Me gustaba correr tras las gallinas. Picotearlas, cuando no tomarlas, sobre todo a las más rebeldes, y que luego dieran rienda suelta a sus crías. No es que así lograra placer. Al fin y al cabo siempre era una tarea tan monótona. Mi disfrute más conseguido, tras los amaneceres en que parecía indiscutiblemente el descubridor de la luz y de los quehaceres de los hombres, era pavonearme. Habría que decir gallonearme. Todo el gallinero para mí. Y el corral entero, y el patio, y la calle. Discurrir por cualquier rincón, todo el mundo apartándose a mi paso. Los niños huyendo ante mis provocaciones, aunque nunca se me habría ocurrido picar a nadie.
Un día fui a por una criatura nada inocente. De ordinario me tiraba piedras y luego echaba a correr. Nunca me arredré ante la bestezuela humana. Le pillé por sorpresa, quise asustarle solamente, pero fallé en el amago. Mi pico en su pierna le espantó, salió pitando, pidiendo auxilio. Fue un error de cálculo por mi parte. No volvió ni para vengarse. Tampoco debió dar parte a sus progenitores, si los tenía.
Me gustaba sentirme contemplando. Eso es gallardía, escuché decir un día a un vecino. Un animal poderoso, ratificó otro. Su cresta carmesí es un pabellón de nobleza, comentó un enteradillo, sin que yo entendiera lo de nobleza. ¿Has visto qué espolones?, advirtió quien parecía conocer mejor mi fisionomía que yo mismo. Yo me aproximaba a todos ellos para oír sus comentarios, sin ninguna intención agresiva. Solo para exhibirme. Luego me daba media vuelta, orgulloso y vibrante, aparentando ignorarlos.
Mis dueños no me ponían otro coto a mis correrías que su vivienda. Aunque también fuera accesible no se me ocurriría entrar en ella. Un día, no sé si por despiste o por curiosidad, entré a través de un pasillo y tuve que salir por pies, vamos por plumas, a saltos, a vuelo raso. Pillé al señor de la casa haciendo cariños a la doncella más bella. Afanándose en tocamientos y dulces palabras con aquella muchacha, la que más me quería, la que tenía siempre más cuidado hacia mi persona. ¿Sería el señor el verdadero gallo de la casa? ¿Había tomado ejemplo de mi? La joven no parecía rechazarle, más bien se sentía poseída por el buen hacer amatorio del macho. Me quedé observando las artes de ambos, uno entregado con empeño, la otra dejándose llevar arrobada. Yo traté de no hacer ruido, pero acaso el movimiento inquieto de mi cresta o un giro de los amantes que cedían entre sí sus desnudeces reaccionaron sintiéndose sorprendidos por un ajeno. Ella tiró sobre mí el corpiño. Él me dio un manotazo, sin soltar a su presa.
¿Fue esta la razón por la que me veo ahora colgado y sin que me salga un gorgorito? ¿Me consideraban viejo cuando me atraparon unos días después y el mozo más rudo apretó sus gruesos dedos sobre mi gaznate? Lo último que escuché: ya ve, señor, un gallo viejo y además un gallo verde. El señor rio a cuenta de la ocurrencia cómplice del otro.
Gabriel Metsu, Gallo muerto. 1659-1660. Museo del Prado, Madrid.

Pobre gallo, tan altanero y ya ves, le ha sucedido algo parecido al Gallo de Morón, que no el de Platón
ResponderEliminarHay muchos gallos verdes, algunos con uniforme y todo.
ResponderEliminarMe preguntaba de la postura tan poco varonil, de gallito, luego me he dado cuenta que estaba preparado para ser desplumado.
ResponderEliminarNo hay un ser más chulo y altanero, que el amo único del corral. Para ver en lo que queda. Nada
Saludos