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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








martes, 9 de enero de 2007

A ninguna parte


Yo la entiendo. Entiendo que ella se haya levantado airada, que se haya refugiado en el aseo, que esté harta de mi. Mientras anda por la casa me he quedado oliendo las arrugas de las sábanas. Inequívocamente ella. He pasado la mano por la superficie huérfana de su cuerpo. El tejido exudora como lo hace ella, y tal vez es su segunda piel. Es tan abrasadora la siesta. He callado cuando me ha inquirido. He callado porque no es fácil responder cuando las preguntas parecen querer obtener respuestas sencillas. Nada hay simple. Cuando éramos niños lo entendíamos mejor. Insistíamos, prospectábamos, volvíamos a comenzar el juego. Nunca nos dábamos por vencidos. Intercambiábamos los papeles. Ahora tú ganas y yo pierdo. Ahora tú te quedas y yo me voy. Ahora tú vas a la guerra y yo me caso con tu hermano. Entonces todo era posible. Esta tarde no. Arde el ambiente, prenden los muebles, hierve la respiración. Las palabras queman. El tacto calcina. Los objetos se evaporan. Ella se ha levantado, hosca y farfullando tonos de crueldad, y yo he ganado todo el lecho para mi solo. Efímera conquista. Al precipitarse a la puerta de la habitación he contemplado su espalda y me ha parecido una espalda ajena. Un dorso que huye de mis dedos, que se escinde de mis brazos, que se enfría de mis besos. Cuando la ira la posee parece otra. Todo su cuerpo queda envuelto en una ráfaga furiosa que la vuelve irreconocible. Me cuesta respirar. El techo se pierde en la bruma caliginosa de esta alcoba martirizadora. Los cuarterones de la ventana, entreabiertos ligeramente, proyectan luz semivelada sobre mi. Veo mi cuerpo a trozos. La penumbra me taja. Por un momento tengo la impresión de que las zonas externas de mi cuerpo se separan. Me palpo. Mi torso es todo agua, una película viscosa convierte mi vello en una superficie cenagosa. Lo froto acompasadamente con mis manos. Me relaja. Tomo un puñado de pelo y tiro, necesito reaccionar. Me miro con mirada oblicua y secante. Ahí un pie, ahí la rodilla, la otra no, una cadera, una parte de mi tripa, un brazo se mueve y el otro se le supone, del costado ni rastro. Subo una mano a mi rostro; sólo percibo aspereza en uno de sus perfiles. Mis cabellos se apelmazan dispersos sobre la almohada, impregnados de sudor. Descienden sobre mi frente cosquilleándome los párpados, instalándose ante mis pupilas como frágiles rejas que resquebrajan la visión de los objetos. Mi pene se extravía entre la pelvis, se adhiere a los muslos como una buba maligna, untuoso y flácido. Me hablo. Me escucho: te quedas pensando. Ese hedor acre que obra sobre ti como mala conciencia cuando falta el entendimiento, y el deseo se revienta. Nada que ver con aquel olor saludable que compartíais, y ahora te parece que procede de orígenes diferentes. En la casa, todo calla. Ella sigue por ahí, ha buscado un rincón, tal vez se ha disuelto entre las paredes. Sus ganas de huir eran intensas. No sé qué pinto aquí. La cama me viene grande, la alcoba me rechaza, la casa entera me cerca y me desaloja. Empapo la camisa al metérmela. El fogonazo de luz de la calle me deslumbra. El empedrado rusiente de la calle deshuella las plantas de mis pies. No voy a ninguna parte.


(Composición fotográfica de Ivan Cap)

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