"...Y es que en la noche hay siempre un fuego oculto". Claudio Rodríguez





domingo, 15 de febrero de 2026

El dibujante contento




“La risa está, probablemente, destinada a desaparecer. No se comprende bien por qué, entre tantas especies animales desaparecidas, persistiría el gesto de una de ellas". 

Marcel Schwob, de El terror y la piedad.


 ¿Te ves así? Me veo así. Más flacucho. Ni más ni menos, el que me parece que soy. Parecer no es lo mismo que ser. ¿Y qué es eso de ser?  Pues lo que uno ha llegado a crecer, a adquirir dimensiones, a interesarse por la vida, y a poner buenas caras y muchas cosas más. Quiero creerte, pues me habían dicho que eso de ser era algo más trascendente. No te lo creas. Yo soy mientras dibujo, ¿sabes? Suficiente, pero veo que  tú sonríes y en cambio el de tu autorretrato no. Sonrío porque me hace ilusión enseñártelo. Pues haberte puesto sonriente en el papel. No me ha salido. Entonces, ¿es tu otra cara? Todos tenemos otra cara, o más de una, supongo. ¿Qué piensas hacer con el dibujo? Pensaba guardarlo, pero si quieres te lo doy. Será un grato recuerdo para mí aunque no me convenza, no tiene la gracia innata que tú tienes. No te tiene que convencer, y si no te gusta lo tiras. No puedo tirar el regalo de un niño. Eso que dices me agrada. ¿Piensas dedicarte a dibujar, cuando seas mayor? Pienso dedicarme a divertirme con lo que se me ocurra. Pero eso es muy peligroso, no tienes más que mirar a los pendencieros y aventureros que llevan una vida desquiciada si no mala. No hay por qué ser de esos, a mí no me pide el cuerpo ir de pendencias. Pero la vida es muy exigente, no contempla con facilidad a los divertidos, y muchos piensan que estos son unos vividores. Pero tengo entendido que vividor es el que vive a cuenta de otros, y no se me ocurriría nunca; solo quiero vivir por mí mismo. ¿Viviendo, por ejemplo, de tus creatividades? ¿Por qué no? Algunos artistas pasan hambre; ¿no te lo ha dicho nadie? Eso sí que sería mala vida. Una vida arriesgada. ¿Y los que tienen otros trabajos no corren sus riesgos? Pues también. Yo lo que quiero es vivir intensamente el día a día. Eso decía un tío mío, que quería vivir intensamente. ¿Y lo consiguió? Pereció, dicen que una vidente le echó un mal de ojo. ¿Una vidente? Yo creo que más bien tuvo la mala fortuna de cruzarse con uno tan intenso como él, y le ganó la mano. Ese sí que sería algún camorrista. Pero no solo de tendencia natural sino de ideas que pretenden dominar el mundo. ¿Hay camorristas con pensamiento camorrista? Huy, no te imaginas cuántos. Yo no quiero ser de esos. Pues entonces prueba a divertirte con tus dibujos; un plumín, aunque puede herir tanto como una daga puestos a utilizarlo con aviesa intención, no llega al cuerpo a cuerpo; y además puede arrojar luz. Quiero ser así y dibujar para divertir y hacer reír a otros también. Buena propuesta, aunque acaso no te entiendan de buenas a primeras. Y dibujar el mundo de otra manera. Te quedarás corto, pero inténtalo. Oye, y dibujarse a uno mismo, ¿ya es dibujar el mundo? Una manera de empezar, digamos. 



* Giovanni Francesco Caroto. Muchacho pelirrojo sosteniendo un dibujo. Museo de Castelvecchio.


jueves, 12 de febrero de 2026

El durmiente engañoso

 



"Muerte es cuanto vemos despiertos; cuanto vemos dormidos, sueño".

Heráclito, Fragmentos.


Yace. Duerme o simula que duerme. Incluso sueña o se abisma en imágenes que recrea. Permanece desnudo desprovisto de sus atributos y de su bagaje armígero. No parece él mismo. Asemeja a un durmiente cualquiera. Pero no lo es. Tampoco descansa, aunque la imagen lo sugiera. No podría. Su cometido es demasiado activo como para permitirse reposo. Su misión es imperecedera y no conoce límites. Y no es la muerte la que le arrebata, sino un instante de fuga en quien no es en absoluto apacible. Su cuerpo no se aja. Sus facciones no se arrugan. Sus músculos no pierden la entereza. Su piel tersa y limpia oculta una rigidez áspera. La visible armonía de su torso oculta la robustez aniquiladora que subyace. Imaginarlo ausente es un error de cálculo para cualquier mortal que lo subestime. Es probable que se vea sometido a una tentación ilusoria que le ha hecho caer en un hechizo circunstancial. ¿Un hechizo para quien no se deja arriesgar por arrumacos y caricias vanas, que le parecen expresiones de debilidad? Atrapado por un sopor imprevisto cabe preguntarse si dentro de ese arrobamiento persistirá en la orgía apocalíptica que le caracteriza. ¿Detendrá la duermevela su saña iracunda? De la alucinación inducida despertará al cometido de todos los días. El crudo mandato que no cesa. Está ahí para manifestar la esencia mortífera de los hombres. La más tenaz. La implacable. La que impide que los estados de relativa felicidad duren. Esos tránsitos engañosos que los humanos desearían a perpetuidad. Cuanto se brinda en su entorno para intentar cambiarlo es ignorado por él. Ya pueden sonar himnos bucólicos o emerger de las aguas ninfas embriagadoras. Ningún tiempo ha sido posible jamás en la historia de los mortales sin su presencia funesta. Verlo en la apariencia de abandono puede llamar a engaño. Contemplarlo desprovisto de su parafernalia destructiva es solo ensoñación. Algunas leyendas y mitos lo han querido describir como vencido al amor. Muchos artistas lo han representado en una metamorfosis doblegada a la belleza femenina. Acaso en ocasiones haya llegado a creerse otro. Pero tras los sonidos de las caracolas lúdicas llegan siempre los ecos de las trompetas triunfales. El dios de la guerra no se rinde jamás.   





* Sandro Boticelli, Venus y Marte. National Gallery. Londres


lunes, 9 de febrero de 2026

La lesiva de sí misma

 





Sí, mírenme como les plazca. No llamo a engaño. Tampoco teman si me perjudico. El daño es mío. Como antes lo fue el que causé a otros. Me creen desesperada, ¿verdad? Es mi condición. La envidia que he lastrado durante toda mi vida ha ido acompañada de una ira insensata, casi letal. ¿Es lo que produjo el odio o primero fue este? Difícil distinguir qué paso va delante de otro, sobre todo cuando todo el cuerpo se dirige al unísono hacia un objetivo inalcanzable. Miren, ahí tienen a la loca, dicen quienes me pillan en este trance en que parece que mis frustraciones las pago con mi propia carne. Nadie sabe que cuando me agredo ataco al mundo que me ha vencido. Dirán: es absurdo destruirse a uno mismo, ¿qué consigue con ello? Dirán: no corrige por ello los perjuicios que anteriormente haya causado. Dirán: no puede ser que haya sido siempre así esta insensata que se exhibe ante tantos ojos que no la van a entender ni mover a compasión. ¿O es lo que busca?, dirán. Pero yo no quiero la piedad de nadie. Ni pretendo redimirme. Si he sido verdugo de otros tengo derecho a aplacar mi iniquidad destruyendo este cuerpo que jamás podrá ser como fue en la juventud. Sí, aquel cuerpo admirado, aquel rostro que aturdía, aquel porte voluptuoso observado lascivamente, aquella actitud amable y seductora que causó tanto desasosiego y llevó a algunos a enfrentamientos por disputar mi posesión, desapareció hace tiempo sin conocer ni el equilibrio ni el bienestar. Cierto. No me dejé querer. No di tiempo a ninguno de quienes aspiraron a mi compañía. No contribuí al entendimiento de otros mejores que yo. Y por si fuera poco entorpecí las ilusiones de otras mujeres. ¿Por qué la vida tiene que ser una competición? ¿Por qué no me bastaron los pequeños frutos que iba cosechando y que ya hubiesen querido los demás? A veces me digo inútilmente: si pudiera volver atrás... Pero, ¿qué haría? Fantasías. Contra el tiempo y los cambios que esta obra en los cuerpos no se permite retroceso alguno. Todo va con urgencia disminuyendo. Todo se obstina en el deterioro. Ni siquiera el lamento, y menos esta desesperación agresiva, consuelan. Sé que todos lo comentan, entre misericordiosos y acusadores. Ahí va aquella que un día fue digna de fascinación y de disputa, y hoy se desgañita entre sus miserias. Pero me da igual. Hasta el desprecio ajeno me alimenta. 




*Cuadro atribuido a Quentin Massys, Vieja mesándose los cabellos. Museo del Prado, Madrid.

viernes, 6 de febrero de 2026

La lectora impenitente

 




Estás llegando a lo más interesante de la narración. Se presiente por esa actitud de abandono que muestras. Apartados los quehaceres comunes, relegados los individuos que buscan tus concesiones, te dejas atraer por los personajes del libro. El viento ha cesado. La rizosa cabellera descansa sobre tu espalda. Agradeces el leve sereno que la caída de la tarde refresca tus redondeados perfiles. Olvidadiza de tu cuerpo, adaptas la postura al soporte que te arrebata. Acaso es la tensión expresada en el relato la que condiciona la tirantez de los músculos que buscan acoplarse al ejercicio. 

Has entrado de tal manera en el argumento que te va a costar desasirte del volumen arrugado que se ciñe a tu torso. El verjurado del papel araña suavemente tu piel. A cada frase que lees, a cada párrafo que dejas atrás, tu sonrisa se manifiesta o tu ceño se cierra o tus ojos se fugan atónitos. No te ves a ti misma, pero gesticulas inadvertidamente, como si estuvieras presente, como si también ocuparas el texto. De pronto te has detenido en la lectura. Algo no entiendes en la página y vuelves a leerla de nuevo. Es esa escena la que te perturba y te hace vacilar. Se te generan dudas sobre si la sabrás interpretar. 

Hay momentos en el desarrollo de una narración en que nada está claro. En que lo que estás siguiendo no continua por el camino que esperabas. Que ni siquiera los pasos anteriores que decidió el autor conllevan el mismo ritmo y parecen decaer. Cuando acaso solo pretende abrir un hueco para un nuevo trazado donde la acción y los que se mueven en ella se manifiesten de modo más abrupto. O simplemente el autor desea reponerse de lo que ha venido narrando para inaugurar un nuevo estado de lasitud, marginal, en que los pensamientos dominan sobre los personajes y lo que viven, en que el mismo autor pone sus creencias e ideas en boca de seres de ficción que le sirven de excusa.

Pero no te confunde tanto la intención del autor, que probablemente estará complicando también a otros lectores, como los parecidos que encuentras en algunas situaciones con las que tú has estado viviendo. 

Te has parado preguntándote si lo que va a venir a continuación será un desenlace de lo anterior o el nudo se estará liando aún más. Una voz ajena al relato y a tu concentración ha pronunciado tu nombre desde la proximidad. No te dejas afectar y continuas enredada en las siguientes escenas, donde esperas encontrar claves más abiertas de la trama. 

Hasta ahora estás disfrutando del placer proporcionado por la armonía de las palabras y el juego de las oraciones. Pero lo que se cuenta, lo que tú comprendes de la historia, te abruma a cada capítulo que rematas. Y, no obstante, asumes la incertidumbre en que se mueven los actores de la novela y dialogas con ellos. 

El autor no sabe que al punto en que te encuentras en la lectura de su obra estás interfiriendo y que se agita en ti el instinto entrometido de variar su contenido. Pero sigues leyendo a la línea. Navegando entre las líneas. Entre lo que te parece que dice y lo que podría estar diciendo. Sigues en paralelo. Dos orillas habitas. La que se muestra en el curso de ese torrente verbal y la que tú reescribes con la impertinencia de quien desea ir más allá. 

La luz del día es ya mortecina. Un escalofrío se ha deslizado violento de la cabeza a los pies. En el libro también se describe. Entonces ella sintió un escalofrío, lees, y no supo que decir. Repitió otro golpe gélido que rasgó su carne, y no entendió qué podía significar. Eso lees. Te das entonces cuenta de que no son solo las palabras las que te vinculan con el relato. Los sentidos han roto aguas en el texto y tu cuerpo se llena de sensaciones inconfesables. De emociones intensas. De temores que te encogen. De apetencias que te niegas a rechazar. 

Prosigues la lectura cuando apenas destaca ya tu vista el negro sobre el blanco. El atardecer te ha traicionado del todo. En tu contumacia presientes que se ha abierto un pasillo críptico, inquietante, entre el libro y tú misma. Miras en derredor y todo lo habitual se te ofrece con extrañeza. Desde la profundidad de las páginas oyes una voz que se parece a la tuya. Es insistente y eleva el tono. Es mi voz, soy yo, te dices con medrosa perplejidad. Tu voz crece allá dentro junto con las otras voces. Las palabras del texto eclosionan en tu mente. Tú les devuelves el diálogo. Poco a poco las voces merman y tras ellas solo permanecen ciertos susurros. Y entonces... 






* Francisco de Goya, Magdalena penitente. Museo Lázaro Galdiano de Madrid.

lunes, 2 de febrero de 2026

La insoportable ausencia de Narciso

 



Pavoneado por la propia imagen el joven se ausenta de cualquier otra referencia. Cree bastarse por sí mismo. En aquello que se refleja en el agua estima contemplar como única la inalterable y hermosa existencia. Él es el mundo. Un mundo donde solo existe el momento. Como si la edad fuera eterna e inamovible. Donde solo tiene lugar un cuerpo que contempla al otro cuerpo que le reduce, aunque piense que le prolonga. Nada fuera de sí le satisface. Nada le da más placer que reafirmarse en su imagen. Se gratifica apreciando su bien formada materia. Se aprecia en las facciones graciosas que le sonríen desde abajo. A nada atiende sino a la llamada que le retorna desde las aguas. Se apoya en la corriente como si fuera a poseerla. Respira ora con lentitud ora con ansia. La exhalación le es devuelta y enturbia aún más su deleite. Enajenado por su abigarrada posesión se retuerce entregado como si quisiera llegar a una cópula. Extiende el rostro ahíto de ensimismamiento. Abre los labios buscando la confluencia de los mismos labios. Pronuncia tenues palabras de lasciva ternura. Enredado en el bucle de la complacencia trata de evadirse de cualquier signo de dolor o incluso de otra clase de satisfacción. Pero el río no se detiene y él ignora que en cada instante que permanece admirándose no sigue siendo el mismo. No puede dejar de contemplarse, pues es más poderoso su miedo a aceptar al otro que no desea ser. Ha descendido al borde, obnubilado por la caricia rumorosa del arroyo. Un rumor que se va traduciendo en quejosas voces de otros personajes que antes han sido víctimas de su despecho. Qué intenso es el sonido burlón bajo las aguas. Qué perverso el desquite de los despreciados. Ahora él también es lluvia perpetua. Donde las imágenes quedan  diluidas para siempre. Ahora se ha fundido sin salvación con su no deseada ausencia.




* Narciso, de Caravaggio. Galleria Nazionale d'Arte Antica. Roma.

viernes, 30 de enero de 2026

De algún abatimiento quijotesco que otro

 



"...y llevando al asno de cabestro, se encaminó poco más o menos hacia donde le pareció que podía estar el camino real."

Miguel de Cervantes. Don Quijote de la Mancha, I parte, capítulo 15.


Ya le dije, mi señor, que no era cosa de aventurarse sin prever las fuerzas del enemigo. Ya le advertí que aquellos que usted consideraba unos desalmados enviados por quien dispone de poder mayor no eran sino humildes hombres de oficio sencillo. Ya le rogué que no se precipitase con las armas en lugar de acercarse haciendo virtud del diálogo. Al fin y al cabo ellos no se sintieron provocados por nosotros, aunque verdad es que ciertos sujetso de orden y bien instalados en sus privilegios sí que ven como enemigo a cada honrado ciudadano que pretende vivir y satisfacer sus necesidades si no con libertad plena al menos con un atisbo de voluntarioso arbitrio. De estos individuos, mi estimado, debemos huir como de la pedriza, pues si bien en tantas ocasiones nos pide el cuerpo arriesgar nuestros pasos contra ellos debemos saber cómo se las gastan. Y esto es tanto como decir que disponen de abundantes recursos para protegerse de quien pretenda disputarles sus tronos. Que aunque algunos ingenuos nos digan que son gigantes con pies de barro y de que todo poder es efímero no suele ser factible librarse de ellos ansí como ansí. Pues incluso cuando sus días se acaban siempre saben tener dispuesto el relevo. A veces, mi señor, el alternante no solo no va a la zaga del anterior, sino que es alguien aprendido y sabe conquistar las voluntades de los mortales. ¿No hemos escuchado en sus discursos tantas veces palabras que parecían salir de nuestra boca? ¿Ideas que podrían haber escapado de nuestras mentes? ¿Intenciones que podríamos haber generado nosotros como solución a cuantos males nos siguen aquejando? Estos advenedizos son tanto o más de temer que el antiguo dominador y debemos estar en vela, aunque solo fuera por no sentirnos ridículos y por no dar a entender que creemos en la aparente veracidad de sus palabras. Ya sé que puedo parecer un derrotado sin visos de salvación. O un resignado ante lo que se muestra irresoluble. Pero al menos me refugio en una doble resistencia. No ceder en mi fuero interno la voluntad a lo que quienes allá arriba nos la imponen. Y tampoco dar pasos en falso que solo servirían para volver a sufrir las consecuencias de un doloroso fracaso. Así que consuélese, mi estimado maestro, de su caída ante hombres de bien que malinterpretó. Que peor sería hundirse ante el avasallamiento de quienes nos provocan con injusticia. Pensemos en reponernos en cualquier circunstancia. Una caída enseña. Muchas caídas destruyen.  

 

Imagen: A esta litografía de Joseph Héliodore Pisan -amplíese para ver detalle- recurre la mirada del hombre que, a este lado de la imagen, no quiere ser abatido, para no perecer en su paulatina tendencia al decaimiento. Tras el apaleamiento que sufren los personajes de la aventura por haberse enfrentado torpemente a una veintena de yegüeros se impone una reflexión personal. Aprender de los tropezones, y de cuanta más entidad sean procurar mayor aprendizaje. Distinguir churras de merinas, que es tanto como no dejarse embaucar ni tampoco dejarse conducir por las fáciles emociones. Y tratar de entender que si los hechos van siendo como van siendo tampoco debe conducirnos a la rendición. Podría haber escrito otra cosa sobre el tema, pero no me ha apetecido (mi otro yo replica: no me ha dado la gana) Mi disquisición tiene y no tiene que ver con el episodio del Quijote. No sigue como tal la aventura de los dos manchegos. Pero se deja influir por el capítulo y llevar en pensamientos por lo que lee, con placer y diversión, en el texto cervantino.



martes, 27 de enero de 2026

Vengo a por ti, amigo

 



Cómplices son las sombras. Asfixiante el oscuro callejón. Pasos que se advierten cercanos. El aire se detiene. Hay bocanadas beodas que llegan hasta tu cuello. La agitación de una mano interrumpe tu marcha. No eres asustadizo pero percibes una alarma. Te pones en guardia. Un ropaje ajeno se sacude en sus roces. Tú te preservas en la capa. Te llaman pero no pronuncian tu nombre. La distancia es tan corta que te revuelves inquieto. Piensas por un instante con quién estás a mal. A quién debes. O qué pueden pretender de ti. Antes de que respondas expones tu rostro de sospecha. Te has girado a medias porque no quieres mostrar tu torso. Es tu instinto protector, aunque resulte insuficiente. El corazón te late atropellado pero no deseas comprometerlo. Ensayas secretamente un torpe ejercicio de defensa con tu mano izquierda. Te contienes porque dudas. Porque no encuentras razón de ser a aquel embate que tampoco se precipita. Presientes la desventaja. El otro, quien sea, ha tomado la iniciativa de la sorpresa. En su indescifrable impunidad ha tenido tiempo de llegar a ti adiestrado. Sujeta con la firmeza que solo proporciona el odio un arma por su empuñadura. Las nubes han destapado el plenilunio. El que acecha se mueve impaciente, como si deseara cumplir de una vez su misión. Ves el brillo de un acero. Ves una mirada más afilada todavía. Unos ojos sanguinos a punto de saltar sobre la presa, que eres tú. Ambos os detenéis en un coloquio mudo. Los dos intercambiáis mutuamente un sudor que huele a miedo. El asaltante mide tu gesto. Tú calculas su salto. Es un tanteo que se procura rápido pero que os paraliza. Sientes el tirón de tu manto. Notas que un brazo se desprende del otro cuerpo en dirección a ti. Aceleras bajo tu vestimenta la salida de una mano que también brilla en su gelidez. Los dos cuerpos se ofrecen lentamente a un rito de sangre. Sabes por experiencia que no hay ruido al hendir la carne con una hoja agudamente afilada. Un frío salino oscurece del todo tu noche. Tú lanzas tu propia frialdad hacia un adversario confuso. Los brillos argénteos se tiñen de carmesí. Las bravura compartida queda hecha añicos. Nunca sabrás por qué llegó el otro hasta ti. Jamás entenderá el advenedizo por qué tuviste que responder a su llamada.




* Obra de Tiziano Vecellio di Gregorio titulada El bravo. Kunsthistorisches Museum de Viena.       


viernes, 23 de enero de 2026

La última mirada de la núbil

 




"No sé qué decidir: dos son mis pensamientos".

Safo.


La muchacha núbil se deja peinar. La esclava extiende su pelo. Ella colabora. Se sabe dispuesta al último paso antes de la entrega inevitable. Alguien ha pasado por delante, la contempla e intercambia la mirada. La joven se abstrae, como si sus pensamientos fueran agitados por la duda. No lo demuestra. No vacila. No emite palabra. Simplemente se deja hacer, permitiendo ser contemplada por los que se hallan circunstancialmente en la estancia. En realidad los siente ajenos a su momento. Los ignora. Ha detenido su tiempo y solo desea que la tarea sobre su cabellera no cese. Los tirones de las otras manos, que también parecen evadirse del futuro inmediato, son cuidadosos. Hay dos miradas en dos direcciones. Mientras la acompañante mira el espejo para comprobar su buen hacer, la dubitativa  colabora con una resignación que desplaza el entusiasmo esperado. Un mero quehacer cotidiano, en parte aseo y en parte ritual, parece paralizar también sus intenciones. Pero, ¿puede oponerse a lo que han planeado para ella? Ni siquiera el colorido y la hechura de su vestido la entusiasma en ese instante casi decisivo. Sin embargo sabe que todos en la casa están pendientes de las próximas horas. Quienes han llegado a la ciudad para concelebrar el evento están expectantes. Algunos se han reunido ya al calor del vino pompeyano, aromático y de escasa acidez. Todos esperan que la nueva consagración sea favorable para ella y, sobre todo, para los proyectos y negocios de su familia, que asentará así aún más su estatus. De pronto la núbil exige que recompongan su peinado. La sierva se turba pero en la otra mirada advierte una estratagema. Demoraremos los actos previstos, exclama aquella con una indisimulada ironía cómplice. La joven esboza una sonrisa débil y vuelve a su ensimismamiento. Quien efectúa el arreglo paraliza sus manos en el aire. El espejo se ha roto en trozos, de un modo inexplicable. Un temblor recurrente del subsuelo les inquieta. Una fumarola emitida por la montaña sume en la extrañeza a los habitantes de la casa. Llega el ruido de apresuramientos en las calles próximas a la villa. Algo misterioso está a punto de decidir la vacilación de la joven. Hay trasiego agitado en la casa. Voces confusas. Gritos que invocan a lares protectores. La ayudante ha soltado atolondrada los cabellos de la chica, pero esta no se inmuta. 





* Fragmento del espléndido friso del triclinium de la llamada Villa de los Misterios o Villa Item, en Pompeya.


lunes, 19 de enero de 2026

El Roto, siempre tan ingenioso e incisivo

 



Le robo a El País el artículo de El Roto. Porque las viñetas de este filósofo del dibujo son verdaderos artículos, unas veces más implícitos, otras más explícitos, pero siempre críticos, ilustrados y por lo tanto luminosos. Gracias al autor y al periódico.



miércoles, 14 de enero de 2026

La muchacha de Johannes Vermeer lee una carta, ¿qué lee en ella?

 



Fenómenos como el de las imágenes adjuntas me hacen reflexionar sobre cuánto y con qué persistencia vivimos en el engaño o, si se quiere ser más benévolos, en el error de apreciación. Porque ¿siempre se considera como lo que es aquello que parece a primera vista? ¿Es siempre la verdad lo que se nos ha relatado como supuestamente verdadero? La mujer joven junto a la ventana estuvo leyendo una carta durante siglos, desde que en 1657 fuera pintada por Johannes Vermeer. Pero la carta que ella leía no fue la que tanta gente que admiró el cuadro creyó que estaba leyendo. Fue otra.


La ventana abierta orea la estancia. La fruta se va desparramando desde un frutero ladeado. El cortinaje gualda tirando a verdoso ha sido corrido para que el aire y la luz alcance todo el espacio. Se revuelve en sus pliegues. La cortina granate del ventanal reposa sobre una de las hojas de este. Hay una silla, primorosamente guarnicionada, en un rincón. Hay una manta de colores cálidos que podría reunir en sí tinturas orientales. La muchacha de aquella burguesía hanseática mantiene a distancia una carta entre las manos. Lee atentamente. En el cristal de la ventana se refleja su rostro y parte del busto. La luz exterior se fija en la pared que tiene la mujer a su derecha. Ella es hermosa, resalta tanto en su juvenil lozanía. El cabello es rubio, está sujeto por una especie de moño pero deja caer unos tirabuzones que rozan el cuello blanco de su vestido. Su prenda bordada también reproduce en parte el amarillo, como si acompañando a los otros tonos más o menos amarillentos deseara proyectar el efecto luminoso del día. La muchacha se abstrae a medida que lee, tal vez relee, cada renglón manuscrito. La muchacha está sola. Pero probablemente en la carta haya más personajes. Se muestra prudente. Su concentración podría ser malinterpretada, como el mismo texto del papel, si alguien entrase en ese momento. Las facciones del rostro se encuentran relajadas y su gesto imperturbable. Solo ella sabe qué dice la carta. De pronto, de la pared existente a su costado derecho emerge lentamente una figura que va siendo impregnada por la luz. Puede que nazca de una luz. O que acaso emerja desde unas brasas. Ella no lo advierte pero la efigie va tomando cuerpo a medida que avanza en la lectura de la misiva. El papel retorcido, manoseado, avisa de que le ha llegado de manera clandestina. Tal vez a través de más de un recadero. En cada nueva frase que la muchacha lee sigue creciendo la encarnación del niño arquero, quién sabe si se trata de un ángel. Un ángel es un enviado. La actitud del mensajero es cada vez más triunfante y ella, sin modificar su pose, se siente afinadamente tocada por las palabras. El ángel es todo luz. Ella tiene que leer varias veces los últimos párrafos para que la emoción contenida quede sujeta por un punto de entendimiento que no la pierda. O acaso sí quiere perderse. Es tanta la belleza de las palabras que retiene su temblor ante la solicitud que recibe en ellas. Las últimas líneas de la carta la llenan de gozo, pero también de sobresalto. Perdura el instante. Tal vez la mujer piense que ese momento es ya toda la vida. O que siempre va a ser así. Mas no sabe que la máscara que aparece caída a los pies del ángel de la perdición sugiere enmascaramientos que ahora mismo, llevada por su pasión oculta y agitada, no alcanza todavía a ver. 


Durante siglos, desde 1657, la muchacha ha leído una carta y el espectador ha visto un cuadro demediado, aunque pensaba que completo y definitivo. Solo en la restauración  de la obra hace apenas cinco o seis años los especialistas advirtieron que la pared a la derecha de la muchacha no era la pared original de Vermeer. Que alguien había pintado encima y borrado la realización primitiva. Y al observar y limpiar cuidadosamente sacaron a la luz el cuadro de un Eros que cambiaba toda la visión que habían tenido los espectadores y los críticos de Arte sobre la obra. No era el cuadro que se creía. Y renació el cuadro que Vermeer había pintado de verdad. En este sentido la carta que la muchacha estuvo leyendo no fue la anodina que parecía antes, sino la intensa que fue siempre, aunque algunas manos siniestras la ocultaran. 

La obra Muchacha leyendo una carta en una ventana abierta se encuentra en la Pinacoteca de Maestros Antiguos, perteneciente a la Colección de Artes Estatales de Dresde.







domingo, 11 de enero de 2026

Desafío a las sombras. En homenaje a los valerosos ciudadanos iraníes que están siendo masacrados

 



Desafío a las sombras


"¿Pero qué sucede? 
¿Es un alto palacio que está ardiendo? 
¿O un pajar atrapado por el odio 
en el fuego de la controversia?"

De Aire fresco, de Ahmad Shamlu
incluida en el poemario Fénix en la lluvia.




Me asomé más allá de los Zagros
y qué dijo mi mirada al contemplar 
la multitud en las calles de tus ciudades, dijo: 
las gentes no se resignan más, dijo: 
los jóvenes quieren otro país, dijo:
los cuerpos anhelan ser cuerpos
y no tener más dueño que ellos mismos, dijo:
fijaremos el cielo en la tierra, dijo:
la luz tiene que brillar sobre las tinieblas, dijo:
Sadeq te escucha como yo y 
se rebela contra su angustia, no puede ser 
que se repitan las mismas palabras, dice
ni que las cópulas reproduzcan las mismas sumisiones, dice
ni que los cuentos sometan a sus protagonistas, dice
pues nada es verdadero sino la vida, nada
ha fructificado para ser aplastado, nada
debe ser hijo de la desesperanza, nada
ha de beberse del salitre de la sangre, y todo
debe cambiar, todo
convertir las lágrimas en voces, todo
ahuyentar la indignidad farisaica,
que se queden ellos con el miedo que vosotros,
hijos de la vida, 
vais conjurando a golpe de riesgo letal
contra el fútil mundo de las sombras negras.


***


Sugerencias de lecturas de algunos poetas iraníes del siglo XX: Fénix en la luna, de Ahmad Shamlu; Espacio verde y Todo nada, todo mirada, de Sohrab Sepehrí; Cautiva, El muro, Rebelión y Otro nacimiento, de Forugh Farrojzad; Compañero del viento, de Abbas Kiarostami; El búho ciego, de Sadeq Hedayat (no es poesía pero es un libro exquisito) 










viernes, 9 de enero de 2026

野良犬 y 用心棒. O sea, El perro rabioso y Yojimbo. Entre Kurosawa y Mifune

 





Caigo en la cuenta de que últimamente me he montado mi propio cineclub. Totalmente personal. Es decir solo participo yo en la selección de películas de una plataforma y solo yo las veo. Yo me lo guiso, yo me las visiono. Y ya está bien de abusar tanto del yo; aunque el otro ídem se queje de que no le nombro. Para mi fortuna hay cine japonés y un autor como Kurosawa no se me podía escapar. Hemos visto siempre poco cine de directores japoneses, o lo justo, y gracias en muchos casos a los cineclubs voluntarios. Tal vez Kurosawa es de lo más visto. Rashomon, Dersu Uzala, Ran, Los siete samurais o Barbarroja pueden ser las más conocidas. Creo que para mí eran hasta hace poco las únicas. Y casi las tengo olvidadas. Mea culpa. Pero por azar descubro recientemente una de las más antiguas suyas, El perro rabioso, y otra de doce años después, Yojimbo, que me han sorprendido primero, agradado después y por último me han dejado pensando. Eso sí, sensación última muy placentera, pues el placer o es intelectual o no es placer, y acaso el mismo placer sexual, el mundo de los sentidos, no sea sino una forma de inteligencia que se nos da por añadidura pero que también conviene trabajar. 





Vaya por delante que mi capacidad analítica sobre cine es mínima, tal vez nula. Me limito a ser un receptor desde la infancia, un aficionado juvenil tratando de dejarme empapar por las películas, por lo que se me escapan muchos significados e intenciones de lo que hay en ellas. A veces he tenido que ver más de una vez, o seguir viendo de vez en cuando, un filme del que he advertido posteriormente que no había captado o disfrutado lo suficiente. Terreno personal. De ahí que sea más dado a transmitir emociones percibidas que valoraciones críticas de enjundia. De El perro rabioso he disfrutado primero por el hecho de que sea un filme en blanco y negro, de 1949, año glorioso para algunos pero duro para otros, por ejemplo los perdedores de la Segunda Guerra Mundial, entre los cuales estuvo Japón. 

Después, que se nos ofrezca la presencia protagonista de Toshiro Mifune, un actor favorito de Kurosawa que en esta película, con 28 años, da vida a un inspector de la policía impetuoso, nervioso, obsesivo, y tengo la impresión que de una tenacidad moral impecable. Un inspector llamado Murakami al que en un recorrido de autobús le birlan la pistola y teme tanto por su descuido, que le pone en evidencia ante sus superiores, como por el uso que el ladrón o quien compre el arma al ratero pueda hacer de esta para cometer un delito, acaso un crimen. El sentimiento de culpabilidad por haberse dejado robar le persigue de manera aguda en todo el filme. Por supuesto, hay un apoyo anímico y práctico de un policía veterano que le comprende y hace porque no ceje en su empeño de recuperar su colt ni cese o quede rebajado en el cuerpo policial. Mifune, como es habitual en todos los filmes en que participa, está impecable, no tiene la madurez de actuaciones posteriores, las barbadas, digamos, sino que en esta aparece afeitado, revuelto pero de una mirada con fijación atribulada ya espectacular.

Y hay otro protagonista fundamental que no es ni hombre ni mujer ni policía ni ladrón ni autoculpabilidad ni delito ajeno. El clima tórrido de Tokio. Todos sufren en cada escena el atosigamiento del calor, se muestran sudorosos, pasándose constantemente el pañuelo por la cara o el cuello. Calor que se transmite al espectador. Que recorre la urbe en cada espacio, los barrios bajos, las oficinas, los autobuses. ¿No es arte que se comunique al espectador no solamente una trama o la actuación o la dirección del filme, sino algo tan denso y plomizo, y nada invisible, como la sensación del bochorno? Difíciles años tuvieron que ser para los japoneses aquellos años posteriores a la matanza de la guerra. Ni siquiera les salvó el clima. 




El otro filme que he visto recientemente se titula Yojimbo. Es de 1961, pero se mantiene divinamente en blanco y negro. Yojimbo creo que se traduce como mercenario. Pero el personaje se trata en realidad de un ronin, uno de aquellos samurais venidos a menos, libres de señores a los que obedecer y que van vagando por campos y aldeas, sobreviviendo como pueden. Motivados en algunos casos por un viejo ánimo justiciero, respaldado este sin duda por la fortaleza física y calidad defensiva que aún mantenían de las viejas hazañas. Desde el primer plano la personalidad del ronin errante se fija en la mirada del espectador. ¿A quién vemos? ¿A un ronin cualquiera o a Tashiro Mifune de nuevo, barbado, ancho de espaldas, interpretando a Sanjuro, un ronin callado y discreto? El hombre de paso majestuoso y tranquilo, envuelto en su kimono, pertrechado de una katana y una wakizashi, llega a una aldea donde le espera una aventura arriesgada. 

Esa aldea es la aldea de unos personajes la mar de bufonescos todos ellos, no obstante su pretendida ferocidad. Ignoro si el planteamiento de lo que va a suceder bebe, por capricho del director Kurosawa, de las películas del Oeste americano, o si tiene sobradas razones el guionista para saber que los enfrentamientos entre clanes rivales ya eran una tradición en Japón, como probablemente en todo el planeta. Pero ahí están los dos bandos enfrentados, zahiriéndose y mortificándose (y nunca mejor dicho, hasta la muerte) y condenando con ellos la vida que se supone nada halagüeña del pueblo. ¿Es pues el ronin Sanjuro una especie de vengador, de justiciero que trata de imponer su particular ley -la del antiguo samurai y su código del honor- frente a las bandas que condicionan la vida del resto de los pobladores, que casi no aparecen en el filme? ¿Se ha presentado ahí por su cuenta y riesgo para poner orden y facilitar la vida pacífica de sus humildes habitantes?

Mifune de nuevo cautiva. Toda una personalidad, no solo por sus facciones sino por su actitud ante la cámara. Control total de las expresiones. Gesticulaciones medidas. Voz robusta. Capacidad para trasuntarse de apuesto, firme y enérgico ronin recién llegado, al que todos enseguida temen, a hombre abatido y torturado por una de las bandas. Acompañamiento de una banda musical mesurada. Por supuesto, la mujer solo aparece en el filme o personificada en una oportunista y ambiciosa jefa de familia, de clan, o como corte de geishas esclavas. Pero hay otro elemento fundamental que atrapa en la película. Frente a esa belleza guerrera del ronin todos los demás personajes, y apenas se salva un par de ellos, parecen salidos del teatro kabuki. Sus rostros son verdaderas máscaras, rostros feístas, facciones exageradas, bocas desdentadas, cuerpos desiguales, hasta un gigante con mazo aparece en escena. El expresionismo llevado a un filme de Kurosawa. Sus movimientos, aun participando del relato de escenas ofensivas armadas, son verdaderamente bufos. El planteamiento por parte del director de utilizar una calle amplia donde dirimir sus enconamientos los rivales o enfrentándose al solitario errabundo proyecta aún más esta especie de sátira trágica. Una escena digna de filme del Oeste en el Oriente. Genera otra dimensión temporal. Es como si nos dijera: esto sucede todos los días en cualquier lugar del mundo y no hay justicia que lo pare. Pero en el filme, el justiciero Sanjuro/Mifune sabe lo que pretende y lo que puede conseguir.

Pues ya me he desahogado. Si alguien ve estas películas, que las disfrute. Se me habrán escapado muchos detalles. Pero eso es bueno, dejar hilos incomprendidos por si en  algún momento me apetece tirar de nuevo de ellos.






jueves, 8 de enero de 2026

¿Un portal de Belén? No, de Gaza.

 



Campamento de refugiados palestinos de Nuseirat, Gaza.

Aclaración: ignoro si la fotografía es de antes o después de los bombardeos israelíes sobre el campamento. A mí la imagen me ha recordado el portal de Belén que tanto han cantado los cristianos estos días pasados. Me temo que la mayoría de estos creyentes o simplemente cumplidores de la tradición no hayan tenido presentes los innumerables portales de belenes humanos palestinos que padecen sin que les salve ni otros creyentes de cualquier religión ni divinidad alguna ni siquiera unos magos. Las caras de la madre y el hijo conmueven más que lo imaginario de todos los cuentos que nos habían contando. Conmueven y hacen pensar. Que la imagen nos golpee o no la conciencia queda en manos de cada receptor.