martes, 5 de abril de 2022

La Novaya Gazeta, Новая газета, se autosuspende mientras dure la guerra de Ucrania

 



Uno de los pocos periódicos críticos e independientes de Rusia, ¿o acaso el único?, Novaya Gazeta, decidió hace unos días suspender su publicación, tanto en papel como en edición digital. Las constantes presiones y amenazas del Roskomnadzor (Servicio Federal de Supervisión de las Comunicaciones, Tecnologías de la Información y Medios de Comunicación, burocrático eufemismo con que el Estado ruso vigila y supervisa todo lo relacionado con ese área) les ha obligado a cerrar hasta que se dé por terminada la guerra de Ucrania o, como dice el director del medio, hasta que termine la operación especial en el territorio de Ucrania, otro eufemismo impuesto por Putin.





Hace años que la libertad de prensa en Rusia es una sombra. Varios periodistas fueron asesinados -¿qué tendrán los periodistas auténticos, qué tendrán?- de los que se recuerda con especial dolor a Anna Politkóvskaya, redactora de Novaya Gazeta, cuyos reportajes sobre la Segunda Guerra chechena resultaron incómodos para el Kremlin.



El director de Novaya Gazeta, Dmitri Murátov, recibió el Premio Nobel de la Paz 2021. Tal vez esa circunstancia le esté salvando de una represión más contundente por parte del Kremlin. Tal vez la decisión conjunta con editores y redactores ponga a salvo al medio y a él mismo. Pero visto el punto belicista a que se ha llegado en Rusia todo puede ser posible. 



Recordé un poema de César Vallejo, uno de sus Poemas póstumos. Se lo dedico a los resistentes enmudecidos de Novaya Gazeta y de toda la oposición de una sociedad amordazada. ¿O voluntariamente aquiescente?


¡Y si después de tántas palabras!


¡Y si después de tántas palabras,
no sobrevive la palabra!
¡Si después de las alas de los pájaros,
no sobrevive el pájaro parado!
¡Más valdría, en verdad,
que se lo coman todo y acabemos!

¡Haber nacido para vivir de nuestra muerte!
¡Levantarse del cielo hacia la tierra
por sus propios desastres
y espiar el momento de apagar con su sombra su tiniebla!
¡Más valdría, francamente,
que se lo coman todo y qué más da...!

¡Y si después de tanta historia, sucumbimos,
no ya de eternidad,
sino de esas cosas sencillas, como estar
en la casa o ponerse a cavilar!
¡Y si luego encontramos,
de buenas a primeras, que vivimos,
a juzgar por la altura de los astros,
por el peine y las manchas del pañuelo!
¡Más valdría, en verdad,
que se lo coman todo, desde luego!

Se dirá que tenemos
en uno de los ojos mucha pena
y también en el otro, mucha pena
y en los dos, cuando miran, mucha pena...
Entonces... ¡Claro!... Entonces... ¡ni palabra!



sábado, 2 de abril de 2022

El escritor que no sabía seguir escribiendo (Serie negra, 84)


 

Inclinado sobre el pupitre, acompañado por la soledad de su sombra, el hombre no supo avanzar.

Releía una y otra vez las escasas palabras escritas. Tan pronto las colocaba en orden inverso como las borraba tratando de hallar otras más acordes a su intención. Pronto comprobó, no obstante, que carecía de empeño. No se le ocurría nada. Entonces irguió su cabeza, y golpeando con el lápiz el tablero de modo alterno se dejó llevar por una sinfonía de percusión monótona.

El tamtam le abdujo. Se alarmó. La idea de verse privado de la necesidad de escribir le producía un desasosiego doloroso. Luego reflexionó: No me había pasado esto nunca. ¿Habré llegado al fin de mis días? No se trataba de una pregunta irónica ni exagerada. Aprensivo como era consideraba cualquier desmotivación como síntoma de un mal que le acechaba desde alguno de los órganos secretos de su cuerpo.

Detuvo el golpeo. Aguzó la escucha del silencio. Tanteó con su concentración los territorios que desde el cerebro a los pies transcurrían inquietos, ajenos a control alguno. Buscaba interpretar las disonancias que pudieran emitirse desde cualquier rincón de sí mismo. Una punzadas repetidas en la cabeza. El arañazo de una sequedad aguda en la garganta. El sofoco que le pedía hiperventilación. La acumulación de gases en el abdomen. El dolor desigual motivado por congestión pelviana. La degeneración de los cartílagos de sus dedos. No había zona que no emitiera alguna clase de señal de desajuste, si bien consideraba que siendo como eran estos signos viejos conocidos no debía preocuparse especialmente. Pero ¿y los otros espacios inaccesibles, que viven instalados y ocultos a la propia comprobación táctil, que no emitían indicios de disfunción?, se preguntaba obsesivo. ¿Estaría en alguna de aquellas parcelas recónditas la razón de su pérdida de interés en la escritura? 

Pero tras el intento de visualizar su cuerpo más íntimo a través de aquel periplo explorador no encontró explicación de ningún tipo. Tenía que haber otra razón, tal vez en la esfera no menos física de su pensamiento, pero orgánica como expresión de la vida que llevaba consigo. El trastorno neurológico puede estar aquí ya, pensó estremecido. Si es así ya puedo considerarme arrojado a las tinieblas exteriores, acertó a construir una expresión literaria.

Ante aquella conclusión temeraria no dirigió su mirada a ninguna parte. La habitación donde se agitaba su mente enfebrecida la percibió como ratonera. Le pareció que menguaba la luz. Cuantos ruidos lejanos le llegaban chocaban antes de llegar con claridad a sus oídos, difuminándose. Debo estar en un limbo, se diagnosticó. Un espacio ausente donde ni siquiera se asienta siquiera un criterio moral. Moral. ¿Por qué pronunció aquella palabra que se había ido convirtiendo en tabú a lo largo de su vida? 

De pronto giró con lentitud la cabeza y se encontró cara a cara con su sombra. Estamos solos, dijo a la sombra. Pero esta se revolvió contra él. Eres tú quien está solo. Tú, que siempre andas lamentando tu decrepitud, buscando malestares, concediendo a los fantasmas la calidad desagradable pero sublime del dolor. Indaga por qué has perdido la necesidad de escribir.  Busca el mal de fondo entre los males circunstanciales. Tal vez entonces recuperes la necesidad de la escritura, que no es sino la del pensamiento. Acaso entonces tus emociones respondan con un boca a boca que destierre tu afasia.



(Autofotografía de Jorge Molder)

lunes, 28 de marzo de 2022

Antonio Saura y la libertad total de las pinturas negras de Goya

 




"El conjunto de pinturas de la Quinta del Sordo constituye sin duda el más sobrecogedor del arte español, siendo también uno de los ejemplos de expresividad más significativos y extremosos de la historia del arte, anticipándose de forma magistral a conceptos expresivos que solamente en nuestro siglo tendrán verdadera ejemplificación. Son, además, uno de los pocos ejemplos. quizá el único hasta el advenimiento del siglo XX, de una pintura hecha para sí mismo y no para los demás. Fueron realizadas por el pintor para el pintor, para vivir rodeado de ellas, y no para ser mostradas y comunicarse con ellas. Es precisamente su carácter especialísimo de inutilidad social, egoísta y personal, lo que les confiere su aura de autenticidad liberatriz; fueron -y lo continúan siendo- libertarias ya que no habían sido condicionadas por el juicio ajeno, ni destinadas a ser juzgadas, admiradas y comprendidas. Constituyen una isla aparte en la historia del arte: no concuerdan ni siquiera con el arte por el arte, sino con el arte para sí mismo. No fueron destinadas más que a su propio destino.

Si estas pinturas nos parecen tan importantes, al margen de su expresividad, sin concesiones, premonitorias de la 'mirada cruel' contemporánea, es justamente porque fueron pintadas con urgencia, obedeciendo quizá al oscuro objetivo de dejar un testamento plástico: de aquí su extremada y virulenta franqueza, marginal y precursora. Solamente el arte del siglo XX pudo liberarse, con dificultad, de aquello que para Goya constituyó ejercicio verdadero, paralelo, llevado en la oscuridad y en la soledad, por encima del bien y del mal, descubriendo para la obra entera aquello que solamente, con anterioridad,  afloraba en el fragmento o en el boceto. Goya nos mostró, quizá, cómo hubiera siempre pintado -y cómo otros pintores también lo hubieran hecho- sin que mediara el encargo, la tradición que normalizaba, el poder que exigía, así como los propios condicionamientos históricos de una época". 


Antonio Saura, El perro de Goya. Casimiro libros, Madrid 2013.












(Imágenes: cuadro Dos viejos comiendo, pintura negra de Francisco de Goya en la Quinta del Sordo, hoy en el Museo del Prado; autorretrato de Goya; fotografía de Antonio Saura)

viernes, 25 de marzo de 2022

Las ausencias (Serie negra, 83)

 


Dicen que nos hemos quedado sin padre. Dicen que se nos ha ido también el hermano. Dicen que tampoco ha aparecido el que dejó su fruto dentro de mí.

Qué dice madre. Madre ya sabes que no dice. Madre ya ni siquiera llora, madre solo hace.

Dicen que nadie se salvó. Que la galerna fue de lo nunca visto.  El mar es una condena, pero de eso hemos vivido mal que bien. 

Qué haremos sin recursos. Lo que sea, menos morirnos de necesidad. Yo lo que digáis.

Dicen que en la ciudad faltan manos. Dicen que a poco se vive mejor que en la aldea. Dicen que allí un hijo es un hijo y puede tener un futuro.

Qué dirá madre cuando se lo digamos. Dirá que busquemos nuestro bien. Dirá que se evitará el mal trago del qué dirán de mí los vecinos.

Dicen que hay que ser firmes. Dicen que hay ser fuertes. Dicen que hay que ocultar el dolor.

Padre nos quería a las tres. Tenía su favorita, bien lo sabes. No me miréis a mí por ser la pequeña.

Dicen que la juventud todo lo puede. Pero somos mujeres. Pues porque somos mujeres saldremos adelante.

Padre era duro con nosotras. Era también compasivo. Era como tenía que ser.

Dice el cura que resignación. Y que ellos están allí arriba. Y él sigue aquí abajo, aplicado al buen vivir.

A mí me tentó el cura. Conmigo trató de doblegarme. No me gustó nunca que me acariciara la cabeza.

Dicen las lenguas falsas que estamos solas. Que digan lo que quieran. Solas pero en una piña.

¿Y si nos quedamos? ¿Y si no nos vamos? ¿Y si el hombre o la mujer que vendrá también nace aquí? 




(Fotografía de Peter Lindbergh)

miércoles, 23 de marzo de 2022

Fragmentos del diario de un pintor ignoto (Serie negra, 82)

 


Algunos le conocen como el pintor de Tálasa, Θάλασσα, el mar. Nada se sabe de sus orígenes pero sí que trabajó en ciudades de lo que hoy denominamos la cultura minoica. Tampoco es seguro que los fragmentos escritos que nos han llegado, cuales los de un Heráclito posterior, pero más mundano y narrativo, pertenezcan a apuntes, en diversos momentos interrumpidos, de lo que podemos nombrar nosotros como un diario de artista. No se identifique, por favor, el relato con la pintura adjunta, aunque juegue un papel de referencia. Pero, ea, dejémonos llevar por las confidencias personales del Pintor de Tálasa, que rebosan pasión por su trabajo y por los placeres de la vida.



" He sido requerido por los príncipes de esta ciudad. Tienen fama de saber disfrutar de los bienes obtenidos. Quieren que realice un gran mural que sea un canto a su manera de vivir. Alardean de no estar interesados como otros en representar las hazañas guerreras. La propuesta me ha parecido atrayente y también (...)

Acompañado por el arquitecto de los príncipes del palacio he accedido a una gran sala vacía. Paredes encaladas. Luz suficiente. Materiales de lujo en el suelo y las puertas. Una disposición arquitectónica que he elogiado y mi acompañante ha agradecido. Me ha dicho que le haga saber lo que necesito. Que se me proporcionarán medios técnicos y ayudantes. También ha insistido sobre si yo tenía una idea clara de lo solicitado. Entonces he sido un osado. Transmite al príncipe, le he respondido, que representar sus modos de vida tendría más calidad y precisión si también se relataran las costumbres de los habitantes. Se ha quedado intrigado pero no le ha parecido mal. Lo consultaré con el señor, solo él decide (...)

Imposible pegar ojo. Tengo preocupación por haber sugerido que se altere el plan original. Si lo ven como desaire puedo tener serios problemas y habría hecho un viaje largo para nada y (...) 

Me ha llamado el príncipe. Has llegado precedido de una celebridad profesional de la que no estamos dispuestos a prescindir, ha dicho. No vemos mal que relaciones la vida de nuestros súbditos con nuestra propia vida. Al fin y al cabo se trata de buscar la armonía en todos sus aspectos. Empieza cuando quieras. También con el príncipe he vuelto a mostrarme atrevido. Entonces, he dicho,  primero tendré que conocer cómo viven los habitantes de la isla. Incluso compartir las tareas y los entretenimientos con ellos. Solo después llevaré con acierto mi interpretación a estos muros (...)

Llevo dos días sin saber si tengo la aprobación para moverme libremente por la isla. ¿Por qué seré tan arrojado? (...)

Para mi sorpresa hoy ha venido a hablar conmigo una de las esposas del señor. Por su actitud podría decirse que tiene influencia decisiva sobre el príncipe. Ha estado primero exigente. Te hemos llamado para que los frescos exalten la magnificencia de esta corte. Yo le he respondido con la mayor cautela: si queréis que las generaciones del futuro os recuerden deben aparecer también en las paredes de vuestro palacio las mujeres y los hombres que os acompañan en la vida y os proporcionan sus frutos y os participan sus alegrías. Ella se ha manifestado contrariada. Después se ha estado interesando por mi modo de trabajar. ¿Cómo vas a representarme?, ha dicho sin ningún pudor mientras se me acercaba con cierta actitud zalamera y provocativa. Dejaré, mi señora, que elija el lugar, la vestimenta y la disposición siempre que  (...)  

Acompañado de un guardia he dado un paseo por los cultivos. Había tantas muchachas recogiendo la flor del azafrán. ¿Por qué mi mirada advirtió sobre todo la presencia de ella? Esa presencia que (...)

Se han despejado mis cuitas. Han sido contundentes. Aceptamos que pintes a toda la gente que desees. Hemos consultado con nuestro filósofo y consejero. Recomienda que no solo expongas escenas de trabajos sino también de placeres. No solo de las casas que habitan sino de las plazas donde se divierten y festejan las cosechas. Además el paisaje que va cayendo suavemente hacia la costa te proporcionará motivos, ya verás. Han advertido mi entusiasmo contenido. Habrá también juventud a tu disposición, han precisado. He exagerado mi agradecimiento. He tomado la senda que se desliza hacia el plateado mar (...)   

Hoy han traído ante mí a dos jóvenes, mujer y hombre, para que posen como modelos, si lo considero oportuno. No he querido disentir y hemos pasado a la sala grande donde la espléndida luz ya dibuja desde el alba sobre las paredes. Ambos no salían de su asombro y me han preguntado qué tenían que hacer. Les he pedido que se pusieran de perfil, de espaldas, de frente, que ejecutasen movimientos lentos y también veloces. Que se retorcieran y que de pronto permanecieran pasivos. Se han echado a reír. Luego me han dicho si les necesitaba para algo más. Y que contase con ellos para (...)

A veces permanezco absorto largo rato ante el muro blanco. La luz refleja tonalidades diferentes, expande sombras, dibuja a su manera geometrías evanescentes, hace estallar intensidades. En ese momento me parece que sobro. Pintar es mi dedicación, mi arte, ya lo sé. Pero, ¿puede un pintor emular a la propia naturaleza? ¿Acaso (...)

Empeñado todo el día en preparar los colores y hacer las mezclas que proporcionen las texturas más adecuadas para los muros no he tenido humor para nada más. A través de la ventana he visto pasar a las recogedoras del azafrán, y me he despistado. Algo no ha ido bien en la combinación que buscaba, y he tenido que empezar de nuevo la tarea. Menos mal que aquí no reparan en gastos. La mirada de la última muchacha era la misma del otro día. Tal vez debería hablar con los señores, la luz de sus ojos son una buena inspiración, tal vez (...) 

Los señores ponen objeciones. Dicen que las recogedoras no son originarias de allí, que hacen trabajo como esclavas y no representan a su pueblo. No entienden que tenga que tomar como modelo rasgos físicos diferentes u otra coloración de la piel o proporciones de cuerpos que no son como los individuos de esta isla. Me hubieran sido tan útiles, les he respondido. Lástima (...)

Hace varios días que los príncipes no se interesan por la obra que he empezado a pergeñar. Me da lo mismo (...)

La desnudez de los dos modelos que me han proporcionado se complementa. Cuando posaban ha aparecido el príncipe y me ha preguntado con cierto sarcasmo si acaso pienso representarlos de ese modo. Le he tranquilizado. Un artista necesita ver la desnudez para acercarse más al alma de las criaturas y compararlas con su apariencia. Creo que no me ha creído mucho. Artistas, artistas, siempre con excusas, ha dicho. Y se ha marchado (...) 

La esclava del azafrán me mira desde el umbral. He detenido el trabajo y me he desorientado para el resto de la jornada. ¿Qué podía hacer yo? (...)

Noche de luna llena. Magnífica. Una extraña agitación me tiene insomne. He acudido a la gran sala donde poco a poco van tomando cuerpo las imágenes que salen de mis manos. De pronto la luna se ha precipitado con toda su potencia diáfana sobre el lienzo del muro aún virgen. He permanecido desconcertado. Ni siquiera soy un intermediario de su luz (...)

Al volver, avanzada la madrugada, he presentido que me seguían. A la vuelta de una esquina me han cegado unos ojos desvelados por el plenilunio. La chica del azafrán, a la que no quieren que pinte, ha salido de las sombras. Ha murmurado tenuemente en su lengua algo que no he podido entender. Pero su presencia me ha bastado. Ambos nos hemos dispersado tras un muro oscuro (...)

Mi propósito me tiene desazonado. Ella va a estar en aquel mural  de la vida, guste o no a los príncipes. He de buscar la manera de que pase desapercibida, pues observarán uno a uno a cada personaje y lo que hace. Pero la ocurrencia, a la que vengo dando vueltas, puede exigirme que modifique mi estilo. Pues, ¿y si precisamente esta joven, la actitud prohibitiva del señor y la noche en que nos atravesó la luna no son sino señales de que debo evolucionar en mi arte? (...) 

Vuelve a visitarme la esposa más influyente del príncipe. Su excusa es comprobar los preparativos y el avance de mis esbozos. Ha despachado a sus sirvientas y toca cuanto hay preparado para la obra. Ha dicho también a mis ayudantes que el arquitecto los reclama para darles ciertas instrucciones. Me violenta la presencia de esta mujer. Se unta los dedos de colores diferentes y se acerca peligrosamente a mi rostro. ¿Sabes aquello del pintor pintado?, y ríe. Pero no llega a rozarme. ¿Qué puedo hacer? (...)

Me he tomado de descanso la jornada. Necesito pensar mejor lo que quiero plasmar en ese salón que va a ser tan visitado y compartido por gentes diferentes. He solicitado no tener injerencias de ningún tipo. Sé que puedo suscitar las iras de quien me asedia caprichosamente. He paseado y he estado un buen rato entre las higueras contemplando los distintos planos del horizonte. Al pasar junto al cultivo de azafrán todas me miraban, Pero ella, de otro modo. Más altiva, más segura (...)  




(Fresco de la casa llamada Xeste 3, en Akrotiri, Santorini. Civilización minoica)

lunes, 21 de marzo de 2022

1924. K. Kollwitz y su grito en una entrevista ficticia (Serie negra, 81)

 



Periodista Hans W. Señora Kollwitz, ¿volvería a empuñar el grito de Nunca más la guerra?

K. Kollwitz. Sin duda. Si de algo estoy arrepentida es de no haber hecho este llamamiento antes de iniciarse el conflicto de consecuencias tan trágicas.

Periodista Hans W. Usted perdió un hijo.

K. Kollwitz. Que fue tanto como perder una parte de mi vida. No solamente porque fuera hijo sino porque una parte de mí, del pensamiento y las ilusiones a los que me había aferrado hasta entonces, se venía abajo. Todos perdimos en mayor o menor medida.

Periodista Hans W. ¿Se arrepiente de no haber tenido más claridad antes de apoyar la guerra?

K. Kollwitz. Me arrepiento de no haber hallado a tiempo la luz, sí, de haberme dejado arrastrar por los cantos de sirenas, de no haber sido más incisiva y exigente con los míos para haberme opuesto cuando debía a la barbarie.

Periodista Hans W. Pero usted ha corregido su propio rumbo personal. Sabe en quién no debe confiar. Y ahora arriesga en apostar por aquellos que no quieren que se vuelva a repetir no solo una guerra sino las condiciones que la propician.

K. Kollwitz. Vivimos tiempos más oscuros que los de antes de la aventura que causó tantas muertes y ha dejado al país maltrecho, entregado al infortunio y a las voces más falsarias.

Periodista Hans K. ¿Teme que se repita la barbarie?

K. Kollwitz. La historia es siempre una historia encadenada. Una condena. Hay guerras con victoriosos y perdedores pero siempre queda abierto un futuro de revanchas. Temo que ciertas clases y poderes vayan fraguando un desquite en el que los primeros perjudicados seremos los que disintamos. Si fuera así volveríamos a sentir análogas atrocidades y seremos convertidos en enemigos de nuestros propios paisanos.

Periodista Hans K. La guerra ¿es inevitablemente algo recurrente, si no frecuente?

K. Kollwitz. No ha dejado de serlo nunca. De hecho es la paz lo que resulta excepcional.

Periodista Hans W. Sus grabados y sus esculturas, ¿los considera un arma, una protesta o simplemente una disidencia? 

K. Kollwitz. Ante todo los tengo por expresión propia. Debo manifestar lo que me inquieta, lo que me disgusta, lo que me resulta insoportable. Y en la coyuntura actual del país me genera ansiedad y hastío todo. Tengo que expresar con mis manos lo que ven mis ojos, que es un paisaje humano bastante negro.

Periodista Hans W. ¿Cabe en este mundo la esperanza?

K. Kollwitz. La esperanza, ¿y qué es la esperanza? No veo que sea ningún don del cielo ni tampoco algo tangible. Las sociedades se reclaman de esa palabra, pero a su vez miran para otro lado. Si las gentes no se apartan de los embaucadores, que una y otra vez llaman a armarse y a enfrentarse, negándoles su respaldo, ¿qué cabe esperar? 



(Cartel de Käthe Kollwitz: Nie wieder krieg. Nunca más la guerra. Año 1924)  


miércoles, 16 de marzo de 2022

Mi suicida accidental (Serie negra, 80)

 


No lo hubiera imaginado. Varias horas después de haber estado con ella se presentó la policía en mi casa y me interrogó. A qué hora la dejé, cómo era su estado de ánimo, si tuvo confidencias conmigo, si hubo presiones por mi parte, desde cuándo la conocía. Los inspectores debían tener muy claro que había sido decisión propia, pero, no obstante, el protocolo es el protocolo y todo el mundo es sospechoso mientras no se advierta que no lo es. Estuvieron correctos y entendieron que mi nerviosismo momentáneo estaba causado por la sorpresa del incidente. Para el forense y el juez no había dudas, pero nosotros tenemos que aportar nuestro informe, entiéndalo, dijeron. La próxima vez que busque un encuentro nocturno hágalo con una persona cuerda. Si no hubiera estado claro podría estar metido usted en un buen follón, se despidieron. A mí me dolió que ambos funcionarios calificaran a la mujer del bar de loca. No estaba loca, les dije en la puerta, rescatando el respeto por una mujer que se merecía mi cariño de un par de horas. Me miraron con gesto despectivo. Llámelo depresión, dijeron, o mente retorcida, que de todo hay. 

Di un portazo y recordé con dolor a Eve. ¿Has escuchado lo que piensan de ti esos tipos? Para ellos alguien que se quita la vida es un enajenado que no merece ya mayor consideración. Con esa taxativa opinión tú me dirás qué interés pueden tener por investigar. Y encima gracias que no me he visto inmerso en un lío. Te cuidaste de no involucrarme ni indirectamente, aunque ignoro qué pista o lengua larga les condujo hasta mí. Supongo que en el vecindario crecen los chivatos incluso para informar de lo más inocuo. No voy a negarte, Eve, que me he quedado bloqueado al saber lo ocurrido. Me culpabilizo, siquiera por instinto. Sabía algo de tus desánimos y desazones. De un lado al otro de la barra me habías dado a entender en varias ocasiones que te costaba vivir. Pero, ¿quién no pasa una mala racha y se deja atrapar por las sombras?, me decía a mí mismo. 

Sin embargo, ayer por la noche, cuando cerraste el bar -no te vayas, espera que recojo la caja y echo la persiana, sujeta estas cervezas-, tras sugerir abiertamente que te apetecía enredarte un rato conmigo te percibí animada y diferente. ¿Me buscaste porque este hombre al que hiciste vibrar te interesaba o porque me tenías fácil? La atracción puede tener tantos caminos, aunque siempre conduzcan al mismo fin. Reconozco que tampoco me había esforzado antes en coquetear contigo. O que si lo intenté no recibí signos nítidos por tu parte. Debo ser mal traductor de los lenguajes afectivos. Creo que si supiera ahora que te había seducido de verdad me dolería mucho más tu brutal desaparición. Sería como hacerme reconocer que no había hecho antes nada por ti. 

Tu propuesta de ir a mi casa, ¿fue un impulso o algo premeditado? Cierto que no quisiste hablar demasiado. Si se hace el amor hay que estar en ello y las palabras sobran, dijiste, salvo las palabras que sean también crudamente amor. Ahora me da en pensar que tu sugerencia fue parte del ritual que conduce al sacrificio. Beber y desatar la pasión de los sentidos son adicciones. ¿Me tomaste a mí como si tomaras coñac, por ejemplo? ¿Te pedías a ti misma intentar el rescate a través de un testigo ocasional? Déjame ser una bestia contigo, me provocaste. Diciéndolo de esa manera me fue imposible ceder a tus impulsos, pero también hiciste saltar los míos. El animal que pedías que fuese a mi vez desplegó los mimos más inesperados. ¿No sirvieron para nada? Si yo te miraba, tú no te dejabas mirar. Si me detenía a contemplar la tersura de tu cuerpo, te retorcías. Si mi boca expelía palabras sentidas, tú me la cerrabas. Tanta agitación y desenvoltura por tu parte desplazaba confidencias y ahuyentaba cariños. Pero te aferrabas tan intensamente a mi cuerpo, me apretabas hasta golpear mis entrañas, bebías tanto del sudor de ambos que entendí que esa era la descripción del amor que tú deseabas para probarte a ti misma. Podría morirme aquí mismo y de esta manera, dijiste mientras conducías mis manos a tu cuello. Sería la solución. Te miré no sé si divertido o aterrado. Mis dedos buscaban escapar de aquella posición embarazosa, pero tú los hacías crujir y yo sentía tus ganglios quebradizos que resbalaban oscilantes y frágiles.  

Si hoy vivieses, Eve, yo estaría urgido de ir a buscarte, para repetir, para empezar, para romper esta especie de afasia interior que ambos veníamos padeciendo, aunque también superando en nuestros pequeños coloquios. Pero no estás y aún mi cuerpo se estremece con el recuerdo del tuyo, y me siento desgarrado, abandonado a una incierta fortuna. Tú me dirías: vives, no es poco. Y yo repetiría como otras veces: vivir no es solo un acto pasivo, de dejarte llevar. Es también una opción que elegimos día a día. ¿Por qué no utilicé ese modesto argumento para convencerte?   




(Fotografía de Eve Arnold, agencia Magnum)

domingo, 13 de marzo de 2022

La escalera fatídica (Serie negra, 79)

 



"Todas las almas de la gente que amo

están entre las estrellas: afortunada, al fin,

ya a nadie puedo perder, y sí puedo llorar.

El aire invita a repetir canciones".


Anna Ajmátova, 1944.  


Yuri Smolenko no había dejado de ser niño cuando vio por primera vez la película de la escalera. Aunque no había voces, porque aún no se había inventado el cine sonoro, toda la película le hablaba. Sobre todo la escena de la extensa escalinata en que los esbirros del zar cargaban contra la población, bayonetas en ristre y a tiro limpio. 

Yuri Smolenko no logró recordar jamás si había llorado, aunque sí que había sentido una indignación muy profunda. ¿Eso pasó de verdad?, preguntaba a sus padres cada vez que recordaban el filme. Eso y mucho más, le contestaban. El tío de Yuri, Gregori, que había prosperado como comisionista para el gobierno local, daba su versión. Hechos como el de la escalera, Yuri, por más terribles que hayan sido, han tenido lugar siempre en la historia de nuestro inmenso país, le decía. Yuri, que iba teniendo capacidad de razonamiento le preguntaba entonces: ¿quieres decir que estamos condenados a que se repitan esta clase de acontecimientos violentos? Yo no he dicho eso, saltaba de inmediato su tío, asustado por si una mala interpretación de Yuri pudiera ponerle en evidencia algún día ante las autoridades, aunque estas no fuesen aquellas que dirigían el país que se reflejaba en la película. Yuri Smolenko gustaba de mantener el pulso con los mayores. Pues a mí me ha contado un compañero de la escuela que si hay gente que no está de acuerdo con lo que ordenan los jefes también sufren las consecuencias, aunque no sea sobre una escalera sino enviándola a territorios lejanos. En este curso ha habido casos en que de repente ha dejado de asistir algún niño porque ha tenido que desplazarse obligatoriamente con sus padres a otras zonas de nuestra amada nación. En ese momento su tío trataba de apaciguar lo que consideraba inquietud en Yuri. Habladurías, se irían porque querrían. Pero Yuri no era propenso a rendirse. ¿Tú crees, tío, que a nosotros nos podría ocurrir algo parecido a lo de la escalera algún día? ¿O que tengamos que dejar porque sí la ciudad de toda la vida? El tío de Yuri Smolenko no sabía cómo cortar aquella conversación que se iba convirtiendo en una espiral de difícil marcha atrás. Buscó una solución salomónica que tranquilizara a Yuri. Nuestros gobernantes nos protegen y evitarán que nadie, ni de fuera ni de dentro, pueda hacernos daño, así que quédate tranquilo. Y, aunque a nosotros nos protegiesen, ¿podrían perjudicar a otras personas inocentes?, insistió Yuri. Su tío optó por un viejo método, culpar al cine. Creo, Yuri, que la película de la escalera te ha afectado más que la realidad. Yo que tú no creería demasiado a los peliculeros, aunque fuesen de los nuestros, que hacen lo posible por el desarrollo del arte y para divulgar el progreso alcanzado. Además, apostilló, quienes conducen sabiamente nuestro país no podrían hacer jamás daño a nadie. Va en contra de sus principios. Además hemos aprendido la lección del sacrificio, que es el mejor precio para garantizar la paz. Yuri no acabó de entenderlo, pero aceptó como valioso el aplomo del hombre.

A Yuri Smolenko siempre le ha gustado recordar aquellas charlas con su tío, del que unos años después no se supo más cuando fue trasladado a una remota zona más allá de la cadena montañosa de los Urales. Yuri Smolenko se entristece un poco recordando la película de la escalera pero exhibe con orgullo sus estrellas en el uniforme.




(Fotograma de El acorazado Potemkin, de Serguéi Eisenstein, 1925) 

jueves, 10 de marzo de 2022

El rostro de la pena misma (Serie negra, 78)

 


Alguien ha comentado al verla allí parada: si a esa mujer se le separa simétricamente una parte de la cara de la otra parte se verían acaso dos mujeres diferentes. 

Pero un rostro es un ente único donde los órganos que lo configuran dan paso a la expresión. Sí, un ente, condicionado pero con categoría ontológica, y que me perdonen los metafísicos si incursiono incorrectamente en su territorio nebuloso. La vida, mutante e intrascendente, está ahí. Las facciones se entregan a los sentimientos. Los gestos ceden a las emociones. La cara de la mujer, que incita a ser contemplada con una desgarradora lentitud, es la de la pena misma que se desliza casi imperceptible, impotente, atroz. 

Cuanto la perturba se precipita sin ocultación alguna. No es el rostro de ninguna escena épica. No hay detrás otra defensora más que la mujer que trata de mantener a salvo la propia vida. Es un rostro de tránsito, donde la conciencia de la pérdida va despertando contenidamente. Se advierte que sus vísceras están implosionando. De un momento a otro un lado de la cara tomará la iniciativa de arrastrar al otro lado hacia el agujero donde ella se verá perdida. Carente de casa, expulsada de la ciudad, separada de una familia, privada del esposo. 

Alguien ha dicho algo más: tal vez el embrión que se desarrolla dentro de ella le dé cierta esperanza. Sin embargo y de momento pensar en ese hijo futuro la acongoja más. Un más allá incierto, peligroso, acaso de abandono y, sin duda, de riesgo. 

El semblante del miedo ocupa todo el semblante de la mujer que parte no sabe a dónde. Qué tendrán las guerras que la mirada de los humanos se vuelve ausente. Abstraída hacia afuera pero reconcentrada interiormente por un elemento llamado angustia. No hay en la mujer que se dispone a escapar afectación fingida de ningún tipo, ni máscara, ni pose de circunstancias. Las circunstancias se han impuesto y la laceran profundamente. Lo que da o quita vida a su rostro juega a los dados con ella. Solo tiene ante sí la huida de la ciudad cercada como verdad lamentable e indiscutible.


(Fotografía tomada de The Guardian)

lunes, 7 de marzo de 2022

Mujeres anónimas y del pasado (Serie negra, 77)

 


Cuando la tarde languidece renacen las sombras. Sonaba a todas horas la canción de moda en aquellas tardes tórridas. No sé si interpretada por Lucho Gatica o Los Panchos. Ni me acuerdo ahora ni creo que lo supiera entonces. Y en la quietud los cafetales vuelven a sentir. Pero ellas, las tres, pobres, aguantando el tirón, el compás del bolero haciéndolas más llevadera la jornada. Aquella y otras canciones de moda acompañaban sus horas de esfuerzo donde iban dejando la vida. Una triste canción de amor de la vieja molienda. Ellas sin levantar cabeza, de sol a sol, dándole a la máquina de coser y a la plancha, a los pespuntes, a los dobladillos. Aguantando las exigencias del sastre que les pasaba tarea. Sudando la gota gorda. Preocupadas por los hijos que aún tenían que salir para adelante o bien curadas de espanto de los que habían perdido. Que en el letargo de la noche parece gemir. La más anciana, ya con su cuota de demencia senil, reducida a la mínima expresión tras años de madrugones seculares para ordeñar las ovejas y hacer queso. Las otras, una viuda con hijos pequeños y otra soltera, de la que me contaron una vez que se había entendido con un mozo que fue asesinado por los falangistas. Luego entró en barrena de una enfermedad que le dejó postrada años. Un mal sin saber por qué, y es que en aquel tiempo la gente padecía o se moría no solo sin cura sino sin saber qué le pasaba. Los diagnósticos eran escasos, los tratamientos mínimos. Al final, la naturaleza o tiraba para adelante o hundía a la gente. Una pena de amor, una tristeza. Ellas allí, en aquella galería que les propiciaba la luz para ejecutar el oficio, tratando de no perder la vista antes de tiempo, inclinando sus cuerpos hacia la deformidad. ¿Quién se acuerda de las pantaloneras? Un trabajo como tantos que abundaban en la España gris y necesitada hasta la extenuación y todavía con aroma a sangre enterrada, por el que recibían una retribución modesta. Trabajo a destajo, se decía. Lleva el zambo Manuel y en su amargura. Allí las tres, sus vidas alteradas tras la guerra civil, de golpe cambiando campo por ciudad para no perecer. Allí las tres, cuando la radio era la conexión con el mundo, porque más allá de los límites de la patria cercenada había mundo. Todas con vestido oscuro, con votos a algún santo, con sufrimientos contenidos, con duelos olvidados. Pasa incansable la noche moliendo café. Estas son para mí algunas de las mujeres anónimas y valerosas de mi infancia, cuando aún no había despegado el eco de la mujer publicitada. Las tres y muchas más. Mujeres pendientes de ganarse el pan (qué maravillosa y olvidada expresión), midiendo los reducidos gastos, ahítas de silencios, encogidas en sus preocupaciones, desplazadas por unos tiempos que no les iban a devolver los pasados. 



viernes, 4 de marzo de 2022

El hombre en la noche de Heráclito

 




el hombre en la noche



En las horas inciertas, en que nos vemos sumergidos en oscuros designios, qué estimulante es reflexionar sobre textos de los filósofos clásicos. Propongo uno de los fragmentos de Heráclito de Éfeso. 

"Un hombre prende una luz en la noche cuando su vista se apaga; vivo, palpa la muerte mientras duerme; despierto, entra en contacto con el durmiente".

(Fragmento LIX de Fragmentos e interpretaciones de Heráclito recogidos por José Luis Gallero y Carlos Eugenio López)

El sabio Emilio Lledó lo traduce así: "El hombre, en la noche, enciende una luz para sí mismo; en el sueño alcanza a los muertos; en la vigilia, a los que duermen".

Ahora os invito a pasar por un blog recóndito que enciende una luz para sí mismo. 


https://elhombreenlanochesilenciosa.blogspot.com/



(Imagen de principio: Fragmento del cuadro Demócrito y Heráclito, de Pedro Pablo Rubens, en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid / Imagen posterior de El hombre en la noche: escultura de Bernardí Roig)


miércoles, 2 de marzo de 2022

Viktoria y Fedor: nacer y sobrevivir en el refugio antibombas

 


Viktoria parió a Fedor el viernes pasado en el subterráneo de un hospital de Kiev. La naturaleza sigue su curso a pesar de las bombas. Algún día Viktoria le contará a Fedor el episodio, que ya desde ahora para la familia es toda una narración que se irá transmitiendo. Pero un hecho de esta clase nos demuestra una vez más que la literatura no inventa nada. Se lo da hecho la propia realidad de la vida. El misterio de la imaginación también nace con las circunstancias.


https://www.theguardian.com/world/2022/mar/02/giving-birth-in-a-bunker-in-kyiv-new-ukrainian



martes, 1 de marzo de 2022

Marzo: abrevia tu intención y pasa de rondón

 



Hacía tiempo que Marzo no se ofrecía, así de entrada, con un rostro tan trágico. El nombre Marzo viene de Dies Martis, según Joan Corominas en su Diccionario etimológico de la lengua castellana. 

Marte, adaptación romana de Ares, el Dios de la Guerra de los griegos. Entre el antiguo calendario tradicional de las labores del campo y el de los tiempos modernos en que Marzo es un mes más, pero no cualquiera, que va a depararnos el equinoccio, es decir, la primavera, este 2022 se ha colado con su rostro más extremo y peligroso. Como queriendo honrar a la verdadera encarnación de aquel dios antiguo, se presenta con la reciente invasión rusa de un país, Ucrania, y desatando por lo tanto la guerra cruel y pavorosa.

La situación puede tirar abajo un refrán típico: Marzo ventoso y abril lluvioso, sacan a mayo hermoso, que cita Gonzalo Correas (1627) O al menos desplazar el pensamiento empírico al uso. No sé si la situación climática se llevará a efecto literalmente, pero como metáfora arde. 

Los vientos agresivos han llegado en vísperas y no se puede saber lo que durarán. Tal vez no haya ni mayo ni junio ni demás meses hermosos, a tenor de la furia desatada por quien quiere recuperar viejos territorios de los zares. O acaso la medida prevista por el agresor dé un paso atrás. Sospecho que ni las oraciones al dios monoteísta sirvan para detener la barbarie. ¿Será un pulso entre dioses? Pero las víctimas, como siempre, son los mortales. Pero las consecuencias no son para el Olimpo ni para el Cielo, sino para la Humanidad en sus diversos territorios implicados. Pero la dimensión de una guerra desmesurada y letal, en que las potencias disponen de los armamentos más mortíferos que los hombres hayan jamás desarrollado, despliega sus alas como el maldito ángel exterminador que acaso no salve a nadie.

Imploro una solución pacífica cuanto antes con un refrán de mi invención: Marzo, abrevia tu intención y pasa de rondón.





(Representación escultórica de Marzo, obra de Benedetto Antelami o del Maestro de los meses, en el baptisterio de la Catedral de Parma. Finales del siglo XII)


sábado, 26 de febrero de 2022

La mascarada de Giacomo (Serie negra, 76)

 



Es probable que la vida no sea siempre un carnaval, pero tiene mucho de mascarada. Giacomo se lo dijo con desgana a la solícita y conventual hermana. ¿Incluso el amor, Giacomo?, y ella sonrió con agudeza irónica. Sin duda, querida mía. Tal vez esa sea la mayor mascarada de todas, pues a través de él tratamos de ocultar todas nuestras personalidades a nosotros mismos. Pero eso es práctico, dijo la mujer bendita mientras dibujaba cruces ora con su uña ora con los labios sobre el pecho velloso del otro. ¿Algo así como una personalidad propicia para conjurar todas las demás? Giacomo, que no deja de activar su pensamiento ni quiera cuando recibe ternuras, discurre a su modo. En cuanto que es algo que no se sabe muy bien qué es y que puede amoldarse a la idea que cada uno se haga del mismo, el amor resulta uno de los disfraces más eficientes para la vida ordinaria. Digo disfraz pero no digo engaño, pues engaño denota intención mientras que un revestimiento ocasional es un mero juego de adecuación a las circunstancias. La mujer entregada a sus votos celestiales no es ajena a la vida terrenal y dispone de un sabio criterio. Siempre me ha parecido que disfrazarse por unos días festivos no tiene mayor mérito, entre otras razones porque todos saben de qué va disfrazado cada cual. Y aunque todo el mundo se esfuerce por engalanarse con trajes caros y fastuosos o aparentar que pertenece a la clase social que el resto del año le está negada u opte por transformarse en la perfecta imagen del sexo opuesto, algo que, por cierto, muchos lo hacen con un realismo y deleite gratificante, no es nada en comparación con el virtuosismo del día a día en que la cara descubierta y el porte ya sugieren de por sí el verdadero embozo que encubre su alma. Giacomo asiente y se admira del razonamiento. Hermana de mi devoción, siempre me ha parecido usted de una perspicacia preñada de conocimiento sobre el bien y el mal de la humanidad. Y tú, el sempiterno hombre solitario y avezado que se busca a sí mismo en la experimentación del placer, aunque nunca llegues a encontrarte, le define la monja. Giacomo la corrige en un gesto manso de caridad. No crea, soy en tanto en cuanto lo intento. No persigo la mera obtención de los placeres que el azar puede poner en mi camino, sino que elijo. El prójimo me subyuga siendo como es, pero no deseo cambiarlo ni cargar con ningún afán de salvación. Ella, estimulada por el discurso compartido, se siente también liberada de la máscara cotidiana. Yo, en cambio, le confiesa, soy más metafísica, sin que renuncie al interés inmediato por la materia que tu cuerpo ofrece al mío.  




(Fotograma del filme Casanova, de Federico Fellini)

miércoles, 23 de febrero de 2022

La caída (Serie negra, 75)

 


Perdida en sus sueños, no distinguía cuánto había de sombra y cuánto de claridad en aquel paisaje desolado donde se precipitaba en caída libre. Sueño, ponme a salvo, suplicaba. Sueño, despiértame en el pasado cuando todo era diáfano, era su plegaria. Sueño, envuélveme en el placentero lago amniótico, clamaba con desmesurada ansiedad. Sueño, hazme vivir el tiempo sin tiempo del ámbar, se resignaba.

Pero el sueño la ignoraba y en su caída ella medía cada estrato de lo vivido. 

La profundidad da la medida de lo experimentado. Bajar a lo más subterráneo es consolidar el edificio vital. Míralo por ese lado, le decía ese íntimo que había supuesto para ella toda la escala del afecto, con altibajos y desigualdades. El íntimo era un superviviente, no solo de los de la edad compartida sino también de las vivencias cambiantes. Tú no caes al vacío, la decía. Tú aseguras la cimentación de la mujer viva. Ella, escéptica, reía. Mira a lo que he llegado, desvelaba. El íntimo la consolaba: mientras yo esté resistirás. Y cuando no esté, tu resistencia será más fuerte, porque las referencias solo anidarán dentro de ti.

La mujer se dejaba mecer por la solana y contemplaba el deslizar agitado de las lagartijas.

Vivir hibernando no es vivir para un ser humano, hizo la confidencia a su psiquiatra. Pero tú necesitas hacerlo durante un tiempo, le aconsejó el profesional del libro y la receta. Es curativo. Ella expresó sus dudas. Si desaparezco de la vida habitual seré un saurio. Mujer, pero saurio. Y necesito la calidez de otras manos, el aliento de otra boca, la liquidez de otro sexo, la palabra que no se detenga pero que tampoco se precipite. Y si algo desearía no perder, ante la privación de todo lo anterior, sería la soledad compartida. Por eso he bajado hasta donde puedo llegar, aunque sé que debajo hay todavía espacios más sumergidos donde no se oye y por lo tanto no se siente. A los que no llegaré.

Embarrada en el cieno del último estrato la mujer tuvo lástima de sí misma. Cuánto frío. Pero cuánta satisfacción por sentir la vida viva.

¿Caeré todavía más?, tuvo un presentimiento, y preguntó al sueño. Pero el sueño no responde siempre. Solo derriba y deja que cada habitante suyo se las entienda. La única salvación es el tiempo acumulado por un cuerpo.

 



(Fotografía de William Mortensen)

domingo, 20 de febrero de 2022

Mimos, consuelos y carantoñas (Serie negra, 74)

 


Oh, mi bebé, mi meloso y abrasador bebé. ¿Quién te va a dar a ti más calor? ¿Quién sabrá mejor que yo corresponder a tus impulsos de niño revoltoso? ¿Por qué beber de otro manantial donde no sabes si apenas puede salir un hilillo de agua? Y aunque manara más abundante de esa fuente que dices fresca, ¿sabrías aceptarla y saciarte como con la mía? Que esa otra que te persigue día tras día sea más joven no te garantiza que vaya a satisfacerte. Te conozco. Te gusta probar, pero ¿para sacar algo de otra mujer o para demostrarla que eres el hombre vigoroso que te crees ser? Dices que amar es indagar. Que entregarte a la pasión es medir tus propias capacidades. Insistes que en cada aventura nueva tú también ers alguien nuevo que antes se desconocía. Y que eso es bueno también para mí. Conclusión a la que llegas tú por tu cuenta. Deberías saber de sobra que si tanto vales es porque yo te he hecho valer. Pero algún día no muy lejano tu merma te marcará, la flacidez te volverá inhábil, la diferencia de edad con ella hará que no te entiendas. Porque cada uno de nosotros pertenecemos a un mundo distinto y complejo que trae el tiempo, y estar en el que viene detrás y que apenas conocemos es arriesgado. Por supuesto que tienes aún cuerda y curiosidad, pero ¿no te preocupa perderte en tus posibilidades y acabar siendo un tipo patético? Ahora todo son cantos de esa imagen que divinizas. Su piel es lisa, su rostro lozano, su cuerpo emergente, su sonrisa se halla desprovista de ocultación, su conversación es amable y madura, su actitud tan positiva...Cuánta loa haces de ella. Ella que aún no sabe apenas lo que es vivir y qué pronto se destrozan nuestras purezas, si es que alguna vez las tuvimos. Yo admito que me digas todo esto, porque creo que asumir tu desahogo es parte de la consideración en que te tengo. Pero cuidado, no te sublimes en exceso a ti mismo, no eres un adolescente. ¿O piensas que no te has ajado como yo? ¿No existe para ti la mirada al espejo? ¿No te preocupa el desaliño que ofreces últimamente? Tu ropa anticuada, los andares pesados, tu espalda encogida, la respiración más forzada, la pérdida de pelo, esos discursos obsoletos que te he escuchado con piedad mil veces...No me lo tomes a mal, no te lo reprocho, representas la vertiginosa decadencia de la que no nos libramos nadie. Mas, ¿solamente porque una jovencita, ve a saber con que ilusión mental que se ha elaborado, aunque no de modo inocente, te considere digno de ponerse a los pies de tu limitada sabiduría sobre la vida, crees que actualizas al latente e ingenuo conquistador que siempre habitó en ti? Deberás aprender conmigo o contra mí a superar el precio de la mortificación de la carne en su decrepitud. Porque, oh, tesoro, tu avaricia y la falsificación de ti mismo pueden perderte.




(Fotografía de Anders Petersen)

jueves, 17 de febrero de 2022

No te acerques a la pianista (Serie negra, 73)

 



Siempre he tenido precaución para no hacerme amante de ninguna pianista. La contextura delicada que ofrece la imagen de algunas de ellas me ha inducido a sujetar la tentación. También me retraigo cuando las observo tan concentradas y ausentes. Y qué decir de sus repentinas fugas, como si fuesen reclamadas de pronto por alguna inspiración tonal. O quién sabe si solicitadas por un lejano compositor cuya pasión leen en sus partituras. Me frena incluso el proceder de unos labios que susurran a veces notas, si no arpegios, en lugar de las palabras lógicas a emplear en un diálogo. Pero lo que más me ha impactado siempre, y supone para mí un obstáculo, es la aparente fragilidad de sus dedos. Sobre todo el pavor que me invade imaginando que un simple ejercicio de tacto sobre ellos pueda causar daño. 

En realidad todas estas deducciones obsesivas me vienen desde aquella relación, si puede llamarse así, con una avezada alumna de piano. Ella gustaba de mi cercanía pero a su vez trazaba habitualmente una línea que no debía sobrepasar. Tienes que venir a mi terreno, no ir yo al tuyo, decía apresurándose a dejar claro que era ella la que iba a imponer las normas. Me enseñó a apreciar su cuerpo, en una época de mi vida que ansiaba poseerlo, sugiriéndome que lo tratara con reverencia. Tócame con la mirada, me proponía para mayor desconcierto. Y aunque aquel método me causaba desasosiego y ansiedad, yo cedía y la gratificaba visualizando cada espacio y en cada movimiento. Describe con palabras sugerentes cuanto percibas de mi cuerpo, era otra de sus sugerencias, y aquel mandato desataba en mí una sintaxis oral fluida e imaginativa. Acaríciame como si sintieras en tus manos el cristal de Murano, me decía. Yo, que en mi vida había rozado ni sabía qué era el cristal de Murano, imaginaba la propiedad fría del vidrio, mientras quedaba confundido por el calor que desalojaba el cuerpo estilizado y menudo de la joven. No sé en qué momento cometí la imprudencia de tomar la iniciativa, disponiéndome a besar sus manos. No, saltó taxativa. No puedes besar los dedos de una pianista, no te pertenecen, ni siquiera son del todo míos. Mis dedos deben permanecer fieles a otro amor. 

Aquella relación etérea y temerosa, que entonces me pareció un fracaso, a la larga fue de agradecer. Todavía considero tal aprendizaje fugaz un incentivo para la cotidianidad amorosa del presente. Pero jamás he vuelto a acercarme a una pianista para proponerla nada que no esté vinculado a la interpretación musical. 



(Imagen de Isabelle Huppert, no sé si en el filme La pianista)

lunes, 14 de febrero de 2022

Emulando a Juan de Mairena o Juan de Mairena bis (Serie negra, 72)

 





- Don Juan, le veo muy fatigado esta tibia mañana de febrero. ¿Ha caminado ya usted mucho?, le pregunta a mi maestro el vecino del entresuelo. 

El maestro Mairena, mirando a su interlocutor con ojos cansados, le responde cortésmente: 

- Como de ordinario he madrugado, aunque aún tengo pendiente mi caminata de piernas. Pero sí, le reconozco que durante las últimas horas he paseado mucho por el pasado, me ha costado en exceso subir la cuesta del presente y temo el abrupto camino que me puede deparar el porvenir. Todo ese ejercicio en un febrerillo enloquecido, ya sabe usted, estimado vecino, puede ser francamente agotador. Y uno no está a estas alturas para muchos trotes. 

No es que mi maestro sea críptico, sino que a veces nosotros no somos capaces de interpretar sus pensamientos y menos sus expresiones irónicas. ¿Habrá que esperar a ser viejos para comprenderlas? Pues aviados estamos si seguimos sin aprender nada.




(Fotografía de Ramón Masats)

sábado, 12 de febrero de 2022

La evanescencia de la mutilación (Serie negra, 71)

 





Qué fuerza expresiva puede tener una escultura clásica griega que incluso demediada, sin cabeza ni extremidades, erosionada por la incuria a la que le ha sometido el tiempo, la barbarie y el suelo, podemos percibir un cuerpo vivo. 

El posicionamiento del cuerpo nos invita por un momento a imaginar aquella diosa revestida del poder guerrero, sujetando con una mano una lanza, apoyando la otra mano en un escudo, protegiendo su testa con el yelmo. Ademán seguro, confianza latente, mirada altiva sobre los mortales.

Pero esta Atenea aun siendo ella es otra. Todo cambió con la pérdida. En este cuerpo mutilado los pliegues del peplo hablan por sí solos y cobran otra existencia. Lleva a la figura a trascender el mito y a domesticar significados.

De un templo antiguo y desaparecido ha pasado a habitar el hogar íntimo y presente de cada uno de nosotros. Nuestro interior se abre. Cualquiera podemos ser un santuario suyo. Nosotros la tomamos en activa advocación y ella se deja acoger.

Desgranamos la huella del cincel en la vertical y turbadora postura de la diosa y ella nos enseña a leer en la piedra. Algunos quedamos atrapados en esa lectura larga. Lenguaje de las formas y palabra de lo oculto.

La piedra transformada en carne siempre nos perturba. ¿Será porque nos representa en lo que somos, en lo que fuimos o en lo que nos hubiera gustado ser?

Desprovista de sus atributos por la mutilación la escultura de la divinidad nos ofrece otro significado. Que es tanto como otras vidas. No es la bélica, es la pacífica. No es solo la sabia, es la promotora del conocimiento humano. No es la diletante, es la hacedora del arte. No evoca la mera palabra sino también el entendimiento. 

Tras su ligereza, el movimiento. Desde su movimiento, la inquietud vital. En su vitalidad, el don de la feminidad hogareña y el obsequio de la conquista pública. 

Una escultura parcial deviene más total. La antigüedad se actualiza. La estatua pierde, pero gana. La base del cuello sugiere esbeltez. Los senos rezuman turgencia madura. El vientre expresa fecundidad. Las caderas inician una danza deleitosa. Un afinado contorneo otorga valor a su eje creciente. Las estrías del vestido son venas que destilan calor. El eje de la vida que no la hace cesar.

Su propuesta de metamorfosis nos habla. Soy la que fui. Soy la que soy. Soy la que queráis que siga siendo. La he escuchado atentamente. Sintiendo como ella no nos roza la muerte. O mejor dicho, la idea que nos hacemos estúpidamente de la muerte.

Sueño que transfigurado en cíngulo abrazo tu torso y con mis manos configuro los dos hemisferios de tu cuerpo evocador y sinuoso. He tomado el puesto del artífice. Deslizo mis dedos por cada plegado, redondeando las aristas. El frunce del vestido roza mis sienes canas. Mortal como soy se acelera insolente la sangre. Solicito tu auspicio. Reclamo mi transmutación.  

Los siglos la contemplan. Perplejos asistimos al acontecer de la diosa. Madre, esposa, amante, hija, mujer. Perpetuo origen. Epifanía de la evanescencia.




(Diosa Atenea, del Museo de la Acrópolis de Atenas)


jueves, 10 de febrero de 2022

Diálogo de la vestal y las ruinas (Serie negra, 70)

 

 



La vestal se asomó al pasado. Vosotras sois lo espectral, no yo, dijo a las ruinas. Pero a nosotras se nos ve y damos testimonio de lo que fue y hubo aquí antes del deterioro, respondieron ellas. Mas ¿y tú? ¿Dónde habitas? ¿Quién te recuerda entre las civilizaciones posteriores a la nuestra? Yo no necesito reencarnarme ni permanecer visible, fui la que fui y serví a quien serví, respondió desprejuiciada la vestal. Las piedras no dan tregua. ¿De qué te sirvió ser oferente si ni siquiera fuiste libre para transmitir a las generaciones el afán de superación? ¿Qué referente de armonía has ofrecido a los hombres? Planteáis mal la cuestión, ruinas lamentables, dice ella con enojo. Yo he prevalecido y progresado a lo largo del tiempo, no sin extremas vicisitudes, y con avances y retrocesos. Soy consciente de que ni siquiera ahora tengo asegurada una meta, pero sobrevivo para hacerla posible. En cambio vuestras construcciones hoy día son testimoniales y agónicas, si bien admirables. Abrieron caminos a la inteligencia creativa de los hombres. Pero eso ya no es vida, como mucho una referencia superada. Sin embargo yo, vestal, empujo a los tiempos para que se nos reconozca e impelo a los hombres para que cambiemos el antiguo curso de la división y los enfrentamientos. Las vestales vivimos en otras dimensiones que eran imposibles de imaginar en los tiempos en que ocupamos vuestros recintos sagrados. ¿Acaso te crees tan pura? ¿Piensas que no te azuzan análogas apetencias a las del otro género?, cuestionan las ruinas. La vestal se defiende altiva y segura. Soy consciente de mis impurezas, pero muchas de ellas no se deben a mí misma por naturaleza, sino a las acciones malévolas de otros y a las circunstancias generadas interesadamente por ellos. Hay algo que a vosotras, ruinas, y a mí nos vincula. Ambas buscamos el sustrato de la vida. Perseguimos o mantenemos el sentido del origen. Reclamamos el elemento virgen que se sigue reproduciendo, más allá de la función, la forma y el destino que nos han deparado entre los humanos y la naturaleza. Perpetuamos la búsqueda: vosotras testificando con vuestra soledad, nosotras generando perspectivas. Ante aquella lógica las ruinas suavizan su opinión. Alabamos que encuentres puntos de convergencia entre tu vida y la nuestra. O entre nuestra muerte y tu vida, si lo prefieres. Y reconocemos con satisfacción que la tuya siga vivificándose, construyéndose día a día, aunque nosotras permanezcamos como un eco en el que también te debes reconocer. ¿Admites al menos que el tesoro que podemos aportar nosotras tiene como nombre Memoria? La vestal no duda. Nadie es propietario de la memoria de lo vivido, simplemente es heredero y transmisor. Al fin y al cabo yo misma ¿acaso no me proyecté más allá de las arquitecturas que en vuestro tiempo y mucho antes de vuestro tiempo fueron identificando a los humanos con la naturaleza que los acogió? Admitid que fue la necesidad lo que impulsó la arquitectura protectora de piedras y de cuerpos. Admitid que fue el mito lo que, cincelando la mente de los hombres, proporcionó imaginación para que forma y técnica plasmaran la Belleza. Ambas, ruinas y vestales, somos en cierto modo fantasmas de un pasado, pero en la medida en que el pasado levantó una y otra vez nuevos presentes pervivimos como esencia de todo tipo de expresiones que han tenido lugar y las que aún están pendientes de manifestarse. Concedo que estos son los tiempos de las ruinas por excelencia, y que vuestra presencia no es un mero hecho a mirar de paso sino que incita a nuevas generaciones a su interpretación. Pero también es el tiempo de las vestales liberadas como nunca fue antes. Si miráis en vuestro entorno, ¿no veis una pléyade de humanos de toda condición entregada a vuestro servicio y reconocimiento? Si hoy día las vestales no nos afianzáramos libres, ¿creéis que vosotras, ruinas apreciadas, ibais a tener sentido para los futuros pobladores del mundo?





(Fotografía de Ferdinando Scianna)

lunes, 7 de febrero de 2022

Soy Febrero y me he retrasado por culpa de Fackel

 



Me he retrasado solamente en el hecho de que mi imagen aparezca en esta página, porque ni Fackel ni ningún dios bendito podrían evitar que esté cuando tengo que estar. Pero eso sí, no perdono al autor del blog que se haya retrasado siete días, ¡siete!, para presentarme como mes y que además porto el estigma de ser el más corto. ¿Es un agravio comparativo o refleja la dejadez del personaje que me trae a trancas y barrancas hasta aquí? Él dice que es cosa de la sequía que padecen los de su tierra. Yo pienso que se trata de su propia sequía interior, que no se entera a veces de en qué tiempo vive, que está hecho un despistado, que en su hastío de los hombres también finge cansarse de los días y, lo peor de todo, que no me considera un mes definido. ¡Como si los demás meses no tuvieran sus más y sus menos! 

Ya sé que a lo largo de la historia de los indígenas han corrido refranes en que purgo los pecados del mundo. ¿Cómo han podido hacer de mi existencia expresiones tan crueles como aquella que dice Febrero el corto, el peor de todos? Hay algún otro que me trata más suavemente: Febrero, rato malo y rato bueno. Un poco ridículo, porque habrá gentes que tengan ratos malos en cualquier época y otros que no se apeen de su bienestar. Si se quiere, en esa misma dirección alguien se apiadó de mí y matizó: Febrero, un rato malo y otro bueno. Lo cual me hermana más con el resto de meses. Agradezco la benevolencia de quien hiciera una precisión más justa. 

Hay otro que se pasa tres pueblos, como dicen ahora. Febrerillo corto, con sus días veintiocho, si tuviera más cuatro, no quedara perro ni gato. Cualquiera diría que soy tan fatídico que pongo en riesgo la vida de mis hermanos domésticos. Que yo sepa no se me ha quejado ninguno, pero cuando agradecen mi duración abreviada me da en qué pensar. Los animales de casa no tienen ni un pelo de tontos más que los humanos que la habitan. 

Un refrán que no se acordarán ni los viejos, si es que queda alguno de los antiguos tras la penúltima peste que ha venido asolando al mundo, es el que canta: Febrero, horas al hero, horas al foguero. Ya puedo aparecer yo en la escultura del artista de Parma encarnado en el labriego que huella el terruño, que nadie recordará que hero es heredad, el terreno de una familia, y sospecho que las formas de darle al suelo han cambiado y las horas de pasar al fuego abundan más y con calor de hogar más garantizado. Y para rematar, sigue en vigor aquel que me llama con descaro Febrerillo el loco. Un poco más de respeto, señores, que uno responde como se le da a entender, guste o no a las gentes y sus quehaceres.

Me he vengado de Fackel apoderándome de su entrada y poniéndome sabidillo -tengo derecho, ¿no?-  al repetir dichos de la otrora sabiduría popular de los nativos del país. Consuélome con que aún quedan veintiún días más y no voy a revelar ahora si me manifestaré loco o cuerdo. Principalmente porque estos conceptos de locura o cordura son propios únicamente del comportamiento humano, al que en absoluto me debo. Pero ya es sabido que todo es del color del prisma a través del cual se mire la vida. Disfruten de las bondades de Febrero, que las tengo. Mas...búsquenlas.




(Representación escultórica de Febrero, obra de Benedetto Antelami o del Maestro de los meses, en el baptisterio de la Catedral de Parma. Finales del siglo XII)

sábado, 5 de febrero de 2022

Amo a mi ama, aunque mi ama a veces no me ame

 


Sé que no me toma por tonto. Pero a veces abuso de su paciencia y no duda en castigarme. Hay un pacto claro entre ella y yo. Procuro atenerme a lo acordado y ella me trata con guante de plata. Es cómoda una vida de esta clase. Mi ronroneo melodioso, las plácidas siestas de compañía, la sigilosa vigilancia de la casa, cómo respondo a su solicitud, todo ello es premiado por mi ama. Ella nunca ha dudado de mi fidelidad, ni le he dado motivos hasta ahora para dudar, pero reconozco que la tentación siempre llega desde fuera. 

Podría decirse que la otra, que tiene cierta envidia de mi ama,  me ha sobornado, es verdad. Ni los gatos nos libramos de las ofertas que nos hacen. Me avergüenzo de haber aceptado su propuesta, corriendo el riesgo de que me echen, porque ¿dónde iba yo a estar mejor que en esta casa donde como, duermo, me siento seguro y me dejo acariciar por cuantos visitantes llegan? 

Conozco a mi ama lo suficiente y presumo de saber acerca de sus íntimos secretos. Me gusta que escriba de su vida y es una lástima que no sepa leer sus pensamientos escritos, que oculta de la vista de los demás. Pero su hermana ha llegado hasta mí con cucamonas y promesas, buscando hacerme su cómplice, y yo he caído en la trampa como un estúpido y por egoísmo, chivándome de los lugares ocultos donde mi ama preserva sus tesoros manuscritos. Un error que me puede costar caro.  Y lo que sería peor: ¿dejará mi ama de amarme después de esta traición? 



Esto viene a cuenta de un relato que aparece en eh chiton

https://ehchiton.blogspot.com/2022/02/mi-gato-ingrato-y-una-mas.html



(Imagen: ukiyo-e cuyo autor desconozco)


jueves, 3 de febrero de 2022

En el desierto rojo (Serie negra, 69)



Por qué me pegó aquel bofetón cuando no le di la respuesta que ella esperaba o, mejor dicho, hubiera deseado que le diera, nunca lo interpreté como agresión. Más bien, y al bajar mi cabeza lo confirmé, se lo concedí como derecho. 

Tenía perfecto derecho a abofetearme, a echarme en cara mi indecisión, a repudiarme como hombre patético que estaba siendo. Ah, Mónica, me sentenciabas al exilio y ambos nos condenábamos a atravesar desiertos con desigual suerte aunque con la extraña sensación de que un fino pero íntimo cordón seguía sujetándonos en el vacío.

O acaso tú no. Acaso tú me expulsaste de tu conciencia para siempre. Levantaste un muro, pusiste púas, tratando de impedir siquiera un asalto más por mi parte. El muro funcionó y cada día lo levantabas un poco más. ¿Hay una pared más elevada que la ausencia?  

Qué fue de ti, qué fue de mí. De ti nada me sirve de lo que hayan podido contarme. De mí fue la paralización de los sentimientos y el apagamiento de las emociones. Y la necesidad se convirtió en tosquedad y los deseos fueron a partir de entonces abruptos y únicamente quedó a salvo la memoria. Solo en cierto modo. O más bien regenerándose sobre sí misma, como hacen muchas especies animales.

¿Sigue dormido el animal que hay dentro de mí? Quién sabe hasta qué punto a la bestia que se aletarga le quedará por delante un largo invierno. 




(Recordando a Mónica Vitti, 90 años de vida, que descansa ya para siempre)


martes, 1 de febrero de 2022

Meditaciones y postmeditaciones al azar (Marco Aurelio sugiere)

 


"Desear lo imposible es cosa de locos, y es imposible que un hombre vil no haga alguna vileza".

(Marco Aurelio. Meditación XVII)


Por desear en ocasiones lo imposible ha podido ser vil, mas también sabe que se ha hecho daño a sí mismo. Se dirá: pero aspirar a lo imposible abre campos inexplorados. Sin embargo, ¿cuántas veces no ha vuelto maltrecho de esos desiertos, cuando no abismos, a los que la falta de cordura conducen a un individuo? 


(Nota. Pruébese a abrir al azar el libro de las Meditaciones, de Marco Aurelio, también titulado Pensamientos para mí mismo. Inténtese dejarse llevar por sus sugerencias, pues unos pensamientos generan otros)  


(Máscara en bronce de Marco Aurelio)