"...Y es que en la noche hay siempre un fuego oculto". Claudio Rodríguez





lunes, 1 de octubre de 2007

Juegos soñados


(Invocaciones VII)


En el sueño ella recrea las horas de aquel tiempo que no pasaba. Emula su disolución en los juegos. Renueva su contemplación absorta sobre los objetos. Sueña de nuevo que se introduce en el dormitorio de sus padres, tras la siesta, cuando la cama quedaba revuelta y ellos tenían que salir deprisa para la ciudad. ¿Por qué aquellas siestas tan apresuradas? ¿Por qué aquellos ecos de desasosiego y risas ahogadas que ella escuchaba desde su cuarto al fondo del pasillo? Cuando sus padres salían de la casa la habitación había quedado cerrada, las persianas mallorquinas no habían sido corridas y un olor acre paralizaba la atmósfera. Para la niña ese vapor era tan familiar como atrayente. Las rendijas de las persianas proyectaban sobre el suelo unas líneas de luz tímidas, pero abundantes. Ella misma se ponía delante para que su vestido y sus brazos y sus piernas fueran rayadas. Le gustaba sentirse sol y sombra, como se decía a sí misma. Se tiraba al suelo, boca arriba, boca abajo, moviendo la cabeza en dirección al trazado alterno de los listones de luz, guiñando los contraluces cómplices. A veces se revolcaba en la cama, sobre la que habían sido abandonadas algunas prendas arrugadas; camisas humedecidas por el sudor, combinaciones, medias. A ella le gustaba acariciar la camisa recién quitada de su padre, se la calaba sobre su cuerpo desnudo, mientras la mojadura le estremecía la espalda. Entonces se dirigía a la cómoda, encendía una lámpara de luz tibia pero que añadía más calor al ambiente, se sentaba en una silla y permanecía mirándose al espejo. Sé quién eres, se decía imitando una voz de mujer adulta, y sé por qué has vuelto de la guerra. Los juegos en solitario siempre comenzaban recurriendo a semejante muletilla. Era una historia interior que ella había fraguado, en la que su madre se encontraba con un antiguo amante, mientras el padre había desaparecido en un frente lejano. Allá, en la penumbra densa de la habitación, el espejo la proporcionaba un desdoblamiento que la excitaba. Sentía un placer único cuando la camisa se adhería a su piel; introducía una corbata bajo el cuello de la misma y a duras penas diseñaba un nudo efímero. Luego cruzaba las piernas y ponía en acción a sus personajes. Se sumergía en un inagotable diálogo transversal de muecas y de gestos exagerados. Vuelve a soñarlo; lo revive con alarma, mientras nota cómo transpira su cuerpo agitadamente.


(Fotografía de Leonard Nimoy)

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