Manos y brazos. Cuerpos que se adaptan al movimiento preciso de trabajar el barro. Brazos que impulsan con fuerza las palas y baten la mezcla húmeda que ha dejado ya atrás su condición de materia prima reseca. No hay parada. Ni tampoco demora. Hay que remover la masa hasta que cuaje. No es solo arcilla. No es solo agua. El sudor fatigoso del esfuerzo unge como una sustancia más. Los hombres se mueven sin conversar ni quejarse. Hay en ellos un pulso al cansancio pero también una doble apuesta para mitigar la desesperanza. La cuadrilla coordina los ejercicios. ¿Cuántas veces han realizado la operación? ¿En cuántas ocasiones han emprendido la misma labor antes de que la violencia de los saqueadores derribara sus edificaciones anteriores? La tierra vuelve a la tierra generando otras formas, recreando volúmenes, trasformando su propio paisaje. La tierra siempre es generosa. Los otros hombres, no. Es la historia de la destrucción de las vidas. Se encarna en devastar casas, ciudades y el mismo presente. Los hombres resisten a la acometida genocida y a los bandidos respaldados por las autoridades ocupantes. Los hombres creen en la supervivencia. No les pidáis sonrisas. Aquí no existe el glamour de los hipócritas medios publicitarios de la parte del mundo en que estamos instalados confortablemente. La suya es la prueba de evitar el desaliento y no rendirse ante una de las ignominias más crueles que la Tierra ha conocido: la expulsión por la destrucción. En el encuentro entre la materia tierra y el hombre solo se invoca un verbo: reconstruir. La casa es el hombre.
(Adjunto: fotografías de palestinos reconstruyendo casas destruidas por el ejército israelí y/o por sus colonos. Tomadas del medio periodístico Al-Jazeera)










Reconstruir, con la incertidumbre de sí su obra volverá a ser destruida por el mal. Quizás la fe no mueva montañas, pero reconstruye sueños perdidos.
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