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La mitad del tiempo se la pasa resistiendo. La otra mitad indignándose.








domingo, 19 de noviembre de 2006

Good nigth, Sísifo!


Ha leído esta tarde en Camus: “Sísifo es el héroe absurdo. Lo es tanto por sus pasiones como por su tormento. Su desprecio de los dioses, su odio a la muerte y su apasionamiento por la vida le valieron ese suplicio indecible en el que todo el ser se dedica a no acabar nada. Es el precio que hay que pagar por las pasiones de esta tierra.”

Se ha dejado caer, paralizado. Tanta luz le deslumbra. Y sin embargo, es su luz. Se había quedado siempre con la parte técnica, la imagen en que el condenado para la eternidad sube con la piedra a lo alto de la montaña, la arroja y desciende para repetir la operación. Sabía de la astucia de Sísifo, sabía de su desafío a los dioses, sabía de su reto a la muerte, sabía de la puesta a prueba del amor de su esposa, sabía de su condena monótona e imperecedera, pero ¿lo del héroe absurdo?


Y sin embargo, vuelve a pensar en el condenado. ¿Sirve para algo la tarea, salvo para que quede constancia del castigo divino? ¿Cómo se siente el héroe absurdo ejecutando un esfuerzo sin fin? Si el triunfo de la sentencia despótica es irreversible, ¿no es un héroe sin esperanza? Y si no le queda esperanza, ¿qué le queda? ¿Conciencia, como dice Camus? “En cada uno de los instantes en que abandona las cimas y se hunde poco a poco en las guaridas de los dioses, Sísifo es superior a su destino, es más fuerte que la roca.” Mas, ¿para qué le sirve?

En años pasados ya lejanos ha venido escuchando con entusiasmo la palabra conciencia, al menos en la misma medida que anteriormente oyó pronunciar con fanatismo el vocablo fe. Hoy se vive un momento extraño en que nunca habitaron tantas palabras, pero que tal pareciera que fueran pasto de su vaciedad. Tal vez por ello, los mitos griegos no suelen trasladarse a la comprensión de la vida cotidiana, como si los arquetipos hubieran quedado colgados en el armario de la literatura y de la filosofía muertas. Pero él necesita una explicación. Necesita traducciones simultáneas en que el arcaico panorama mitológico le aporte imágenes.

La conciencia. Al fin, ¿somos sólo esto? Asalariados varias veces engañados: por la plusvalía no obtenida, por el modelo de consumo que se vende religiosamente, por el destino eternamente incierto, por la asunción idílica y tal vez irresponsable de formas de vida marcadas. Pero si no te das cuenta, si no lo cuestionas, si no lo mides, no pasa nada. El que no piensa, no sufre. Es en el momento preciso en que te da en reflexionar sobre sus contradicciones, en que lo relativizas, en que lo desacralizas, es en ese instante cuando se torna trágico. ¿Será ésa la conciencia?

“Sigo imaginándome a Sísifo volviendo hacia su roca, y el dolor estaba al comienzo. Cuando las imágenes de la tierra se aferran demasiado fuertemente al recuerdo, cuando el llamamiento de la felicidad se hace demasiado apremiante, sucede que la tristeza surge en el corazón del hombre: es la victoria de la roca, la roca misma”


Se sabe ante la misma labor de todos los días. El objetivo de ganarse el pan, de mantener un estilo de vida, de economizar unas relaciones familiares, de dejarse llevar, simplemente, para no perder reconocimiento y quedarse fuera de juego...aspectos técnicos, que él diría. Repitiendo gestos y esfuerzos y frustraciones hasta que el cuerpo aguante o pase a ese estado de bienaventuranza llamada pensión. Y en esa rueda de la fortuna o del infortunio, según lo mire él, se debate entre el ansia de felicidad imposible y el absurdo de lo inalcanzable. Está muy cansado, y Camus no le salva, aunque le resulte contundente: “Toda la alegría silenciosa de Sísifo consiste en que su destino le pertenece. Su roca es su cosa” ¿Qué puerta del destino estará abierta para los hombres rebeldes, no sólo los absurdos que dicen sí, sino también y sobre todo para los irreductibles que dicen no?, se pregunta.

Mientras se queda pensando, escucha a Cecilia Bartoli entonando el aria Agitata da dua venti, de la ópera La Griselda, de Vivaldi, y se deja arrastrar quedamente por un entusiasmo hacia la noche en que seguirá siendo Sísifo. Al mirar la fotografía de Salgado, se le ocurre tontamente que hay otros Sísifos que lo tienen peor.

(El Sísifo superior es obra del pintor polaco Marek Zulawski; el Sísifo en multitud es tomado de la realidad por el fotógrafo brasileño Sebastiao Salgado)

1 comentario:

  1. Buenos días, de nuevo. La cuestión, Fackel, es no tener excesivo complejo de Sísifo. Claro, que está en función de la vida que lleva cada cual, pero hay que sortearlo, dejarse llevar. Se dice fácil, ¿eh? Interesante el mito, interesante.

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