La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.







miércoles, 16 de diciembre de 2015

Niebla: sólo uno, sólo vida











La pequeña muerte es lo opuesto. A diferencia de la muerte grande, la definitiva, en el instante único, insustituible, que arrebata al individuo tras sacudir el placer todos sus sentidos, algo nos deshabita y a la vez nos habita. Los franceses debieron darle un toque literario antónimo, pero nada hay más apartado de la muerte que la posesión de nuestra desposesión. ¿Podríamos llamar al instante simplemente desprendimiento? Dimensión intemporal, rompimiento, reconstrucción, ausencia. Parece que no estuviéramos, pero nunca estuvimos tanto dentro de nosotros. Libres de compromisos, obligaciones, responsabilidades, vínculos, males y dolores, somos nosotros en vida. Ni siquiera formamos parte del otro con quien retozamos, o acaso somos el verdadero otro que habita dentro de cada uno, el otro postergado, ignorado, desconsiderado, incluso marchito, que queda en segundo plano en nuestro interior y que no sale a relucir todos los días. El otro que grita al silencio, que se revuelve en las mazmorras de nuestras emociones, que se amputa en la parálisis de la condescendencia con la vida social. La llamada pequeña muerte es el triunfo del yo recóndito. Desaparecen memorias, desiertos, abismos, oscuridades. Sólo acampa el eco del placer por sí mismo. La manifestación donde se libera el ser, se vindica la materia de hombre, se reclama de su autenticidad. Se explaya total desde su singular clamor. En la pequeña muerte también estamos solos. Una soledad nutriente, dual, confirmante, que nos disuelve y nos rearma. Duele nombrar a semejante belleza como pequeña muerte. Es la gran vida. Un reflejo posible de una eternidad no medible.



(Fotografía de Jacob Aue Sobol)


10 comentarios:

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    1. Alguien le pondría ese nombre, no yo.

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    1. Acaso lo más próximo a la absoluta ausencia, lo cual demuestra la hondura del ser humano incluso en su personal ausencia vivida.

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  3. La gran o grandes pulsiones de energía corporal y vital, para recordarnos que sí, que sí estamos, inconfundiblemente vivos, nunca más vivos, no muertos.

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    1. Ay, qué triunfo el de las pulsiones de la energía humana, tan condenada y perseguida hipócritamente por los intolerantes eclesiásticos. Es de lo más natural que nos recuerda el triunfo de la Vida sobre la odiosa Muerte.

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  4. ES bueno morir varias veces así, al menos.

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    1. Tantas cuanto bienestar logre obtener uno, casi más allá de la materia que nos conforma.

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