Sueños que una vez fueron
ecos lejanos de un nombre en la nieve".
Victoria Díaz
De todas las estatuas que rescato de aquella noche subrepticia en el museo me dejó asombrado una de ellas. Permanecía ajena al resto, rehuía las otras miradas, negaba la incitación al coloquio comunitario. Desde mi rincón, oculto en el soporte de una instalación museográfica, escuchaba las confidencias, cuando no la revelación de secretos, que se hacían unas figuras con otras, unos bustos entre sí o compartiendo con las estatuas demediadas que daban testimonio de la calidad del taller donde se habían labrado. Reconozco que no había ninguna obra que desmereciera, y tampoco soy propenso a reducir mis gustos, pues por unas razones u otras a todas las encuentro interés y no digo belleza. Pero aquella en concreto, que parecía inspirarse en el cuerpo de una mujer y sin embargo lo trascendía, tal era su albura o la perfección de cada parte del torso, me decía algo diferente. Era como si no permaneciese en el mismo mundo que las demás obras. Como si siendo, como era, antigua, se manifestara, sin apenas mostrar esfuerzo, sin apariencias falsas, despojándose de prejuicios y de cánones, una talla actual, rediviva y adaptada a la contemporaneidad de mi propia existencia. Tal vez era aquella conducta, en la que ella permanecía al margen de los intercambios del resto, lo que suscitaba mi especial atención. O los movimientos pausados con que a mí me parecía que se relajaba. O la suave y deleitosa carnosidad que se iluminaba en todo su perímetro vivo. No es una mera estatua, no es una representación más, no es un símbolo ni un retrato ni una idealización de ningún personaje, pensé con toda la capacidad crítica de que era capaz. ¿Saldría ya concebida como un capricho de las manos de un cincelador arrebatado?, me preguntaba. Si fue un capricho quiere decir que el artista había querido trascender el tiempo y echar un pulso a las personificaciones convencionales que se tenían en su época al realizar un retrato o una escena. ¿Tenía en su mente el artífice la idea de eternizar un anhelo propio, que solo él ocultaba y que a través de su obra se me evidenciaba a mí precisamente? Hubo un momento en que tuve la sensación de que era descubierto. Que ella sabía que estaba allí, tras el emplazamiento artificial que servía de apoyo a una pantalla donde se pasaban vídeos para los visitantes. Asomé mi cabeza con cuidado y lentitud, tomado como estaba por la gracia que se proyectaba desde aquella figura. ¿Será posible un diálogo del hombre con la materialidad de un mármol finísimo?, me dije. Entonces escuché una voz que no desentonaba del encantamiento. Prueba, me pareció entender. En derredor, las otras imágenes no cesaban en sus cuchicheos y revelaciones. Atrévete, decía aquella voz, insistente y delicada. He estado esperando siglos para satisfacer el deseo de alguien y a la vez resarcir el mío, ya que no pudo ser con aquel que me creó. Tuve que tragar saliva. Cuando algo me sobrecoge la garganta se me apoca y las palabras se congelan en tibios hilos ininteligibles. Pero ya lo satisficiste, repliqué al fin. Cuando acabaste de ser lo que eres tu demiurgo seguramente se encontró pleno y, por lo tanto, compensado en su aspiración. Puede que fuera así en aquel momento, dijo la estatua viviente. Mas él no supo nunca lo que realmente había generado y desde entonces he vivido la orfandad del amor, pues no soy lo que aparento. He debido traspasar los límites de una sustancia fría para sentir como vosotros los humanos. Y a diferencia de estos otros, dijo ladeando la cabeza hacia las demás estatuas, no me resigno a la cautividad. ¿Has aparecido tú por azar para llegar a mí?
*Fotografía de Leonard Nimoy.

Lo mejor para una estatua es la cautividad. Los museos son un refugio ideal, una cárcel abrigada y segura, no como pasa con esas que son abandonadas en medio de parques y núcleos urbanos, a merced de las palomas y los desaprensivos del vandalismo urbano, llenas de cagadas, meadas y pintadas.
ResponderEliminarSaludos.