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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








domingo, 8 de julio de 2007

El rojo emblema





El rojo emblema...

El Estado cumple. Agradece los servicios prestados. Concede la medalla con distintivo rojo a militares muertos en enfrentamientos o ataques resultado de su presencia en otras zonas del mundo. Siempre me ha chocado este gesto. Y las preguntas ingenuas. ¿Simple pero necesario reconocimiento? ¿Parte del ritual castrense? ¿Traducción económica en la percepción de las viudas? ¿Limpieza de las conciencias por parte del Estado? ¿Consuelo de lo inevitable? Es curiosa esta especie de desafío inútil a la muerte todopoderosa. Puesto que no se ha podido evitar, puesto que no se puede reconocer que todas las guerras son como poco un equívoco, puesto que nada debe ser cuestionado, puesto que hay que salvaguardar la mística y la ideología de la institución, pongamos en marcha un mínimo aliciente post-mortem, parece decirse. Un aliciente poco consistente y bastante contradictorio. Por una parte, porque todo militar, se supone, debe tener claro que desde que elige su profesión hasta donde le lleguen y ejecute las órdenes que reciba tiene que asumir los riesgos de la dedicación. Y por otra parte, porque con esta práctica histórica parece que se comete desmerecimiento y se traza una línea diferenciada y clasista con otros sectores profesionales de la población que también corren sus riesgos día a día.







...Del valor


Y con más víctimas. Las otras. Las que caen de andamios o desde la estructura de sujeción de un escenario, los que se hunde en pozas sépticas, los que se asfixian en la limpieza de tinas de bodegas, los mineros, los que perecen en las tolvas de cementeras, los que chocan en carretera porque llevan trabajando muchas más horas de las permitidas, cuantos perecen por no cumplirse las leyes de seguridad vigente, las víctimas de contratas y subcontratas dudosas, los que asumen tareas ingratas e indeseadas por los indígenas de siempre que ahora se han vuelto nuevos ricos, los que mueren como resultado de enfermedades contraídas en su trabajo, esas de feos nombres tales como abestosis o variedades cancerígenas...Larga relación la de las víctimas de la sociedad civil, que no reciben más medallas -y ni falta que les hace- que los lloros y la indignación de sus familiares y vecinos. No se trata de revindicar distintivos para las víctimas del sobreesfuerzo cotidiano, sino de tomar medidas y corregir a los empresarios desaprensivos, que son más de los que parece. Esa sí que sería una nueva cultura transformadora: la que pasa por cambios de actitudes y por la fiscalización del Estado de Derecho. Pero es de temer que esté resultando una misión imposible.





Qué valor.


El carácter neutro del valor. O el versátil. O el generalizado. O el personal. Se supone que es la capacidad que puede manifestarse en cada individuo ante una situación de riesgo. La disposición natural y refleja de enfrentarse ante situaciones más o menos límite. O simplemente ante la hora de tomar una decisión. Tantos conceptos de valor como tantas actitudes ¿Por qué tiene que ser más el valor del guerrero, que, muchas veces, no pasa de ardor guerrero que el valor anónimo de ciudadanos comunes cuya lucha es por la supervivencia del día a día? Una pregunta para el consuelo. Una pregunta para cada historia, que concluía Bertolt Brecht en su poema Preguntas de un obrero ante un libro.



(Acompañando obras del ruso Kasimir Malevitch)

4 comentarios:

  1. Fernando Alcaraz09 julio, 2007 16:17

    Fackel. No creo que te quepa ninguna duda a estas alturas de que la sociedad es una sociedad de estamentos (decir que también lo es de clases resulta ya de perogrullo, y además suena raro hoy día, verdad?) Y los estamentos se rigen por sus diferenciaciones, privilegios y concesiones diversas, algo que viene de lejos,y que se sigue llamando clientelismo. Pero tu meditación, llena de indignación política, pero mu mesurada, la comparto. Bien por ese toque de reflexión. Y un saludo grandote.

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  2. A veces uno, ya frío, piensa que las cosas son así porque podrían ser mucho peor, y resta importancia o no. Gracias por comprenderme, Fernando.

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  3. Aunque no he seguido mucho el asunto, creo que ha sido cuestionado el tipo de condecoración, por ejemplo, por que en el ejército un grado más o menos supone diferencias económicas en un estamento en el que salvo los altos mandos, los sueldos son cortitos. Los soldados (más que guerreros) son unos sub-empleados que viven normalmente con gran modestia. No los distingamos de los obreros por su dedicación. De hecho los que van a destinos peligrosos (como el País Vasco, para los guardias civiles) van incentivados por unos suplementos económicos que, para muchos, constituyen la única motivación. Comprendamos esto y no la falta de inhibidores, el desastre de material, etc. La intendencia ha sido, en el ejército, la bolsa de la corrupción. Por otra parte, seamos consecuentes: no se puede escatimar presupuestariamente y luego exigir medios materiales.
    Otra cosa es la actitud ante los ejércitos: ojalá llegue un día en que no sean necesarios. Mientras tanto, acudir a la llamada de la ONU, en misiones aún arriesgadas, me parece un deber de un país que por su situación económica debe asumir ciertas contrapartidas a su bienestar.

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  4. Nada que objetar, Francisco, y en parte el tema va por donde dices, aunque también opino como Fernando, sigue habiendo estamentos. Según las coyunturas, el Ejército se muestra de una manera o de otra. Los subempleados de hoy, como tú dices, ejecutarán aquello que la política exija llegado el caso, ¿no? El Ejército no es una oenegé, precisamente. Saludos.

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