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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








lunes, 26 de marzo de 2007

La medida del tiempo


He aquí de nuevo, en otra clave, el reloj del abuelo. Recuerdo cómo lo extraía del bolsillo del chaleco, asegurado por una cadenita que se sujetaba en un ojal. Me fascinaba la actitud relajada con que ejecutaba el movimiento. A veces jugueteaba también con él como si se tratara de un péndulo. Le gustaba decir la hora a cualquiera que se la pidiera; porque entonces, la hora se pedía; y la hora se daba. Épocas en que la premura extrema y la conducta acelerada no existían. Donde mirar el reloj era una referencia, pero no una obsesión. ¿Es este instrumento el que da la medida del tiempo? En segundo plano, una fotografía. Dos edades difuminadas por una neblina benévola. Una sonrisa en alza y un rictus bondadoso en decadencia. Lo que en la niña es naturaleza refleja, en la anciana es forzada, pero mantiene el tipo con bastante belleza y notable dignidad. Dos texturas diferentes de la piel, una tersa, la otra ajada. Dos aproximaciones orgullosas, una ya fugitiva de la candidez y la otra a punto de rendición. Todo un arco abierto, pero ambas sobre la misma curvatura, entre la estrella incipiente de la más joven y la señal partida de la octogenaria. ¿Son las fotografías las que reflejan el valor del tiempo? Una mano que sujeta el reloj de bolsillo. Este reloj exhibe una hora fronteriza; se trate de la madrugada o del avance de la tarde, la hora tiene algo de ecuador; por cierto, el abuelo se paró a esa misma hora un frío día de noviembre ya lejano. Difícil discernir la edad del sujeto que ahora lo sostiene. Unas yemas suaves, unos dedos pequeños pero gráciles, un sostenimiento leve, casi mimoso, que sugiere tal vez una incesante carrera de fondo ejecutada como exorcismo para negar el tiempo y sus paradas. ¿Qué mide esa mano? ¿Qué acaricia? ¿Qué compara? ¿Qué acerca? ¿Qué trata de observar? El hombre se pregunta si la medida del tiempo está en los objetos que pretenden controlarlo y retenerlo. Se cuestiona si es útil hacer un recorrido frecuente por todas las señales que indiquen pasado. Repasar los objetos que fueron de otros es activar la memoria y las preguntas. Sacar las viejas fotografías del álbum, y observarlas tratando de descubrir los enigmas encubiertos, es prender la llama de la melancolía. Pero, ¿qué hay de tiempo recobrado en cada uno de estos pequeños actos? Leo lo que Andrè Comte-Sponville define en su Diccionario Filosófico a propósito del tiempo recobrado:

Es una especie de eternidad de la memoria, en la que de pronto se revela el tiempo en su verdad (“Un poco de tiempo en estado puro”, dice Proust), y en ella (en ese instante “liberado del orden del tiempo”) es abolido. El pasado y el presente se confunden, o más bien, por diferentes que sigan siendo (la magdalena en el té y la magdalena en la tisana son diferentes), se encuentran en un mismo presente, que es el del espíritu, que es el del arte, y liberan “la esencia permanente y habitualmente oculta de las cosas”, que es simplemente su verdad, siempre presente, o su eternidad. Pues la verdad no pasa, todo está ahí; pues el tiempo no pasa (somos nosotros, diría tanto Proust como Ronsard, los que pasamos en él), y esta contemplación, aunque fugitiva, es la eternidad. El tiempo recobrado por ese motivo es lo mismo que el tiempo perdido (“la verdadera vida, la vida al fin descubierta y elucidada, la única vida, por lo tanto, realmente vivida...”), y, sin embargo, su contrario.

3 comentarios:

  1. Interesante disquisición sobre la medida del tiempo, y que sabe a poco. Es un tema tan recurrente como atractivo, del que no podemos escapar a su consideración según pasa la vida. (Es decir, ¿el tiempo?) El reloj de un abuelo (o un bastón, o un cuaderno, etc.) dan para mucho, aunque el reloj siempre es tan especialmente simbólico...Un buen día, Fakel.

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  2. Nos agarramos al tiempo igual que a la vida y necesitamos la memoria para ello y la mojamos en té tantas veces como nuestro ánimo nos lo exige. Para mí el reloj no es apenas significativo del tiempo o al menos no el tiempo que me interesa no olvidar. Para mi el tiempo, es la lluvia, el olor, la música, una sonrisa, unas manos, los pájaros, el viento, pero no un reloj. Quizá porque me dan miedo porque se ocupan de atar el tiempo, no de darlo.
    Buen día Fackel

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  3. Precisamente vuestras sugerencias y comentarios (los comentarios siempre son sugerentes) me han dado pie a decir algunas cosas a vuela pluma (que es uno de los fines de un blog personal)sobre el valor (el significado) de los objetos (recobrados) Pasen y vean, mademes et monsieurs, al último post. Gracias por vuestra aportación.

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