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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








jueves, 15 de febrero de 2007

Una máscara lleva a otra máscara...



¿Por qué querrá la chica de hermosos ojos negros ponerse la máscara de chico? ¿Cómo trasgresión, como curiosidad, como ejercicio? He ahí para qué sirve una máscara: para ser otro. Para creerse ser otro. Para intentar comprobar la distancia. Para salir de sí mismo, sin salir del todo. Para representarse en un papel ajeno e imaginar. Sin embargo, ¿cuál es la verdadera máscara en esta imagen? ¿La de cartón que sujeta ligeramente con las manos? ¿O la que exhibe con aparente gravedad ausente, desde su cabellera despeinada y sus espejas cejas de carboncillo? Probablemente es la cámara la que le presta la función. La que entra en liza y multiplica el resultado. La niña se altera, es decir, deja de ser ella misma. ¿Se está poniendo la máscara o se la está quitando? ¿O se trata simplemente de un tiento y un disimulo? Anteriormente habría ensayado ante un espejo o ante el regocijo de otros niños. Ante el espejo se autoafirmó: la necesidad de contemplarse y dudar ante el propio reflejo. Ante los espectadores, se consolidó: la necesidad de los testigos. Ante la cámara fotográfica se consagró: la necesidad de la evasión. Es fácil concluir que el recurso a la máscara entre los niños es un juego. Pero el juego siempre es una excusa y también una llave que abre las puertas más selladas e ilumina los rincones más obscuros. Luego, ¿no es el juego una iniciación, una prueba, un desafío? Llevándolo a otro terreno, hay quien opina que la máscara proviene de los tiempos de infancia de la humanidad. Cuando las magias primitivas potenciaban un mundo simbólico y protector. Pero, ¿es que la humanidad ha tenido infancia? ¿A qué viene esa acepción dudosa sobre los orígenes de la especie y de la lucha por la vida más esforzada y en las condiciones más arduas? La falsa moral de nuestra época ¿pretende acaso que los tiempos actuales son un tesoro de madurez, cuando cada día tenemos mil y un ejemplos de insensatez, de brutalidad, de destrucción, de riesgos? Una máscara lleva a otra máscara lleva a otra máscara...O tal vez hayan fallado todas las máscaras. Y los humanos no sepan ya ni conjurar, ni exorcizar, ni purificar. ¿Y la Razón? ¿Habrá quedado como máscara obsoleta? ¿O puede seguir siendo todavía la carta que rompa la baraja?

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