martes, 13 de octubre de 2026

Transfiguración

 




"Aquella noche me desperté dando un alarido. Ese grito, todavía me lo pregunto hoy, ¿expresaba la peor de las angustias o un placer fulgurante?

Michel Leiris. Edad de hombre. Editorial Laetoli.



Al despertar de madrugada, tras un sueño delirante, me había convertido en sombra. Bostecé pero no percibí mi aliento. Estiré las extremidades pero no las sentí. Traté de palpar mi torso y solo hallé oquedad. Recurrí a un pensamiento lascivo mas mi sexo había languidecido. Agucé la mirada inútilmente: las tinieblas se habían apoderado de la habitación. Me esforcé entonces por elaborar una reflexión que tuviera lógica y, no obstante, una desconocida inconsistencia me lo estaba impidiendo. Y sin embargo flotaba aldededor una especie de miasma que me hablaba de mí, que se adjudicaba mi nombre, que discurría como si mi materialidad empezara a estar en otra dimensión sin haberse apartado del todo de la habitual. Empecé a sospechar que si mis percepciones habían desaparecido, si mis sensaciones no procedían de mí, si mis facultades habían menguado considerablemente o si, en fin, mi juicio prácticamente era nulo, tal vez me estaba convirtiendo en una ausencia definitiva o me estaba precipitando a esa fuga irreversible que vamos postergando con temor. El intento de emitir un grito quedó en suspiro. Un punto de lamento se guareció en una risotada contenida. Extender un brazo fue un ejercicio baldío que no alcanzaba objeto alguno. Una instintiva sugerencia pretendió que me incorporase sobre el lecho pero mi perímetro se había desdibujado, privado de la mínima energía. Entonces la vi a ella. Tomando carta de naturaleza sobre mi cuerpo inane. La vi, saliendo de su solapamiento, ocupando mi espacio, actuando en mi nombre, despidiendo aquel hábitat carnal que le había dado vida durante largos años. Te quedas sola, acerté a decir con extraordinario esfuerzo. Intuí de su parte, o acaso imaginé, una sonrisa benévola. Luego advertí un ligero calor a mi lado, aprecié el roce de una compañía, y un susurro compasivo alivió mi expiración:  nunca he sabido estar sola. Como te habrá pasado a ti.



*Fotografía de René Groebli.   

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