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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








lunes, 20 de noviembre de 2006

Tocando los objetos


Hay días en que te da por tocarlo todo. Días en que entras en la vieja mansión y lo tocas todo con los ojos. Y lo miras todo con los dedos. Vas tocando con los talones la gastada tarima que cruje bajo tus pies, y hasta modificas el paso, para que el sonido sea otro tacto, para que las tablas que se hunden ligeramente se dejen sentir con tu peso. Y te escuchas, y oyes otros pasos; y no hay nadie. Arrastras el envés de la mano en una caricia horizontal a lo largo del friso del salón grande, percibiendo el estuco que se ha ido desgastando por las inclemencias de la soledad. Y la cal te impregna y tú la degustas, como entonces. Deslizas tu índice a lo largo del aparador adornado de polvo y te entretienes pellizcando la redondez de su canto. Has pasado un pañuelo por el cristal de la caja del reloj sujeto en la pared, abres su puertecita quejumbrosa, y totiqueas las manecillas sagitarias que ahora habitan mudas. Las sientes frías, insensibles; y no te resistes a la trastada imposible de cambiar la hora. La biblioteca ya no es ni la sombra de lo que era; permanece la marca de los libros, y sólo algunos ejemplares que no debieron interesar a los saqueadores de la familia se desparraman por los anaqueles. No puedes aguantarte la tentación de palparlos, más que de leer sus títulos; te deleitas haciendo un recorrido rectangular por todos los lados de la encuadernación. Entras en la cocina y abres una vieja alacena donde aún encuentras los restos del menaje. Un almirez de bronce, un molinillo de café con una ruedas de engranaje fluidas, una torre de cazuelas abolladas, un candil con cuatro brazos semejante al que has visto en una edición del Quijote ilustrada por Doré; pero sólo te concentras en el mortero reluciente, decorado con unos temas mitológicos. Lo cubres con ambas manos, lo rodeas como si fuera una esfera armilar que te fuera a dar la ubicación de los cuerpos celestes. Hundes en su costado el calor de tus palmas acuencadas y él te devuelve su textura glacial; ya no está ahí la mujer joven que te cogía las manos y las mantenía entre las suyas, tal como tú pretendes ahora. Las pinturas de los cuartos están oscurecidas y muestran heridas considerables. Pero absorbes sus colores contradictorios -marinos, verdosos, rosáceos- que diferenciaban los dormitorios de unos y de otros, tal como lo hacías en tu juventud. Te has sentado en un jergón metálico y has jugueteado con uno de los pomos que remataban el cabecero. Cuando has abierto los cuarterones del amplio ventanal no los has soltado, ni tus dedos han cesado de tamborilear sobre ellos; tu mirada se ha escapado al horizonte de hace cuarenta, cincuenta años atrás, y donde hoy la mudanza exhibe todo yermo; peor, irreconocible entre trazados de asflato.

Has respirado profundamente. Cada tocamiento ha sido una recuperación. Cada sujeción, una descarga melancólica. Cada caricia a los objetos, una navegación por la memoria. Recuerdas de pronto lo que te dijo Alejandra, la vecina escribiente, poco antes de que volviera a América, en aquella ocasión en que te vio toquiteando por aquí y por allá: hay que aprender a tocar los objetos, te dijo, a acariciarlos como quien conoce largamente sus secretos...

Y tú has vuelto a aprender, tal como te aconsejó la Pizarnik.





















(Las pinturas son de Luis Quintanilla)

3 comentarios:

  1. Es curioso, pero tendemos a hablar de los objetos por el lado utilitario, pero no por el afectivo. Es decir, ¿qué nos dicen cuando nos topamos con tantos objetos que tenemos en nuestras casas? Sobre todo, con aquellos que proceden de viejos tiempos...Y sin embargo, todos escuchamos otras voces cuando nos enfrentamos con algún hallazgo o los rescatamos de armarios y estanterías. Con algunos no cesamos de acariciar, ¿por qué será?

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  2. ¿Quién dijo aquello tan rpetido de que los objetos no tienen alma? Fackel, te empeñas en buscarla, como la Pizarnik.

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  3. Creo que todo tiene el alma que queramos darle. Me parece precioso poder acercarse de ese modo a las cosas,dándoles un latido.
    Me ha gustado

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