"...Y es que en la noche hay siempre un fuego oculto". Claudio Rodríguez





martes, 27 de enero de 2026

Vengo a por ti, amigo

 



Cómplices son las sombras. Asfixiante el oscuro callejón. Pasos que se advierten cercanos. El aire se detiene. Hay bocanadas beodas que llegan hasta tu cuello. La agitación de una mano interrumpe tu marcha. No eres asustadizo pero percibes una alarma. Te pones en guardia. Un ropaje ajeno se sacude en sus roces. Tú te preservas en la capa. Te llaman pero no pronuncian tu nombre. La distancia es tan corta que te revuelves inquieto. Piensas por un instante con quién estás a mal. A quién debes. O qué pueden pretender de ti. Antes de que respondas expones tu rostro de sospecha. Te has girado a medias porque no quieres mostrar tu torso. Es tu instinto protector, aunque resulte insuficiente. El corazón te late atropellado pero no deseas comprometerlo. Ensayas secretamente un torpe ejercicio de defensa con tu mano izquierda. Te contienes porque dudas. Porque no encuentras razón de ser a aquel embate que tampoco se precipita. Presientes la desventaja. El otro, quien sea, ha tomado la iniciativa de la sorpresa. En su indescifrable impunidad ha tenido tiempo de llegar a ti adiestrado. Sujeta con la firmeza que solo proporciona el odio un arma por su empuñadura. Las nubes han destapado el plenilunio. El que acecha se mueve impaciente, como si deseara cumplir de una vez su misión. Ves el brillo de un acero. Ves una mirada más afilada todavía. Unos ojos sanguinos a punto de saltar sobre la presa, que eres tú. Ambos os detenéis en un coloquio mudo. Los dos intercambiáis mutuamente un sudor que huele a miedo. El asaltante mide tu gesto. Tú calculas su salto. Es un tanteo que se procura rápido pero que os paraliza. Sientes el tirón de tu manto. Notas que un brazo se desprende del otro cuerpo en dirección a ti. Aceleras bajo tu vestimenta la salida de una mano que también brilla en su gelidez. Los dos cuerpos se ofrecen lentamente a un rito de sangre. Sabes por experiencia que no hay ruido al hendir la carne con una hoja agudamente afilada. Un frío salino oscurece del todo tu noche. Tú lanzas tu propia frialdad hacia un adversario confuso. Los brillos argénteos se tiñen de carmesí. Las bravura compartida queda hecha añicos. Nunca sabrás por qué llegó el otro hasta ti. Jamás entenderá el advenedizo por qué tuviste que responder a su llamada.




* Obra de Tiziano Vecellio di Gregorio titulada El bravo. Kunsthistorisches Museum de Viena.       


2 comentarios:

  1. No sé si lo he interpretado bien, pero este texto me lleva a Minneapolis.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Todo acto o conato de violencia nos conduce automáticamente a cualquier lugar de la Tierra donde un hombre ataque a otro hombre (o unas sociedades a otras sociedades)

      Eliminar