Cuántas veces se viste de modernidad y cuántas otras se divierte ofreciendo su desnudez. En estos diálogos sordos, aunque a veces estruendosos, se lo he dicho. El argumento me lo ha devuelto. Suele tener una actitud de desquite cuando habla a la contra. A ti también te pasa y tengo que aceptarte, ha dicho claramente. No siempre vistes para mi gusto y tampoco siempre te desnudas cuando yo quisiera. ¿Qué nos impide ponernos de acuerdo? Tal vez que nuestras vidas son disonantes, digo, si bien sospecho que como las de todo el mundo. Pero, ¿no son precisamente nuestras discordancias las que nos atraen mutuamente? El problema es que cuando pesan más las atracciones que nos asemejan no asumimos los rechazos que llevan implícitas. Los ignoramos. Cualquier manifestación mínima de repulsión, siquiera instantánea y pasajera, la consideramos una mota de polvo, una incidencia. Los roces nos parecen meros desajustes que se limarán con el conocimiento mutuo y seguimos avanzando, ávidos de nuestros deseos pero inconscientes de nuestro propio conocimiento personal. Ella calla desde la opacidad de su resistencia. Luego dice: progresamos, aunque el verbo progresar suele ser dudoso, a base de mantener una lucha interior complicada y dañina, ¿no crees? Solo hay avance verdadero si se desbroza dentro de nosotros o si se sabe ocupar el desierto en que nos sentimos huérfanos y aislados. De todo hay dentro de un individuo. Demasiada espesura que nos oculta lo que hay más allá, excesiva hojarasca, a veces hasta basureros enteros no sé si orgánicos o inorgánicos. Pero también demasiada extensión vacía que no hemos sabido poblar con lo que merece la pena. ¿Dónde el equilibrio?, preguntarás por lo tanto. Siento reseca la garganta, es lo que tienen los amaneceres. Supongo que hay un ejercicio de equilibristas, sí, la replico. Inestable, engañoso, continuamente al borde de una caída. Y sin embargo, la insisto, siempre he visto en la caída la posibilidad de retomar no solo el impulso momentáneo que me eleve sino abrir otra etapa donde sentirme más firme. Y volverá a repetirse una y mil veces la situación, no te engañes, dice. Es la constante vital, como dirían los gurús de eso que llaman alma. Por derivar el tema a algo menos riguroso la pregunto: ¿cómo quieres que me vista hoy? Mi sombra dibuja una oscura sonrisa. Preferiría sentirte desnudo, responde. Solo en ese estado sabremos llegar más el uno al otro.
*Fotografía de René Groebli.

Llegados a una edad,esto de los desnudos y luces apagadas o encendidas,mejor no tocarlo .Sale más a cuenta discutir de fútbol, ante el partido televisado.
ResponderEliminarSaludos
¿Incluso en nuestro propio interior y con nosotros mismos? Aviados estamos entonces. A mí el fútbol nunca me dio respuesta alguna.
EliminarA mi tampoco,demasiado,pero ahora si.Si hay que discutir,que no se puede evitar, mejor de fútbol delante del televisor.Te evitas hacerlo de desnudos y de que ya nada es igual.
EliminarClaro que cada uno utiliza su método propio.Pero que reine la paz