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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








sábado, 10 de diciembre de 2016

Antonio & Ulrike



(Andrés Serrano)


Conocí a Ulrike y a Antonio hace bastantes años en una célebre galería de arte de Madrid. Sus corpulencias no aparentaban tanto como en la fotografía. Sin embargo los rigores de la imagen no se diluían del todo en la vida real. Por las circunstancias ellos se mostraban afables y receptivos con los invitados a la inauguración de la muestra. Les observé mucho. Cuando no hablaba con alguien Ulrike se quedaba abstraída, y yo me di cuenta de que miraba paisajes interiores que acaso la torturaban. Antonio, por el contrario, y debido a la experiencia de sus años parecía seguir el juego con mayor libertad. En el recorrido de las fotografías hubo pocos comentarios por parte de la comisaria de la exposición, se limitó a especificaciones técnicas, a lo que seguía un silencio de duración alterna, en función de la obra. Como bien dijo la comisaria ante todo se trataba de leer la fotografía y percibir conforme a lo que cada trabajo sugiriera al espectador, para lo cual lo mejor era permanecer callados. Hubo expectación al llegar ante la imagen de Antonio y Ulrike. Parada sin ruidos, mudez, contención de alientos. Ni el mínimo cuchicheo, carencia de sonrisas. Tal vez el roce moderado de los abrigos. Súbita detención de los pasos. Parecía que la sala hubiera quedado desierta. Sí noté cierto grado de iluminación en los rostros de varios espectadores, puede que exponente de una admiración comedida. Ante la fotografía Ulrike no alteró su porte severo y Antonio esbozó un rictus que se me antojó pícaro. Bobada, me dije, deben estar ahítos de verse en el cuadro y acaso fuera del cuadro. Uno de los asistentes, con aspecto de joven contracultural, susurró en mi oído una reflexión. No se engañe, me dijo, no están tan cerca uno de la otra. Entre la cabeza del viejo y el pecho de la venus hay un muro. Calló, para evitar herir la atención de los visitantes. Yo agucé entonces mi mirada en esa confluencia del hombre y de la mujer y tuve la sensación de que ninguno de los dos miraba al otro. Hay un muro visual, pensé, pero ¿existe un límite en la sensación de dos carnes tan diferentes? ¿Sienten la proximidad o realmente se perciben? ¿Le hiere a ella la rugosidad del anciano? ¿Le alivia a él la suavidad de la piel femenina? El gesto de acoger y sentirse acogido, aparentemente tan hierático, ¿no disimulará un contacto que no debe sobrepasar ese plano? Es una representación clásica, demasiado etérea para ser real, pensé. Ni un murmullo. Nadie osó dirigir la mirada directa a los protagonistas que lentamente se apartaban del grupo, permaneciendo en segundo plano. Los ojos de los presentes recorrían la fotografía, paseaban por los contornos de los cuerpos, trataban en vano de hacer una lectura de deseos, de sentimientos, de emociones. Seguí buscando pistas. ¿Hay en ese tenerse de ambos una solicitud que busca condescendencia?, me pregunté una vez más. Esa quietud aparente, relajada, que parece mantener una distancia, ¿no estará haciendo fluir el lenguaje oculto del amor?, me dio en pesar. Entonces me traicioné y apartándome ligeramente de la gente giré la cabeza buscando a la joven y al anciano. Pero ya no estaban. El joven contracultural que antes me hablara se acercó por sorpresa. ¿Se imagina usted a sí mismo en esa actitud cuando llegue a anciano?, dijo con escaso tacto. Magritte hubiera dicho, le respondí, que eso que aparece en la imagen no es una pareja.



El fotógrafo Andrés Serrano nació en 1950 en Nueva York de padre hondureño y madre cubana. Iniciado primero en la pintura opta más tarde por la fotografía. Paisajes callejeros y líneas de trabajo monográficas en su primera etapa, de los que la serie Fluidos corporales, en la década de los 80, suscitaría escándalo entre el puritanismo estadounidense y religioso. No es ajena a su obra su propia experiencia vital, donde la formación católica, la herencia afrocubana o los aconteceres de la política norteamericana marcan el carácter crítico, no moralizante, de sus trabajos. Su temática se centra fundamentalmente en la figura humana, siendo unas veces simple representación de individuos, otras añadiendo a los personajes elegidos una caracterización, por lo que el baile entre documento y significado simbólico roza con frecuencia lo iconoclasta y una acerva crítica. Se trata de expresar las diferentes manifestaciones de la naturaleza humana  -su condición social, la vida y la muerte, el sexo, la soledad, la desgracia, etcétera.- a través de individuos comunes que encuentra por la calle. Dice a su favor que las fotografías no las manipula y los formatos son amplios, logrando una proyección superior de la intencionalidad por aquello que plasmó su cámara. Ni que decir tiene que ha sido siempre considerado por la reacción ideológica y estética como un chico malo e inmoral. La manera de disponer las figuras, las actitudes de los personajes y el colorido de sus aderezos dicen de su admiración por la pintura de siglos pasados, asaz barroca pero vigorosa.


12 comentarios:

  1. Magritte tenía razón. La mirada de los espectadores de una obra de arte suele estar demasiado contaminada de cosas que no son arte.

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    1. El arte siempre es un guiño, un desafío, incluso un engaño. Pero cuánto nos seduce la belleza del Arte.

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  2. A mi parecer falta vida, calidez, entre ambas figuras y la diferencia de edad es irrelevante. Parece una simple pose a demanda del fotógrafo artista, como si el anciano suplicara vitalidad a la bella y lejana joven. Falta calor.

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    1. Y a mí que me atrapa precisamente ese ángulo que buscó Andrés Serrano. Para imágenes dulzonas y entregadas ya hay mucha iconografía, no menos engañosa. Los alrededores del amor, que diría Pessoa, importan, acaso definen.

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    2. No es cuestión de dulzura irrelevante. Sencillamente pienso en la actitud y los intereses del fotógrafo. En cuanto a cuestiones técnicas no puedo opinar debido a mi supina ignorancia en la cuestión fotográfica. Emocionalmente juntos me transmiten mucha pena convencional (y ese convencionalismo subliminalmente ocultado mediante imágenes tan inconexas es lo que incita mi rechazo) conforme a mi sensibilidad. Las imágenes tomadas por separado tratarían de emociones mas fidedignas. Por cierto conozco sobradamente el mundillo artístico y lo que abunda me apena. He convivido dos décadas entre artistas figurativos y lo que aprendí fue interesantemente revelador al respecto.
      Al final del trayecto: nada es lo que parece pero la manera de transmitir desvela el interior del artista y lo que mas aprecio es la evolución del personaje a través de su arte. Al final me he convertido en una observadora extremadamente exigente bajo cierta capa de invisibilidad añosa, ya ves.

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    3. Que me parece muy bien que te hayas vuelto exigente, ¿crees que yo no? Y selectivo respecto a muchos temas. El otro día me decía un amigo que con la edad se estaba volviendo más intransigente incluso, lo cual resulta paradójico porque con los años deberíamos saber más pero nos cuesta tragar con cualquier cosa, ¿verdad?

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  3. Tampoco me emociona. Es muy fría la imagen del viejo que parece suplicar a la mujer. Y ella, cual diosa, parece que su atención está para otros asuntos.Sin reciprocidad ni aliento común.

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    1. Ah, yo no diría que me emociona o que me conmueve, simplemente me resulta muy curiosa y rompedora. Hay una estética, como en otras de sus fotografías, basada en obras pictóricas de otras épocas, pero precisamente lo que él busca es todo eso que consigue que opinemos. Creo que Andrés Serrano tiene asumidas nuestras reacciones. Respecto a lo que ves en el cuadro es posible, pero también es posible que se pueda leer más de la apariencia. Sí, acaso me estoy volviendo algo torticero también, por mor de mi edad cuasi provecta. Por cierto, en la vida ordinaria, callejera, ¿no vemos acaso mulleres y homes que se muestran como si estuvieran para otros asuntos? Anda que no hay reyes y reinas por ahí, jaj.

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  4. Si nos olvidamos del envoltorio y observamos la actitud podemos ver la mirada joven e ilusionada en el hombre hacia el objeto de su admiración. La mirada de ella sin embargo es lejana, fría, mira sin ver lo que la rodea, su mirada es anciana, la de él es joven.
    Tiene tantas lecturas como queramos darle, es una imagen potente, con mucha fuerza, mas que por rompedor creo que por la estética que ha utilizado.
    Un saludo

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    1. Coincido contigo en que tiene lecturas cuales se quieran. Habrá quien diga: que el viejo manifieste una tristeza de lo inaprensible, es lógico. ¿Y si no fuera inaprensible? Y en la mujer, cuya juventud en otros casos debería mostrar alegría radiante -ahí el autor rompe estereotipos comerciales- ¿por qué no puede abundar en reflexión interior? ¿Por qué en lugar de alejamiento no puede haber un poderío de este hombre es mío, por ejemplo? Digo todo esto porque el campo de interpretaciones no es cerrado. Sería mucho más cerrado si la escena fuera de la típica aquiescencia de enamorados al uso, Y de eso, estamos hartitos. Gracias.

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  5. La imagen puede ser la realidad. Un anciano suplicante a una juventud altanera ida mucho tiempo ha.

    Saludos

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    1. Otra interpretación, y buena metáfora. Tal vez se trata de prescindir de los géneros y de los desnudos, y verlo como metáfora de lo que se tuvo y se perdió. Saludos.

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