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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








jueves, 13 de septiembre de 2007

Hipnosis de la antorcha


¿Cómo ver dentro de la caverna? ¿Qué luz colgar de las paredes craneales? ¿Dónde hallar lo incombustible? ¿En los aparatos mediáticos, en las doctrinas, en las tertulias, en los foros, en los libros? ¿Desde dónde importar la energía que nos garantice la fuerza? ¿Se puede percibir algo estando cada vez más ciegos? ¿Se pueden descubrir presencias manteniéndonos ausentes? ¿Se pueden captar reflejos nuevos permaneciendo insensibles? ¿Es posible sentir que caminamos si no rompemos nuestra rigidez? ¿Podemos olfatear sensibilidades si no nos desnudamos? ¿Es posible respirar en la penumbra enrarecida de la caverna? ¿No nos dice nada el crepitar continuo de las pequeñas llamas que nos rodean? ¿Cómo escuchar entre la abundancia de ruido? ¿Cómo aprehender los sonidos de lo latente? ¿Cómo atender las invocaciones soterradas? ¿Qué sentido tiene andar por andar? ¿La inercia, lo sugerido, el gen? ¿Cuál es el estado real dentro de la caverna? ¿Erguidos, echados, reptantes, genuflexos? ¿Qué dirección nos tienta? ¿La que nos propone una corriente casual de aire, la atracción absurda de lo profundo, el confuso pasillo de un tránsito dudoso? ¿Cómo transcurre allá adentro el tiempo? ¿O no transcurre? ¿Para qué proponer si no se intenta salir de la caverna? ¿Para qué discurrir si los argumentos no cambian nada? ¿Qué fin tiene andar y desandar los pasos, si no conducen a lugar alguno? Pero...¿y si la luz estuviera compuesta de silencios, de observaciones distantes, de reflexiones calmadas? ¿Y si descolgáramos la antorcha y nos sintiéramos tentados a empuñarla? ¿Y si cada calor fuera un rostro, cada palabra una entrega, cada respiración un desalojo de nuestras miserias? Fascinación de la luz. Hipnosis de la llama.

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