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El escritor Edgar Lee Masters (1868-1950) es muy conocido en los Estados Unidos pero escasamente en nuestro país. Sin embargo Bartleby Editores nos proporcionó hace varios años una edición de su obra más célebre, Antología de Spoon River. Es un poemario que adquiere la forma de epitafios escritos en primera persona acerca de supuestos muertos. Cada poema lleva un nombre ficticio. A Lee Masters se le ocurrió leyendo las lápidas de las tumbas de diversos cementerios. Él mezclaba los nombres y a veces se inventaba un nombre o apellido junto a uno real. No son epitafios de una sola frase más o menos categórica. Son breves y sustanciosas descripciones de vidas. No vidas ejemplares, precisamente, ni de próceres, ni de personajes ilustres, ni de las élites del país o de provincias. Son una especie de auto reflexiones que gente común, ya fallecida, podría haber hecho sobre su existencia. Como Lee Masters no era precisamente un pacato moralista ni un conservador en ideas sociales y políticas se implica en sus poemas. Además, la experiencia profesional de ser abogado laboralista -había defendido causas de obreros sindicalistas, gente en huelga o inmigrantes- le proporcionó un bagaje amplio de penas y desdichas de la condición baja de la sociedad, digamos. Es uno de los libros elegidos por Nuccio Ordine para la selección que expone en su obra Clásicos para la vida. Una pequeña biblioteca ideal.
He elegido el mismo poema que reproduce Ordine en su libro, aunque en este aparece incompleto, y lo tomo entero de la citada edición de Bartleby. Se titula George Gray.
George Gray
He estudiado muchas veces
el mármol que me han esculpido:
un barco con velas arriadas anclado en puerto.
En verdad no expresa mi destino
sino mi vida.
Pues se me ofreció el amor y temí su desengaño:
el dolor llamó a mi puerta, pero tuve miedo;
la ambición me reclamó y me asustó el riesgo.
Anhelaba, sin embargo, darle un sentido a mi vida.
Ahora sé que debemos desplegar las velas
y encarar los vientos del destino
dondequiera que nos lleven.
Puede acabar en locura darle sentido a la vida,
pero la vida sin sentido es tortura
de la inquietud y del vago deseo...
Un barco que anhela el mar y le tiene siempre miedo.
A medida que leía el poema me venía a la mente otra poesía célebre, Ítaca, de Konstantinos Kaváfis, mucho más conocida, animosa y esperanzadora. Un compendio de buenos deseos utilizando la excusa del periplo de aquel Odiseo, y desarrollando un manual de recomendaciones para el saber vivir. Por el contrario, la lectura de la vida que se hacen varios difuntos, como este caso del imaginado George Gray, con la voz de Lee Masteers detrás, es otra cosa. Lo opuesto, lo no logrado. Autocrítica, desnudando su recorrido vital, compadeciéndose de sí mismos, advirtiendo lo poco que supieron aprovechar la existencia, los personajes extintos del poemario tienen sin embargo al final un punto de reflexión y, por lo tanto, de contrición, como si quedara de mensaje para otros vivientes que aún pueden corregir a tiempo. Que los primeros versos hablen del barco que le grabaron en la lápida, con velas recogidas y anclado al puerto, ya son en sí mismos un resumen de una vida. ¿Está la nave anclada porque ya no vive o porque nunca ha vivido satisfactoriamente cuando vivía? El poeta, desdoblándose en el tal Gray, va desgranando esencialmente su experiencia y haciendo un cómputo de lo pobre que fue para él vivir. Amor, dolor y ambición no han sido afrontados como deberían haber sido, y todo ello solo depara frustración y anulación pesonal. Que tuviera siempre presentes los anhelos por encontrar sentido demuestra que era consciente de ello, pero su incapacidad y falta de decisión y riesgo los dejaba en agua de borrajas. En las conclusiones finales, esa recapacitación conlleva también un afán de sobreponerse y de tomar la vida. Ya se lo decía Sancho a su amo Alonso Quijano cuando este se hallaba en las últimas: porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Sí, este poema de Lee Masters también tiene su moraleja y me parece un poema hermoso y estimulante.
*Fotografía de Edgar Lee Masters tomada de internet.
Un exceso de tranquilidad en el no arriesgarse puede ser mortal.
ResponderEliminarNo es aconsejable tomar en serio les reflexiones de los muertos; en el fondo intentan hacernos creer que aún siguen vivos y que han aprendido de sus errores.
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