.

.


La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








jueves, 29 de enero de 2009

El iniciado


En sus noches de invierno escribía sin pausa; no lo hacía premeditadamente, ni tampoco cedía a las urgencias, sino que corría una silla, se acoplaba en ella, se ponía delante de su escritorio y tomaba una actitud; para él era importante situarse, era como llegar a un paisaje y ubicar su cuerpo en él, antes que profundizar con su mirada en la perspectiva; necesitaba comprobar el medio antes de hacerse una idea de lo que le esperaba; si no se llega no se sabe qué debe mirar uno, se decía; y él, consecuentemente, se sentaba con parsimonia, encendía la luz del flexo, tocaba la pluma, el tintero, se aseguraba de que tenía al alcance el papel secante, echaba mano de unas cuartillas, acercaba su diccionario favorito; luego colocaba todos los objetos regularmente, en disposición; escribir era para él ante todo una disposición; había mucho de parafernalia, de despliegue de recursos técnicos, de demostración pública a un entorno opaco, mudo y aquiescente, el de las sombras; y había otro tanto de ritual, del que sólo el iniciado sabe su fuerza y su significado profundo, y sin el cual le parecía que no podría desempeñar su función principal, escribir; recordaba aquel viejo dicho de que lo mejor de un viaje era su preparación; él también se preparaba para un viaje imaginativo, para avanzar por caminos inciertos, para afianzar los cimientos de un argumento de cuya potencia no dudaba; por eso estaba convencido de que su intención se movía ante todo a través del acicate de organizar cada paso en su escritorio, aislado del ruido y de otras personas; no le desanimaba el hecho de que más tarde se quedara en blanco y no acertara a escribir dos líneas conexas; el paso de las horas huecas no le perturbaba, sino que, más bien, justificaba que iba por buen camino; ¿qué mejor prueba de su hacer podía tener un escritor como él entregado a la causa sino ver que avanzaba la noche, desafiaba su cansancio y sacrificaba su cuerpo lastimoso, a riesgo de su salud ya bastante precaria?; ¿qué mejor refrendo podía arroparle sino sumergirse en silencios, sortear ideas de todo calibre, devanear con sugerencias locas y procurarse el estímulo de personajes imprecisos cuando no nonatos?; la forma era la base del rigor; el orden de la habitación se constituía en el ámbito que iba a garantizar su labor seminal; cuando comenzó a deslizar las primeras letras le embargó un nerviosismo particularmente íntimo; insistió en configurar algunas frases, sin tener claro sobre qué pensaba escribir; confiaba en su impulso, en el vuelo de un ángel nocturno cuya larga mano tocaría con bondad las capas ocultas de su cerebro; su gesto reconcentrado, ausente, era el mejor síntoma del inmediato éxito de su esfuerzo; tachó algunas líneas que le parecieron poco expresivas; cada nuevo intento fallido, lejos de ahuyentar su proposición tenaz, le agitaba y reiniciaba la tarea; rompió alguna cuartilla porque el propio borrador le resultaba poco estético; una cosa es un borrador digno y otra un pliego infame lleno de manchas de tinta, sentenció; el ordenamiento de las frases le inquietaba con obsesión compulsiva; no era una mera cuestión de sintaxis, que siempre podría pulirse al final; se trataba de que cada frase le llevaba a otra, pero ésta le creaba la duda de si debería haber ido anteriormente, porque en cada frase había movimientos que no lograba controlar; no tendría escrito un breve párrafo cuando el peso de las horas quebró su conciencia; el hombre pegó algunos cabezazos avanzada ya la noche; en la madrugada se desplomó definitivamente sobre la mesa, sin advertir que había derramado de un manotazo el tintero; la sangre oscura le mojaba las mangas de la camisa, se le colaba por los brazos, untaba su barbilla, bañaba sus labios y su lengua; en lo más profundo de sus sueños, el escritor configuró un bello relato que le proporcionó una satisfacción epicúrea; su autocomplacencia transfiguró su rostro; los abundantes testigos que le rodeaban en ese espacio onírico aplaudieron con entusiasmo su narración; cuando despertó, ya de mañana, incitado por los primeros rayos del sol, el iniciado sintió que tenía el texto perfecto; pero al echar mano del plumín y tratar de mojarlo en el tintero comprobó que éste se hallaba vacío; incluso en esa situación extrema, el escritor en ciernes, auspiciado por el mejor espíritu del anciano Job, consideró que su misión había llegado a buen puerto; él sabía, o al menos trataba de convencerse de ello, que lo más importante era que había escrito para sí mismo; y que la frustración hubiera residido realmente en no haberlo intentado; se levantó, estiró sus miembros, bostezó ruidosamente, comprobó el desastre sobre su vestimenta; luego se quedó abstraído; lo volvería a intentar la noche siguiente.


(De Jorge Molder es la fotografía)

2 comentarios:

  1. fackel, siempre ha creído que el intento era la forma más enriquecedora de moverse, vivir desde el intento aunque fuera un aprendizaje lento y casi oculto. también me di cuenta hace tiempo de que escribir sólo tendría sentido si tenía validez para mí misma, sólo si a mí me llenaba a un nivel básico e intrínseco.

    hace ya unos cuantos de años que no me pasa, pero a veces entre sueños, en despertares intempestivos a medianoche y su volverse a dormir quince minutos más tarde, se me ocurrían unas frases para iniciar un relato que en ese momento me parecían maravillosas, pero a la mañana siguiente nunca las recordaba. me ha acordado de esto a raíz del final de tu texto, cuando el personaje se duerme y el sueño que tiene.

    un abrazo.

    ResponderEliminar
  2. Hola, Ana. Sin intento no hay posibilidad. El intento ya es un esfuerzo, una aproximación, tal vez una garantía. Siempre se llega a alguna parte, incluso se descubren destinos imprevistos. Sin moverse resulta difícil salir del yo pasivo. Sucede al escribir, como supongo que en tantos órdenes de la vida. Yo pretendía decir con la imagen del hombre que trata de escribir y no arranca, que la carga está dentro de uno, subocinsciente muchas veces, de ahí el poder del sueño. Que escribir y en superficie implica desalojar de los sueños y transcenderlos cuantas historias, sugerencias y ocurrencias bullen dentro de nosotros. No lo he reflejado muy bien, pero como en el personaje, puedo intentarlo nuevamente otro día, jaj. Rescatar lo de dentro al mundo subconsciente exige esfuerzo y un extraño ejercicio de receptividad que sólo sabe cada cual.

    Respecto a lo de que te despiertas y te vienen ideas o palabras, te sugiero lo que yo vengo haciendo desde tiempo ha. Una libreta sobre la mesilla. A veces esa idea o esa frase se debate en una fronera débil en la que apetece dormir y cuesta hacer el esfuerzo de levantarse para cogerla. Una libreta y un boli a mano bien valen sujetar la ocurrencia y tirar de ella al día siguiente. A mi a veces me salen párrafos enteros: simples borradores que pueden cundir o no más tarde. A costa de un desvelarme, acaso, pero qué gusto no dejar que se haya escapado una verbosidad cualquiera fugaz.

    Hurtar algo a los sueños es como robar el fuego a los dioses, ¿no?

    Buen sábado de lecturas gratas.

    ResponderEliminar