Te los regalan y los aceptas. No estás para subirte ni siquiera a una higuera, aunque tentado te quedas. Abrir el higo, pelarlo con más o menos arte, te depara una pulpa tan carnosa como dulce. Lo degustas, ¿y qué vives? Vives los recuerdos. Como un relámpago del pasado que te activa. Las papilas te producen un doble placer, el del gusto y el ejercicio de la memoria, igual de gustoso o más. Y como una catarata fluyen recuerdos. El clima de verano del barrio apartado, aún rural, de aquella ciudad del Norte. El olor de la era y su trilla. Los cierzos del amanecer; ¿o eran al caer la tarde? Las tormentas estivales con su sobrecogedor aparato. Las higueras, y otros frutales, en su punto parturiente. Y revives la agilidad de moverte entre las ramas y sentarte en ellas a dar buena cuenta del fruto. Las morreras que salían en los labios. Tu madre y tus tías te lo decían: ay, mutil, cuántos te has comido pues; verás luego la tripa. Pero tú estabas satisfecho por la hazaña. Subir a la frondosa higuera te producía tanto agrado como comer. Nunca fuiste comilón en la infancia, pero la fruta al alcance, ay, te volvía primitivo. Y evocas el crío revoltoso que eras, actitud que te incentivaba para subir a los nogales o a los manzanos o a los cerezos. A asumir los riesgos sin mayores miedos ni conciencia. Tus señas de identidad corporal entonces eran los abundantes arañazos en piernas o brazos, o los chichones ocasionales, o el corte de digestión por comer malamente a deshoras. ¿Te viene a la mente ahora aquella vez que te clavaste un clavo roñoso en el pie? Empezó a dolerte cuando un primo te lo sacó a cuajo, pero te compensaron con mimos y te repusiste sin mayores aspavientos. Tu cuerpo, quiero decir su biología, era puro. Su capacidad de supervivencia era de buena pasta celular y te hacía creer que ibas a ser, o mejor dicho, estar, así para siempre. Los higos que te han obsequiado hablan, reflexionan, estimulan el lado placentero tan necesitado en tu edad provecta. Ya me dirás si te han sabido los higos que te han dado igual de exquisitos que aquellos que tú mismo cogías. Estás en el tiempo de la comparación por excelencia, esa propiedad no sé si beneficiosa o nefasta que te han proporcionado los años. Con otros amigos tan añosos como tú soléis comentar, juzgando sobre los productos del presente y los de atrás. Que si este pan o esta fruta o esta carne no es como aquella que conocimos en la niñez, por ejemplo. La vida de cada individuo es un puente entre edades. Sigue existiendo la otra orilla en la mente pero tienes que permanecer forzosamente en la que estás ahora. Podría haber sido peor.

Los higos están carísimos los venden en cantidades pequeñas, pero cuando miras el precio del kilo, te dan ganas de dejar la bandeja.
ResponderEliminarPero, te dices tengo que probarlos, compraré menos pollo, para no pasarme. Y caes en la tentación.
Saludos
Bendita tentación y mejor pecado. No temas condenarte por ello.
EliminarUna frase intensa, sugerente y llena de complicidad.
EliminarJuega muy bien con la idea del deseo y la transgresión sin culpa.
El deseo y la transgresión tienen sus rostros opuestos: la inhibición y la sumisión.
EliminarDes de casa hasta Barcelona se puede bajar por el rio a pié o en bicicleta. Hay bastantes higueras, pero es difícil conseguir coger algún higo, los jubilados arrasan las higueras con unos palos que llevan para coger las más altas.
ResponderEliminarJ
Hay un Pintor madrileño, Castelló Avilleira, hiperrealista que tiene unos cuadros de higos súper realistas.
https://www.bing.com/images/search?q=Antonio+Castell%c3%b3+Avilleira+Pintor&form=RESTAB&first=1
Saludos
Hay jubilados verdaderos rapiñadores, pero es otro tema. Los higos y las brevas son fantásticos. He visto la pintura hiper de ese autor. No es un estilo que me fascine. Me quedo con los bodegones de los siglos XVII y XVIII, que son inmejorables. Ni la fotografía moderna los supera.
EliminarHan pasado de ser una fruta asequible a estar por las nubes.
ResponderEliminarLo cual dificulta ese recordar cuando las cogía con una caña abierta o subiendo un poco por esas ramas tan quebradizas. Pero las sensaciones se tienen.
No hay fruto de la tierra hoy día, ni los más humildes y al alcance de cualquiera, que no sean pasto del mercado y de los intermediarios, por supuesto. Eso no quita que nuestras sensaciones permanezcan aún a bajo precio, ¿no? y además no las pongamos a la venta.
EliminarGrandes recuerdos de otros tiempos. El sabor de los higos nos acompaña siempre. Hace unos días estuve por tierras de la Alpujarra granadina y en un pueblecito de la montaña, precioso por cierto, había una fábrica de chocolates y una modalidad exquisita que era chocolate con higos. Maravilloso sabor.
ResponderEliminarSaludos.
Ya me dirás qué pueblo era y qué fábrica, me intriga.
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