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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








sábado, 23 de junio de 2007

Purificación


He crecido en medio de tantos símbolos, rituales, palabrerías y significantes que no sé muy bien si tengo que retomarlos, recrearlos o sencillamente ignorarlos. Sí lo sé. Establezco distancias. Sopeso, reviso, me lo pienso. Los doy la vuelta. Hay una palabra, un concepto sobre todo, que me sigue impresionando. Catarsis. Purificación. La vieja tragedia griega actúa como representación donde los espectadores, yo, tú, usted, ven cómo se proyectan en los actores las pasiones humanas, y a través de esa proyección los espectadores se liberan de su larga mano culpable. Pero es una constante en todas las culturas y civilizaciones. Cuando algo pesa, sabe a viejo y además crea complejo culpable es preciso limpiarlo y recrearlo. La intimidad del ser de cada individuo, y su respaldo y explicación a través de la comunidad, lo exigen. Un proceso de renacimiento, que no es posible sin tener conciencia de la necesidad de eliminar el freno, lo obstaculizador, lo hiriente en uno. La culpabilización, en fin, se muestra como acusativo de esa interiorización de nuestros defectos, incapacidades y acciones mal acometidas. ¿El pecado nombrado por las religiones, tal vez? Los ritos y símbolos purificadores que, más allá del teatro, han llegado hasta nuestros días trasuntados en la hoguera, la exaltación del fuego y la capacidad de danzar y saltar sobre el elemento poderoso permiten e interpretan procesos de purificación Y además vienen de antiguo, más allá de la cultura griega que pone el nombre de catarsis. Nada se inventa en ninguna cultura, sólo se recrea, se adapta en las formas, se prolonga en el tiempo. Se condicionan y transforman los lenguajes verbales, gestuales y simbólicos. Pero la intención y la voluntariedad permanecen. Tras siglos de representación y de adaptación simbólica, las tradiciones ofrecen desde rituales de las culturas megalíticas del Bronce (Stonehenge), lecturas visigóticas (San Juan de Baños) románicas (San Juan de Ortega) hasta las costumbres de pueblos y barrios de las ciudades de nuestros días. La mixtificación no anula la larga mano pagana y ancestral, mal que le pese a la Iglesia de los católicos, y como todos los grandes rituales tienen su propia encarnadura y su mensaje más allá del sincretismo y control propios de las organizaciones de poder. ¿No pasa algo semejante con los carnavales? Solsticio de verano. Momento fundamental en la economía, en la sociedad y en la antropología de los pueblos primitivos asentados. Los ciclos de la vida y de la capacidad de utilización de la naturaleza van unidos desde milenios. Hoy ya no está tan claro. Las sucesivas revoluciones en la transformación de los bienes naturales van despojando de sentido a los símbolos y a los significados que otrora tenían su importancia. Quiero creer un poco esta noche en ellos. Mi fe ciega quebró hace tiempo. Mi cuestionamiento se justifica. Pero mi lado enternecedor y sentimental me pide un leve gesto aquiescente y bondadoso. Más allá de las repugnantes reelaboraciones del mercado, más allá de la presuntuosa arrogancia del clericalismo, la noche de San Juan retoma el solsticio y me pide una concesión. He visto hogueras imaginarias toda mi vida. Prefiero éstas, las teatrales, las virtuales, las que nos renuevan a través del símbolo, a las de verdad: las del enfrentamiento de las organizaciones y entidades humanas, esas jodidas realidades denominadas guerras, miserias, persecuciones, exterminios, alejamientos. Que el poder del fuego purificador no se limite a una noche. Que el desafío nos acompañe cada día.

(Bill Viola, de nuevo, acompaña con sus imágenes de purificación)

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