La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.







jueves, 24 de noviembre de 2016

Alcântara




Soy ácrata desde los diez años, me dijo Boaventura Ferreira mientras nos servíamos tinto  de  una frasca. Y tengo casi noventa. Muy temprano para tener ideas, ¿no le parece?, le comenté con precaución. Las ideas no se aprenden con ideas sino por lo que se sufre cada día. Mi padre pegaba a mi madre cuando sus frustraciones le golpeaban a él. Por descontado, yo procuraba parar en casa lo justo, porque si me cogía se cebaba en mí. Mi madre prefería sacrificarse. Vete que está a punto de llegar tu padre, me decía. Ya ve, como para no ser anarquista. Crecí en medio de la violencia, donde el maltrato físico y oral se resumían en lo mismo. No era solo aquello que veía en la familia. Los capataces se lo hacían pasar mal a mi padre y a los demás que trabajaban con él y su ira reprimida la volcaba de mala manera con nosotros. En otros hogares pasaría lo mismo, pero la personalidad de mi padre era más visceral y tenía mucha dificultad para encajar su suerte. Podía haberse rebelado contra los que le maltrataban a él, pero no era valiente. Nunca fue valiente. Los que utilizan la violencia en nuestro entorno son los más débiles, además de los más cobardes. De eso me di cuenta mucho más tarde. Después de que mi madre y yo nos marcháramos al Norte. En las autoridades no se podía confiar; siempre se ponían de parte del padre de familia, aunque fuera una bestia. Así que ya ve, soy ácrata por naturaleza social, que se dice ahora, pero yo prefiero decir que por instinto. Por autodefensa primero, por reflexión después. Si mamas violencia, una de dos, o la reproduces como hacen otros o te rebelas contra ella para anhelar otro estado de cosas y buscar la manera de conseguirlo. Así que siempre odié el dominio brutal del padre y, con ello, todo tipo de dominio que emane de cualquier figura que se impone, que sojuzga, que desprecia. Usted pensará que al hacerme adulto tendría que haber superado las heridas de la niñez. Nada de eso. Todo se agravó. El Ejército me envió a las colonias y la violencia de palabra y obra, como dicen los creyentes de la religión que la justifica o que mira para otro lado, se siguió repitiendo. En parte con nosotros, la carne barata que iba a África a defender los negocios de los mismos que trataban cruelmente a sus obreros de la Metrópoli. Y en mayor medida con los nativos, seres a los que había que civilizar a imagen y semejanza de la santa patria. Para mí aquello era la continuación de la historia anterior de mi vida, solo salvada durante unos pocos años mientras vivimos mi madre y yo solos. Boaventura Ferreira hablaba con mucha calma y una extraordinaria precisión. No había odio en su relato y parecía haber suavizado viejos resentimientos. Para ser usted un anarquista, Boaventura, le veo como hacedor de paz, le dije provocativo. ¿Por qué iba a ser violento, joven?, me respondió. Sería no haber aprendido las propias lecciones de la vida. Además, el verdadero violento es quien propugna tener control y alguna clase de poder. Quien se obceca en mantenerlo a toda costa y a costa de todos. Entienda los matices. ¿Quiere que le siga hablando de mi vida? No todo fueron desdichas.




6 comentarios:

  1. Es admirable que quien ha vivido en la violencia y el desprecio, no construya su vida con los mimbres de su infancia. Se necesita inteligencia, reflexión, bondad y la voluntad de mejorar el mundo desde su particular experiencia. Enseña más el testimonio de Boaventura que mil tratados sobre la superación del sufrimiento.

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    1. No siempre las líneas son rectas, hay tantos desvíos para mal y para bien...En este caso quién sabe si la madre quién sabe si su capacidad de superación quién sabe si la asimilación de las experiencias quién sabe si él se veía ya tan constructivamente ácrata desde tierna edad...quién sabe

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  2. Ya sabe vd. cuanto me gustan estas historias. Vaya, parece que el tal BUENA-VENTURA, nació bienaventurado dadas las consecuencias de su pensamiento y salió a su madre.
    Quedo a la espera de las cositas buenas que le siguió relatando, ya que mi impenitencia infantil necesita de "buenos bocados".

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    1. Uy, no sé si habrán vuelto a verse, indagaré.

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  3. Tener un padre violento. Aprender por instinto a defenderse con la misma violencia. Patrones complejos de conducta humana.


    Un saludo

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    1. O contra la misma violencia. Defenderse no siempre es ser violento a su vez. Pero siempre hay que protegerse, obviamente. La conducta humana da para un desarrollo variado, complejo, desigual. Pulso siempre entre el instinto y las reglas. No siempre lo primero es lo agresivo y lo segundo la perfección.

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