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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








jueves, 9 de febrero de 2017

La servidumbre del día, según Max




Cansa levantarse por la mañana, mirar el mundo, el próximo y el lejano, y percibir la sensación de que no aprendemos nada, dice Max. Hemos llegado hasta aquí, por lo menos, le digo. Hemos disfrutado algo, lo cual también es una manifestación del saber, le digo, hemos soslayado malos tragos o los hemos superado otras veces, le insisto. Para mí eso es lo que yo llamo un balance positivo. Tienes razón, me replica amable, nuestro error, que aún da coletazos, es que una vez pensamos que sería posible entendernos los hombres, contener los malos tragos y enderezar aquello en lo que nos habíamos equivocado o se había hecho mal a propósito. Te entiendo, Max. La idea del sometimiento, en cualquier faceta y plano de la existencia que hemos llevado nos abruma a ambos. Pero aun sabiendo ahora mismo que la libertad no será posible tal vez ni al recluirnos en nuestro propio interior no logramos apartarnos del ámbito general donde nos congregamos unos hombres con otros. Libertad y además alimento y además cobijo y además márgenes de aprendizaje, que cada vez se pone más complicado todo, entra al quite Max. Cansa levantarse, cansa mirar y ver la pobreza mental de tantos seres, y de entre ellos la más peligrosa ineptitud es la de los soberbios pastores del rebaño, musita amparándose tras la cortina de lluvia de la ventana. Una pobreza que se apoya en el desprecio y la ignorancia con que dirigen a millones de individuos, sin tener capacidad ni respeto ni sensatez para con todos los que nos dejamos someter. Por eso nos duele el sometimiento, le respondo, porque siempre procuramos que nos mande ese tipo de personajes de baja calidad intelectual y escasa si no dudosa ética. Sí, así es, comenta mi amigo. Ese tipo de seres que se aprovechan de este mundo para vivir solo en el de aquellos otros para los que, a su vez, se ofrecen como siervos. Ya ves que ellos no están libres de una servidumbre chabacana, no importándoles ser usados y relegados de mala manera cuando ya no les necesiten sus amos. Ah, lo dices porque ayer mismo vimos un caso, sí, pero eso es la sempiterna repetición de la historia. Los que se ofrecen a otros sin ser capaces de satisfacer a los propios. Max se pone serio: nos debe gustar la infamia y rebozarnos en ella, dice con sequedad y tristeza.



(Fotografía de Saul Leiter)


2 comentarios:

  1. Lo que más cansa es que la experiencia humana no se acumula como el conocimiento científico y tecnológico, y por lo tanto, cada generación empieza sin atender a los errores del pasado.
    Es siniestro que no sepamos sacar provecho de quienes la pifiaron antes que nosotros. Si ya sabemos las consecuencias de las guerras, la esclavitud, los abusos y etc, y , vuelve la burra al trigo, seguimos eligiendo a quienes se pirran por provocar más de lo mismo. Decididamente, la humanidad ha nacido con una tara, menos mal que algunos se apartan del rebaño y abren trocha por otras sendas, pacíficas y creativas.

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    1. La experiencia humana, que se supone debe concentrarse sobre todo en los mayores, no parece ser tenida en cuenta de modo colectivo o al menos para que influya en la sociedad. Cierto que los modos de vida cambiantes, vertiginosos y complejos no aceptan recomendaciones prudentes y los que podrían darlas ya no se atreven a emitirlas, salvo en la intimidad. No sé si los humanos están tarados o simplemente que tenemos unos límites manifiestos. Generamos mucha actividad a muchas bandas pero la naturaleza propia es tan conflictiva y dispar que no hemos encontrado un punto en que sepamos superar los errores de altura. Por supuesto, los avances y los retrocesos van por barrios. Aunque la globalización no sabemos lo que traerá, no soy negativo al respecto, acaso sirva para un planteamiento más igualitario algún día. Y, tristemente, mientras tenemos que soportar nuevamente tiempos quebradizos, personajes mediocres con mucho poder y sistemas de organización social y representativa que acaso ya no sirven. Y a río revuelto...ya sabes. Un abrazo.

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