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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








sábado, 25 de agosto de 2007

El alfabeto de Perec





Dejarse llevar por el desordenado orden de las letras del abecedario. No dar por hecho el plan de la costumbre. Preguntarnos. ¿Quién las dispuso así? ¿Por qué? ¿Fue algo aleatorio? Se sabe que no todas se formaron a la vez, que algunas llegaron después que otras, que muchas ha desaparecido víctimas del desuso y que otras son advenedizas, que unas apenas se han modificado a lo largo del tiempo y que otras se han recompuesto en función de la precisión de los sonidos o exigidas por razones de ahorro linguístico. ¿Es el triunfo de la repetición lo que impera tras el ordenamiento de las letras? ¿Valen más las primeras que las últimas? ¿Tienen más fuerza las que inician la escala lineal? ¿Tiran del carro unas más que otras? Obviamente no, al menos desde el punto de vista de combinarse para formar palabras. Y sin embargo, cuando se mira más allá, cuando se concede otro valor no exclusivamente gramatical, cuando se las dota de otros poderes y significados para uso y abuso de metáforas y calificaciones, la cosa varía. Esto es lo que acaba de ratificarme Georges Perec cuando leo lo que en su libro Pensar/Clasificar advierte claramente:

Muchas veces me he preguntado qué discurso lógico se siguió a la hora de distribuir las cinco vocales y las veinticuatro consonantes del alfabeto. ¿Por qué empezar por la A y seguir con la B, la C, etcétera?


El hecho mismo de carecer de una respuesta a esta pregunta resulta cuando menos reconfortante: el orden del alfabeto es arbitrario, impresionante y, por consiguiente, neutro. Objetivamente hablando, la A no es mejor que la B, el abecedario no es un signo de excelencia, sino tan sólo el de un inicio (el del propio métier)


Pero el mero hecho de que exista un orden significa que, tarde o temprano, y de un modo u otro, cada uno de los elementos de la secuencia acaban convirtiéndose en insidiosos portadores de un determinado coeficiente cualitativo. Así, una película de serie B enseguida se considera de “peor calidad” que cualquier otra que no lo sea y que, como suele suceder, a nadie se le ha ocurrido clasificar una película como “de serie A”.


El código cualitativo del alfabeto no es complicado. Apenas se puede desglosar en tres categorías:


A = excelente.


B = menos bueno.


Z = sin remedio.


Pero ello no evita que siga siendo un código y que imponga todo un sistema jerárquico sobre una secuencia inerte por definición.


Por motivos en cierto modo diferentes pero aun así afines a mi propósito, se observa que muchas empresas optan por prescindir de sus títulos corporativos y adoptan acrónimos del estilo AAA, ABC, AAAc, etcétera, aunque sólo sea por figurar entre las primeras entradas de los directorios profesionales y los listines telefónicos. Por ello mismo, todo estudiante se alegra siempre de tener un nombre cuya letra inicial quede hacia la mitad del alfabeto, ya que así tiene menos posibilidades de que el profesor le pregunte en clase.










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