés Katsushika Hokusai)

jueves, 6 de noviembre de 2008

...contra la costa



Y el ojo de la escrutadora estaba allí, a una distancia no excesivamente lejana, y yo sentía su mirada agrandándome, ¿o tal vez me empequeñecía?, y con su retina incisiva leía todo lo recóndito que habitaba en mi: mi procedencia, mi crecimiento, mis intenciones, mis compromisos, mis energías, mis inseguridades, mis fuerzas latentes y mis fantasías ocultas, y desde su atalaya no dejaba de prospectar los movimientos que yo me procuraba para salvarnos del ataque de los elementos, ella no paraba de observarme y de medir mis recursos, pulsaba las energías y las habilidades que yo desataba, tomaba nota de la dimensión de la embarcación y de su capacidad para resistir la fuerza de la tormenta, cotejaba escrupulosamente mi posición, calculaba la distancia entre nosotros y la tierra firme y el riesgo amenazante de los farallones hacia los que la nave se dirigía de forma ineluctable, tanta pasividad por su parte desde aquella altura me estremecía, pues ella se mostraba allí imperturbable mientras el oleaje caprichoso y severo debilitaba las energías de mis hombres y las mías propias, yo trataba de ignorarla, era inclemente aquella prospección sin piedad sobre los que padecíamos la furia del viento y del agua, y yo quería evitar como fuera su control, porque desconocía los móviles que perseguía, intentando no mirar siquiera hacia su posición, mas era ella la que se mantenía superior, era ella quien manifestaba un dominio todopoderoso, actuando sigilosa, prudente, distante, y mientras mi cuerpo se empapaba del salitre y de las aguas frías del océano, mientras las piernas y los brazos me dolían hasta la extenuación, mientras acusaba la merma de mis propias fuerzas como si se tratase de un cuchillo que se hendía en mi costado, desgarrándome cada pedazo de la carne, sometidas mis energías a un esfuerzo desmesurado y agónico, no podía dejar de pensar dónde se agazapaba realmente el peligro, ¿entre el arrebato huracanado o en tierra adentro?, y si ella pretendía algo contra mi ¿a qué esperaba?, ¿a que le hiciera el trabajo la galerna?, tal vez nos tomara por la avanzadilla de alguna flota poderosa, o acaso por un puñado de salteadores de pueblos costeros, ella se elevaba enhiesta allá arriba invocando el desencadenamiento de todas las energías contra nosotros, como si fuera una sibila haciendo de intermediaria entre los dioses y los hombres, sin desvelarnos los secretos de lo encomendado, sin interpretarnos nuestro destino, porque acaso ella era la ejecutante de ese fatum desconsolador, nuestro verdugo, la espada de Némesis, la guardiana de todas las cellas de los templos vestales que garantizaría a sangre y fuego si fuera preciso la integridad del santuario, y, sin embargo, algo irradiaba en lo alto de su cabeza que me transmitía esperanza, o acaso fuera la situación extrema que me doblegaba la que me hacía buscar cualquier tipo de salvación, a cualquier precio, incluso arriesgando que aquello que me deparara la costa fuera tan infame como esto, mas el hombre vive al día y se hunde y se renueva en cada jornada onerosa, y sus esfuerzos y sus sufrimientos y sus quiebras sólo se sienten y se valoran a pie mismo del dolor, en el preciso momento en que hacen mella sobre uno, y se está dispuesto a pactar cualquier futuro con las criaturas del Averno con tal de alzarse sobre la destrucción que se avecina

Lares de los libros


...o de cómo dos figuras indonesias representando a humildes campesinos ejecutan celosamente el rol de protectoras del hogar de los libros...

martes, 4 de noviembre de 2008

Suelo



Hoy no te apetecía sentarte frente a la mesa, ni leer, ni escribir, ni hacer recados, ni repasar temas pendientes, ni hablar con nadie, ni ponerte a tareas domésticas, ni echarte a la cama a horas inusuales, no te apetecía estar de ninguna de esas maneras, preferías ser de otra forma, y entonces decides sentarte en el suelo, podrías haberte sentado sobre el parquet directamente, es una madera de roble amable, cálida, el tacto que perciben los pies es agradable, y como habías dado la calefacción sentías que subía por tu cuerpo una temperatura animosa, pero optaste por sentarte sobre la alfombra, apoyando tu espalda en un sofá sobre el que a veces te echas a dormir a horas también atípicas, pero sobre todo porque algo que gira entre las neuronas y tu estado de ánimo te pide desconectar, y entonces conjuras el malhumor o el desconcierto con un sueño pasajero, un sueño que no sueles proponerte pero que llega como ángel salvador, eso pasa algunos días, hoy has estado sentado un buen rato sobre la alfombra de rayas de colores que te recuerda a un cuadro de Malevich, te habías desprovisto de la ropa de calle, te habías descalzado, te sentías más cómodo con los pantalones de algodón que pegan más para el verano pero que, en casa y con ese clima te hacía sentirte más ligero, te desabrochaste la camisa blanca cuyo cuello por su parte interior empieza a ennegrecerse por efecto del roce, acariciaste los dedos de tus pies desnudos o tal vez los masajeabas, y permaneciste inclinado sobre tus pensamientos fugaces, de vez en cuando arqueabas tu cuerpo sujetando tus rodillas, las abrazabas, disponías tu postura a lo turco, había silencio en el piso y no quisiste siquiera interrumpirlo con la música de tus discos, echaste las manos hacia atrás, tomando la cabeza por la nuca, sujetándola, produciendo un vaivén que cimbreaba divertidamente tu torso, y de pronto te veías en un tiempo olvidado, en el piso de la vieja casa de la vuelta, donde nadie te hacía desistir de sentarte en los rincones, ni de estar tirado por la tarima, boca arriba, contemplando el cielo raso pintado de ámbar o de celeste azul, entonces necesitabas tocar el suelo continuamente, con todas las partes de tu cuerpo, sentirte vinculado al origen, los hombres eran demasiado altos para tu comprensión y lo que decían no te interesaba, ni siquiera te apetecía soportar las órdenes de tu padre, aunque disimularas y representaras tan bien la comedia de la sumisión y el acatamiento, que no resultaba, por otra parte, de gran esfuerzo puesto que el carácter severo de tu padre obraba como un mecanismo de contención de ti mismo, tú te refugiabas entonces en lo más palpable, lo más liso, lo más firme, cada tabla de la tarima con sus nudos y sus tonos de color alterados te parecían un mundo misterioso pero al cual comprendías, sobre el cual eras alguien, y aquella ductilidad del piso te perdía, no en vano tu aprendizaje del tacto estuvo entre los pechos de tu madre y el suelo bajo tus pies, bajo tus costillas, bajo tu columna, y hoy lo recordabas, aunque la alfombra fuera una interferencia o acaso una intermediaria, la fuerza del tejido requiere otro tacto desde tus palmas avariciosas, y así acabaste, jugando con las líneas rojas, azules, negras, amarillas, moradas, líneas paralelas, campos de roturación sobre los cuales tu vista se alargaba, ocupando el espacio de tu desgana

lunes, 3 de noviembre de 2008

Parada (Monogatari, 18)


Caminar por Tanarai es como si uno se dirigiera a ninguna parte. Como si las proyecciones geográficas hubieran volado. Si preguntas por el mar a algún personaje con el que te hayas encontrado te indica en una dirección. Si le preguntas a otro puede señalarte la contraria. Si hablas con un tercero, no sabe. Abandoné el lugar misterioso de Fuji Tanaka deseando suerte al pastor. A diferencia de aquel viajero que le regaló el shamisen, yo sólo invoqué el favor del azar. Tampoco soy hombre de dar consejos. Siempre me ha parecido que no es útil, y que cada uno debe descubrir con su agudeza y observación lo que le depara la vida. El chico no sabía leer, por lo que obsequiarle con uno de los libros que me acompañan hubiera sido un gesto baldío. Mas luego me arrepentí de no haberlo hecho. ¿Y si algún día aprende? Siempre podría disponer de él. ¿Y si lo conserva como un talismán? No creo en el fetiche del simple objeto. ¿Y si se lo da a otro caminante cuyo contenido le va a ser útil o simplemente agradecido? Difícil adivinarlo. La fuerza de los libros es más intensa que la de las palabras, siquiera porque perduran más. El destino de un texto es una larga mano, imprevisible, de ida y vuelta. Puede que hoy no entendamos lo que leemos, pero dentro de unos años puede iluminar. Es verdad que hay palabras, emitidas por la boca de otras personas, que calan a la primera y que se sedimentan en el alma del individuo, no voy a negarlo; palabras que nunca se olvidan. Es verdad que hay narraciones que se nos han ido transmitiendo de generación en generación en las frías noches de invierno, al borde del hogar, o en los agradables atardeceres de verano, al pie de los bambúes. De aquellos cuentos nos han llegado hoy estas otras maneras de relatarlos, a través de escribientes que se han esforzado. Sin embargo en un libro hay tantas palabras que se dispersan en tantas direcciones. Tantos sentidos, tantas posibilidades de interpretar, tanto dicho y no dicho que puede ser completado por el lector. A veces me pregunto si la genialidad de un texto no está tanto en lo que dice como en lo que incita a ser comprendido, en lo que nos sugiere. ¿Saben más los que han escrito los libros? Acaso simplemente se han anticipado a los lectores en percibir la vida, y nos la cuentan. No soy de los que tienen fe ciega en cada palabra y en cada argumento de lo que se lee. La palabra es débilmente humana. Por lo tanto, puede ser aceptable o discordante, o bien etérea o bien tangible. Esa palabra no vale si no se somete a la interpelación del que lee. En mi experiencia de caminante sin claro retorno, vivo la lectura con el entusiasmo de las nuevas exploraciones. Para mi es un alimento que tengo que digerir y absorber. Mi nutrición con ella dará la medida del valor de lo escrito. Hay quien busca curación en la palabra escrita, quien la adopta como vínculo religioso, quien se deja acariciar superficialmente, quien exige más, quien se conforma con el placer que obtiene, quien la complementa en su imaginación. Son distintas posiciones, variadas posibilidades, ¡y todo es válido!. A mi me ha gustado ser de estos últimos. Nunca he considerado los textos como algo cerrado, ni los más herméticos lo son tanto como parecen, y resulta que, con frecuencia, son los más abiertos para ciertos espíritus inquisitivos y rebeldes. Es como si hubiera una subterránea relación dentro de mi entre lo que vivo y lo que leo; incluso han llegado momentos en que no sabía con seguridad si vivía lo real o lo que emergía de la ficción. Con estos pensamientos redundantes me fui alejando de la ciudad enigmática, de la que nunca se ha sabido si fue o no fue tal ciudad. Después de andar media jornada consideré que hay ocasiones en que el caminante debe parar sin más. ¿Qué importancia podía tener para mi saber dónde caía el mar o dónde la montaña? ¿Acaso me había propuesto salir de aquel valle? Se supone que el viajero debe trazar una ruta y seguirla indefectiblemente hasta dar con el objetivo propuesto. Así era antes de entrar en Tanarai, mas ahora mis referencias eran otras. Ni siquiera pensé en que me iba a cruzar con tantos personajes, si bien todos ellos resultan seres marginales, desahuciados o apartados de su origen y de su destino. ¿Tal vez yo me voy convirtiendo en uno más de ellos? ¿Es ése el secreto del valle? Un lugar donde llegan los que ya no quieren descubrir más, los que no pretenden probar de nuevo, los que se han dado por vencidos ante los retos o las apetencias, los que viven de nostalgias insalvables e incluso los que no han tenido otra oportunidad de saber qué es lo diferente. Una pequeña elevación del terreno, desde la que se contemplaba con cierta perspectiva la parte más hundida de Tanarai, me dio la idea de acampar sin mayores pretensiones. A lo lejos, asomaban las cumbres albinas de Hokusai Yama. Demasiado evanescentes. Necesitaba detenerme; sin tiempo, sin urgencias. Corté varias cañas de bambú, las uní, las recubrí con hojas grandes hasta formar un sencillo cobertizo, y me senté debajo. Permanecí allí impasible, mirando el entorno, el sol asomando entre nimbos, las abejas capturando el néctar de multitud de plantas, las aves cayendo en picado sobre las simientes salvajes.

Parar y sentir
la calma del planeta,
soy pero no soy.

(Pintura de Hoku)

domingo, 2 de noviembre de 2008

E la nave va


Estaba allí, de pie, a estribor, oteando el atardecer que se iba consolidando poco a poco, su imagen permanecía en la penumbra, el destello de la llamarada de su boca llegaba hasta mis sentidos, y tanto si aquella facción horizontal se tratara de una letra recién incorporada al alfabeto como si desde su labio superior se tensara un arco de amazona, aquella encarnadura rosada emitía una señal nueva, aún indescifrable, y ponía un punto de luz acogedor en la anochecida en ciernes, y la armonía de aquel perfil pasivo pero seguro me deslumbraba, no podía apartar mi vista de su gesto altivo, apenas intuido, siquiera vislumbrado, y no sé qué paisaje escudriñaba ella, no sé qué equilibrio la mantenía firme en medio del embate cada vez más agitado del oleaje, no sé por qué esa actitud perseverante y calma, y mientras, la espuma del mar la salpicaba y de rebote me salpicaba, el olor a salitre impregnaba mi olfato, humedecía mis labios, entreabría mi boca, y a cada golpe de aire que agitaba nuestros cabellos me llegaba una ola de aroma diferente, ni salado ni dulce, ni acre ni suave, una fragancia que procediera de un mundo submarino o tramontano que yo no había conocido jamás, que no había probado anteriormente en navegación alguna, y sabía que Ítaca estaba ya lejos, nada me reclamaba regresar a ella, al menos no por la misma ruta, ni con los mismos nautas, y por más que la leyenda pregonara el retorno al origen yo no pensaba en la Ítaca que quedaba atrás, sino en la nueva que debía abrazarme tras la travesía, y en aquella figura solitaria y enhiesta empecé a vislumbrar el signo de una antorcha, la noche iba precipitándose en torno a mi, pero ella parecía no temerla, como si la oscuridad fuera su aliada y estuviera en aquel punto con objeto de alumbrar mis movimientos y mis trabajos para garantizar la supervivencia de la nave...

sábado, 1 de noviembre de 2008

Inmovilidad




No vas a parte alguna, ni siquiera tocarás el suelo, y el cielo queda fuera de ti, te han cortado las alas de mensajero con que llevabas y traías para ti mismo las noticias de tus descubrimientos, sólo eres una flotación pesada, inerme, te ves atado a la nada por una mordaza del movimiento, tus tobillos anclados al enigma, sin visión, sin cuerpo, desprovisto de una figura que justifique unas extremidades cuyos dedos se abren a palabras mudas, cuyas uñas se expanden para arañar partículas de tierra firme donde quisieras reposar, donde tener conciencia de ubicación, se te niega el lugar, se te priva de las posibilidades de unos pasos que han quedado mancos acaso para siempre, amarrado por una banda nívea de la que sólo crecen nudos, como las verrugas del tronco de un árbol veterano, de qué son cada uno de esos nudos, te cuestionas, de una herida, de una defección, de un desgarro, de una costra, de una traición, interrogaciones átonas cuyo trenzado se concatena ocupando gran parte del paño cano, aún hay una pequeña porción de trapo esperando estérilmente que se liguen nuevos nudos, estás colgado en algún lado vano, tú que hablabas de encrucijadas no previste la más dudosa de todas las perplejidades, la desaparición de las sendas, y ahora por dónde irás si no puedes ya ir, si no sabes ya tomar una dirección, no pienses que la ley de la gravedad vaya a quebrar sólo para ti, sólo para acogerte en otra dimensión, y cualquier tentativa sería ilusoria, el impulso desafía su inexorable destino, pero no tienes el poder de hacerlo perdurable, si saltas tan paralizado como te encuentras caerás al pozo o al barranco, ni lo intentes, si al menos comprendieras lo que esconde el lenguaje de cada nudo, si dejaras de mirar la atadura estéticamente morbosa de cada uno de ellos, si advirtieras la disposición declinada de tus pies, que no consigna de ti más que un pasado incorregible, pero tal vez careces ya de la agudeza de la percepción, aquella que te hacía gozar y sentir y desear y compartir, y maldito como te sientes, gritas salvajemente, desesperadamente, a tu manera aquello del ilustrado filósofo moribundo: oh vide, où est ta victoire?


(La composición es de Darío Villalba)

viernes, 31 de octubre de 2008

Los signos de la nada


Y oyes que tus manos son dos preguntas
que tratan de coger algo
incorpóreo
innombrable
en el vacío.
Dos signos que caen
por su propia gravedad, inertes,
con expresión perdida.
Y cuando crees que te apoderas de ese algo
incierto
que habita en el espacio despoblado,
¿qué estás catando con la dúctil fragilidad
de tu tacto?
Nada palpas
sino el aire, el silencio,
la soledad,
el abandono que te remite al origen.
Trasegando tu sombra
te aligeras de las circunstancias:
no te interesa ya dónde te ubicas.
Acaricias esa nada
frutal y ácida,
esa carencia que rompe en balbuceos
nuevamente,
y vuelta otra vez a tejer el hilo
de la nada.
Tanta ausencia
conduce tus pasos a las estancias
donde se fraguan los paisajes albos.
Un día despertarás
privado del sentido.
No advertirás la luz de hielo
que se filtra por la persiana de tu cuarto,
mas no sentirás frío alguno.
La nada no es gélida,
la privación humedecerá
en un gesto contrito de piedad
tus labios entreabiertos,
siempre rasgados por la sed.
La nada te acunará,
conjugará el retorno imposible,
cual cántico de escolares:
no soy
no eres
no es.
Una voz, ¿un eco?
susurrará desde el desierto:
no serás.
Sólo la nada.

(Dedicado a Stalker, a Ana, a Clara Janés y a Chantal Maillard, para que no se sientan solos en ese tanteo de la nada)

jueves, 30 de octubre de 2008

Leçons de la vie



René François Ghislain Magritte es absolutamente sublime.

¿Cómo creéis que titula estos cuadros? Los titula La perspectiva amorosa. ¿No es clarividente? Ya se sabe que el surrealismo ahonda donde la racionalidad no llega.

Por lo demás...

La irreal visibilidad



"Lo visible no existe en ninguna parte. No sabemos de ningún reino de lo visible que mantenga por sí mismo el dominio de su soberanía. Tal vez la realidad, tantas veces confundida con lo visible, exista de forma autónoma, aunque este ha sido siempre un tema muy controvertido. Lo visible no es más que el conjunto de imágenes que el ojo crea al mirar. La realidad se hace visible al ser percibida. Y una vez atrapada, tal vez no pueda renunciar jamás a esa forma de existencia que adquiere en la conciencia de aquel que ha reparado en ella. Lo visible puede permanecer alternativamente iluminado u oculto, pero una vez aprehendido forma parte sustancial de nuestro medio de vida. Lo visible es un invento. Sin duda, uno de los inventos más formidables de los humanos. De ahí el afán por multiplicar los instrumentos de visión y ensanchar así, sus límites."


(Eulàlia Bosch, El presente está solo, prólogo al libro Modos de ver, de John Berger, editado por Gustavo Gili)

(Magritte es el autor del cuadro)




miércoles, 29 de octubre de 2008

Lo efímero (Monogatari, 17)


El pastor se ofrece generosamente a mostrarme las ruinas. Algunas de ellas apenas se adivinan, devoradas por lianas, raíces y grandes ramas que se incrustan en las piedras. La parte de la edificación construida con material de barro se ha ido descomponiendo, y de la madera de sus vigas y suelos no queda sino pequeños rastros negros adheridos a la piedra, efectos tal vez de un incendio. Las estancias más importantes se reconocen por los sillares cuadrangulares que permanecen como basamento de los muros. En algunas de ellas se advierten grabados geométricos, mallas que tejen el universo, dragones que agitan sus cabezas bicéfalas, flores que emanan desde un punto central hasta divergir en todas las direcciones. Interpretar estos grabados a la luz de nuestro entendimiento no es fácil. No obstante, el pastor, en su tedio, ve configuraciones que le divierten. Resuelve los enigmas a su antojo. La vegetación es tan abundante que cuesta comprender la disposición de lo que fue el antiguo santuario de Fuji Tanaka. Se percibe una fragancia que proviene de variedades de flores y plantas que no había visto jamás y para las cuales el adolescente se ha inventado nombres según le sugieran las formas o las asociaciones de su mente o de sus sueños: ojos de gato, cabellos dorados, flor de la vida, tierna pastora... El joven relata lo visible y lo invisible a su manera, lo mezcla y lo funde al albur de su capricho, ubicando ámbitos y espacios según su ocurrencia, la dimensión o el estado de las ruinas. Es evidente que el chico dispone de todo el tiempo del universo para mirar y para inventarse otras miradas que para sí mismo resultan acertadas e ingeniosas. No está claro que todo aquel solar derrumbado y absorbido por la naturaleza sea lo que queda de Fuji Tanaka. Algunos viajeros dados a consignar los temas del pasado dudan incluso de su existencia. Una minoría de gente letrada que mencionó la ciudad perdida en sus crónicas se muestra incrédula y llega a considerar un mito su existencia. De Fuji Tanaka se decía que era un santuario donde ingresaban niñas de la región para iniciarlas en el arte de la sexualidad sagrada. Según la leyenda, el objeto era ofrendarse con su cuerpo y sus cuidados al culto a la divinidad antigua que se veneraba por estas tierras, mucho antes de que las nuevas creencias procedentes del continente llegaran hasta las islas. Cuando le hablo al pastor de esta leyenda, se ensimisma y permanece serio. No entiende por qué las niñas tendrían que ser sometidas a algo tan esclavo y confuso para toda su vida, aunque no les faltase de nada. Es como si sospechara, él, que es un niño poco ilustrado pero que se halla marcado por la dureza de la vida y de sus elementos, que esa especie de recolección de mujeres jóvenes fuera una excusa para otros fines. No quise en ese momento abundar en más detalles, así que me dejé llevar por el recorrido a través del recinto asilvestrado. La dimensión de las ruinas es también el reflejo de la dimensión de lo construido. No sólo es la huella de lo desaparecido, sino de alguna manera la herencia permanente, la ratificación de una obra hecha para durar una eternidad que nunca es tal. A veces el viajero se pregunta si las ruinas pueden ser más hermosas que la edificación inicial. Nunca sabremos cómo refulgieron las edificaciones levantadas, aunque se hayan conservado planos, grabados o recuerdos de caminantes. No siempre lo visible es lo real. No siempre la percepción es compartida. No siempre lo soñado es lo tangible. Tenemos los testimonios de los cronistas, los rollos de pintura que tratan de conservar representaciones lejanas, y muchos comentarios escritos en documentos comerciales o en licencias. Aunque el viajero, cuando se da de bruces con los lugares abandonados, siempre se pregunta cómo aconteció su ocaso. Fácil es resumir una vida transitoria en tópicos, concluir en las consabidas frases de consolación. La vejez, el paso del tiempo, el abandono, la desidia de sus ciudadanos, las invasiones, los desplazamientos de la tierra, los terremotos. Claro que todo esto son factores. Pero siempre hay una duda. ¿Se perdieron conscientemente las ciudades? ¿Se dejaron perder? ¿Sucumbieron por negligencia de sus moradores? ¿Fueron los invasores más fuertes que los poderes que gobernaban las ciudades? Ciertamente hay urbes que han sobrevivido unas sobre otras, unas dentro de otras a lo largo de siglos. Ciudades que se desconocen pero que se entrañan a varios palmos sobre y bajo tierra. Ciudades que conviven entre el anonimato del pasado y el fragor del día a día. El viajero mira lo que queda, y lo que permanece, aun mermado, aun derruido, resulta ser siempre la huella de lo grande. Los santuarios, los palacios, los edificios de gobierno. Es verdad que sin ellos poco sabríamos de las culturas del pasado. Pero uno medita que eso no podía ser toda la vida de una ciudad o de una comarca, y que la gente sencilla tendría que vivir de otras maneras más borradas todavía. Que más allá de los símbolos sagrados, y del poder, y de la administración de los pueblos había una vida visible y numerosa pero sobre la que se sabe menos. Cuando el caminante da con estas ciudades de ruina que fueron grandes la atmósfera casi le hace creer que los pobladores no las habitaron jamás. Como si sus chozas y sus herramientas y sus caminos fueran lo más imperdurable de lo efimero. Como si a la señal de silencio se disolvieran ambiciones, fracasos y resignaciones. Huellas de lo imperceptible. Y el haiku deja su eco...

Lo grande finge
lo humilde no habla
todo es mudez.

(Pintura de Kame Tokei)

martes, 28 de octubre de 2008

Disparos


Los impactos se han sucedido, una retina ha llegado hasta la otra, ambas han ocultado el territorio amable y hostil del pensamiento, uno ha agredido al otro con la pretensión de modificar el curso de la naturaleza que tendía a desviarse, el otro se ha dejado corregir para seguir manteniendo incólume su capacidad de visión, hay fotografías del exterior, hay calcografías del alma, hay imágenes de las emociones, el mundo visual nunca es lo que parece, ni los fotógrafos son meros actores testimoniales, ni puros técnicos de dejar constancia de momentos o hechos, lo importante es el ojo, el de quien está ahí, se trate del que detecta y ejecuta, se trate del ojo percibido, el ojo que aparenta, el ojo que ve y no siempre ve, el ojo que calibra, el ojo que no acierta en su apreciación de los objetos, el ojo que clarifica, los disparos han ido uno tras otro, fogonazos de reconstrucción, la naturaleza del ojo con sus múltiples caras...

(Fotografía de Feininger)

lunes, 27 de octubre de 2008

Intervención


Sabes que te van a meter los dedos en los ojos, no sabes de qué manera, no sabes en qué dirección, no sabes si te los van a sacar o van a atrapar tu última mirada, no sabes qué agujeros negros buscarán, ignoras si tras esas oquedades asomarán puros o impíos, ¿echarán a suertes las lagunas vacuas que encuentren allí?, temes que allanen el túnel de tu profundidad, esa especie de territorio en las antípodas que conecta lo tangible que hay fuera de ti con la interpretación que tiene lugar en lo más recóndito de tu cerebro, tocarte es intervenirte, una búsqueda pero acaso una intromisión, aunque les des permiso sentirás unos dedos que deslumbrarán tu serenidad al otro lado de la factoría de tu visión, y tratarás de echar la barrera para que no penetre nadie en tu imaginación, en tu fantasía, en tus deseos, en tu memoria, en tu recreación de cada imagen, ¿temes por la imagen?, ¿temes que esos dedos arranquen las últimas contemplaciones maravillosas, que rasguen las que empezaban a habitar en ti?, ¿temes que perturben las ensoñaciones donde tanto papel juegan tus ojos?, ¿te da miedo que se diluyan las asociaciones caprichosas que han tendido puentes en tu vida últimamente?, sospechas que no es sólo azar, empiezas a creer que nada de esto es casual, pero tampoco crees en los planes premeditados, nadie ha logrado hacer cundir en ti sus planes premeditados, ni tu padre, ni tus nefastos educadores, ni tus amigos, ni tus viejos compañeros de utopías rendidas, ni el dios ad hoc ni sus ángeles ni sus arcángeles ni los demonios que jamás te conducirán al infierno porque les harás un quiebro y los dejarás en la estacada, nadie de los que se han erigido en torno tuyo como protectores han logrado afianzar su poder sobre ti, aunque de alguna manera lo han hecho todos dejando poco o mucho de sí, ¿quién escapa a cada paso que resuena a nuestro lado?, ¿quién ignora la huella que en algún instante ha marcado para siempre parte de nuestra existencia?, ¿quién puede desproveerse de sombras que no son sólo la proyección inerte de uno mismo?, lo saben tus ojos, lo saben lo que hay detrás de tu mirada, lo sabe esa abstracción tristona en que te pierdes, o incluso lo sabe esa turbiedad cuando te encorajinas, todos ellos quisieron a su manera meter sus dedos en tus ojos, tu les dejaste, creíste en ellos para que te poblaran y se llenaran de ti, pero siempre necesitaste rescatar tu vacío para sentirte el Bautista que llenará inagotable y sin solución los hoyos de la playa, y ahora van a querer sacarte la luz más antigua, ¿te imaginas caminando por el pasadizo hueco de tu retina?, ahora lo va a hacer un neófito de ti, aunque se crea un experimentado de la técnica, lo va a hacer como un fontanero, y tú te ríes, te ríes porque no eres ni el desagüe ni el canalón ni la bajante, aunque a veces te atasques en el transcurso de lo que te recorre, aunque a veces huela la fecalidad de tus miserias, aunque a veces se rompa la conexión entre tu deseo y tu realidad, y te vas a dejar, has decidido en un impulso de sensatez, ¿y por qué no también de temor?, tomar la opción de que te metan los dedos y rasguen el fanal de tu mente, y Zeus bajará con sus rayos para salvarte o para condenarte, en cualquier caso te profanará, serás suyo durante el tiempo de su ira, mas ¿será después más segura la visión de ti mismo?,

domingo, 26 de octubre de 2008

La canción (Monogatari, 16)




Cuesta descubrir entre los frutos del suelo que lo invaden todo la obra malherida de los hombres. Según me aproximo a las ruinas de la ciudad que fue, el camino va mostrando sus huellas soterradas. Trazados ocultos, piedras talladas por la mano artesana, basamentos, algunos muros de adobe, van destacando entre la floresta. Los árboles despliegan sus brazos venosos sobre el último templo antiguo.

Escucho la voz tenue de unos cánticos, casi apagados por un laúd débilmente tocado. Un pastor púber cuida un pequeño rebaño de cabras. ¿Recita o canturrea?

...la luna arriba, la tierra abajo,
el sol atraviesa el espacio
que no es ni de la una ni de la otra,

lo ocupa, se pasea y se va,
regalando a los animales, a la vegetación y a los hombres
el calor, la visión y el alimento,

su aparición no es duradera, su fuga
no es para siempre,
no duda de su poder ni de su extensión,
porque sabe que ni va ni viene,

él se burla si un día no se muestra,
se ríe si nos abruma con su coraje,
y al final del día se avergüenza de ser tan juguetón,

porque sabe que nosotros somos el eterno viaje
al regreso de nuestras ilusiones agotadas,
la noche arriba, el llanto abajo...

El pastor no se sorprendió de mi llegada. Otros hombres han venido hasta aquí. Algunos creyendo que la ciudad existía todavía. Yo les muestro las ruinas y les hablo de su pasado. Así me entretengo. Como me sorprendiera su recitación, le pregunté cómo conocía ese texto del sabio Kiru Muruyaba. Pero él no sabía ni quién era ese sabio ni qué significaba exactamente el poema. Me lo enseñó otro viajero que pasó por aquí. Lo cantábamos juntos mientras él hacía sonar un instrumento que llamó shamisen. Me gustaba cómo lo tocaba y las palabras sonaban de una manera muy divertida al acompañarlas con la música, así que acabé aprendiendo la canción. Él me enseñó también a tocar el instrumento. Un día dijo que se sentía tan viejo que no tenía sentido seguir cantando por los caminos y que quería marcharse para siempre. Y me dejó el shasimen que aquí ves. Verdaderamente sorprendente es este valle, pensé. Parece inexistente, no se encuentra en los mapas, casi nadie sabe de él, pero en Tanarai voy encontrando a todos los personajes de la vida. ¿Seré yo uno de ellos, destinado a no salir nunca del valle de la oscuridad, del silencio y de la soledad?


Puro asombro
el valle son mis pasos.
No miro atrás.

sábado, 25 de octubre de 2008

Indefiniciones visuales



Ojo que se desvía, ojo que atraviesa, ojo que descarrila, ojo que mira con mal ojo, ojo que habla, ojo que silencia, ojo que representa, ojo que hace temer, ojo que aturde, ojo que mira hacia dentro del ojo, ojo que echa un pulso con fantasmas, ojo que se cierra para sí mismo, ojo de ave rapaz, ojo de hiena, ojo malévolo, ojo de mar, ojo en el desierto, ojo que se rompe en los acantilados, ojo que desbroza a otro ojo, ojo crucificado, ojo entre las nubes, ojo de la inseguridad, ojo de la traición, ojo de la orfandad, ojo débil, ojo del desatino, ojo del resentimiento, ojo de la vanidad, ojo que oculta, ojo de la repulsión, ojo imán, ojo rechazo, ojo que pierde al que lo mira, ojo desafiante, ojo bumerán, ojo sin piedad, ojo destructor, ojo de la esfinge, ojo del instante fugaz, ojo de la impiedad, ojo de la perduración, ojo de la bilis, ojo tramposo, ojo de la expulsión interior, ojo que se aborrece a sí mismo, ojo que se disuelve en sus miedos, ojo de fuegos de artificio, ojo del desamor, ojo inescrutable, ojo esclarecedor, ojo que se desvanece, ojo de la perdición, ojo de la máscara...¿pero es el ojo o es la mirada?

Mirada (definiciones imprecisas): Esa íntima aproximación. Esa extrema huída. Ese feroz ataque del ojo. Ese entrañable acogimiento del ojo. Esa salida. Ese cerramiento. Esa inercia. Esa prospección. Esa resistencia. Esa conquista. Esa expresión. Esa introversión. Ese fuego. Esa extinción. Esa alegría. Esa desolación. Esa curiosidad. Ese desinterés. Ese puente. Ese abismo. Esa visión. Esa nebulosa. Esa luz. Esa oscuridad.

Sigan ustedes...

jueves, 23 de octubre de 2008

La fiel (Monogatari, 15)



Era como si las ramas se movieran, pero no era por el viento. Como si las nubes oscurecieran el cielo para inmediatamente después destaparlo, pero tampoco era el celaje. Como sombras chinescas que generaran mil rostros sobre el talud de la montaña, pero cuyas manos ocultas no las mueve nadie. Y llegaban extraños sonidos que se filtraban desde las copas de los árboles hasta aderezarse con el barro del camino. Siseo de sedas arrastrándose, agitaciones de colores, vuelos y caídas desplegándose sobre la cabeza del viajero. Había pasado la noche protegiéndome de la lluvia bajo el saliente de una roca. Llevaba despierto desde antes del alba, cuya ceremonia presencié atónito y encantado un día más. Nunca se cansa uno de contemplar el fino trazo luminoso que lejos, en algún lugar desconocido de más allá de los mares orientales, se va pergeñando tenue al principio, montaraz después, afirmado más tarde.

Ligera raya
salpicando de luces
pares el día.

La abundancia de hierba y la hojarasca depositada sobre ella formaba un tapiz contrastado de tonos y texturas. Y fue ahí donde la danza hecha figura se manifestó. Y una sombra aparecida de pronto se dejó caer, se dejó sentir, se movió sin ruidos ni palabras ni aspavientos. Fue puro aroma. Dijo llamarse Kita Dako. Y que su misión era entretener a los viandantes que se habían aventurado a extraviarse en aquel bosque. Porque no otra cosa era caminar por el bosque sino pérdida, silencio, soledad. Eso dijo. Ella misma había llegado allí procedente de la ciudad sagrada de Karan. Yo nunca había oído nombrar tal ciudad y desconocía que en el paisaje sagrado de ciudades y templos hubiera algún lugar con tal nombre. Pero uno nunca conoce demasiado y tiene que creer a los personajes con los que se encuentra en las sendas. O al menos escucharles. Kita Dako dijo que había empezado muy joven en la representación. Cuando apenas tenía claro si su capacidad mímica y sus facultades para producir burla y su agilidad para moverse eran algo más. Aunque ella siempre creyó, eso dijo, que lo suyo era arte. Y que se manifestaba, y que ponía en marcha un mundo para que trascendiera el propio, y que disfrutaba en él. Era como desdoblarme, afirmó, como sentirme dos veces mujer, dos veces huída, dos veces Kita Dako. ¿Por qué huída? Porque a diferencia de otras principiantes que aceptaban de buen grado la solicitud y las propuestas lascivas de los hombres ella se negaba. Ella se depositaba entera en el arte, aunque al principio el estilo fuera burdo, poco elaborado y se la identificase con el papel de las demás mujeres. Lo fácil era improvisar, abandonarse al griterío o a los aplausos de los hombres, entregarse después a ellos. Kabuki, como lo llamaron más tarde, era todo el sentido de mi misma, eso dijo. Y dijo más, dijo que se mantuvo fiel a él. Que profundizó en cuanto percibía necesario. Que inventó maneras de deslizarse, que ejercitó sus extremidades para poder realizar mejor los saltos, que ensayó continuamente formas de gesticulación. No fue comprendida por sus propias compañeras, ni los hombres le trataron bien debido al desdén que manifestó hacia ellos, incluso difundieron bulos sobre ella en lo tocante a su identidad sexual. Kita Dako calla y toma posesión del espacio, alza los brazos, gira la cabeza a un lado y otro lentamente, luego la cimbrea, se desplaza sobre sus pies con una carrerilla que va produciendo sonidos de cascabel sobre las hojas muertas. No están allí, pero escucho los tambores que hacen coro, el sanshin dulce y armónico que lleva y trae los paisajes olvidados. No suenan, y sin embargo llegan hasta mi. Mientras, Kita Dako se embriaga en sus propios vapores. Y me empuja a la representación.

Mujer de danza,
bailas para viajeros
y los arrastras.



(Pintura de Torii Kiyomitsu)

martes, 21 de octubre de 2008

Meditación (Monogatari, 14)



Empecé a sospechar que el valle de Tanarai no estaba tan deshabitado como el orate dijera. Que acaso lo ocupasen personajes extraviados. Gentes que no sabían qué tipo de frontera inadvertida traspasaban. Espíritus ancestrales que habían equivocado su marcha y en su vuelo confuso se dejaban caer inertes sobre la apariencia inhóspita de la tierra. Cada paso era un paso desprovisto de memoria. Avanzaba expectante, no carente ya de cierta alarma. Mas deseaba nuevas sorpresas, y el riesgo era una incierta posibilidad de cuya gravitación no quería ser consciente. Durante un tramo bordeé un arroyo cuyas aguas aparentaban calma, pero su curso era frenado por piedras caídas desde la altura del monte y por ramajes desprendidos tras los aguaceros intensos. Más adelante el río se ampliaba y la corriente se precipitaba envuelta en un vértigo fragoroso. Tanta tibieza en el ambiente invitaba a la abstracción, que no al recuerdo. Mi viaje no pretendía airear vivencias pretéritas ni consolarme en antiguas seguridades que hoy apenas significaban nada para mi. Todo estaba allí. El presente era tránsito, pura percepción de vivir el instante, algo que perdería inmediatamente después. Y ese sentido del momento me poseía. Abrir mis oídos a la mezcla de sonidos, aguzar la mirada entre luces y sombras, palpar los elementos naturales, percibir las fragancias agitadas por el viento, todo me parecía que fuera la intensidad deseada. Atisbé un puentecillo rudimentario que unía las dos orillas del río por una de sus zonas más angostas. Era frágil y su suelo se mostraba resbaladizo. No transmitía firmeza, pero cumplía su función. Atravesarlo era como deslizarse a favor de la corriente, cambiar la orientación, sentir la agitación bravía de las aguas. Y esa sensación de que el instante era extremadamente dinámico, que nada de lo que asemejaba ser estable lo era realmente, me hacía pensar. Que los ignorados elementos que desplegaba la naturaleza fueran de ordinario ignorados por los hombres me producía entonces una verdadera indignación. Allí estaba la razón de ser del tiempo y de la existencia. No en las cortes de los mikados, ni entre los funcionarios, ni en las manos de los mercaderes, ni en las armaduras de los guerreros, ni en el albor de los kimonos de los monjes. Y una íntima satisfacción me colocó en el centro de mi mismo. Todo cuanto me rodeaba explicaba mi razón de existir y otorgaba conciencia a mi ser. No era quietud lo que notaba, puesto que el hallazgo me desasosegaba. Pero las visiones del alma se producen precisamente a través del arrebato. Sólo éste nos hace gozar, y vincula nuestra pequeñez con el don de la inmensidad.

lunes, 20 de octubre de 2008

Esto no es poesía, esto fue crimen


¿Y me dicen ustedes que ocurrió en la Castilla profunda, donde nadie pudo defenderse? ¿Pero no sucedió acaso también en otras regiones de la península? ¿Me dicen que es tiempo viejo? ¿Me dicen que agua pasada no mueve molino? ¿Me dicen que a cuenta de qué viene esto de ahora? ¿Me dicen que se pretenden revanchas? ¿Y quién, dónde, cómo, cuyo, cuánto? ¿Me dicen que ya estaba olvidado? ¿Me dicen que son ganas de liar las cosas? ¿Ganas de desviar otros problemas? ¿Me dicen que es el resentimiento de algunos? ¿Me dicen que no ocurrió, ni nada fue real? ¿Me dicen que hay cosas más importantes que traer esto ahora a colación? ¿Me dicen que qué pena? ¿Me dicen que las familias no tienen derecho? ¿Me dicen que este país es antiguo pero triste? ¿Me dicen que España es un hatajo de desmemoriados? ¿Me dicen que muchos vivieron a costa de los ausentes que yacen casi fosilizados? ¿Me dicen que la falta de reflexión es una carencia muy española? ¿Me dicen que los campos y las cunetas y los pozos y los barrancos no estaban para estas misiones? ¿Y para qué si no, sólo para cultivarlos y sacar agua y ver el paisaje? ¿Me dicen que la naturaleza es la madre de sus hijos? ¿Me dicen que la tierras de una manera u otra los acogió? ¿Me dicen que se puede ignorar en nuestra memoria colectiva los gestos más abyectos? ¿Me dicen que unos personajes vestidos de negro recitaron aquello de polvo eres...y se fueron tan a gusto? ¿Me dicen que reinó la soledad más absoluta tras las descargas de fusilería? ¿Me dicen que en muchos casos mataron en nombre de Dios? ¿Y también en nombre de sus odios, de sus borracheras, de su depravaciones? ¿Me dicen que fue producto de la ignorancia? ¿No saben que la ignorancia es la madre y mala maestra de la maldad? ¿Me dicen y tratan de convencerme de que un hombre muere en mi cada vez que un hombre muere en cualquier lugar de la tierra? ¿Y por qué no asumirlo con los hombres que murieron en mi pasado? ¿Se sabe si la tierra que pisamos es la piedra erosionada o los cuerpos desintegrados de hombres y mujeres que alguna vez dijeron NO? ¿Me dicen que hay que perdonar, palabra rancia y falseada? ¿Perdón, perdón, perdón...palabra desusada, palabra adulterada, palabra prostituida, palabra traicionada, palabra ignorada, palabra sinsentido? ¿Pidieron perdón alguna vez ellos, los asesinos? ¿Es decir, aquellas entidades y estructuras que ayudaron a levantar con sus impías acciones?¿Acaso los herederos de aquellos, trasuntados a esta hora en supuestos demócratas, quieren comprender? ¿Acaso la moralidad existe? ¿Por qué la memoria es tan frágil? Por qué algunos pretenden que no sirva para casi nada? ¿Acaso los voceadores de la salvación eterna se han arrepentido? ¿Perdonarían los asesinados si se les preguntara? ¿No les basta con la actitud de las familias y descendientes que cierran página, pero quieren reconocimiento moral y jurídico? ¿Por qué negar el derecho a un enterramiento digno, ya que indigna, y bien indigna fue su muerte? ¿No se entiende que haya voluntarios que pongan su tiempo, sus conocimientos y su actitud a favor de la verdad si no hay negocio? ¿Cuántas preguntas podría seguir haciéndose? ¿A qué viene, Fackel, hacer de mosca cojonera y tal vez inútil? ¿No se da cuenta de que, simplemente, lo que sucedió entonces fue que acontecían malos tiempos para la lírica? Preguntas estúpidas que, como diría Brecht, podrían ser enunciadas por un obrero ante un libro. Aquí, ante el libro de la vida (y de la historia, me dicta mi travestido ángel diabólico al oído)

(Foto aparecida hoy en El País sobre una fosa común de españoles republicanos asesinados en 1936 en un pueblo de Palencia. Si alguien se siente herido en su sensibilidad, o abochornado por traer el tema a este blog, por favor, que pida explicaciones a algunas instancias pringadas en aquella labor, que aún quedan. El bloguero simplemente se limita a indignarse y a seguir resistiendo)

domingo, 19 de octubre de 2008

(Paréntesis: dos poemas más de Holan)



...y esos sonidos ocultos te parecen antiguos, te parecen hijos de la sed, también de la incapacidad y de las distancias, porque los poetas son hombres, pero también sentidos, limitaciones, infancias, y ahí tratas de hallar la clave de lo que hoy te sugiere, de lo que te reclama, de lo que captas mejor en su abstracción, todo lo arrebatado está en tu niñez, en la extensión abandonada, en aquellos espacios que otros destruyeron para que te adaptaras a las reglas, a los compromisos, a los aprendizajes literales, te dejas empapar por la poesía por instinto, y ahora ella es la llave de recuperación de una puerta que creías cerrada para siempre, nada te obliga, nada te somete, nada te exige que memorices para recitarla después, porque tú ya no aprendes, tú sólo o repites o creas desde tu mundo y sólo para tu mundo, que eres tú mismo, ése es el triunfo o la función o simplemente el azar de la poesía, porque la comprensión de la poesía es una estancia ajena de la enorme casa de las letras, una estancia secreta, disimulada, agazapada, sutil, imperceptible para los ojos que escudriñan forzadamente los lados del cuadrilátero que circunscriben pero no proyectan, para los desinteresados por las caricias de la sensibilidad , para los obtusos de los horizontes, pero es por el contrario la abertura para quienes, como tú, naufragáis y tratáis de salvaros, porque ir a la deriva no es la pérdida necesariamente, es la desorientación de quien no acepta del todo una sola vida, sino que cree en cada vida de su vida, es la búsqueda de otra posibilidad, es la transición sin fin de una carrera que no puedes rechazar jamás, y para llegar más allá tiene que producirse el accidente, el desencuentro, la ruptura, y la fiebre puede manifestarse de formas variadas, pero la fiebre no es la enfermedad, tú no quieres la enfermedad, y menos quieres el mal, que es la enfermedad sin ganas de ser curada, la rendición, el paso al enemigo de la vida, la claudicación del amor, la imposición de la vesania, y sabes perfectamente que la poesía es cualquier cosa menos refugio, no te quedas en ella para hallar seguridad, porque no te la va a aportar, ese racimo de incertidumbres te toca para que el desaliento no te venza, porque el entendimiento de lo que te abruma no puede producirse por las meras líneas de la racionalidad, de la cual estás orgulloso, pero no te satisface enteramente, y porque sabes que lo profundo de la existencia no es objeto de alimentación para ti si no dejas abiertas las venas de tu receptividad, de tu sensualidad, de tus sentimientos, la poesía te torna más táctil que nada, te recupera para tu afán, te nutre de la pasión de la que si nunca has carecido a veces te ha traicionado, y esa misma expresión de Vladimir Holan la haces tuya, acaso la hizo para ti también, y no puedes evitar traerla aquí...

Cuando llueve en domingo y tú estás solo, completamente solo,
abierto a todo, pero no llega ni el ladrón
y no llama a la puerta ni el borracho ni el enemigo;
cuando llueve en domingo mientras tú estás abandonado
y no comprendes cómo vivir sin cuerpo
y cómo no vivir puesto que tienes cuerpo;
cuando llueve en domingo y, solo, no eres más que tú,
¡no esperes ni hablar contigo mismo!
Entonces el ángel es el único que sabe lo que hay encima de él,
entonces el diablo es el único que sabe lo que hay debajo de él.

El libro sostenido, el poema al caer...




¿Qué leía aquella muchacha del libro en el tranvía?
Por estar fuera del tiempo y la imagen y el nombre,
sólo le quedaba el sentido y éste temblaba tan ardorosamente
que si hubiera tenido que hablar, hubiera injuriado,
y si hubiera tenido que levantar los ojos, hubiera visto
sólamente la rebelión y la caída de los ángeles...

Quien se ha sumido en la poesía,
ya no puede salir...

viernes, 17 de octubre de 2008

Inscripción (Monogatari, 13)



Confundida entre las rocas del monte, la lápida. Una porción de ladera que habla desde sus rasgos borrosos. El caminante se detiene para interpretarla, rescatando un texto de las trepadoras que enmarañan el mensaje.

"Ni nieblas ni fríos ni lloviznas
deben disuadir al viajero que penetra en las honduras.

Ni los silencios ni las sombras ni los salteadores
deben desviar la intención del que busca.

El bosque no tiene ramajes inextricables
la montaña no se desploma
los caminos no desaparecen
la luz no muere.

Donde sospeches, viajero, que no hay salida

hallarás la amplitud.

Donde intuyas que te ciega la oscuridad
recuerda que eres tú quien la trae consigo,

mas encontrarás la luminaria vigorosa
y llegarás a ver la claridad
como nunca antes la habías admirado.


Aquí se abre el horizonte,
y si bien la travesía te resultará densa y ardua,
será todo lo larga que quieras que sea.

Sólo tú puedes probar,
nadie puede hacerlo en lugar de ti.


No dudes jamás.
Pues la duda sería el principio de la pérdida,
que no puedes aceptar."

El asombro tomó las riendas del viajero. ¿Qué extraño territorio estaba ocupando desde sus límites de hombre solitario? Pero la extrañeza es una reacción o una suerte de estado de ánimo ante lo que sorprende por inesperado. Alguien le había comentado que en la selva de Tanarai la sorpresa es como la vegetación, la oscuridad o los silencios. Lo habitual.


(La pintura es de Hitsu)

jueves, 16 de octubre de 2008

El desertor (Monogatari, 12)




El crujido sobre la hojarasca le pone alerta. A un paso de descifrar su enigma, el caminante tiene una sensación incierta y dual. Alguien se mueve entre la frondosidad; pero de esa figura oculta, indescriptible de momento, cabe esperar tanto el peligro como la salvación. Si se trata de un salteador de caminos, el riesgo es elevado. El viajero, en una encrucijada insegura cuya senda correcta debe elegir de inmediato, dispone de dos sentidos. O su fortaleza física e incluso armada se impone a la del asaltante o tiene que hacer un despliegue de imaginación que desborde y despiste al enemigo. Ninguna garantiza nada pero, al menos, tiene la virtud de adecuarse a las posibilidades del caminante. Éste no es hombre de armas ni de violencias ni de contextura física suficiente para imponerse con rudeza y, aunque nadie escapa antes o después a la situación extrema de tener que hacer uso de la fuerza, aunque fuera de manera desesperada y perdedora, él no se ve en esa actitud. Tendrá, por lo tanto, que elegir una vía de sorpresa y de persuasión, ya que dinero no tiene para comprar su vida. Pero, por otra parte, también cabe la posibilidad de que esos pasos sordos, esos chasquidos sobre el sotobosque, no sostengan a un atacante, sino que descubran a alguien semejante a él, cuyo miedo le hace también contenerse y estar a la expectativa. Es en ese momento cuando siento que la humedad y el miedo ciñen una corona de hielo sobre mis sienes, y que se me congela la saliva, y que las tripas se agitan desordenadamente. Me paralizo. Trato de escuchar y de traducir lo que se mueve al otro lado del ramaje. Pero los pasos ajenos también cesan. Por un instante da la sensación de que el lugar está deshabitado hasta de mi propia presencia. Algunos pájaros pían juguetonamente normalizando un entorno oscuro. Sopla el aire y crispan pequeñas ramas. Creo percibir una mayor claridad en el túnel de la floresta. Pero nada ha variado. Como si del rezo de un haiku se tratase, y buscando consolación en él, lo aprieto entre mi pecho como un talismán, y me repito a mi mismo:

Oye tu pavor
los sudores te vencen
saldrás de ésta.

Al poco, una figura de gran complexión se planta ante mi. Erige una katana con las dos manos. Más que un grito de alto lo que emite es una invocación desafinada, un rugido mal pronunciado. No la percibo como una orden. No me impresiona. Es verdad que su planta impone, pero no su actitud ni el despliegue de sus gestos, escasamente creíbles. Cuántas figuras del Noh o del Kabuki o incluso de los títeres del Bunraku causan más pavor entre los asistentes a la representación que esta improvisada aparición fantasmagórica. Además, no puede decirse que haya tenido excesivo cuidado al aproximarse, vendido a su falta de sigilo. Entonces, si no se trata de un vulgar salteador, ¿qué pretende? ¿por qué esa actitud de dudoso desafío, en que más que de ataque da la impresión de ser de autodefensa?


"Me llamo Igochu Ka. Llevo años dejándome la piel para beneficio de los señores de la guerra que se reparten los territorios y las vidas ajenas. Me incorporaron a la fuerza en una de aquellas levas frecuentes que causaron la desolación y el abandono de nuestros campos y de nuestras aldeas. Ni siquiera soy de este lugar. Jamás había estado aquí antes, ni recuerdo cómo llegué. Esto es espectral, solitario. Nadie llega a este sitio apartado por elección. Y a estas alturas no sabría decir tampoco de dónde procedo. Desde hace tanto tiempo he estado recorriendo todas las latitudes, saltando de isla a isla, atravesando montañas y valles, sorteando abismos, unas veces a caballo, otras a pie. Nunca he tenido espíritu de guerrero, ni he disfrutado en las razias, ni me he sentido dominador de nada ni de nadie. Era molinero y sólo gozaba de las chicas y de los bailes que tenían lugar en los villorrios más poblados. Entendía sólo de granos, de moliendas, de aguas rápidas y de ruedas que mueven la maquinaria de la aceña. Lo mío no eran las letras, pero no me defendía mal con la palabra. Me gustaba contar historias al anochecer, cuando dejábamos el molino, y seducir a los chicos de los alrededores con las leyendas antiguas y con mis propias fantasías. Puede que fuera la manera de sustraerme a la monotonía y a la falta de perspectivas de ningún tipo. Y eso mismo valía para el auditorio de amigos. Los anocheceres a la luz de la luna nos hacían volar de mano de los relatos y, de paso, alimentaba una camaradería que nos estrechaba. Ningún futuro se me deparaba salvo aquél, pero tampoco ningún riesgo extraordinario. Hasta que las levas rompieron familias y convirtieron a los movilizados en esclavos a bajo coste de los señores feudales. He visto de todo y me he sentido obligado a hacer de todo, incluso con asco y a costa de que, si me oponía, me fuera en ello la vida. No me extraña que los habitantes de los pueblos y ciudades vean a estas mesnadas desaforadas como gentes bárbaras, carentes de principios, y huyeran, si podían, en cuanto nos divisaban. Como a una clientela ciega, nuestros señores nos han sujetado por una paga escasa, y sólo el aliciente del botín permitía contentar algo más a las huestes violentas. Pero yo jamás me he sentido a gusto. Cuando entrábamos en una aldea para saquearla, yo veía la manera de quedarme apartado con la excusa de sujetar los caballos. Si se trataba de allanar una pagoda cuyos monjes habían manifestado simpatía con otro señor opuesto al nuestro, permanecía en la entrada, o bien tomaba la delantera para prevenir a la comunidad. En más de una ocasión he conseguido evitar violaciones, pero otras veces no podía impedirlo e incluso me han obligado a participar en ellas bajo amenazas. En cierta ocasión interrumpimos una boda, secuestramos a los varones jóvenes para incorporarlos a nuestro ejército, y dejamos ruina y sangre detrás nuestra. Hasta que una vez conocí a un viajero como tú, aunque más anciano, alguien venerable que parecía que viviera perdido, pero que buscaba su sentido en el propio extravío, al que nada le ataba, y decía no tener como referencia suelo fijo bajos sus pies ni patria sobre sus sienes. Este hombre respetable me habló de que había otras maneras de vivir, otros paisajes que andar y otras gentes que conocer. Y que si no hilaba con otros seres lo suficiente para hacerme la existencia soportable, que no me preocupara, que uno consigo mismo ya bastaba. Y me habló de que la armonía estaba precisamente ahí, en la liberación de las obligaciones, en la desposesión de los bienes y en el desalojo de las ideas preconcebidas sobre el mundo. Yo le entendía a medias y le exigía continuamente ejemplos concretos, prácticos. Pero él, entonces, callaba. Ya encontrarás la manera, me dijo. Si rechazas la violencia que te nutre y perseveras en la bondad, que no te ha sido negada, eso me dijo, lo verás claro. Y ahora apareces tú, como una segunda revelación de aquel sabio, no sé si para prevenirme de nuevo o para confirmar si he cumplido las sugerencias de aquel gran maestro. Te diré que ignoro cómo he llegado hasta este extraño territorio, ni en qué momento los otros guerreros me dejaron marchar o se olvidaron de mi..."

Le miré con admiración, mas también con tristeza. Se había puesto la espada en la cintura, bajo el fajín. Sin embargo, su ropaje desgastado y roído no manifestaba que llevara una vida demasiado segura ni cómoda. Y portar un arma no era la prueba de que hubiera hallado la armonía ansiada. Entonces, y le hablé con duda y hasta con riesgo, Igochu, ¿sabes que las guerras feudales desaparecieron hace siglos? Él me contempló con perplejidad y en silencio durante unos instantes. Luego, dio varios pasos hacia atrás, de espaldas, y se extravió entre la maleza.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Espesura (Monogatari, 11)



La humedad del valle de Tanarai es superior a la de otros valles. Incluso es más fría. Penetrar en él supone pertrecharse para no sentirse herido por cierto aire gélido que se cuela entre las laderas frondosas. Aunque el golfo de Shuriwa no está excesivamente lejos, las estribaciones de la sierra de Kurigawa levantan un muro que aísla y desvía los vientos templados del mar. El viajero desconoce si Tanarai está mucho o poco habitado, y debe pensar en las noches a la intemperie. Pero su fragilidad es de otro signo. Y aparece cuando menos se espera. El caminante, que se crece en medio de las adversidades y de las sorpresas, que decide valerosa y ágilmente sobre bifurcaciones confusas, cielos nublados y transeúntes sospechosos, quiebra no obstante en lo inmediato. En las celadas del corazón. Y se ve debilitado por lo que ha quedado al descubierto de sí mismo. La detención en la posada había deparado lo no previsto. Y lo no previsto adquiría tal magnitud que, ahora, al retomar el camino, me hacía sentir confuso. No podía dejar de pensar en Yoko, y nuestros encuentros no habían carecido de sinceridad y de conquista mutua. Aun llevando a cuestas nuestra particular carga de desprovisión, fuimos capaces de aportarnos cercanía. Y nos habitamos. Respondimos a una agazapada llamada íntima, como si arribáramos a la costa del amor desde un vacío profundo y a través de una naufragio desapacible, y descubriéramos de pronto que nos necesitábamos para salvarnos. La vida y comportamiento habitual de cada uno se había dejado de lado durante unos días. Y tenía lugar entre nosotros tal abandono de memorias, tal carencia de exigencias, tal sensación de apacibilidad que resultaba sorprendente que dos desconocidos pudieran tocar la dicha. Avanzaba yo hacia lo más intrincado del valle, arropado por los recuerdos, anhelando volver a ver a Yoko. Pero, ¿qué destinos no se solapan tras los pasos de cada caminante de la vida? El hombre que se desplaza indefinidamente y lo hace sin rendirse, nunca sabe qué caminos va a tomar, ni si estos siempre tienden por inercia a alejarse del punto de partida, sin vuelta posible, o si se convierten en direcciones circulares que le sitúan de nuevo en el punto inicial. Y es la misma aspereza del suelo que se pisa, los ramajes que arañan las manos, algunos escasos sonidos desconocidos de animales, los que ponen al viajero sobre su propia y decidida misión. No siendo aún mediodía, la oscuridad se iba adueñando del valle, debido a la espesura y al encajonamiento al que sometían las laderas. La senda se mostraba dificultosa para transitar, entorpecida por los arbustos, las lianas que colgaban del monte, las piedras desprendidas. No esperaba tanta humedad y sentí un estremecimiento que no se debía sólo a la baja temperatura. Me invadía cierto desasosiego y un temor que no había percibido desde hacía tiempo. Demasiado inhóspito aquello, demasiado silencioso, demasiado vacío. ¿Podía incluso calificarlo de peligroso? Pero el peligro, ¿cómo se mide? ¿Por la anticipación de los propios miedos? ¿Por las visiones fantasmagóricas que lo circundante puede producir en la mente de los individuos? ¿O era resultado de un acontecimiento que no se controlaba y que aún estaba por manifestarse? Pensé en los comentarios de aquel ilustrado mikado, Nari-Hara. “Si crees que el peligro te acecha, mira para otro lado. Si crees que también llega por ese lado, mira a tu espalda. Si sientes su frío sobre tu espalda, mira al cielo. Si miras al cielo y te parece que va a derribarse sobre tu cuerpo, mira de frente. Si miras de frente y ves que viene veloz hacia ti, no mires ya para ninguna otra parte. Tal vez te atraviese, pero al menos le habrás visto la mirada.” Silbé. Ni un eco recorrió el corazón de la espesura.

martes, 14 de octubre de 2008

(Paréntesis: un poema de Holan)


Cae en tus manos el dolor de Vladimir Holan, porque sabes que entrar en el dolor del poeta checo es entrar de alguna manera en el dolor de ti mismo, y lees y relees a saltos, a vacíos, a golpes y a sorpresas, y entonces la voz de un poeta, tan lejos de la metódica descripción de que tanto gustan los que desean que todo se lo den masticado, te parece la porción de una voz, acaso de tu propia voz que habías delegado en tu pasado desaprovechado, y desearías copiarle, y tal vez le copias, le has venido copiando desde siempre, sin haber sabido antes de él, pero es que la vida de los que prospectan las palabras más allá de los cánones y de las certezas, confluye en los océanos, converge en las tabernas del silencio, y las páginas de los libros son hojas del arbolario de la vida que se van postrando a tus pies, que unas veces recoges, otras pisoteas, otras las colocas junto a tu corazón y aprendes a escuchar sus latidos, los sonidos ocultos de los poetas...
Hay
Hay destinos
donde lo que carece de temblor no es sólido.
Hay amores
en los que el mundo no te basta, falta un pasito.
Hay placeres
en los que te castigas por el arte, pues el arte es pecado.
Hay momentos de mutismo
en que la boca de la mujer hace pensar que el pudor es sólo cuestión de sexo.
Hay cabellos teñidos por un meteoro
donde es el diablo quien hace la raya.
Hay soledades
en las que miras sólo con un ojo y miras sólo sal.
Hay momentos de frío
en los que estrangulas palomas y te calientas con sus alas.
Hay momentos de gravedad
en los que sientes que has caído ya entre los que caen.
Hay silencios
que debes expresarlos tú, ¡precisamente tú!

Versión de Clara Janés. Del libro Dolor, de Vladimir Holan, publicado por Poesía Hiperión.


lunes, 13 de octubre de 2008

Habla el filósofo Haruki (Monogatari, 10)



El viajero, desde el rincón apacible de la estancia, reposa y lee. La mañana es soleada y apacible. La casa está deshabitada. Lee un tratado antiguo al que antes no había prestado atención. Dice el filósofo Haruki Tanarawa en su obra “Ábaco del amor y otras complacencias”.

“No hay matemática en el amor. Las cuentas no pueden ejecutarse jamás de manera ajustada. La imprecisión, la incertidumbre, el orden desigual de los factores hace imposible afrontar la situación de los amantes como si se tratara de plantear un problema aritmético a resolver. Porque el sentimiento, el significado y la receptividad no son mensurables de manera categórica. Lo que hoy se siente menos, mañana puede aprehenderse con más contundencia. Lo que al principio se muestra con escasa significación puede traducirse en breve tiempo en fanal. La curiosidad pasajera puede revelarse algo después en desbordante pasión por conocer al otro. Pero nada de esta prospección hacia el amante sería válida si no fuera porque ahonda en el conocimiento de uno mismo. Los amantes se aman por reflejo, por sentido, por atracción impulsiva. Pero más allá ven que se abren en su interior diversas sendas por donde transitan tras búsquedas que jamás pudieron sospechar antes. Y este acontecimiento se vuelve acicate y firmeza en su relación del uno con el otro. Por eso la relación de los amantes está salpicada de tentativas, aproximaciones, disonancias, furores, entregas ciegas y reacciones desiguales. Ahí es en lo único en que se parecen más las artes del amor a la matemática, en los movimientos y ejercitaciones. Para los amantes, ese deambular entre sí mismos va constituyendo una escala importante de sentido. Quieren llegar más allá, aunque no sepan bien hasta dónde lo harán. Les guía una suerte de necesidad que debe ser satisfecha día a día. Para los amantes sinceros, que desalojan sus insatisfacciones heredadas, liberan sus represiones más recónditas y ahuyentan los fantasmas de pasadas memorias, el encuentro es fundamental. No les agobia la ilusión de llegar a una meta que revista la configuración de las convenciones sociales al uso. Les incita a disfrutar del otro abriéndose uno mismo. El intercambio mutuo no es una transacción, como exigiría la aritmética comercial, sino la apertura de las dimensiones más ocultas de cada cual. Si entonces cada uno de los amantes pone en el conocimiento sensorial y entregado del otro esta apertura ilimitada podría decirse que es cuando más cerca se encuentran de la felicidad. Ciertamente, muchas veces las trabas no vienen del interior del alma de quienes se vuelcan sobre sí mismos. Vienen de los límites exteriores, de la memoria acumulada y de las vinculaciones que cada uno de ellos posea y a las que se sienta atado. Pero ante la fuerza de la sangre y de la pasión, que en modo alguno constituyen meros accidentes del encuentro, sino llamadas de alerta a la satisfacción de las necesidades más íntimas de cada individuo, cualquier dificultad proveniente de lo que no es uno mismo, por mucho que le toque y le retenga, no es insalvable. Conviene, por lo tanto, escuchar en silencio las razones que se manifiestan poderosas y en la dirección liberadora. Conviene meditar y oír el flujo de la corriente que circula entre el pensamiento y el deseo. Conviene la cautela, pero también empeñar la personal capacidad de decisión si se quiere que el amor descubierto en ese momento especial de tránsito por la vida nutra la sustancia de cada ser.”

El viajero suspira y se queda pensativo. Abandona la lectura. Se deja refrescar por la brisa que le llega deslizándose entre los montes de Okuma y las planicies de Yakaguchi. Mientras, contempla cómo Yoko forma un ramillete de calas que crecen en la pequeña charca que hay junto a la casa.

(La pintura es de Suzuki Harunobu)

domingo, 12 de octubre de 2008

Alteración (Monogatari, 9)




Amanecimos enfebrecidos, pero calmos. Ni Yoko se ofreció ni yo la demandé. Nos elegimos sin pretenderlo. Fueron los cuentos, los haikus, el silencio flotante y la soledad de los dos lo que nos puso a uno en brazos del otro. Yo no la busqué, ella se olvidó de sí misma. Ella no vio en mi al cliente, yo la vi como una aparición. Fue ese no saber de nosotros mismos en aquella posada del amor lo que hizo que nos amáramos de verdad. ¿Nos sentimos esposos? ¿Había algo más puro que entregarnos sin ser esposos? ¿Acontecía algo más profundo que amarnos sin reglas, sin compromisos, sin la monotonía de los días agotados? Su juventud no era imprudencia para mi deseo reencarnado. Mi edad madura no suponía recato para su solicitud sincera. Yoko no habló en toda la noche. Yo no hablé ni siquiera en los intersticios de la penumbra. Al menos no hablamos por nosotros. Otros rengas, otros tankas, otros haikus hablaron por ella y por mi. Y una canción más profunda, cuya exhalación era recogida por nuestras caricias, se abrió paso entre las alturas y a través de las hondonadas de nuestros cuerpos. ¿Qué había que decir? ¿No está ya todo escrito? ¿No está todo ya cantado y transmitido oralmente de generación en generación? ¿Hay algo diferente hoy día sobre los antiguos y sempiternos temas del amor, de la envidia, de la guerra, de los sueños, de la esclavitud, de la posesión? Y, sin embargo, qué nuevo es todo cuando sientes que tú mismo escribes o recitas o cantas a la vida como si fueras el descubridor de sus orígenes. Te parece que el agua brota por primera vez de la fuente que encuentras en tu andadura. Te parece que los cielos se abren y las nubes desfilan a tu paso. Te parece que la oscuridad te permite ver y palpar y convertirte en sombra, a ti, que persigues tanto la luz. Llegaba hasta la estancia el aroma de los jazmines y en cada oleada de aire nos invadía la presencia cercana de los árboles de alcanfor que se despliegan a la entrada de Tanarai. Pero los amantes sólo reteníamos en nuestro olfato y en nuestra pasión el perfume de nuestra piel. Y ese olor nos tornaba volátiles, incisivos, inagotables. La gracilidad de Yoko se deslizaba ansiosa entre mi ritmo más pausado, más reservado. Pero el son del viajero que halla el amor en el lugar más inesperado de la tierra también se altera. Y la ferocidad más recóndita, la vieja marca de la furia que abre en canal la memoria perenne que el hombre lleva dentro de sí, sujeta las riendas de la hembra que le desea. Y se desboca en ella. Y ambos se vuelven exigentes. Y su inclemencia les arranca de la pasividad y de la costumbre, para arrojarles al paraíso creativo que un día ya lejano extraviaron. Entonces todo es convulsión. Y el temblor se apodera de los amantes que no se conocían. Y en esa agitación visceral, se desencadena el episodio catártico en que cada uno de ellos deja de ser el que es. Se produce el misterio de saberse que el uno le venía faltando al otro. Y una metamorfosis invisible les desgarra de su individualidad y les une al otro. Y de pronto, un relámpago les proyecta contra sí mismos, contra sus dimensiones, contra sus sueños. Y de repente, no se saben el uno del otro, o se saben demasiado. Y lo físico deja de ser dinámica para adquirir la gravedad de la materia única que compone la vida. Todo fue después lasitud. Cada uno carecía de sí mismo porque ya era el otro. Y el estremecimiento habló por nosotros...


Uno más uno
no suma en el amor,
ábaco ciego.

(El cuadro está pintado por Utamaro)