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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








lunes, 26 de febrero de 2007

Instalación



El caballete observa. El caballete no es un mero soporte. Ella dice que es un esqueleto. Pero al hombre le parece un ojo. El nivel de su mirada. Un puesto de observación desde el que otear la obra. Una tramoya que va a sostener primero un lienzo virgen. Después, la previsión. Más allá, la escena. Al final, el misterio. El caballete espera. Apenas acaba de ser desembalado, como la mesita alargada, como la sopera de porcelana heredada de la vieja casona hanseática poblada de nieblas y destellos nocturnos. Aún está todo en tránsito. Hoy la luz del día, abierta y generosa, ejerce de maestro de ceremonias. Es un buen momento. Instalar los objetos es fijar una identidad. A veces ésta es efímera, circunstancial. Siempre se pueden cambiar los muebles de posición, trasladarlos a otro cuarto, asentarlos con otra perspectiva. El caballete exige un trato de favor especial. Él dirá que único. Debe haber un diálogo incesante con la luz y con el maestro. El hombre lo ha movido, lo ha colocado en diferentes posiciones. De pronto decide olvidarse de él. Lo deja clavado en medio de la habitación. Lo ha rodeado, ha entrado y salido, ha pasado a la estancia del fondo, incluso se ha escapado al jardín para contemplar desde fuera el efecto de lo diáfano. La travesía de los interiores. Es tan importante para un pintor la mirada de los objetos como la propia. Siempre la búsqueda difícil. Centrar ese punto que le dé comodidad, aunque luego deje de existir. No es la primera vez que lo que ha pintado se le ha logrado por abandonarse al azar y desviarse de una centralidad perdida. Desde que viajó por Italia, el hombre no es tan maniático para distribuir los puntos de trabajo. Los maestros italianos se empapaban de la circularidad de la vida, le comenta a ella. Sus talleres no eran sino el esbozo de lo captado en las calles, en los paisajes, en los aposentos, en los ojos de los mismos personajes que deseaban hacer perdurar. Trasladaban la visión exterior a una cámara íntima donde prolongar lo observado y proyectar su manera de verlo. Que era su manera de vivirlo. El hombre se siente impelido por la arquitectura del sueño. Se ha mostrado inquieto estos últimos días, pero hoy se torna más agitado. Necesita que todo se detenga. Ella teme molestarle y procura no rozarse demasiado con él. El sol es una excusa para parar poco dentro de la casa. El hombre que va a pintar empieza a entregarse al artificio, a la preparación. Se vuelve huraño y recoleto. El traslado incesante, la estación que avanza entre la mudez y el despertar, las visiones que no puede controlar por más tiempo le exigen desenvolverse ya en otra dimensión. Si ni siquiera él permanece, mayor razón para dar carta de naturaleza definitiva al caballete en esta nueva casa. Ha ido hacia un rincón donde los baúles preservan el secreto de los colores. Se pone en marcha el vínculo entre las herramientas y la intención. No importan las horas. No acucian los silencios.

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