La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.







viernes, 17 de julio de 2015

Andariego
















¿No te pasa a ti?, me dice Walden. Me considero un andariego nato y cada vez más irredimible. No es una palabra al uso. Hoy la gente prefiere hablar del paseante o del viajero que, en realidad, son conceptos distintos. El aspecto más aparentemente literario de estos otros términos hace moda y la gente gusta de apuntarse a ellos. Yo he sido siempre, y sigo siéndolo, un mero andariego. A mí me gusta ir de aquí para allá, con apenas paradas estables. Naturalmente hay que detenerse de manera pasajera. Para coger fuerzas, para una charla ambulante y casual con otros, para tomar nota de un descubrimiento. Siempre sospecho de la intención de los paseantes, que parecen estar y no estar en este mundo; pero si ellos quieren ellos saben. También difiero de los viajeros, especie prácticamente extinguida porque hoy se llama viaje a cualquier cosa: cualquiera que se apunta a un desplazamiento organizado se cree que ya viaja. Yo, como bien sabes, apenas salgo de mi ciudad. Y sin embargo no paro en ella. Puedo sortear calles o repetir su tránsito, pero me siento satisfecho si mis sentidos se hallan a gusto y no te digo si me sorprendo con alguna novedad menor que en su modestia me resulta grata. Una hora leyendo en una terraza, el disfrute de un vino leve con alguna amistad, un recorrido con mirada profunda, si bien discreta, más allá de lo superficial. Patear la ciudad, decíamos cuando éramos jóvenes. Pues bien, los andariegos seguimos pateándola porque queremos mantener el registro de la ciudad vieja que, en muchos casos ya no existe, y comparar con lo nuevo, que no siempre está a la altura de lo que debe ser la bondad de una ciudad. ¿No te cansas nunca?, le pregunto con curiosidad ávida. Y Walden: sólo me cansa el poco aprecio de mis paisanos por valorar el don de disponer de una urbe, como una segunda piel acogedora.  



(Fotografía de Duane Michals)



6 comentarios:

  1. 7 o más horas seguidas era capaz hasta hace poco de patearme cualquier ciudad hasta hacerme con su estructura básica.
    Esta condición andariega debe tener mucho que ver con no haber dispuesto de otro medio de transporte durante la infancia unido al ejemplo familiar.

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    1. ¿Hasta hace poco? ¡Nada de ceder! ¡Siempre en marcha!

      Bien sabes que el mundo se ve de otra manera desde nuestra condición andariega.

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    2. Gracias Fackel. He tenido serios problemas dorsales y lumbares amen de chorradas varias que atajar teniendo cuidado....debido a tanta carga anterior. Ahora,despacito, estoy intentando volver a los buenos hábitos y "torbellinear". Jajjj el ejercicio físico resulta mucho mas saludable que el trabajo por necesidad, ya te digo.

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    3. Hermana, el dolor y lo que haya detrás nunca es chorrada. Uno ya no sabe si hay buenos hábitos o simplemente que las carnes y los huesos y la sangre no transcurren en vano dentro de nosotros.

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  2. Queden marcadas en todas las calles tu apología del andar que, en la relato en paralelo de lo viejo y lo nuevo - la memoria y la percepción, el placer de la caricia de las cosas y la ira por los cambios de lo ausente por obra y desgracia de los impostores - suavizan aquel "patear" adolescente, dispuesto a comérselo todo (como anunciaba aquel poema de la juventud), y nos lleva al reino de ser andariego, ocio de la gente, lujo que hace burla de las clases y sus distinciones... Salud

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    1. Si de algo estoy contento en esta santa existencia es de haber andado. Y no andar a lo tonto ni en plan modernidad. Mi padre me llevaba a paseos y me enseñaba a mirar. Mi amigo desde la adolescencia y yo nos pateábamos la ciudad para descubrir lo que nadie nos descubría. Conservo el afán solitario del andariego que escudriña, se informa si es preciso, goza de rincones y se comunica aún con los vecinos que van quedando de otros tiempos para poseer aún un ápice de memoria. He descubierto incluso el bien psíquico que me proporciona llegar a los confines del barrio de mi infancia. Es algo biológico, reflejo, sensorial. Pisar el limes de aquel barrio y sentirme nuevo es todo uno. Lo frecuento cada día. Salud, resistencia y vida sensorial. No morir.

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