"He visto que, en ciertos países, el Arte de la Medicina no provocaba discusiones ni controversias ya fuera dentro o fuera de los hospitales o escuelas; he visto cómo se dedicaban a la Medicina quienes no la habían estudiado, gentes desprovistas de toda base científica y de cualquier noción de posición social, llegando a ser considerados como maestros hombres sin verdaderos conocimientos".
Avicena, Al-Husayn Ibn Abd Allah Ibn Sina. Poema de la medicina. Urguza Fi T-Tibb.
Unos le llaman doctor. Otros, maestro. Otros, simplemente sanador. Tanto extrae muelas como afeita barbas, abre pústulas, revienta bubones, hace sangrías, escarifica para hacer salir líquidos malignos, trata plétoras, cauteriza tejidos infectos, dispensa curas y prescribe tratamientos con pócimas desconocidas que él ofrece como prestigiosas. En cada tarea tiene sus ayudantes. En las extirpaciones, tan arriesgadas como aparatosas, requiere que quienes van aprendiendo el oficio sigan sus instrucciones meticulosamente. Un descuido de alguno de ellos va a repercutir en la tarea de los demás. Nuestro galeno se arroga la potestad de dar con la malignidad profunda que le permita mejorar al paciente y a la vez impartir una lección magistral a los suyos. También están presentes alumnos novatos que dicen querer aprender de sus artes, aunque a estos no se les permite estar en la primera línea de la intervención. Ante una de sus demostraciones acuden también amigos y familiares del paciente que, desesperado por los dolores y en un estado deprimente, a veces al borde de la letalidad, se pone en las manos de quien dice, y todos quieren creer que puede, procurar una solución. Es decir, la vida. Naturalmente, no pueden faltar ante tanta parafernalia los espectadores morbosos que, con ardides y faltos de escrúpulos, quieren saber resultados para pregonarlos a los cuatro vientos. La tarea del doctor, y se supone que su ciencia particular, se amplía a cualquier enfermedad, indisposición o trastorno. Si la circunstancia le ofrece un desahuciado él se vuelca más a fondo en el cuerpo que llega a sus manos, aunque en tantas ocasiones el paciente se convierta en víctima. Hay que diseccionar un cadáver, pues allí es requerido para que analice las vísceras del difunto tratando de dar con la clave de su óbito. Alguien se ha quedado perdido en una amnesia de la que no se repone, pues el hombre docto se empeña en revitalizar su mente contando historias ingeniosas y dándole de beber un agua milagrera. Otro sufre de espasmos que no le dejan vivir, pues es llevado al curador que le activa músculos, hunde sus manos en las zonas de vísceras, estira sus extremidades, sacude su cabeza y le deja descansar más maltrecho de lo que ya se encontraba. El maestro salutífero nunca pierde su porte. Siempre está de buen talante, comentan los que le tratan cercanamente. La suya es la mano de Dios, es la muletilla con que algunos bendicen al prestigioso. Naturalmente esta opinión tiene su contrapartida. Está en todo y no está en nada, replican aquellos que han quedado peor de lo que se encontraban o los familiares de quienes se han visto privados de la noche a la mañana de alguno de sus deudos. Se mete en competencias que desconoce y expone vidas de manera osada, le critican otros médicos. En lo que todo el mundo coincide es que su presencia recaba una atención semejante e incluso superior a la llegada del príncipe elector. Que cada una de sus apariciones en una urbe importante o en un burgo menor es objeto de congregación masiva en torno a la casa donde practique sus artes. Que allí donde acude, con el buen humor que le caracteriza y el sarcasmo que aprecian sus íntimos, su aparición es un espectáculo. Villas ha habido cuya estancia la han convertido en festividad y el negocio ha hermanado a sanos y dolientes. Entiéndalo, me dijo el burgomaestre de una población notable. Ese hombre tiene propiedades personales plurivalentes, aunque muchos le disputen si son verdaderamente humanitarias o puramente egotistas. Y es que, hoy día, y no le suene a herético lo que voy a decirle, a quien más o a quien menos no le basta acudir al rezo o al agua bendita y necesita su propio dios presente allí donde el Otro permanece ausente.
*Theodor Rombouts. El sacamuelas. 1625. Museo del Prado.


Barbero y sacamuelas. Dos oficios en uno. En "el donoso escrutinio", pasaje memorable de El Quijote, el barbero ejercía además, junto al cura, de colaborador en el ejercicio de criba de aquellos libros que iban a ser quemados en el corral.
ResponderEliminarTiempos aquellos, no tan lejanos, en los que el dolor y la pérdida de piezas dentales iban de la mano. No hace mucho, en nuestra infancia y adolescencia, tuvimos que sufrir a manos, no ya del barbero, sino del dentista, la tortura de los empastes con aquel torno horrible y la pérdida de algún diente. Hoy ya es otra cosa.
Saludos.
El equivalente,en los años cincuenta,era el practicante( figura ya desaparecida), de guardia en la Casa de Socorro de las provincias.De pequeño más de una vez mi padre me acompañó, para una cura urgente,un dolor,una fiebre.De todo sabía, de poco había estudiado
ResponderEliminarEn el magnífico cuadro,todos quieren ver,quieren acercarse al dolor,quieren saber si ven algo del alma,de la vida,pero sólo ven sangre,parecida a la matanza del cerdo.
Saludos
Antes, un barbero era mucho más que un barbero, era un multiusos, yo tenia uno que cuando le venia la inspiración dejaba de afeitar o cortar el pelo y se ponia a tocar la trompeta.
ResponderEliminarSaludos