La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose. Karl Kraus.



lunes, 17 de septiembre de 2018

Rincones. Al fin solos, mientras varios milenios nos contemplan





















¿Recuerdas, mi señora, cuando te decía que te reconocería más allá de la muerte? He aquí el instante en que te descubres y una vez más me descubro. Me basta tu desnudez desprovista y esbelta, dotada de una pose de eterno retorno al origen, para recrear desde mi recuerdo tu hermosa desnudez vital. Con mi osamenta no han dado todavía, acaso la tierra sublime me haya precipitado aún más en lo hondo de sus entrañas, junto a otros desdichados, ignorados a causa de la dispar fortuna y de la inapelable condición. Tal vez la tierra considera que lo que quede de mi cuerpo no es digno de manifestarse y su castigo es hacerme permanecer en la oscura región de los sin nombre. Y, sin embargo, bendito el suelo que nos dio sus frutos y que nos acoge en su fecundo seno. ¿O es el papel que jugamos en vida lo que aún nos persigue en este sueño irreversible y marca todavía las diferencias? Soy ahora, como entonces, un don nadie. Tú la dama deseada por muchos pero selecta hasta el extremo de no atenerte en tu elección a los desposorios designados para tu clase. Yo, el servidor fiel que gozó de tus reconocimientos íntimos, aunque a los ojos de cuantos te rodeaban no fuera más que un fámulo discreto y cumplidor. Fui tu vasallo por partida doble. Una, en la prestación de atenciones a tu casa. Otra, por mi rendición a los reclamos que me llegaban de ti. Pero esta circunstancia, ¿no te exponía a su vez a rendirte tú misma a las imprudentes sugerencias que mi insistente mirada, mi conversación fluida o el esmero en el ejercicio de mi trabajo iban calando en tu inexperiencia? Corrimos riesgos ambos. Pienso ahora en nuestros encuentros subrepticios, cuando el entusiasmo superaba al temor de romper las reglas y saltarnos los cometidos que marcaban a cada cual inflexiblemente. Haber sido descubiertos te hubiera costado que te cercenaran la libertad; a mí, sin duda, la muerte. ¿O fue esa la razón por la que yo estoy fuera del mundo de los vivos mucho antes que tú? Mi pensamiento se solaza ahora en la memoria de los tiempos felices. Mi espera nerviosa y vigilante al caer la tarde junto  los álamos de la alberca. Tu salida disfrazada, atravesando la luz crepuscular de los callejones. Qué valor tenías, prescindiendo de la protección de algún confidente, afirmándote de ese modo en la prudencia. ¿Te bastaba saber que yo te esperaba para sentirte segura y firme en la arrojada decisión? Pero si nuestra mutua atracción fue fértil y placentera, ¿qué futuro podía tener más allá de los instantes clandestinos? ¿Devolverías al destino las joyas con las que te adornaban en los ceremoniales a cambio de habernos consagrado a nosotros mismos bajo otras circunstancias más admitidas? Era imposible otra situación. Ninguno de los dos podíamos escapar a la naturaleza de las cosas que nos hacían estar donde estábamos. Salvo que nos hubiéramos arriesgado a perderlo todo. Te reconozco más allá de los milenios. Muchos de los actuales vivos se preguntarán qué mujer habría tras el esqueleto mecido por la tierra. No voy a decir nada ni a traicionar nuestros sueños, señora mía. Además, desde los estratos donde me oculto no puede llegar mi voz.



(Fotografía de Sara Genicio aparecida en El País. Reproduce los restos de una dama importante hallados en el yacimiento prehistórico de Humanejos, Parla)


4 comentarios:

  1. ¿Qué queda de nosotros cuando solo somos huesos? ¿Y el amor, qué constancia?

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Los arqueólogos dirán que utensilios, los antropólogos que disposición ósea, los biólogos que ADN...pero eso es lo que queda de unos restos ajenos, nunca de un ser propio.

      Eliminar
  2. Un placer este sueño clandestino.

    Gracias por traer a Mira a quien no conocía. Alguien que escribe: " Desconfío de cualquier urgencia...pero amo los golpes de mi corazón...trabajo empujado por lo mejor de mí" merece ser leído.
    Trágico fin en una ciudad que me trae la belleza de Merienplatz,su música callejera, la cerveza de la Hofbräuhaus al final de Burgstrasse...entre otras cosas.

    Adriana

    ResponderEliminar
  3. El sueño eterno, Adriana, es el sueño más clandestino que existe. Nadie habla de él, salvo el intérprete de la ficción.

    Sí, Víctor Mira fue un personaje especial, interesante, probablemente atormentado. Las ilustraciones del cuento de Caperucita son excepcionales. En la mejor tradición de las pinturas negras de Goya o de las geniales creaciones de los expresionistas alemanes.

    Ah, München. Qué lejos quedan aquellos tiempos. Qué cerca cuando se recuerda.

    ResponderEliminar