Algunos le conocen como el pintor de Tálasa, Θάλασσα, el mar. Nada se sabe de sus orígenes pero sí que trabajó en ciudades de lo que hoy denominamos la cultura minoica. Tampoco es seguro que los fragmentos escritos que nos han llegado, cuales los de un Heráclito posterior, pero más mundano y narrativo, pertenezcan a apuntes, en diversos momentos interrumpidos, de lo que podemos nombrar nosotros como un diario de artista. No se identifique, por favor, el relato con la pintura adjunta, aunque juegue un papel de referencia. Pero, ea, dejémonos llevar por las confidencias personales del Pintor de Tálasa, que rebosan pasión por su trabajo y por los placeres de la vida.
" He sido requerido por los príncipes de esta ciudad. Tienen fama de saber disfrutar de los bienes obtenidos. Quieren que realice un gran mural que sea un canto a su manera de vivir. Alardean de no estar interesados como otros en representar las hazañas guerreras. La propuesta me ha parecido atrayente y también (...)
Acompañado por el arquitecto de los príncipes del palacio he accedido a una gran sala vacía. Paredes encaladas. Luz suficiente. Materiales de lujo en el suelo y las puertas. Una disposición arquitectónica que he elogiado y mi acompañante ha agradecido. Me ha dicho que le haga saber lo que necesito. Que se me proporcionarán medios técnicos y ayudantes. También ha insistido sobre si yo tenía una idea clara de lo solicitado. Entonces he sido un osado. Transmite al príncipe, le he respondido, que representar sus modos de vida tendría más calidad y precisión si también se relataran las costumbres de los habitantes. Se ha quedado intrigado pero no le ha parecido mal. Lo consultaré con el señor, solo él decide (...)
Imposible pegar ojo. Tengo preocupación por haber sugerido que se altere el plan original. Si lo ven como desaire puedo tener serios problemas y habría hecho un viaje largo para nada y (...)
Me ha llamado el príncipe. Has llegado precedido de una celebridad profesional de la que no estamos dispuestos a prescindir, ha dicho. No vemos mal que relaciones la vida de nuestros súbditos con nuestra propia vida. Al fin y al cabo se trata de buscar la armonía en todos sus aspectos. Empieza cuando quieras. También con el príncipe he vuelto a mostrarme atrevido. Entonces, he dicho, primero tendré que conocer cómo viven los habitantes de la isla. Incluso compartir las tareas y los entretenimientos con ellos. Solo después llevaré con acierto mi interpretación a estos muros (...)
Llevo dos días sin saber si tengo la aprobación para moverme libremente por la isla. ¿Por qué seré tan arrojado? (...)
Para mi sorpresa hoy ha venido a hablar conmigo una de las esposas del señor. Por su actitud podría decirse que tiene influencia decisiva sobre el príncipe. Ha estado primero exigente. Te hemos llamado para que los frescos exalten la magnificencia de esta corte. Yo le he respondido con la mayor cautela: si queréis que las generaciones del futuro os recuerden deben aparecer también en las paredes de vuestro palacio las mujeres y los hombres que os acompañan en la vida y os proporcionan sus frutos y os participan sus alegrías. Ella se ha manifestado contrariada. Después se ha estado interesando por mi modo de trabajar. ¿Cómo vas a representarme?, ha dicho sin ningún pudor mientras se me acercaba con cierta actitud zalamera y provocativa. Dejaré, mi señora, que elija el lugar, la vestimenta y la disposición siempre que (...)
Acompañado de un guardia he dado un paseo por los cultivos. Había tantas muchachas recogiendo la flor del azafrán. ¿Por qué mi mirada advirtió sobre todo la presencia de ella? Esa presencia que (...)
Se han despejado mis cuitas. Han sido contundentes. Aceptamos que pintes a toda la gente que desees. Hemos consultado con nuestro filósofo y consejero. Recomienda que no solo expongas escenas de trabajos sino también de placeres. No solo de las casas que habitan sino de las plazas donde se divierten y festejan las cosechas. Además el paisaje que va cayendo suavemente hacia la costa te proporcionará motivos, ya verás. Han advertido mi entusiasmo contenido. Habrá también juventud a tu disposición, han precisado. He exagerado mi agradecimiento. He tomado la senda que se desliza hacia el plateado mar (...)
Hoy han traído ante mí a dos jóvenes, mujer y hombre, para que posen como modelos, si lo considero oportuno. No he querido disentir y hemos pasado a la sala grande donde la espléndida luz ya dibuja desde el alba sobre las paredes. Ambos no salían de su asombro y me han preguntado qué tenían que hacer. Les he pedido que se pusieran de perfil, de espaldas, de frente, que ejecutasen movimientos lentos y también veloces. Que se retorcieran y que de pronto permanecieran pasivos. Se han echado a reír. Luego me han dicho si les necesitaba para algo más. Y que contase con ellos para (...)
A veces permanezco absorto largo rato ante el muro blanco. La luz refleja tonalidades diferentes, expande sombras, dibuja a su manera geometrías evanescentes, hace estallar intensidades. En ese momento me parece que sobro. Pintar es mi dedicación, mi arte, ya lo sé. Pero, ¿puede un pintor emular a la propia naturaleza? ¿Acaso (...)
Empeñado todo el día en preparar los colores y hacer las mezclas que proporcionen las texturas más adecuadas para los muros no he tenido humor para nada más. A través de la ventana he visto pasar a las recogedoras del azafrán, y me he despistado. Algo no ha ido bien en la combinación que buscaba, y he tenido que empezar de nuevo la tarea. Menos mal que aquí no reparan en gastos. La mirada de la última muchacha era la misma del otro día. Tal vez debería hablar con los señores, la luz de sus ojos son una buena inspiración, tal vez (...)
Los señores ponen objeciones. Dicen que las recogedoras no son originarias de allí, que hacen trabajo como esclavas y no representan a su pueblo. No entienden que tenga que tomar como modelo rasgos físicos diferentes u otra coloración de la piel o proporciones de cuerpos que no son como los individuos de esta isla. Me hubieran sido tan útiles, les he respondido. Lástima (...)
Hace varios días que los príncipes no se interesan por la obra que he empezado a pergeñar. Me da lo mismo (...)
La desnudez de los dos modelos que me han proporcionado se complementa. Cuando posaban ha aparecido el príncipe y me ha preguntado con cierto sarcasmo si acaso pienso representarlos de ese modo. Le he tranquilizado. Un artista necesita ver la desnudez para acercarse más al alma de las criaturas y compararlas con su apariencia. Creo que no me ha creído mucho. Artistas, artistas, siempre con excusas, ha dicho. Y se ha marchado (...)
La esclava del azafrán me mira desde el umbral. He detenido el trabajo y me he desorientado para el resto de la jornada. ¿Qué podía hacer yo? (...)
Noche de luna llena. Magnífica. Una extraña agitación me tiene insomne. He acudido a la gran sala donde poco a poco van tomando cuerpo las imágenes que salen de mis manos. De pronto la luna se ha precipitado con toda su potencia diáfana sobre el lienzo del muro aún virgen. He permanecido desconcertado. Ni siquiera soy un intermediario de su luz (...)
Al volver, avanzada la madrugada, he presentido que me seguían. A la vuelta de una esquina me han cegado unos ojos desvelados por el plenilunio. La chica del azafrán, a la que no quieren que pinte, ha salido de las sombras. Ha murmurado tenuemente en su lengua algo que no he podido entender. Pero su presencia me ha bastado. Ambos nos hemos dispersado tras un muro oscuro (...)
Mi propósito me tiene desazonado. Ella va a estar en aquel mural de la vida, guste o no a los príncipes. He de buscar la manera de que pase desapercibida, pues observarán uno a uno a cada personaje y lo que hace. Pero la ocurrencia, a la que vengo dando vueltas, puede exigirme que modifique mi estilo. Pues, ¿y si precisamente esta joven, la actitud prohibitiva del señor y la noche en que nos atravesó la luna no son sino señales de que debo evolucionar en mi arte? (...)
Vuelve a visitarme la esposa más influyente del príncipe. Su excusa es comprobar los preparativos y el avance de mis esbozos. Ha despachado a sus sirvientas y toca cuanto hay preparado para la obra. Ha dicho también a mis ayudantes que el arquitecto los reclama para darles ciertas instrucciones. Me violenta la presencia de esta mujer. Se unta los dedos de colores diferentes y se acerca peligrosamente a mi rostro. ¿Sabes aquello del pintor pintado?, y ríe. Pero no llega a rozarme. ¿Qué puedo hacer? (...)
Me he tomado de descanso la jornada. Necesito pensar mejor lo que quiero plasmar en ese salón que va a ser tan visitado y compartido por gentes diferentes. He solicitado no tener injerencias de ningún tipo. Sé que puedo suscitar las iras de quien me asedia caprichosamente. He paseado y he estado un buen rato entre las higueras contemplando los distintos planos del horizonte. Al pasar junto al cultivo de azafrán todas me miraban, Pero ella, de otro modo. Más altiva, más segura (...)
(Fresco de la casa llamada Xeste 3, en Akrotiri, Santorini. Civilización minoica)