Cuando se pone filípica la dejo hablar. Luego me quedo pensando en sus admoniciones. La haga caso o no, siempre doy vueltas a lo que me dice. Pero solo porque adquiera ese tono sentencioso ¿debo creerla? Más: ¿tengo que cambiar conductas o ver las cosas de otra manera solo porque ella, mi sombra, se erija en ojo crítico sobre mí? Analizar sus advertencias no es difícil. Corregir aquello en lo que puede tener razón es harina de otro costal. Mi sombra no es un mero interlocutor externo, ni alguien que pasa por ahí. Ni es mi maestra ni mi alumna. Podría parecer que su crecimiento va a la par del mío, pero muchas veces tengo la sensación de que soy yo quien copia su dimensión. Mi sombra es también mi bagaje. Lo que he hecho, lo que he sacado en conclusión, lo que he pretendido y no he logrado. Todo lo que uno lleva a cuestas. Y lo que se ha quitado. Y lo que hubiera querido tener y permanece como carencia. Mi sombra se desdibuja a medida que va pasando el tiempo. Vuelve a tener la figura de unos trazos. ¿Es un empeño por pergeñarse de nuevo a pesar de que no será posible una nueva vida? Dicen ciertos místicos que la vida no termina. Acaso la sombra me esté enseñando a vivir en una constante transfiguración, y a eso algunos lo llaman infinitud. No sé, parecen palabras que intentan dotar a las ideas volátiles de una sustancia que ni unas ni otras poseen. Si el pasado está perdido yo también estaré perdido del todo para siempre alguna vez. Miro mi bagaje y pregunto entonces a mi sombra si he aprendido algo duradero. ¿Sería capaz a estas alturas de poner en baile a una peonza? ¿O de dibujar de nuevo, como entonces, al niño que la hace girar? ¿O de entregarme al gozo inenarrable de cada intento por probar una experiencia nueva, casi siempre incierta en la infancia? Mi sombra sonríe burlona y calla. Nuestra sombra es nuestro trazo. El intento de llegar a algo. A una concreción. A un significado firme. A una imagen madura perdurable. Pero la sombra sabe mejor que nadie que la línea del dibujo de la vida siempre es quebradiza, cada vez más débil. ¿Puede alguna clase de deseo enderezarla? Lo dudo, pero ¿por qué, entonces, insistimos tanto en ilusionarnos con lo inaprensible?
*Imagen de una página de cuaderno de dibujo escolar de infancia lejana.

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ResponderEliminarcreo que cuando la sombra se pone muy pesada, moralista, filípica etc, lo mejor es decirle lo que le dijo el emérito al presi aquel de Venezuela: "¿por qué no te callas?".
Salu2.
A aquel personaje emérito que citas creo que su sombra le dijo: ¿por qué no te largas? Y mira, le hizo caso.
EliminarPor otra parte, la expresión sobre un voceador cundió con éxito, aunque desde el pueblo llano siempre la habíamos utilizado entre nosotros, si bien se nos tomaba por duros. ¿Tuvo que llegar un regio para dar carta de fiabilidad a la expresión que el común sabía usar de sobra? Más bien la cobertura mediática, como de costumbre.
De pronto, una frase coloquial se vuelve a poner de moda. Seguirá pasando.
EliminarSalu2.
Los castellanos siempre fuimos duros. ¡Calla la boca! es la expresión más empleada y en vigor. Claro que decir ¡Cállate!, así tan tajante y con tono elevado, suena a cuchillada.
EliminarLos ingenieros, en un proyecto de iluminación de un campo de fútbol tenemos que evitar al máximo las sombras proyectadas por los jugadores, que tanto daño hace en las retrasmiciones televisibas.
ResponderEliminarSin embargo cuando el atardecer, en el campo del Celta de Vigo, resulta de gran belleza ver las gaviotas y sus sombras revolotear por encima del público, no se sabe quien es de quien
Saludos
Buen símil y más para mí que desconozco ese efecto y ese mundo de los estadios.
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