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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








domingo, 11 de noviembre de 2007

Maldicientes



Hay una raya -hay tantas- que se traza a todas horas. Y se destraza. La que sugiere los límites de la concordia. La que delimita el respeto a las reglas del juego. Está entre todos nosotros, en cada esfera de la vida social. Está dentro de cada ser, recordándonos que debemos tener una actitud cada vez más clara para regir nuestros comportamientos. Está en la política, esa herramienta que se nos brinda a todos pero que con frecuencia delegamos sin demasiadas exigencias en los profesionales, hasta olvidarnos de su profundo significado, y dando con frecuencia un cheque en blanco a los que van a decidir lo de todos. Esa raya se mueve, oscila, quiebra, da tumbos, se tuerce, pocas veces aparece rectilínea. La condición humana no lo permite. Sin embargo, todos presumimos de perseguir la verdad. Mas cuando algo no interesa buscamos tres pies al gato, es decir, mirar los asuntos desde otro ángulo que si tampoco los clarifican al menos retardan el efecto de la verdad sobre los intereses de los hombres. La verdad es improbable, pero es posible. Es objetiva o no es, ¿qué verdad?, la verdad, no tu verdad, que decía Machado. En ese camino por ir distinguiendo lo que es de lo que no es, hay personajes de la entrañable -a veces extrañable- vida nacional empeñados en no dar el brazo a torcer ante las situaciones evidentes y claras. Y estos personajes bufos ladran cada día, cada hora, en cada onda de radio malsana, en cada periódico maldiciente, por enturbiar la convivencia. Y lo hacen de múltiples maneras, una de ellas practicando la maledicencia.

Pío Rossi, un tardío humanista italiano del siglo XVII, en su LÉXICO DE LA MENTIRA, medita sobre este mal tan contagioso, y dice con sabia ironía y precisión del agente que la ejecuta:

MALDICIENTE. Lo son todos los que no quieren oír la verdad.

Algunos tienen la maledicencia como quinto elemento.

Los maldicientes no ven en el prójimo más que defectos. Empeñan todo su honor en deshonrar. Su alabanza es la censura. Su grandeza, la bajeza. No avanzan sino destruyendo. Pero digan el bien o el mal, sus palabras no podrán hacer jamás de nosotros sino lo que somos.

Los hombres ordinarios y de baja extracción, destrozados por los maldicientes, no se ocupan de otra cosa que de vengarse. No sucede lo mismo con los grandes príncipes, de Teodosio a Gratiano y otros. A veces maltratados por la boca de sus súbditos, y advertidos de sus propios defectos, reflexionaron sobre el modo de ser mejores y no de castigar a los que les advirtieron.

Son moscones inoportunos que agobian con sus invectivas los oídos de los hombres; avispas molestas que no pretenden sino picar y hacer daño.

Los que pertenecen a una clase despreciada tienen la lengua mucho más maldiciente y ultrajante.


Adriano VI amenaza con tirar la estatua de Pasquín al Tíber, y ésta le respondió que las ranas también croan debajo del agua.

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