La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.







jueves, 7 de febrero de 2013

Expulsados






















Concebida, pues, la vida como expulsión, aquellos seres se instalaron entre otros seres. Entre otras especies, en otros territorios, en el deslumbramiento, en el éter, en las tinieblas. ¿Cabría esperar de ellos lo que no se había esperado de cuantos habían poblado anteriormente el paraíso del vacío? No vinieron para tomar el relevo de nadie, aunque muchos los acogieron. Se acoge por deficiencia, por necesidad, por debilidad, por obligación, por imposición, porque no hay más remedio. Hubo quien dijo que también fueron aceptados por generosidad. Pero la generosidad en solitario no existe entre los pobladores comunes del planeta acostumbrado. La caída de los que llegaron recordó otras caídas anteriores. Cada habitante pensó en sí mismo y tomó la faz del visitante. Visita nada circunstancial, aunque sí casual, aunque sí inevitable. Del caos del vacío se pasó al caos del abigarramiento. Todos, pero no cada uno, se nutrieron desde entonces de todo. Llegaron a buscar su alimento más allá de la exuberancia de cuanto emergía del paisaje. Tantas formas con las que creyeron alimentarse y que a la postre supusieron veneno y septicemia. Las magias, las religiones, los corpus animistas, las ideologías, las conclusiones filosóficas inconclusas, los torpes conceptos absolutos, los sublimes cantos a la cultura, el fetichismo de la técnica. Productos que regurgitaron y que volvieron a deglutir tantas veces cuantas su incapacidad se lo exigía. De la primera expulsión a la expulsión cotidiana. Que nadie se crea a salvo en el planeta de la costumbre. La dieta se sigue componiendo de sus olores, sus flujos, sus cosquilleos, sus picores, sus placeres, su dolor.

 

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