"...Y es que en la noche hay siempre un fuego oculto". Claudio Rodríguez





jueves, 30 de abril de 2026

La mirona (o el mirón)

 


No dejaba de mirarme. O era yo quien no dejaba de mirarla. El debate era largo. El aula se iba llenando de humo. Cada cual de cuantos nos reuníamos allí interveníamos o bien por turno o bien espontáneos. Estas intervenciones improvisadas causaban siempre expectación, aunque no gustaban a todo el mundo. Había quien exhibía su liderazgo y quien aspiraba a ser reconocido. Yo era de los híbridos. Ni sentaba precedente sobre otros ni me veía con madera de héroe. Además distaba de ser alguien analítico, que trae los deberes hechos y propone con cálculo. Mucho menos se me hubiera ocurrido pretender ser seguido en mis propuestas. Recuerdo que en una ocasión en que estuve a punto de ser secundado no solo en las palabras sino en los hechos fui atajado contundentemente por quienes detentaban poder sobre la grey. Claro que si no llegan a reducir mi planteamiento radical el lío habría podido ser fenomenal y, de paso me hubiera quedado yo sin trabajo o pasar al tribunal pertinente; o ambas situaciones. Riesgos de juventud que aún no conocían el precio de lo que se vendía por ahí. 

En esta reducida asamblea apenas me quedaban ínfulas de otro tiempo, pero sí el estilo y cierto empuje, no sé si ingenuo o utópico, que acaso es lo mismo, por pensar que hay verdad allá donde los individuos se agrupan y buscan soluciones. Otro asunto es que ello conlleve acierto y avance. Pero así era el empeño colectivo entonces. Yo mismo me sorprendía de mis sugerencias. Lo que exponía se me acababa de ocurrir en aquel mismo instante y allí había dado rienda suelta a la inspiración. Si tenía ideas más digeridas que, digamos, traía de casa, yo aumentaba su relato con aplomo, a veces con osada virulencia. Afortunadamente pocas veces cuajaron mis ocurrencias que solían acabar diluyéndose en planteamientos más realistas de quienes tenían más que yo sus pies en el suelo. 

No tardé en darme cuenta de que aquella mujer estaba pendiente de mis intervenciones. ¿Sería por lo que yo planteaba o por mi manera de expresarme? ¿Aceptaba el torrente de mis anhelantes ideas o la forma apasionada con que volaban? Ella no mostraba una expresión especial, sino más bien anodina. Cara de póker, que dicen algunos. A mí no me parecía ni neutral ni ignorante. Cuando yo había terminado de hablar se quedaba unos instantes mirándome. Y aunque ninguno de los dos interviniéramos había una convergencia de miradas cada vez más frecuente. Por momentos incisiva y duradera. Solo quien  ha pasado por espacios de coloquio donde participa cierto número de personas sabe que el poder de las miradas va acompasado con el de las palabras. Que a veces los ojos rubrican las bocas. O bien las desdeñan, expresándose ellos solos con más claridad. 

Los líderes conocen muy bien el paño. Por las caras que pone el auditorio saben si están respaldados o no. Hay una especie de comunión entre los oradores y el resto que habla menos o permanece mudo pero aquiescente. Una propuesta bien acogida suscita movimientos verticales de cabeza, sonrisas y un gran destello colectivo, como si el resto de participantes fuera un solo ojo. No recuerdo si lo que se hablaba en aquella reunión tenía entidad, ni mucho menos si cuanto se iba aceptando podría llegar a buen puerto. No recuerdo porque yo iba perdiendo interés en los temas tratados, aunque fingía aceptablemente. Ella intervino poco y cuando lo hizo me pareció de una sensatez radiante. Sus palabras eran precisas. Sus ideas, constructivas y moderadas. Su actitud se mostraba humilde. Sus aportaciones buscaban el cauce templado de otros asistentes, sin renunciar por ello a sus propias limitaciones. Su juventud me parecía menos lejana. Sus puntos de vista contrastaban con los míos,  aunque fueran en análoga dirección, pero ello me llevaba a ceder y comprender más abiertamente nuevas ideas.

No sé si fue en aquellos instantes en que la mujer había tomado la palabra, ya a punto de terminar el encuentro, cuando desconecté de la reunión, y ya digo que con mucho disimulo, para estar pendiente de observarla atentamente. ¿Le sucedía a ella lo mismo? ¿O me borraba de aquel marco colectivo para hacer valer sus tesis? Cuando hubo que votar las proposiciones dejé de tener personalidad autónoma. Me negué a mí mismo e ignoré mi anterior discurso. Esperé a ver hacia dónde se inclinaba ella para a continuación optar yo por idéntica resolución. Creo que se dio cuenta de la provocativa renuncia a mi personalidad. Porque estaba cediendo mis puntos de vista a los suyos. Incluso me pareció percibir una sonrisa críptica no exenta de retintín. Las sonrisas hablan con una precisión sincera que no suelen conseguir las palabras. Las sonrisas delatan atracciones o antipatías, según el sesgo que tomen. Las sonrisas juzgan sin el compromiso de dar explicaciones razonadas. ¿Me echaría en cara las contradicciones en que yo había incurrido? 

Dime que lo que has votado ha sido por convicción personal, me dijo cuando todos nos levantamos. Fingí sorpresa. Sonreí con gesto enmascarado. Naturalmente, respondí crecido. Ella atacó. Pero has votado propuestas que no habías aceptado cuando interviniste. Eras tan convincente, solté para su perplejidad. ¿Yo, que he hablado lo justo?, se defendió con tono de reproche encubierto mientras íbamos camino de tomar un café que iba a ser el primero de cuantos vinieron después.



* Jesús Molina García de Arias. La bella. 1943. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.


1 comentario:

  1. Mira tranquila, con una pose majestuosa, con señorío de dama de la alta sociedad. Bien peinada para la ocasión. Es ella la que se lleva todas las miradas.
    Me encanta.
    Saludos

    ResponderEliminar