"...Y es que en la noche hay siempre un fuego oculto". Claudio Rodríguez





martes, 30 de junio de 2026

Resurrección o fin

 



Siempre eres nueva para mí. Se lo dijo con rotundidad. Como si nunca le hubiera expresado sus sentimientos. Como si tuviera necesidad de borrar la parte frustrada de su pasado. Había algo de ceniza latiendo en su memoria. Pero que en lugar de haber sido eliminada por el viento de los años se hubiera fosilizado en su interior. Ella, que sentía el aliento de sus palabras en la espalda, permaneció en silencio. Tu cuerpo sigue siendo el mismo, pero yo lo percibo como si fuese la primera vez que lo palpo, dijo el hombre. Ella se estremeció tratando de revelar la contradicción en que incurría su viejo amante. Eligió la contención. No ignoraba la capacidad de recorrido que habían tenido siempre las palabras de aquel hombre. Las había padecido todas en el pasado. Las había sentido todas y había sufrido las heridas infligidas por el arco con que había sido asaeteada por ellas. Por sus palabras y por la vehemente pasión a la que todo él se había entregado en un tiempo lejano. 

La mujer renunció a girarse mientras el hombre hablaba y elegía una sintaxis entrecortada y precisa con que penetrar en su fortín de resistencia. Palpitaba con inquietud la curiosidad en ella. Se tenía por segura para no repetir viejos errores, aunque ya había incurrido en la trampa de ceder al encuentro con él. La curiosidad es una larga y perenne compañía de los humanos que a veces conduce a riesgos impredecibles. Ella quería saber de él. Quería constatar si era el mismo que fue o si se trataba de un renacido. Necesitaba comprobar que en el contacto de aquel cuerpo masculino que tanto había conocido ella reaccionaba como en el pasado o apenas reaccionaba ya. Precisaba oír, no obstante su escepticismo, la vieja canción del amor para saber si sonaba de idéntica manera o si podía prescindir de ella para el futuro. Supuso que en los silencios del hombre que tenía a sus espaldas era contemplada con atención. Se interrogaba sobre si era deseada como quien ya estaba de vuelta de todo o bien comenzaba desde el principio a invocar el placer. Siendo los que ambos habían sido y con el bagaje de haberse encontrado en infinidad de ocasiones trataba de dilucidar si ahora se sospechaban diferentes, pues la pátina del tiempo oculta y desfigura los rasgos cuyo disfrute habían compartido en abundancia. 

El hombre entró en una especie de éxtasis verbal. No ha variado el olor de tu piel, dijo. La geometría de tu torso permanece como el ara de sacrificio que siempre fue para mí, sentenció. Tus humedades recrean las antiguas inmersiones en que nos gustaba naufragar hasta el agotamiento. El calor que emanas prende sobre mi cuerpo huérfano. La mujer escuchaba aquella retórica de la que anhelaba que hubiese sinceridad, y se debatía con firme renuencia. Pensó si no estaría siendo sometida a un ritual que precisaba de una liturgia tópica. Si no le estaría echando el hombre un pulso de expiación. Sin embargo no es que a ella no le apeteciera apoderarse de un brinco de aquel suplicante. Caer repentina y feroz sobre su acoso y pagarle con la misma moneda. Devolverle a los años de la furia y engullir su energía. Poner a prueba su aguante y llevarlo al límite de la rendición. Pero temía sobre todo el día después y le espantaba el peligro de repetir el fracaso. Ámame con el silencio total, espetó de pronto la mujer. Detén tu verbo. Roza solamente mis contornos. Aspira todos mis aromas. Bebe de mis sonrisas. Roba mi mirada. Interpreta mi voz callada desesperadamente perdida. Deslízate por mi memoria para entender la tuya. Obsérvame reservadamente y evita la perdición de un nuevo malogro. Te lo exige quien una vez se tuvo por vencida y más tarde se hundió en la desposesión. Intenta resucitar en mí la fe de la carne sacra y si lo logras me dejaré conducir a la inmolación aunque me duela el día después.



* Käthe Kollwitz. Desnudo femenino de espaldas sobre tela verde. Grabado. 1903. Kupferstichkabinett. Dresde. Alemania.


2 comentarios:

  1. Me parece que esta enfadada y por mucho que hable el señor, no quiere saber nada de él. Así que pierde el tiempo
    Saludos

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  2. Es inevitable, cargamos con el peso de las decepciones y los miedos. No queremos que nos vuelvan a hacer sufrir por lo que nos escondemos en nuestras tristes conchas y nos negamos a salir de ahí, a vivir el mundo real, tan cruel e injusto.

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