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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








lunes, 15 de diciembre de 2008

El grito



Tiempos inciertos. ¿Acaso es que antes fueron más seguros? Y todo va veloz, confuso, contradictorio, turbio, violento. Acaso la línea es única, y todo cuadra perfectamente en ese rompecabezas en que las piezas humanas están colocadas. En ésta que podría ser nueva versión de El grito, de Munch, el vacío se mueve, como es característico, entre la multitud opaca. Porque la masa ocupa espacios abstractos, pero no llena el alma individual. ¿Hay algo más vano que su deambular sin horizonte? ¿Más temeroso que su agrupamiento despersonalizado? ¿Más preocupante que su oscuridad uniforme? ¿Más peligroso que su dinámica inconsciente? He ahí ese gesto entre dolor y angustia (dos formas de dolor) Alguien se ahoga o solamente discrepa. O precisamente en eso consiste el grito: alguien se da cuenta de que no acepta que le arrastren a la fuerza y que se apoderen de su voluntad y lo dice. Tal vez primariamente. Grita casi sin energía y se gira apenas sin espacio sobre sí mismo. Trata de ir contra la corriente. Se resiste. Porque la corriente no lleva a ninguna parte. Porque los hombres se convierten en oleada en vaivén. Sin futuro, sin desembocadura, sin conciencia. Y el hombre que no quiere dejarse llevar, el hombre que dice que no, consume su rebeldía sin esperanzas. Sólo el gesto, el grito, la escasa luz de sus tenues facciones. ¿Y después?



(Fotografía de Misha Gordin)

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