"...Y es que en la noche hay siempre un fuego oculto". Claudio Rodríguez





viernes, 27 de febrero de 2026

La aciaga hora de las vendas

 



Es la hora de las vendas. No las que protegen la herida, sino las que la profundizan. No las que ocultan la verdad, sino las que la revelarán cuando queden cubiertas de sangre. ¿Por qué vendarán los ojos a los reos? Para que no vean, ¿qué? ¿La actitud piadosa de los monjes, eternos vigilantes de la buena muerte, como si esta se mostrara buena en esa circunstancia atroz? ¿Para que se sientan consolados al borde de las tinieblas? ¿Puede haber consuelo para un reo? Contumaces en sus ideas y propósitos los hombres audaces, malos calculadores de la avidez de quienes tienen más poder que ellos, se ven en la derrota más total, la que solo depara un triunfo, pero para la muerte. Pero ellos quieren ver. Quieren ver el rostro de autómatas que muestran los fusileros. Quieren ver la orgullosa pero hipócrita marcialidad de los mandos. El gesto turbio de satisfacción de quienes darán la orden del ajusticiamiento. Tal vez atinen a ver, más allá de toda la tropa y curiosos, a algunos de quienes los traicionaron. Y quien más o quien menos de ellos, atenazado por el rencor y el sentimiento de fracaso, intuya a los verdaderos vencedores que, desde sus fincas de recreo o los casinos provincianos, se frotan las manos por la victoria de su conspiración. ¿Qué es lo peor que puede padecer un hombre a punto de perder la vida? La soledad. Aunque a su lado se agrupen otros hombres, tan abandonados a su suerte como él. Se sujetan de las manos, se abrazan, se miran como si las miradas construyeran un solo hombre. Apenas pronuncian palabra, salvo algún improperio. No hay pizca de ánimo que eleve su temple. Su temple es el escalofrío que se ha apoderado de cada cuerpo. Sienten en sus mentes la caída de las ilusiones, aquellas que creían apoyadas y ratificadas por el pueblo. Pero el pueblo se mantiene a distancia. Contempla atónito el horror que ese mismo pueblo, con su inoperancia y su vaciamiento ideológico, con su confusión y su entrega al mejor postor, permite que los paladines de la revuelta estén frente a los mosquetones. Algunos de ese pueblo, agitados por su mala conciencia, comentarán entre sí que no debería haber tenido lugar ese fiasco. Pero otros, cambiando de bando, clamarán contra los condenados. Como si sus gritos pudieran acallar su deslealtad. 

El amanecer es gris y el mar está encrespado. Pasará un tiempo y se negarán los hechos. O se contarán de otra manera. Muchos que hoy callan ensalzarán a los ejecutados. Cayeron por sus ideales, dirá la plebe. Fueron héroes, proclamarán hasta los cobardes. Tuvieron sus genitales hispanos en su sitio, reconocerán cínicamente es sus tertulias los instigadores de la trama. Un problema menos, aplaudirán en sus cenáculos los patrocinadores del crimen. El alba es opaco y las olas turbulentas.
 




* Antonio Gisbert Pérez. Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga. 1888. Museo del Prado.

2 comentarios:

  1. En la Sirena varada de Casona uno de los personajes llevaba los ojos vendados simulando ser ciego para no afrontar la realidad, creo era Juan Lizárraga.

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  2. Creo que era Unamuno el que decía algo así como: Me tapo los ojos para ver.

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