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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








lunes, 30 de octubre de 2006

Escucha a Epicuro


Por qué desconfío de las tradiciones humanas, por qué huyo de los espectáculos repetitivos y amorfos. ¿Será porque ya me hartó su soniquete, porque me resultan opacas sus iconografías, porque tras el ruido está un silencio inexpresivo? Ese culto formal, vacuo, obligado incluso, exteriorizado e interiorizado a la vez, que gira en torno al estereotipo de la muerte me rebela. Se le reviste de recuerdo puntual, de procesión sentimentaloide, de consenso único, y a la postre de lo que cada vez se trata más es de convertirla en una celebración de consumo mediocre y trasnochada. Un día que aún vende poco, aunque la industria y el comercio, siempre vigilantes, aguzan su ingenio. El tema espanta demasiado y de los muertos más vale no acordarse mucho porque, a veces, tienen una larga mano. No olvidar que una vez vivieron. Y marcaron. La fecha ni siquiera resulta como fórmula para reflexionar y hacerse preguntas sobre el acontecimiento. La muerte no es sólo es un suceso (imprevisto o anunciado) ni siquiera un mero desenlace. Es sobre todo el acontecimiento. Dejar de ser es la conclusión (siempre repentina, nunca aceptada) en la obra representada. Ya decía Albert Camus en El mito de Sísifo:

"Para el actor como para el hombre absurdo, una muerte prematura es irreparable. Nada puede compensar la suma de rostros y de siglos que, si esto no hubiese ocurrido, habría recorrido. Pero de todas formas, se trata de morir. El actor está sin duda en todas partes, pero el tiempo también le arrastra y hace en él su obra"

El tabú -el miedo ancestral, subconsciente, compartido- nos hace vivir como si la vida no fuera a ser nunca posible. Como mucho, si el tema sale en conversaciones lo hace de modo morboso, urgente y transitario. Se invoca su alejamiento, se relativiza el riesgo, se olvida la proximidad. Me apetece, no para incordiar, sino para cordiar, para argumentar desde el corazón, traer aquí un texto impresionante del filósofo ateniense Epicuro (haceros idea: vivió entre 342-270 a.c.)

"Acostúmbrate a pensar que la muerte para nosotros no es nada, porque todo el bien y todo el mal residen en las sensaciones, y precisamente la muerte consiste en estar privado de sensación. Por tanto, la recta convicción de que la muerte no es nada para nosotros nos hace agradable la mortalidad de la vida; no porque le añada un tiempo indefinido, sino porque nos priva de un afán desmesurado de inmortalidad. Nada hay que cause temor en la vida para quien está convencido de que el no vivir no guarda tampoco nada temible. Es estúpido quien confiese temer la muerte no por el dolor que pueda causarle en el momento que se presente, sino porque, pensando en ella, siente dolor: porque aquello cuya presencia no nos perturba, no es sensato que nos angustie durante su espera. El peor de los males, la muerte, no significa nada para nosotros, porque mientras vivimos no existe, y cuando está presente nosotros no existimos. Así pues, la muerte no es real ni para los vivos ni para los muertos, ya que está lejos de los primeros y, cuando se acerca a los segundos, éstos han desaparecido ya. A pesar de ello, la mayoría de la gente unas veces rehúye la muerte viéndola como el mayor de los males, y otras la invoca por remedio de las desgracias de esta vida. El sabio, por su parte, ni desea la vida ni rehúye el dejarla, porque para él el vivir no es un mal, ni considera que lo sea la muerte. Y así como de entre los alimentos no escoge los más abundantes sino los más agradables, del mismo modo disfruta no del tiempo más largo, sino del más intenso en el placer."

Epicuro bien merece una meditación y una calma. Hay más Tao en él de lo que parece.

(La fotografía surrealista es del norteamericano Ivan Cap y la expresionista del alemán Bill Brandt, no tienen pérdida)

2 comentarios:

  1. Qué liberador este Epicuro, Fackel. Lo que a algunos les puede parecer frío no es sino racionalmente interpretado. Sólo la calma con que filosofa ya refresca el alma. Merece comentario más amplio. Sigue esa línea de mostrarnos pensamientos enjundiosos. Veintitantos siglos y están llenos de sabiduría.

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  2. La cuestión es que pasamos nuestros días delegando en textos que son flor de un día, despistando las búsquedas en autores que no aportan nada que no se haya aportado, escarbando modernidades que ya lo eran hace siglos. Y que un día hay que decir: quietos. Lo interesante ya se escirbió, la modernidad ya se construyó, el descubrimiento ya tuvo lugar. Incluso formalmente, aunque nos seduzcan tantas maneras de escribir del siglo veinte. Probablemente ya está todo escrito y de todas las maneras. Al menos en la narrativa en general. Nos siguen atrapando los estilos, pero cada vez el sentido nos pide más atrapar los conceptos. Y en esto, los autores clásicos eran maestros. Se trata ahora de encontrarnos o reencontrarnos con ellos. Por eso me gusta, en la medida de mi escaso conocimiento, traerlos a colación y en efigie aquí. Gracias por tu opinión, Sebastian.

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