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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








viernes, 12 de enero de 2007

El pensador del futuro


Hago que pienso, luego hago que existo. Jamás la observación del objeto resultó tan indiferente. Debería serlo perturbadora, pero es apática. Ni siquiera siento la frialdad de las baldosas. Sé que el clic de la cámara fotográfica va a sonar de un momento a otro. Sólo espera que yo eleve el grado de ficción de mi pensamiento. Hay una enorme expectación por verme cambiar de posición. Más bien de que abandone la postura displicente y actúe. No es que contenga las palabras, es que no tengo la mínima necesidad de emitir opinión alguna. La visión no me motiva. Hace tiempo que esquivé la inquietud por el vocabulario. Por asociación de ideas podría sugerirme algo, naturalmente. Una letra invertida, un espejo roto, una sujeción del Metro, una mecha confusa sobre sí misma, una verga de cerdo hinchada para contener manteca, dos interrogaciones estrangulando un argumento...Pero eso sería conceder categoría de signo a una simple lazada. Y además no me siento conmovido por una interpretación. Una exégesis es con frecuencia un simulacro, y siempre una tentativa frustrada. Y yo soy un hombre simple de apariencia simple. Alguien me sugiere que eleve más la barbilla, que adquiera cierta actitud preocupada, que me ladee de perfil porque doy mejor mostrando el hoyito seductor de mi izquierda. Pero los amorfos somos así. Nos gusta ver las cosas como inexistentes. Nos complace simular, pasar inadvertidos. Ya sé que es difícil hoy. El murmullo de fondo anuncia expectación. Os aseguro que no era mi intención. Tras la pared que hay a mi espalda, una legión de cucarachas esperan en orden inquieto la señal. Las resquebrajaduras lo anuncian. No entiendo por qué la gente hace ascos de esos insectos, e incluso los teme. Las cucarachas son simples mensajeros de la opacidad. No tanto de la oscuridad o de las tinieblas, como creen algunos. Cuando los espacios interiores de los edificios se muestran desiertos, ellas los ocupan porque piensan que ya nadie quiere habitarlos. En ese sentido podría decirse que se comportan como humanos. Todo el mundo cree que en cualquier momento voy a abandonar la silla. Pero yo me siento muy cómodo en ella. Además doy la talla. El traje, creo que me favorece. La camisa con el cuello abierto hace de mi gesto relajación. Rodin esculpió el paradigma del pensamiento en una mole preñada de retorcimiento. Y eso le atrae sobremanera al público. No sé por qué. Nunca entendí que la introspección tuviera que ir acompañada de semejante pose patética. Parece más bien que la representación insinuara un malestar, una dolencia, un desgarro. Y acaso sea así. Pero es que la figura tiene difícil asentamiento. Ese pensador desnudo goza de un fervoroso éxito mundial y nadie duda de que se ha convertido en icono del prototipo de filósofo. Que podemos intentar ser cualquiera de nosotros, usted, yo. El que los indolentes no concibamos la reflexión y la indagación sino como actos puramente imitativos, no quiere decir que no entendamos que otros tipos necesiten consagrar sus deficiencias. Yo quiero hoy romper el esquema. Por eso estamos todos aquí esperando. Por esa razón ha sido convocada la prensa y las autoridades y las academias y las compañías de teatro estable y una unidad de urgencias. Y créanme que me desasosiega un poco la situación. Por ustedes, fundamentalmente. Sin demasiado entusiasmo quiero proponer una arquetipo alternativo. Que nadie diga que en mi motivación no hay sino bondad, distanciamiento, actitud de interrogación. Sé que algunos concluirán que mis pies descalzos significan la receptividad a las nuevas ideas, la absorción de los razonamientos, el arraigamiento con los discursos heredados. Es decir, todo. Pero eso es buscar tres pies al gato. Me parece que mi rostro expresa con bastante exactitud lo que debe ser y encarnar el modelo de buscador de la verdad. En estos tiempos mediáticos no hay espacio representativo ya para que una escultura condense en sí misma un estereotipo tan excelso. Se exigía otro símbolo. Los del guión me dicen que cuando quiera. Los que me rodean no saben que he aprovechado este rato para jugar una partida de ajedrez entre mis dos personalidades sobre el damero del piso. Todo está listo. Las tomas para la posteridad son así.


(Sobre un montaje fotográfico de Ivan Cap)

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