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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








sábado, 10 de febrero de 2007

Inminencia


Hoy es diez de febrero. Mañana voy a nacer. No es que se esté mal aquí adentro. Qué va, todo lo contrario. Me encuentro calentito, y satisfecho en este espacio tibio, húmedo y protegido. Pero me pica la curiosidad. Y poco a poco me invade cierto cosquilleo provocador. A veces llegan sonidos del exterior que me intrigan sobremanera. Además, no sé si el cuerpo de esta mujer acogedora permitirá que prolongue por más tiempo mi condición de arrendado. Y me acucian ya algunas preguntas, si bien no revisten la forma de los razonamientos más primarios; eso es cosa del más allá. Pero las preguntas surgen con cierta hechura de desasosiego ya en esta orilla aunque, lógicamente, no tengan el rostro de la experiencia ni el disfraz de los conceptos. Las preguntas son ráfagas espontáneas de intuición y de sensaciones. En estos últimos tiempos ya han ido adquiriendo una forma de duda, de expectación, de sospecha. Quién voy a ser, cómo voy a estar ahí fuera, qué aspecto voy a tener, qué me voy a encontrar. Las preguntas se traducen en una excitación creciente e imparable. Una inquietud que recorre este volumen menudo que en breve va a ser reconocido como cuerpo y ser por otros ojos y por otras manos hace que no pare de cambiar de posición aquí dentro y que la mujer que me lleva de un lado a otro con ella se incomode. Se ve que me apremia la emergencia en ciernes. No sé si este impulso me viene por un creciente e injusto desapego o porque el más allá me reclama tentador con sus veladas voces atrayentes. El hábitat en que he ido constituyéndome elástica y estructuralmente durante estos meses, con ser un paraíso de bienestar que posiblemente añore y reclame toda mi vida, se va a quedar estrecho de un momento a otro. Sospecho que tengo que arriesgar y salir de una vez a dar la cara al ruido, a la intemperie, a la complicación, a la inseguridad, al desarraigo. No hay elección. Podría resistirme pero no me valdría de nada. Y además, este hogar provisional no se lo merece. He tomado nota de lo benefactor que ha sido, me guardo su recuerdo como una primigenia cartilla, y me digo por última vez que tengo que asumir el choque. Me espera la aventura, y me atrae. Puede que tenga que aprenderlo todo de nuevo. Ahora sólo me espera ante todo empaparme de sensaciones y manifestar ruidosamente las emociones del descubrimiento. Dejarme llevar y cautivar por sonoridades, gestos, olores, afectos. Ya llegarán más tarde las imágenes. Y las palabras. Debo nacer. Así lo llaman. Después, mucho después, vendrá la capacidad de comparar; ya se sabe, ese juego terrible y contradictorio de las aproximaciones y los alejamientos, de las semejanzas y las diferencias, algo imprescindible para tener una mínima conciencia de los límites y situarte. Pero no tengo prisa. Ahora sólo me apremia llegar al once de febrero.

3 comentarios:

  1. Curioso ejercicio de un nato en ciernes, Fackel. Contraponer seguridades del planeta útero con la lucha por la vida una vez nacidos tiene su punto de reflexión, sí señor.

    Un abrazo

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  2. Por qué exactamente el once de febrero? Fackel

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  3. Daniela: ¿Y por qué no? Azar, siempre azar.

    Así es, Alex, aunque suene a opuestos y otro llamen complementarios, la ficción es posible. Pero la vida siempre supera a la ficción, recuerda.

    Buenas noches a ambos.

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