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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








domingo, 11 de febrero de 2007

Abandono



Te abandonas, buscas el silencio a tu alrededor, extiendes el cuerpo, te echas los cabellos hacia atrás con las dos manos, marcando surcos con los dedos, en una especie de pretensión simbólica por librarte de los pensamientos rebeldes, invocas la serenidad, te apremia la quietud, dejas que las sábanas se reencuentren con tu calor, respiras profundamente saboreando el oxígeno y lo agradece tu plexo, masajeas tu barba lenta pero repetidamente advirtiendo su firmeza, esa barba sorpresiva a la que recuerdas en una oriundez extraordinariamente pelirroja, ya traicionada, echas un último vistazo a los colores, a las imágenes, a las letras, a las formas, antes de fulminarlos a todos al pulsar el interruptor de la luz, vas entrando en una disolución de tus energías, te entregas a una lasitud vaporosa que exige que los acontecimientos del día deban ser arrinconados, tratas de alejar todo lo más que puedes lo experimentado durante las últimas horas, te liberas de tus extremidades, trazas con ellas un mapa lo más inconsistente posible, las dejas extraviadas, instalas la anarquía de las posturas, abarcando direcciones contrapuestas, necesitas notar la ausencia de gravedad en los territorios de tu cuerpo, precisas simplemente no sentirte, requieres que tu espina dorsal se distienda llevando los nervios al punto cero, ahuyentas las inquietudes que te envaran, las encierras resolutivamente en el cuarto de atrás, en el de la dilación, ejercitas un desperezo que busca hermanarse con el que arrancaste al despertar, cerrando el círculo de la jornada para que puedas percibirte centrado en él, sepultas la mecánica y los rituales recurrentes que han tensado durante las horas del día todo tu organismo por aquello de ganarte el pan y la bolsa del supermercado, has colgado tu rol de una percha invisible, te esfuerzas por arrinconar las preocupaciones sobre lo irrealizado, marginas las insatisfacciones de lo que has hecho y no te ha gustado, niegas con una moratoria refleja todo lo que te acucia, sabes que cualquier fijación repercutiría en la búsqueda natural de tu estado silente, y que desbordaría tu duermevela, sin embargo no puedes evitar hacer un guiño a alguna de esas memorias recónditas que se resisten a alejarse de ti, una imagen fugaz de ti mismo sobre una infancia ya lejana, la visión de tus padres, el ritmo de los viajes que no cesan, los iconos de las mujeres que has amado, las deudas que aún te martirizan, la opacidad de tantos quehaceres a los que te has obligado, en fin, esa retahíla de circunstancias que te afirma y te distrae, pero te urge ahora tu propia ausencia, no quieres encontrarte aquí durante el período inmediato en que te van a acoger las sombras de la conciencia, entregas las llaves a un fiel portero de noche, el mismo que abre las puertas sólo a los misteriosos visitantes de paso de los vastos parajes que anhelas recorrer ya, y los presientes, adviertes que los raíles se mueven bajo tu cuerpo, cada vez con un ritmo más fuerte, más poseedor, viajas en un tren nocturno cuyo traqueteo te introduce armoniosamente en ese trayecto hasta el fondo desposeído de tu imaginación donde, cual orate, se desmadra para enseñarte ciudades nuevas, y comienzas a vislumbrar otras vidas entre las tinieblas que han calado en ti, que se ha apropiado de ti, otras luces, otros trazos, otros sonidos, otras apetencias, ya estás viajando y tu itinerario se va desenvolviendo en unas dimensiones que no identificas y de las que ignoras si retornarás...



(Fotografía del ruso Referee)

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