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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








miércoles, 24 de septiembre de 2014

Sus
















Si algo me gusta de los adjetivos posesivos es que acaso no responden solamente al sentido propietario del individuo o de la tribu, sino que se proponen a sí mismos para que convivan y se pueda dar el salto de unos a otros teóricamente sin dificultad y pacíficamente. Pero de hecho más que coordinarse y entenderse por las buenas, parece que en su perspectiva de realización van dirigidos unos contra otros. ¿No puede ser nunca el Mi sin el Tu o el Su? ¿Está legitimado el Nosotros si no participa un Vosotros y no se cuenta sobre todo con Ellos? Piensen, piensen qué fácil es tocar lo que se tiene al lado y encima haber ido de pudientes  -tal parece que hubiera sido la trayectoria de este país toda su vida, sin acordarnos ya de las miseria de hace dos días-  que la tentación es encerrarnos en nuestro mundo chiquitín. Se dirá: no somos nosotros el problema posesivo, es el mercado, es la historia, son las ideas, son los valores, son las creencias, son los derechos, es el instinto animal de nuestra especie...Todo ese maremágnum está ahí, dentro y fuera, alrededor nuestro, incordiando, cegando, desviando, manipulando. Para evitar que la convergencia humana, si no en su totalidad difusa, sí entre la inmensa mayoría de los que tenemos una condición precaria  o no asegurada para siempre, pueda vertebrarse de otro modo. Ya, lo mío es entelequia o peor aún, deseo humanista. Y no me gusta. Y acaso uno no pasa de ahí. Los adjetivos posesivos son solo adjetivos, tal vez ésa es su función y su límite. Lo malo es que nunca pasamos de ellos para, por ejemplo, agarrar los sustantivos y precisarlos. Llamar al pan pues eso, pan (y en la mayor amplitud de cubrir las necesidades) A la explotación, explotación (por mucho que muchas de las formas de ésta sean dulces o bien pagadas) A la barbarie de las ideas y del mercado y de las armas, pues barbarie (dulce pero falsa placidez de las ideas bellas, de la fe metafísica, del consumo que nos hace creer que nos da satisfacción de bienes eterna o de los ejércitos que pregonan seguridad) Al aislamiento, suicidio (los hombres sin otros hombres con intereses análogos son objeto de división y utilización malsana) Todas estas letras vomitadas me las podría haber evitado. La fotografía de los refugiados kurdos sirios habla lo suficiente de esos Ellos que quedan los últimos de la cola de la declinación humana. Y aquí, mientras, mirándonos al ombligo, algunos intentando viajes para los que no hace falta alforjas porque ya están hechos. Ansiedades del lujo.



4 comentarios:

  1. Los posesivos, querido amigo, cobran todo su sentido cuanto enuncian no solo los derechos sino los deberes, las oblicaciones de cualquier identidad. Así que sean siempre bienvenidos: Mi compromiso, mi aportación, mi abrazo, mi esfuerzo, mi solidaridad... El lenguaje sirve para crear realidades. Para hacer de la actitud una fuerza conjunta: mi país es el país de todos; mi compromiso es la voz que deja en la memoria al kurdo, al palestino, al sudanés o al inmigrante de cualquier sitio. Y también mis rechazos: al nacionalismo, a la barbarie, a la corrupción, a la mentira... En fin, mis palabras son también ahora tuyas. Abrazos.

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    1. Gracias, José Luis. Y además que todo es susceptible de ser dialogado o como dicen ahora negociado, aunque éste es un término que me parece más frío y peligroso porque suena a transacción de compra y venta en lugar de a procura. Alabo, y agradezco, tus MIS constructivos que yo olvidé en el anterior post a propósito. Abrazos.

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  2. Quedamos posesos por los adjetivos posesivos, que nos caeron como anillo al dedo por nuestro egoísmo, que muy pronto nos hace distinguir entre nosotros y ellos, entre lo nuestro y lo suyo. Cuando no debiéramos distinguir entre una cosa y otra, entre unos y otros. Pero somos así: defectuosos hasta la bestialidad.
    Un abrazo.

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    1. Defectuosos hasta la bestialidad, y desde la misma bestialidad diría yo. Hoy mismo veo imágenes de cómo en un pueblo del Levante español golpean los defensores de las tradiciones patrias (de los toros en este caso) a los que protestan por las salvajadas que se comenten con el animal. Ahí ya no se distingue al energúmeno humano del energúmeno de astas, con la diferencia de que el primero se pavonea de pertenecer a una cultura superlativa. Qué risa (triste)

      Un abrazo, Sara.

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